Kellky
Lágrima de mago nerfeado
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Escondido en un rincón donde la oscuridad es absoluta...
- La espada larga es un mandato, pero la cimitarra... la cimitarra es una caricia que nunca termina -murmura para las sombras, recordando vagamente las lecciones de un maestro de esgrima que murió mucho antes que su propio corazón dejara de latir.
Se hallaba bajo el techo agrietado de un refugio olvidado, donde ni la luna se atrevía a mirar. Ante él, el hierro había cambiado de forma; ya no era el tosco cuchillo con el que se defendía de los maleantes de su vida anterior. Ahora sostenía una cimitarra, cuya hoja curva parecía capturar la esencia de la noche, hambrienta y afilada.
Sus dedos, fríos y dotados de esa fuerza que no pertenece a los hijos de los dioses, recorrieron el filo con reverencia. Aprender esta arma es aprender el lenguaje del circulo. Un engendro tiende a la línea recta, al zarpazo y a la embestida brutal de la bestia que clama por sangre.
Pero él... él busca la maestría.
Se movió, y esta vez la danza fue distinta. La cimitarra no golpea; fluye. Realizó un tajo ascendente, un movimiento veloz que no buscaba la profundidad de la herida, sino la velocidad del parpadeo. En el aire, la hoja dibujo un arco de plata espectral que no dejo rastro de sonido.
- Ceniza soy -dijo, su voz perdiéndose en las grietas de la piedra -, como ceniza debo ser, volátil, elegante, imposible de atrapar entre las manos del enemigo.
La meditación de esa noche era el equilibrio. En su estado, el peso del cuerpo es una mentira; no siente la fatiga que obligaría a un guerrero de carne y hueso a bajar el brazo tras mil repeticiones. Aprovechó esa ventaja impía. Giró la muñeca una y otra vez, permitiendo que la curva del acero dictara su movimiento, sintiendo como el arma se convertia en una extensión de su voluntad, y no solo en un trozo de metal.
- Un necio cree que la cimitarra es para los débiles -sentenció, deteniendo la hoja a un cabello de su propio antebrazo, controlando el hambre que le instaba a probar su propio flujo-. Pero un maestro sabe que la curva es el camino más corto hacia el cuelo del confiado.
El este empezaba a teñirse con esa luz que es su sentencia de muerte, el aviso de que debía volver al silencio. Pero mientras envainaba la hoja curva, sintió que algo había cambiado. La ceniza de su alba estaba aprendiendo a cortar. El vinculo de Hierro y Ceniza se había sellado.

- La espada larga es un mandato, pero la cimitarra... la cimitarra es una caricia que nunca termina -murmura para las sombras, recordando vagamente las lecciones de un maestro de esgrima que murió mucho antes que su propio corazón dejara de latir.
Se hallaba bajo el techo agrietado de un refugio olvidado, donde ni la luna se atrevía a mirar. Ante él, el hierro había cambiado de forma; ya no era el tosco cuchillo con el que se defendía de los maleantes de su vida anterior. Ahora sostenía una cimitarra, cuya hoja curva parecía capturar la esencia de la noche, hambrienta y afilada.
Sus dedos, fríos y dotados de esa fuerza que no pertenece a los hijos de los dioses, recorrieron el filo con reverencia. Aprender esta arma es aprender el lenguaje del circulo. Un engendro tiende a la línea recta, al zarpazo y a la embestida brutal de la bestia que clama por sangre.
Pero él... él busca la maestría.
Se movió, y esta vez la danza fue distinta. La cimitarra no golpea; fluye. Realizó un tajo ascendente, un movimiento veloz que no buscaba la profundidad de la herida, sino la velocidad del parpadeo. En el aire, la hoja dibujo un arco de plata espectral que no dejo rastro de sonido.
- Ceniza soy -dijo, su voz perdiéndose en las grietas de la piedra -, como ceniza debo ser, volátil, elegante, imposible de atrapar entre las manos del enemigo.
La meditación de esa noche era el equilibrio. En su estado, el peso del cuerpo es una mentira; no siente la fatiga que obligaría a un guerrero de carne y hueso a bajar el brazo tras mil repeticiones. Aprovechó esa ventaja impía. Giró la muñeca una y otra vez, permitiendo que la curva del acero dictara su movimiento, sintiendo como el arma se convertia en una extensión de su voluntad, y no solo en un trozo de metal.
- Un necio cree que la cimitarra es para los débiles -sentenció, deteniendo la hoja a un cabello de su propio antebrazo, controlando el hambre que le instaba a probar su propio flujo-. Pero un maestro sabe que la curva es el camino más corto hacia el cuelo del confiado.
El este empezaba a teñirse con esa luz que es su sentencia de muerte, el aviso de que debía volver al silencio. Pero mientras envainaba la hoja curva, sintió que algo había cambiado. La ceniza de su alba estaba aprendiendo a cortar. El vinculo de Hierro y Ceniza se había sellado.
