Arrakis
Copia defectuosa de Kronobot
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EL CAMINO DEL LOCO
Durante un tiempo había creído que bastaba con sonreír, mentir con gracia y caminar erguida aparentando cierta dignidad y seguridad para hacerse un hueco en aquél lugar. Llegó a Athkala como alguien vivaracha, atrevida, con una ligereza de espíritu ejercida por pura necesidad. Se movía entre la gente valiéndose de una lengua rápida y una sonrisa fácil, y siempre había doblegado la verdad sin que esto pesara demasiado en su conciencia, siempre que el beneficio fuera suyo o de quienes había decidido proteger.
Fingía encajar, fingía pertenecer, fingía ser más de lo que había sido nunca, ocultando el rastro de un origen humilde que la avergonzaba como una mancha imposible de borrar. La muchacha no recordaba el vientre que la había traído al mundo. Sus padres eran una sombra errante en sus recuerdos, la calidez de sus manos un destello lejano y trémulo. Su compañía habia sido siempre la de rateros y maleantes, prostitutas y contrabandistas, aunque incluso ahí nunca había sentido que terminara de encajar. Cuando todo cuanto conocía se fue al traste por un mal golpe, no le había quedado más remedio que buscarse la vida por sí misma.
Creyó que algo la llamaba a la Capital. Y en la gran ciudad de Athkala se las ingenió para terminar alistándose en uno de los muchos gremios de aventureros que, codiciosos, trataban de abrirse camino. Su suerte empezó a cambiar, y se vió fuera del mundo que hasta entonces había conocido, por fin con un golpe de suerte que la había apartado de las calles de una vez por todas. Durante un tiempo, incluso creyó en la bondad de los corazones ajenos. En ayudar, en levantar a otros que caminaran perdidos como ella, en ofrecer una esperanza que no sabía si era real pero que necesitaba desesperadamente.
Sirvió bajo el mando de Howl junto a Daraen, y durante un tiempo se sintió a refugio, con una familia a la que pertenecer. Incluso se permitió una relación que confundió con estabilidad. La verdad, cuando llegó, lo hizo como un puñetazo lanzado directamente a sus entrañas. Daraen servía a los vampiros, que la había engañado, y que su lealtad nunca había sido tan limpia como ella quiso creer. La angustia la empujó a intentar evitar un desenlace sangriento, pero ese intento solo la fue alejando más de él, acercándola a Aryan, cuya rabia contra los vampiros nacía del propio dolor de ver a sus amigos amenazados.
Por un momento pensó en que quizás podían hacer algo para cambiar las cosas. Sin embargo, la realidad no tardó en enseñarle el precio de la ingenuidad. En una tierra de mentiras e intrigas como aquella, las acciones pesan menos que sus palabras, y las palabras, menos aún que la conveniencia del momento. Uno a uno, quienes habían recibido su confianza la fueron traicionando, y cada traición arrancó una capa de esa imagen de sí misma, luminosa y esperanzada, que había construido para sobrevivir.
Los supuestos héroes de Kalathyr resultaron ser los más crueles en su hipocresía. Bajo juramentos nobles y causas elevadas, actuaban con una bajeza que superaba a la de muchos criminales declarados. Aquello no solo hirió su confianza, sino que alcanzó a las pocas personas que realmente le importaban. La traición de Erevain cuando, desesperada, había confesado sus más profundos miedos, terminó de resquebrajarla. La caída de Aryan en la locura selló definitivamente su camino. Con todo lo ocurrido, quienes habían peleado junto a ella la lanzaron a los perros.
De pronto, su cercanía con el guerrero se convirtió en una amenaza para ambos, su pasado en una prueba en su contra. Sus sospechas por las acciones de Howl, una carta que usar contra ella. La ciudad, que nunca había sido amable mostró su rostro más frío. Comprendió que no habría justicia, que nadie iba a escucharlos, y que quedarse significaba exponerse a un castigo que no sabía si merecía, pero que sentía casi como una penitencia por no haber sido más cuidadosa, más rápida, más dura y cruel. La Justicia solo premiaba a quienes cimentaban sus victorias en pisar a los demás.
Fue el propio Aryan quien le mostró el camino. señalando lo que debía hacer con una triste sonrisa, perenne en sus labios. Los Barrios Bajos no iban a ofrecerle redención ni gloria, pero sí anonimato y protección. A veces eso era lo más parecido a estar a salvo. Habían tratado de tentarla en varias ocasiones, pero solo entonces se rindió a la evidencia. Cada paso la alejaba de la idea del bien mayor, de la creencia de que sacrificarse por otros garantizaba que algo cambiara.
Entendió que, al final, nadie cuidaría de ella si no lo hacía ella misma.
Se apoderó de ella el miedo, la culpa, y esa voz persistente que le susurraba que tarde o temprano volvería a ser traicionada. Pero necesitaba desesperadamente aprender a convivir con ellas. Allí abajo no necesitaba fingir. No necesitaba ser una heroína ni una promesa de alguien mejor. Solo alguien lo bastante astuta para seguir respirando.
No llegó a la cofradía con la seguridad de quien se une buscando enriquecerse, gloria o simplemente disfrutar de sus placeres. Su reunión con Mercer y el resto de encapuchados fue una llena de llantos, mientras una niña trataba de comprender por qué se le había negado la posibilidad de pertenecer a ese mundo luminoso al que todos parecían aspirar, por qué se la condenaba solo por tratar de condenar de injusticias a sus amigos. La guerra en Kalathyr empezaba para ensalzar a Howl y los suyos, y no podía hacer nada para evitarlo. La ciudad cazaba ahora a Aryan, acusado por su insensatez. Quienes creía sus amigos, ahora solo querian su cabeza, sacar de ella cualquier resquicio de información para dar con el guerrero y entregarlo, sin importarles el daño que pudieran hacerle a ella en el camino. La habian quebrado, y Jadzia suplicaba entender por qué.
Era una joven rota. No habia palabras mas certeras ni precisas para apostillar el estado de su alma y su espíritu. Los caprichos del destino la habían arrastrado de aquí para allá como un perro apaleado. Era una paria: una apestada a la que solo esperaba el repudio de sus semejantes. Y allí entre aquellos encapuchados, encontró su lugar. Aceptó entregarse a un mundo mucho más cruel pero también mucho más sencillo. Pues alli en los arrabales sólo tres normas importaban.
Humildad. Respeto. Y Silencio.
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