Haladring
Llanero del brasero
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-CAPÍTULO 1: Siguiendo al Heraldo de muchas cosas-
Temprana había sido su marcha de Amn, aun con las primeras luces del alba.
Paladín, el caballo que compró en Misnor, bufaba, molesto por tener al cuarterón a la grupa. A su lado, Myllerne Silverblade marchaba sobre su propio caballo
Drurga se mantenía callado, sumido en sus propios pensamientos, tan grises como el encapotado cielo que estaba por encima de él; había pedido un permiso especial en el cuartel (concedido probablemente por las ganas que tenían más de uno y más de dos de que dejase el cuerpo, aunque fuera solo mientras durase el viaje) y los dos habían marchado sin despedirse directamente de nadie. Sabía que Talin y que Naya estarían ocupados con sus propios asuntos, al fin y al cabo ¿qué más les daba a ellos que se ausentase aunque fuese unos 5 o 6 meses? Últimamente no los veía apenas, y no quería importunar a nadie con sus historias
Tormian supo que se iba a retirar una temporada cuando pidió el permiso, le estrechó la mano y le deseo lo mejor...¿Quién más quedaba? Aldarion Hojaargentea, que por ahí andaría con su hija Ayumi, como siempre, sin decir nada, ni despedidas ni saludos, ni nada de nada mas que cuando le interesaba
-Anda y que te de un Kobold, hijo de la grandísima p...
-¿Qué dices Will?
-¿Hn? No, nada Myla, una tontería en voz alta...
Y solo le quedó despedirse de Soongrant, el bueno de Soonguie; le había enviado a su cuervo, Parrus, para explicarle levemente el por qué de su viaje, y sabía que en cuanto el elfo viese el porqué, se enfadaría. Se enfadaría por no haberle pedido que lo acompañase, pero también lo dejaría en paz. Sabía que era algo que tenía que hacer desde hacía tiempo, y que lo debía de hacer solo...
Debía matar a Grokhon
Ya habían pasado años desde la última vez que se enfrentaron, en Amn, en los mismísimos páramos del Alandor...Pero hasta ahora, no había tenido esos sueños, esas pesadillas...
Recordaba claramente cómo Grokhon había torturado a Darius para interrogarlo, y después lo había matado de un certero hachazo, disfrutando a cada momento de lo que hacía. Recordaba claramente los duelos con otros tantos de los que desconocía hasta el nombre, pero siempre con el mismo resultado, todos muertos, todos a manos del Heraldo de Gruumsh. Recordó el Ritual de la Lanza Sangrienta, en la que su gemelo sacrificó a tres personas y un sacerdote orco para ganarse la marca sagrada que ahora llevaba en su ojo izquierdo, el Ojo de Nishrek
Todos los ritos
Todos los asesinatos
Todas las masacres
Todas esas veces, lo había vivido, como si fuera él, cual si fueran sus manos las que guiaban las armas, o su voluntad. Experimentó en cada momento el enfermizo placer que sentía su hermano cada vez que hacía algo así, ya fuese cuando mataba, torturaba, o violaba...Se despertó lanzando un grito cuando vio el destrozado pecho de Darius, y cuando su hermano cedió su voluntad a un Tanarukk para violar a Níobe...Lo odió, lo odió con toda su alma, de principio a fin, pero se odió más a sí mismo, porque podía haberlo matado
Pudo haberlo matado aquella noche en los páramos, y lo frenó su propia debilidad, aquello que el Heraldo le echó en cara, sonriendo y cubierto de sangre
¿Cuánto más podía quedarse quieto sin hacer nada? ¿Cuándo aceptaría la responsabilidad de los actos que cometería su hermano? Lo abandonó siendo ambos unos críos, a él y a los restos de su antigua tribu, y ahí fue cuando perdió por completo cualquier control sobre lo que pudiera hacer su hermano...salvo por aquello sueños
No solo vio lo que hacía, sino todos los lugares en los que había estado y más importanta, dónde estaba ahora.
Volvió el rostro de medio lado hacia la mujer que lo acompañaba, Myllerne Silverblade, una joven noble y de buen corazón, pero demasiado estricta e impulsiva en ocasiones; como todo paladín, orgullosa y cabezona. Tenían muchas cosas en común (pese a que Drurga se había jurado a sí mismo que nunca tendría nada que ver con un paladín), ella era la última de su familia, como él. Se preguntó si, de tener una hermana gemela con un corazón oscuro y podrido por el odio y la maldad, ella dudaría tanto como lo hacía él
Nunca entendería cómo pensaban los paladines
-¿Cuánto nos queda para llegar al puerto, Will?
La idea era coger un barco hasta Luskan, a partir de ahí, buscar en las montañas más cercanas hacia el Norte. Sabía que su hermano había conseguido unificar a varias tribus bajo su mando, poco a poco, estaba naciendo una hueste de orcos con él a la cabeza como Avatar del Tuerto; no había pensado muy bien el qué haría llegado el momento de hacerle frente a toda una horda para llegar hasta su hermano, pero el viaje iba a ser largo, y si algo le sobraba, era tiempo para pensar en ello
-Un día más de marcha...Creo que será mejor que hagamos un alto y descansemos ya por hoy, llevamos todo el día de camino -Alzó la mirada para cerciorarse de que efectivamente, comenzaba a llover y a tronar- Además, no me gusta cómo pinta esta tormenta, ¿ves esas rocas de allí?
-Las veo
-Pues allí es donde vamos a descansar
---------------------------- ------------------------------- -----------------------------------
Pasadas ya varias horas, bien resguardados de la incesante lluvia tanto ellos como los caballos, el campamento ya estaba montado, y los dos compañeros de viaje yacían sobre un lecho de pieles, cerca de la hoguera. El cuarterón se mantenía con los ojos cerrados y expresión tranquila, en tanto que la paladina parecía pensativa, con la cabeza acomodada en el pecho del pielgrís.
-William...
-Hn...
-Hay algo que quiero contarte y sé desde hace poco
-Hn...?
-...Estoy embarazada...
-....
-Will?
A modo de respuesta, el híbrido tomó sin apenas mover el brazo la manta de pieles, los cubrió a ambos sin alterar su expresión o abrir los ojos, y acarició la plateada melena de la Tormita. La joven sonrió, y tras besar al mestizo, volvió a posar la cabeza en el pecho de este, para quedarse dormida.
Minutos más tarde, el pielgrís abría los ojos y miraba a la paladina que dormía felizmente
-.....¿Yo, un padre? Ay, joder.....
FIN DEL PRIMER CAPÍTULO
Temprana había sido su marcha de Amn, aun con las primeras luces del alba.
Paladín, el caballo que compró en Misnor, bufaba, molesto por tener al cuarterón a la grupa. A su lado, Myllerne Silverblade marchaba sobre su propio caballo
Drurga se mantenía callado, sumido en sus propios pensamientos, tan grises como el encapotado cielo que estaba por encima de él; había pedido un permiso especial en el cuartel (concedido probablemente por las ganas que tenían más de uno y más de dos de que dejase el cuerpo, aunque fuera solo mientras durase el viaje) y los dos habían marchado sin despedirse directamente de nadie. Sabía que Talin y que Naya estarían ocupados con sus propios asuntos, al fin y al cabo ¿qué más les daba a ellos que se ausentase aunque fuese unos 5 o 6 meses? Últimamente no los veía apenas, y no quería importunar a nadie con sus historias
Tormian supo que se iba a retirar una temporada cuando pidió el permiso, le estrechó la mano y le deseo lo mejor...¿Quién más quedaba? Aldarion Hojaargentea, que por ahí andaría con su hija Ayumi, como siempre, sin decir nada, ni despedidas ni saludos, ni nada de nada mas que cuando le interesaba
-Anda y que te de un Kobold, hijo de la grandísima p...
-¿Qué dices Will?
-¿Hn? No, nada Myla, una tontería en voz alta...
Y solo le quedó despedirse de Soongrant, el bueno de Soonguie; le había enviado a su cuervo, Parrus, para explicarle levemente el por qué de su viaje, y sabía que en cuanto el elfo viese el porqué, se enfadaría. Se enfadaría por no haberle pedido que lo acompañase, pero también lo dejaría en paz. Sabía que era algo que tenía que hacer desde hacía tiempo, y que lo debía de hacer solo...
Debía matar a Grokhon
Ya habían pasado años desde la última vez que se enfrentaron, en Amn, en los mismísimos páramos del Alandor...Pero hasta ahora, no había tenido esos sueños, esas pesadillas...
Recordaba claramente cómo Grokhon había torturado a Darius para interrogarlo, y después lo había matado de un certero hachazo, disfrutando a cada momento de lo que hacía. Recordaba claramente los duelos con otros tantos de los que desconocía hasta el nombre, pero siempre con el mismo resultado, todos muertos, todos a manos del Heraldo de Gruumsh. Recordó el Ritual de la Lanza Sangrienta, en la que su gemelo sacrificó a tres personas y un sacerdote orco para ganarse la marca sagrada que ahora llevaba en su ojo izquierdo, el Ojo de Nishrek
Todos los ritos
Todos los asesinatos
Todas las masacres
Todas esas veces, lo había vivido, como si fuera él, cual si fueran sus manos las que guiaban las armas, o su voluntad. Experimentó en cada momento el enfermizo placer que sentía su hermano cada vez que hacía algo así, ya fuese cuando mataba, torturaba, o violaba...Se despertó lanzando un grito cuando vio el destrozado pecho de Darius, y cuando su hermano cedió su voluntad a un Tanarukk para violar a Níobe...Lo odió, lo odió con toda su alma, de principio a fin, pero se odió más a sí mismo, porque podía haberlo matado
Pudo haberlo matado aquella noche en los páramos, y lo frenó su propia debilidad, aquello que el Heraldo le echó en cara, sonriendo y cubierto de sangre
¿Cuánto más podía quedarse quieto sin hacer nada? ¿Cuándo aceptaría la responsabilidad de los actos que cometería su hermano? Lo abandonó siendo ambos unos críos, a él y a los restos de su antigua tribu, y ahí fue cuando perdió por completo cualquier control sobre lo que pudiera hacer su hermano...salvo por aquello sueños
No solo vio lo que hacía, sino todos los lugares en los que había estado y más importanta, dónde estaba ahora.
Volvió el rostro de medio lado hacia la mujer que lo acompañaba, Myllerne Silverblade, una joven noble y de buen corazón, pero demasiado estricta e impulsiva en ocasiones; como todo paladín, orgullosa y cabezona. Tenían muchas cosas en común (pese a que Drurga se había jurado a sí mismo que nunca tendría nada que ver con un paladín), ella era la última de su familia, como él. Se preguntó si, de tener una hermana gemela con un corazón oscuro y podrido por el odio y la maldad, ella dudaría tanto como lo hacía él
Nunca entendería cómo pensaban los paladines
-¿Cuánto nos queda para llegar al puerto, Will?
La idea era coger un barco hasta Luskan, a partir de ahí, buscar en las montañas más cercanas hacia el Norte. Sabía que su hermano había conseguido unificar a varias tribus bajo su mando, poco a poco, estaba naciendo una hueste de orcos con él a la cabeza como Avatar del Tuerto; no había pensado muy bien el qué haría llegado el momento de hacerle frente a toda una horda para llegar hasta su hermano, pero el viaje iba a ser largo, y si algo le sobraba, era tiempo para pensar en ello
-Un día más de marcha...Creo que será mejor que hagamos un alto y descansemos ya por hoy, llevamos todo el día de camino -Alzó la mirada para cerciorarse de que efectivamente, comenzaba a llover y a tronar- Además, no me gusta cómo pinta esta tormenta, ¿ves esas rocas de allí?
-Las veo
-Pues allí es donde vamos a descansar
---------------------------- ------------------------------- -----------------------------------
Pasadas ya varias horas, bien resguardados de la incesante lluvia tanto ellos como los caballos, el campamento ya estaba montado, y los dos compañeros de viaje yacían sobre un lecho de pieles, cerca de la hoguera. El cuarterón se mantenía con los ojos cerrados y expresión tranquila, en tanto que la paladina parecía pensativa, con la cabeza acomodada en el pecho del pielgrís.
-William...
-Hn...
-Hay algo que quiero contarte y sé desde hace poco
-Hn...?
-...Estoy embarazada...
-....
-Will?
A modo de respuesta, el híbrido tomó sin apenas mover el brazo la manta de pieles, los cubrió a ambos sin alterar su expresión o abrir los ojos, y acarició la plateada melena de la Tormita. La joven sonrió, y tras besar al mestizo, volvió a posar la cabeza en el pecho de este, para quedarse dormida.
Minutos más tarde, el pielgrís abría los ojos y miraba a la paladina que dormía felizmente
-.....¿Yo, un padre? Ay, joder.....
FIN DEL PRIMER CAPÍTULO