_Miau_The_Return_
El que aplaude en los discursos Zhent
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Imnescaria.
Su nombre pesa como una plegaria cuando lo susurro, envuelta en esas mantas raídas que aún huelen a humo y ceniza.
Imnescaria.
No hay palabra que pueda abarcar todo lo que significa para mí.
No es solo un nombre; es el testimonio de lo poco que quedó en mis manos tras aquel día en Imnescar… y lo único que pudo sobrevivir junto a mí.
Huir. Proteger. Cuidar.
No hubo más armas en mis manos que esas.
No hubo más escudo que mi propio cuerpo encorvado sobre este pequeño bulto.
Imnescaria respiraba suave, ajena a la caída de los muros, al estruendo de la puerta sur.
Sus mejillas tibias contra mi cuello eran un recordatorio de por qué sigo haciendo lo que hago.
Volví primero a Purskul. La ciudad del grano. Allí traté de ayudar, de ofrecer palabras y manos.
Vendé heridas, repartí el poco alimento que quedaba, canté plegarias en medio de noches que olían a miedo y fuego.
Pero mis ojos… mis ojos no soportaban encontrarse con otros.
Miraba hacia abajo, siempre hacia abajo, como si mis pies fueran el único lugar digno de posar mi vergüenza. Me sentía vacía. No era más que una cáscara que caminaba porque debía hacerlo.
Cada niño me recordaba que fallé.
Cada madre. me devolvía el eco de mis propias promesas rotas.
“Protegeré a los inocentes.” “Seré su escudo.”
Palabras tan hermosas como huecas cuando no se cumplen.
Así que partí. Subí a una caravana, con Imnescaria envuelta y dormida en mi regazo.
Partí sin despedirme. Tal vez para ellos fue cobardía.
Para mí fue la única forma de no quebrarme del todo.
Athkatla me recibió con sus murallas gastadas por la brisa marina, indiferente a mi llegada.
A nadie le importa una sacerdotisa que vuelve derrotada, sosteniendo un retazo de esperanza en forma de niña.
No me detuve a hablar. Caminé hasta el Templo de Sune, aquel lugar que tantas veces me dio cobijo cuando aún era una novicia insegura.
Al llegar ante la estatua de la Diosa, el mármol radiante bajo la tenue luz de las velas, mi cuerpo cedió.
Sentí mis rodillas golpear el suelo.
Imnescaria se removió, protestando con un pequeño balbuceo, como si temiera que hasta mis brazos fueran a soltarla.
Allí, entre el mármol, la cera y la fragancia de las rosas frescas, dejé que todo se rompiera.
- Madre… ¿me escuchas? -
Mi voz era apenas un hilo. Temblaba tanto que mis dientes se chocaban unos contra otros. Imnescaria empezó a llorar, como si sus pequeños pulmones gritaran lo que yo no me atrevía.
- ¿Me escuchas, Madre? -
- Dime… ¿cómo puedo seguir predicando la belleza, si todo lo que toco se derrumba? ¿Cómo puedo hablar de amor cuando mis manos solo saben recoger escombros? Dime… ¿qué sentido tiene prometerles esperanza cuando la guerra la arranca de raíz? -
Apreté a Imnescaria contra mi pecho. Su calor me sostuvo cuando mis propias manos dejaron de hacerlo.
- Sé que no soy digna. No después de fallarles… de fallarte. Mira a esta niña, Madre. Ella es lo único que salvé. Ni siquiera sé si fue por valentía o por miedo. ¿Acaso fui valiente? ¿O solo una cobarde que huye siempre que la batalla se vuelve insoportable? -
Mi frente rozó el pedestal de la estatua. Las lágrimas mojaron la piedra fría.
- Si aún queda algo hermoso en mí… tómalo. Tómalo para ella, para Imnescaria. Que crezca libre del hedor de la guerra, de las cadenas del miedo. Que mis manos sean su escudo, que mis palabras sean su cuna. Y si aún queda fe en mí, que sirva para recordar que todavía puede florecer una rosa incluso entre ruinas. -
No sé cuánto tiempo permanecí allí. Horas, quizá. Dicen que las oraciones sinceras no tienen reloj. Que la fe se mide en silencio, no en campanadas. Cuando me levanté, tenía los ojos hinchados y la voz rota, pero Imnescaria dormía tranquila. Tal vez era la respuesta que necesitaba.
Me quedé en el templo algunos días. Las Hermanas y Los Hermanos me ofrecieron alimento, un lecho. Dejaron rosas frescas cada amanecer junto a la cuna improvisada de la niña. Y cada noche, antes de dormir, susurraba a Imnescaria que el mundo aún tenía rincones dignos de ser cantados.
Luego partí. Crimmor me llamaba, herida doblemente. La ciudad de las Caravanas, primero devorada por la mentira del Culto de la Salvación. Después, desangrada por la cruenta guerra civil que siguió como sombra inevitable. Crimmor… un lugar que fue esperanza y mercado, ahora no era más que un tapiz de piedras caídas y callejones que olían a ceniza y miedo.
Entré al Teatro de la Alegría. El nombre era casi cruel. El techo estaba rajado, los tapices desgarrados, las butacas podridas por la humedad. Pero allí, bajo el polvo y los cascotes, encontré algo que me detuvo el aliento: Rosas.
Rosas frescas. Vivas. Plantadas junto a las estatuas que aún, de alguna forma, bendecían el lugar.
Cada pétalo era un recordatorio: la belleza puede resistir.
La belleza no se arrodilla ante el odio.
Se esconde, florece en grietas, se abre paso donde nadie espera hallarla.
Me arrodillé ante ellas, con Imnescaria dormida otra vez en mis brazos.
- Allí donde florece una rosa, florece un motivo para quedarse. -
No sé si alguien me escuchaba.
No sé si surraba a las estatuas, a la Diosa o a mí misma. Pero las palabras brotaron igual.
- He perdido ciudades, perdido gente… y tal vez perdí pedazos de mí misma que jamás volverán.
Pero aquí estoy. Y aquí está ella. -
Deslicé la manta y miré su pequeño rostro. Tan tranquilo.
Tan ignorante aún de la crueldad que devora ciudades.
- No puedo detener la guerra. No puedo cerrar heridas que otros siguen abriendo. Pero puedo asegurarme de que donde esté yo, habrá calor, habrá brazos que sostengan, habrá una palabra que recuerde que la bondad no se rinde. Que la belleza no muere, aunque todo alrededor se marchite. -
Me incliné, dejé un beso suave sobre la frente de Imnescaria.
- Quizá la guerra me arrebate más cosas.
Quizá pierda más amigos, más calles, más templos.
Pero a ti no, pequeña. A ti no. Lo juro por cada pétalo de estas rosas. -
Alcé la vista. Una brisa suave se colaba por los ventanales rotos. Movía los pétalos como si respiraran.
- Gracias, Madre. Si alguna vez mis manos fueron dignas de sostener algo hermoso, que sean ahora escudo de esta niña. De esta ciudad. De cada alma que se atreva a creer que aún queda esperanza, aunque el mundo insista en lo contrario. -
Y allí, entre ruinas, polvo y flores que se negaban a morir, prometí no rendirme.
Aunque el mundo entero se desplome.
Siempre habrá una rosa que resista.