MotiSJL
Minsorrano sin caminos
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JA. Bueno pues cuento algo que me pasó hace unas noches.
No es una gesta. No hay dragón ni ogros ni nada que merezca estar en un pergamino. Es un sueño. Un sueño que tuve y que me ha dejado tan desconcertado que necesito contárselo a alguien aunque ese alguien sea un pergamino.
Allá vamos.
Llevaba unos días durmiendo mejor desde lo de la bruma. Ya lo conté en otro pergamino. Que por fin el silencio de verdad. Que por fin las noches tranquilas. Que JA muy bajito mirando el techo.
Pues bien. La noche de la que hablo estaba durmiendo tranquilo. Sin pesadillas. Sin sobresaltos. Sin nada.
Y entonces empezó el sueño.
En el sueño estaba en una taberna. Cosa normal. Yo en una taberna es lo más natural del mundo incluso dormido al parecer.
Y había una mujer al fondo. De espaldas. Pelo largo. Figura que llamaba la atención. El tipo de figura que hace que uno deje de pensar en la cerveza un momento que para mí es mucho decir.
En el sueño me levanté. Me acerqué. Que en los sueños uno hace cosas que despierto igual no haría porque despierto soy más de quedarme en el rincón con la jarra. Pero era un sueño y en los sueños las piernas van solas.
Me acerqué. Carraspeé. Y dije algo. No sé qué dije exactamente porque era un sueño y los sueños tienen esa cosa de que los detalles no están del todo definidos. Pero dije algo.
Y la mujer se giró.
No era una mujer.
Era un enano.
Un enano viejo. Con una barba gris enorme. Con la nariz más grande que he visto en mi vida. Con una verruga en la mejilla del tamaño de una nuez. Con unos ojos pequeños y amarillos que me miraron con una expresión que no sabría describir pero que tampoco quiero volver a ver nunca.
Me quedé paralizado.
El enano me miró. Yo le miré. El enano miró lo que había en mi mano que resultó ser una flor. No sé de dónde salió la flor. Los sueños son así. El caso es que tenía una flor en la mano y estaba delante de un enano viejo con verruga y cara de pocos amigos.
El enano bajó la vista a la flor. Volvió a mirarme.
Y dijo: ¿eso es para mí?
Me desperté.
De golpe. Sentado en la cama. Con el hacha en la mano porque el instinto es el instinto. Mirando la habitación a oscuras sin entender nada durante varios segundos.
Miré el hacha. Miré el techo.
Y pensé: menos mal que me desperté antes de responder.
No volví a dormirme en un buen rato. Estuve tumbado mirando el techo pensando en la verruga. Que era muy grande. Y en la flor. Que no sé de dónde salió. Y en la cara del enano cuando preguntó si era para él.
A veces el cerebro hace cosas que uno no le pide.
No tengo más que decir sobre este asunto.
JA. Pero un JA incómodo.
No es una gesta. No hay dragón ni ogros ni nada que merezca estar en un pergamino. Es un sueño. Un sueño que tuve y que me ha dejado tan desconcertado que necesito contárselo a alguien aunque ese alguien sea un pergamino.
Allá vamos.
Llevaba unos días durmiendo mejor desde lo de la bruma. Ya lo conté en otro pergamino. Que por fin el silencio de verdad. Que por fin las noches tranquilas. Que JA muy bajito mirando el techo.
Pues bien. La noche de la que hablo estaba durmiendo tranquilo. Sin pesadillas. Sin sobresaltos. Sin nada.
Y entonces empezó el sueño.
En el sueño estaba en una taberna. Cosa normal. Yo en una taberna es lo más natural del mundo incluso dormido al parecer.
Y había una mujer al fondo. De espaldas. Pelo largo. Figura que llamaba la atención. El tipo de figura que hace que uno deje de pensar en la cerveza un momento que para mí es mucho decir.
En el sueño me levanté. Me acerqué. Que en los sueños uno hace cosas que despierto igual no haría porque despierto soy más de quedarme en el rincón con la jarra. Pero era un sueño y en los sueños las piernas van solas.
Me acerqué. Carraspeé. Y dije algo. No sé qué dije exactamente porque era un sueño y los sueños tienen esa cosa de que los detalles no están del todo definidos. Pero dije algo.
Y la mujer se giró.
No era una mujer.
Era un enano.
Un enano viejo. Con una barba gris enorme. Con la nariz más grande que he visto en mi vida. Con una verruga en la mejilla del tamaño de una nuez. Con unos ojos pequeños y amarillos que me miraron con una expresión que no sabría describir pero que tampoco quiero volver a ver nunca.
Me quedé paralizado.
El enano me miró. Yo le miré. El enano miró lo que había en mi mano que resultó ser una flor. No sé de dónde salió la flor. Los sueños son así. El caso es que tenía una flor en la mano y estaba delante de un enano viejo con verruga y cara de pocos amigos.
El enano bajó la vista a la flor. Volvió a mirarme.
Y dijo: ¿eso es para mí?
Me desperté.
De golpe. Sentado en la cama. Con el hacha en la mano porque el instinto es el instinto. Mirando la habitación a oscuras sin entender nada durante varios segundos.
Miré el hacha. Miré el techo.Y pensé: menos mal que me desperté antes de responder.
No volví a dormirme en un buen rato. Estuve tumbado mirando el techo pensando en la verruga. Que era muy grande. Y en la flor. Que no sé de dónde salió. Y en la cara del enano cuando preguntó si era para él.
A veces el cerebro hace cosas que uno no le pide.
No tengo más que decir sobre este asunto.
JA. Pero un JA incómodo.