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Juramento de Plata

Verenestra

Sexta identidad de ladrón cofrade
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«Entrego mi cuerpo, mi corazón y mi alma a Nuestra Señora de Plata. Ninguna súplica de ayuda quedará sin responder. Ningún obstáculo se me opondrá. Cuando suene el clarín, cabalgaré y lucharé en nombre de la Dama. Lo que es sagrado, lo preservaré. Lo que es sublime, lo protegeré. Lo que amenaza, lo destruiré, porque mi santa ira no tendrá límites.»

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  1. Entrenamiento bajo las estrellas.
  2. El Escudo de la Rosa.
  3. Ira y Fuego Lunar
  4. Cenizas y Ascuas
 
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Verenestra

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Entrenamiento bajo las Estrellas.​

Las nubes finalmente se habían disipado, dejando paso a un cielo nocturno salpicado de estrellas. Lejos del bullicio del refugio del Último Umbral, Lyra encontró un espacio tranquilo en el bosque, un área relativamente plana donde podía moverse sin obstáculos. La brisa nocturna, que solía traerle susurros de la tierra, esta vez solo ofrecía el silencio, un lienzo en blanco para sus pensamientos.

Desenvainó su espada larga, la hoja lunar recuperada de Myth Lharast. El peso de la espada era una extensión de su propio cuerpo, familiar y reconfortante. Observó un momento como el filo se encendía con un fuego azulado, que no desprendía calor. Como tantas veces, vació su mente. Este no era un entrenamiento de combate práctica contra sus hermanos, ni una meditación para calmar su espíritu. Esta era una sesión dedicada a la técnica pura, a la perfección de cada movimiento.

Comenzó con la postura fundamental, sus pies arraigados en el suelo, su cuerpo relajado pero alerta. Respiró hondo, dejando que el aire frío llenara sus pulmones antes de exhalar lentamente. Con el primer movimiento, el aire se volvió un lienzo.

Su estilo era la danza de la luz lunar, una forma que priorizaba la fluidez y la técnica sobre la fuerza bruta. Sus golpes no eran tajos salvajes, sino barridos elegantes, diseñados para desviar, redirigir y absorber la fuerza del oponente, como un espejo reflejando los destellos de la Luna, antes de encontrar una apertura.

Practicó la guardia del halcón, la punta de su espada apuntando al cielo, lista para descender con la velocidad de un ave de presa. Luego, la transición a la guardia de la luna creciente, su hoja en una curva protectora, lista para un barrido amplio que abarcara a múltiples atacantes. Cada cambio de guardia era suave, casi imperceptible, un flujo continuo de movimiento.

Repitió una secuencia de paradas y desvíos, girando su cuerpo con cada movimiento, utilizando el impulso del "ataque" imaginario para generar su propia ofensiva. Se centró en la precisión de la hoja, simulando estocadas y tajos, siempre con la intención de neutralizar, no de mutilar. Su entrenamiento la había enseñado que la misericordia era tan poderosa como la fuerza, y que la luz de Selûne brillaba más intensamente a través de la compasión.

Luego, Lyra se centró en los giros y pivotes, movimientos que le permitían cambiar de dirección rápidamente, desorientar a un oponente o evadir un ataque. Su capa ondeaba a su alrededor como un torbellino, como un baile peligroso con una pareja mortífiera, creando una ilusión de movimiento constante, haciéndola un blanco difícil de alcanzar.

Con cada respiración, sentía cómo la energía de Selûne fluía a través de ella, no como un poder explosivo, sino como una corriente constante de claridad y enfoque. La punta de su espada trazaba arcos plateados en la oscuridad, cada uno un testimonio de años de disciplina bajo el dosel estrellado. No había sonido excepto el suave silbido de la espada al cortar el aire.

Después de lo que parecieron horas, la paladina de la luna detuvo su práctica. Su respiración era uniforme, su mente despejada. La espada, una extensión de su voluntad, volvió a su vaina con un suave clic. Miró el cielo, donde la luna ahora brillaba con más intensidad. Aunque el claro del bosque estaba lejos, Selûne estaba siempre con ella, guiando su mano y fortaleciendo su espíritu. Este entrenamiento, bajo el vasto e indiferente cielo de las Tierras de la Intriga, le recordó que la luz de su fe era una constante, una fuente de poder que trascendía cualquier distancia o adversidad.
 
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El Escudo de la Rosa
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Con el último puñetazo, la enorme piedra se quebró, con un crujido que en el silencio de la noche casi parecía un trueno, despertando a los pocos animales del pequeño claro del bosque que no se habían agitado durante los primeros golpes.

La caballera de la luna jadeaba por el esfuerzo, pues al contrario que de costumbre, no había medido sus golpes, pues la rabia y la ira se lo impedían. Cuando llegaron las noticias de la destrucción del templo, la luz de su interior titiló unos momentos. Vió los surcos de lágrimas en las mejillas de Sariel. La mirada fría y apagada de Gwenaelle, la impotencia en los ojos de Zarah y el miedo golpeando el corazón de Lekin. No permitió que a sus ojos llegaran las lágrimas, ni la tristeza cerrara su garganta. Sonrió a todos, les abrazó y musitó palabras reconfortantes, fragmentos de su fe en la Doncella de Plata. Era su escudo en la batalla y fuera de ella, debía serlo. Era su papel en la familia. Su luz, una extensión de la luz de la propia Luna.

Pero la Luna también mengua a veces. Cuando todos estaban tranquilos, salió del Umbral. Se internó de nuevo en la espesura. En su interior, debatian los deseos de encontrar a los seguidores de la dragona azul, desatar su ira y venganza en aquellos que la seguían, pero también buscaba un sitio alejado, donde poder calmar la marea de emociones. Pronto encontró su víctima: un enorme monolito desgastado por el viento.

Con el último golpe, cayeron las primeras gotas. Lyra alzó el rostro para mirar el cielo nocturno, lleno de nubes. Dejó que las lagrimas que había reprimido brotaran, pronto siendo borrado su rastro por las gotas de lluvia que caían en su rostro. Lloró hasta que un rayo de la luna creciente penetró entre las nubes y el viento alejó la lluvia hacia el sur.

Su corazón se calmó finalmente. La luz de su interior dejó de temblar, quizás alimentada por el rayo de luna que iluminaba el claro y su respiración se estabilizó. Selûne estaba con ella. Siempre lo había estado, y siempre lo estaría.
Se limpió la cara con el tabardo y dibujó una sonrisa en su rostro mientras regresaba junto a sus hermanos.

Ella era el escudo de la Rosa.

Defendía la luz más sagrada. Y aquellos que buscaran destruirla, se encontrarían con su ira.
 

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Ira y Fuego Lunar ​


Sobre su cabeza, Iryklathgra y Bálagos sostenían su batalla de titanes. Rojo y azul. Fuego y relámpago. Rey contra Emperatriz. Tras descubrirse el engaño de Ulla Bahor tras dejar caer la ilusión de la dragona dorada que hasta ahora había sido muchos se sintieron perdidos, decepcionados.

Para ella, la revelación sólo había alimentado su ira. Las dos sierpes cromáticas solo habían estado jugando con ellos, usándolos para debilitarse el uno a la otra. Simples peones. Y ahora, hormigas a las que daba igual que las alcanzara el fuego arcano cruzado.

La antigua hoja lunar que empuñaba golpeaba con fuerza a los Testigos de la Tormenta, aquellos que hincaron la rodilla ante la Tirana Azul. El Fuego Lunar no les hería el cuerpo, pero quemaba su voluntad. Terminaron avanzando por las calles de la Ciudad de las Caravanas hasta encontrar a quienes buscaban.

El Arconte, general de los ejércitos de Iryklathgra, se alzaba sobre un pequeño contingente de la Alianza del Norte. Se plantó al frente del grupo, con Eothain, Baldrak y Rhalein a su lado. Detrás, Gwenaëlle y Dainn dispararon magia y virotes contra el dracónido hasta llamar su atención.

Cuando se alzó sobre ellos, su escudo giró y se iluminó de manera extraña. Se llevó las manos a la cabeza, mientras su mente era transportada a la Guerra de la Sangre. Violencia, demonios y diablos a su alrededor, a punto de abalanzarse sobre ella. Pero terminó tan rápido como empezó, volvió al infierno desatado en Crimmor mientras el Arconte se abalanzaba sobre ellos. Tomando rápidamente su espada, se unió al combate. Convocó la luz de las Siete Estrellas, recitó su juramento. Descargó su santa ira contra el dracónido, dejando que sus emociones avivaran el Fuego Lunar. Paraba, embestía y golpeaba con espada y escudo, hasta que finalmente el Memento de Myth Lharast se enterró en el vientre de la criatura.

Pero una risa espeluznante se escuchó mientras una voz oscura hablaba en su cabeza.

  • Os agradezco sumamente… que me hayáis liberado. Tenéis mi gratitud, siervos de Ulla Bahor.

El cuerpo del Arconte se hinchó mientras flotaba levemente en el aire, apenas usando sus alas. Ella apretó la empuñadura de su espada, arrojándose junto al resto contra la criatura.

Cada segundo, cada palabra de poder pronunciada por el ser infernal amenazaba con deshacer su cuerpo. No entendía de conjuros, pero sentía como los conjuros del Arconte no solo querían matarla.
Querían borrarla de la existencia. Solo su luz, la Luz de la Dama de Plata la protegía. Como el abrazo de una madre protectora, mantenía su cuerpo, mente y alma a salvo.

Hasta que por fin, el dracónido poseído cayó de nuevo. Apenas había golpeado el duro suelo lleno de sangre, que con un grito de rabia y un gesto brusco, lo decapitó.

Permaneció unos segundos quieta, jadeando, buscando alrededor. Sariel estrechaba a Gwen entre sus brazos, y a su alrededor solo caían relámpagos y llamas de la batalla sobre sus cabezas.

Su cuerpo le exigía a gritos parar ahí mismo, extenuado por la intensa batalla. Solo su propia voluntad de no caer rendida evitó que lo hiciera, se mientras se retiraban hacia el puerto. Alzó la mirada.

Había caído el general. Ahora solo quedaba destronar a un Rey y a una Emperatriz.


La tiranía de los dragones terminaría. ​
 

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Cenizas y Ascuas ​





Las noticias de la caída de Inmescar alcanzaron a Lyra no demasiado después de la retirada en Crimmor.

Ni siquiera había descansado cuando escuchó el relato de boca de la herrera de Gond, Rainde. Leyendo sus intenciones, Eothain y Kriell la detuvieron antes de que pudiera usar las raíces del mundo para transportarse a la Cicatriz de Inmel.

Tuvo que aceptar sus argumentos y pedir a Sariel que los teleportara a Purskull. Revisó el campamento y el hospital de refugiados, pero no había ninguna señal de su familia. Todos la animaban, intentaban reconfortarla y que no hiciera una locura.

Aprovechó la noche mientras el resto dormía. Se cubrió con una capa y usó las raíces del mundo para viajar en un suspiro a las afueras de Inmescar, a una distancia prudencial de la ciudad.

La visión de su ciudad natal en ruinas la sobrecogió. El orgulloso Escudo del Sur yacía destruido y, a pesar de la distancia, el aire olía a fuego y al hedor dulzón de la muerte. Cuando su mirada se encontró con la Abadía, tuvo que sostenerse en el árbol para no caer de rodillas.

Su segundo hogar, antaño erigido en el risco, de torres de piedra blanca y acabados de plata brillante yacía ahora oscurecida por las llamas impías que habían lamido las murallas, destruidas en buena parte. El faro de luz que había sido su adolescencia se había apagado de forma súbita.

Y lo peor era que ella no había estado ahí para defenderlo. Quizás su vida no habría significado nada en el conflicto. Quizás hubiera podido guiarlos a la victoria. Pero lo importante era que no había estado allí, con su familia, amigos y hermanos.

Les había fallado. Ni siquiera habían podido dar muerte a Colmillos Afilados. El Consejo de los Seis declaró que fueron secuestrados por la Dragona y anularon todas las proclamas del Consejo del Trueno. Tampoco habría repercusiones para aquellos que doblaron la rodilla ante la dragona tirana.

Habían ganado la guerra contra la tiranía, sí. Tanto Colmillos Afilados como la Llama Voladora habían huido. ¿Pero a qué precio? La muerte de cientos en el Norte y las incontables pérdidas del Sur

Tras un momento decidió dirigirse a la casa de su familia, usando uno de los objetos mágicos de Kriell para hacerse invisible a ojos de posibles bestias.

La enorme casa aún estaba en pie, casi intacta. Los campos tenían signos de lucha, algunos habían ardido por completo.

Cuando entró en la casa la encontró revuelta, saqueada. Se dirigió hacia la pared donde se encontraba la estatua destruida de la Dama de Plata, tocando su símbolo sagrado y pronunciando la palabra de mando, abrió el relicario de su familia.

El silencio cuando la piedra dejó de moverse fue aún peor que la visión de la destruida abadía. El relicario era tanto un refugio como una sala del tesoro. En anteriores ataques a la ciudad, había servido para refugiar tanto a la familia como a aquellos que trabajaban para ella. La ausencia de voces se instaló en su pecho como una daga amenazando con perforar su corazón

Cuando terminó de bajar, lo único que permanecía era el martillo de su abuelo, una maza de las cuatro lunas sostenida en un pedestal, aún iluminado con un hechizo que evocaba la luz lunar. La ausencia del resto de reliquias indicaba que sus padres se habían pertrechado para la batalla.

Con el corazón compugnido, tomó el maza, cargandola al hombro y se encaminó fuera de la hacienda. Con una palabra de poder, una varita escupió una lengua de fuego hacia el interior, estallando en una explosión que empezó a devorar la casa que su familia había eregido dos siglos atrás.

Para cuando llegaron los exploradores muranies ya se había marchado con el poder.

Habían arrasado y pisoteado el jardín, pero había flores que crecían en lo salvaje. Flores que se abrían en la noche para la Dama de Plata.

Y pronto descubrirían que esta flor también tenía espinas.
 
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