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La Búsqueda del Heraldo

Skotos

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I.

Lo que al principio empezó siendo una investigación sobre hierrofrío y plata acabó tornándose en una búsqueda floral. Entre las intrigas que ocupaban sus días, Zilvra apenas había tenido tiempo para dedicarse a la caza del criminal más buscado de Athkatla: el Heraldo de la Muerte. Pero sabía que esa inquietud era compartida por sus aliados, tanto en la Iglesia de Selûne como en el Acero.

Por eso se prestó a ayudar.

Lo que no sabía era que esta búsqueda la llevaría a cruzarse con Obara.

Desde el primer encuentro, la presencia del Mago Rojo le resultó intolerable. Aquella mirada hundida, cargada de un desprecio palpable hacia quienes no se doblegaban a su voluntad, reavivó heridas que nunca habían sanado del todo. Juraría que sus cicatrices ardían con el simple recuerdo de Thay. Por mucho que intentara dejar ese capítulo atrás, siempre encontraba una forma de regresar y atormentarla.
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No entendía cómo Misog podía compartimentar esta colaboración. Pactar con diablos era atroz, pero ¿en qué se diferenciaba de negociar con un thayino? ¿Qué imagen proyectarían los selûnitas si se dejaban ver con alguien como él?

No obstante, ella no era parte de la Iglesia, ni siquiera una feligresa. Su opinión poco importaba. La mayoría decidió aceptar la colaboración, y Zilvra no iba a dejar a sus amigos a su suerte.

Obara cumplió su parte, compartiendo información crucial: un mapa que marcaba los lugares de asesinatos pasados. Y con este hallazgo, se dio con una pista más importante, un patrón. La constante era macabra y sorprendente: los lirios. El asesino, un retorcido sentimental, enviaba lirios a sus víctimas como una especie de advertencia antes de matarlas.

La cuestión era seguir los lirios. Rastrear la demanda y tirar del hilo hasta encontrar al culpable.

Durante los días siguientes, Zilvra se puso manos a la obra. Aprovechando su acceso al cuartel y a los nuevos círculos que su posición le otorgaba, comenzó a investigar en las zonas comerciales. Rondó por el Distrito del Puente y el Paseo de Waukeen, indagando entre soldados encargados de registros comerciales e inspecciones. Con especial atención, preguntó quiénes eran los principales proveedores de flores, en particular de lirios.

Sabía que una flor tan peculiar no sería fácil de conseguir en grandes cantidades. Y no escatimó esfuerzos. Algunas monedas estratégicamente repartidas por aquí, preguntas indiscretas por allá. Su figura pronto se volvió una presencia habitual en los mercados de flores. Mercaderes y clientes la veían pasar, observándola con mezcla de curiosidad y cautela, pero nadie osaba detenerla.

Cada pista era un paso más en el camino, pero también un recordatorio de que el Heraldo de la Muerte seguía libre, con tiempo suficiente para planear su próximo movimiento.

¿A dónde llevaría el rastro de los lirios?​
 
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