Kellky
Lágrima de mago nerfeado
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El silencio en algún rincón de Murann era pesado, pero el eco de la voz de aquella mujer lo era aún más. El mestizo permanecía inmóvil, mirando hacia la oscuridad, mientras el rastro de la conversación vibraba en sus oídos como un zumbido molesto.
"...sed... agua... plano ideal..."susurró para si mismo, y las palabras le supieron a ceniza en la lengua.
Un sabor amargo, biliar, le subió a la garganta. Se llevó una mano al pecho apretando la tela que lo vestía. Un escalofrío de pura vergüenza lo recorrió de arriba abajo: se dio cuenta de que había hablado como si aun fuera un clérigo...no clérigo no, un caballero de la Luna. Había usado palabras refinadas, la lógica blanca y pura de Selûne para validar el discurso de esa mujer. Ella le había tendido una red invisible y él, por puro instinto de una fe que creía muerta, había saltado dentro.
Se sintió un estúpido. Un bruto jugando a ser sabio con las herramientas de sus carceleros.
"Me la jugó" Pensó, y los dientes le chirriaron "Ella no solo me ha desafiado, me ha hecho citar el dogma que abandone."
En su mente, los recuerdos de los salmos selunitas se mezclaban con la imagen de la mujer. Recordaba cómo le enseñaron que el deseo era la prueba de la existencia de lo divino, pero ahora esa lógica le parecía una broma cruel. El vacío que sentía en el pecho no era la " sed de agua" que había descrito; no era un anhelo sagrado esperando a ser saciado por la gracia de una diosa.
Era la rabia de una cicatriz que supura.
Cerró los ojos y, en la oscuridad de su mente, la "paz" dejo de ser un plano ideal, sino un miembro amputado que seguía doliendo aunque ya no estuviera ahí. Se dio cuenta, demasiado tarde, de que para él la paz no fue un regalo, sino una luz que Selûne le había mostrado solo para dejarlo ciego, para que la negrura de Murann le doliera más por puro contraste. Sabe que se ha cegado, pero también sabe que ya no hay vuelta atrás.
Quizás ella se había ido creyendo que lo había hecho reflexionar sobre la belleza del anhelo. y como aliada, sus palabras quizás no buscaban herir, sino entender. Pero el Ogrillón no buscaba comprensión. La próxima vez que se cruzaran, el se aseguraría de que ella viera lo que es ahora. Ya no habría metáforas sobre el agua o la sed. La próxima vez, ella entendería que su fuerza no nace de lo que espera recibir, sino del fuego que arde en el vacío que le devora las entrañas.
"...sed... agua... plano ideal..."susurró para si mismo, y las palabras le supieron a ceniza en la lengua.
Un sabor amargo, biliar, le subió a la garganta. Se llevó una mano al pecho apretando la tela que lo vestía. Un escalofrío de pura vergüenza lo recorrió de arriba abajo: se dio cuenta de que había hablado como si aun fuera un clérigo...no clérigo no, un caballero de la Luna. Había usado palabras refinadas, la lógica blanca y pura de Selûne para validar el discurso de esa mujer. Ella le había tendido una red invisible y él, por puro instinto de una fe que creía muerta, había saltado dentro.
Se sintió un estúpido. Un bruto jugando a ser sabio con las herramientas de sus carceleros.
"Me la jugó" Pensó, y los dientes le chirriaron "Ella no solo me ha desafiado, me ha hecho citar el dogma que abandone."
En su mente, los recuerdos de los salmos selunitas se mezclaban con la imagen de la mujer. Recordaba cómo le enseñaron que el deseo era la prueba de la existencia de lo divino, pero ahora esa lógica le parecía una broma cruel. El vacío que sentía en el pecho no era la " sed de agua" que había descrito; no era un anhelo sagrado esperando a ser saciado por la gracia de una diosa.
Era la rabia de una cicatriz que supura.
Cerró los ojos y, en la oscuridad de su mente, la "paz" dejo de ser un plano ideal, sino un miembro amputado que seguía doliendo aunque ya no estuviera ahí. Se dio cuenta, demasiado tarde, de que para él la paz no fue un regalo, sino una luz que Selûne le había mostrado solo para dejarlo ciego, para que la negrura de Murann le doliera más por puro contraste. Sabe que se ha cegado, pero también sabe que ya no hay vuelta atrás.
Quizás ella se había ido creyendo que lo había hecho reflexionar sobre la belleza del anhelo. y como aliada, sus palabras quizás no buscaban herir, sino entender. Pero el Ogrillón no buscaba comprensión. La próxima vez que se cruzaran, el se aseguraría de que ella viera lo que es ahora. Ya no habría metáforas sobre el agua o la sed. La próxima vez, ella entendería que su fuerza no nace de lo que espera recibir, sino del fuego que arde en el vacío que le devora las entrañas.