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La ciudad de los condenados

javi1988

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La ciudad de los condenados

… Hoy, durante mis rutinas diarias en la orden, escuche a un par de mis hermanos de armas, parlamentar acerca de problemas recientes. Según sus palabras algunas caravanas que partieron desde Crimmor a Naskell, pasando por el paso de los colmillos. En condiciones normales no es algo de extrañar que no llegaran a su destino a su destino, dada la dificultad particular de ese paso… no obstante resultaba más preocupante que ni tan siquiera se había hallado rastros de pillaje o de un ataque de los fieros lobos invernales de los picos.

Una digna tarea para ocupar estos días, me dije a mí mismo. Prepare mi petate con provisiones para una semana, y montando sobre Atronador, cabalgue ligero hasta Crimmor, por el tranquilo camino del rio, sin toparme si quiera con los molestos y estúpidos ogros que lo habitan. Cabalgue durante unas pocas horas junto a la orilla del Alandor hasta llegar a los muros de Crimmor, en cuyos establos deje mi montura.

Pase el portón, saludado por la guardia como es costumbre, y pasando por la plaza central, de camino al despacho del alcalde, di con el señor Ionwe, arcano de buen talento, aunque un tanto siniestro a mi parecer, embozado en sus ropas oscuras. Me indico que ya había parlamentado con el alcalde y lo que este sabia, apenas que las caravanas desaparecían en algún lugar del paso de los colmillos.

Bien, cuantos más mejor, accedí a compartir fortuna y buscar las razones de las desapariciones. No obstante necesitábamos al menos un rastreador para localizar el rastro.

Aguardando, se nos unió una mujer llamada Hina Ogders, una monje, de Tempus por lo que tengo entendido, muy diestra he de añadir, en el combate sin armas. Con ella se unió un hombre llamado Samar, un truhán en verdad, más interesado en el oro que en ayudar me temo, pero a la par un rastreador. También un elfo llamado Astaldo Tyln, creo, batidor de los leones de Misnor. Buena combinación… dos rastreadores, un arcano un monje y un caballero de la orden. Sin más dilación partimos hacia el norte.

Atravesando el Alandor en una barca, nos pertrechamos y seguimos el camino. Era fácil distinguir el rastro de las ultimas caravanas, no nos dio problemas, salvo en un paso angosto… al parecer la foresta ha engullido parte del camino, y apenas se puede pasar por la maleza. Ante las faldas de las imponentes montañas, perdimos parte del rastro en la roca viva y la nieve reciente, asi como por los ataques de los lobos invernales.

Feroces animales, el aliento de esos canes resulto un retraso, especialmente para los batidores que avanzaban delante. Aunque la dama Hina danzaba entre los alientos sin sentir apenas sus efectos, el arcano con sus conjuros nos protegió asi como calcinó a otros tantos lobos, a la par que yo, espada en mano, acabe con los restantes. No pudimos evitar que el elfo, maltrecho, tuviera que retirarse. Por suerte el tal Samar continuo con nosotros pese a que fue el que se llevo la peor parte del ataque.

Con el viento silbante susurrándonos al oído, nos detuvimos a mitad del camino. Algo no encajaba a los ojos del explorador… y a mí tampoco. Las huellas de la caravana se perdían por un camino que jamás había visto, y no había signos de batalla, solo seguían el camino. Donde antes solo había roca, una senda se abría a nuestros ojos… la seguimos, pues era la ruta de la ultima caravana.

Durante una hora y media, embozados contra el frio, y avanzando pesadamente entre la nieve, distinguimos una extraña ciudad, una muralla, rodeaba una pequeña urbe y en lo alto, vigilando las casas de los plebeyos, un imponente castillo, siniestro y de pendones hechos jirones.

Entramos, la ciudad era silenciosa y un tanto tétrica. Solo en la plaza central se veía algo de actividad. Hombres y mujeres caminaban en silencio con semblante sombrío, mientras que los infantes, almas puras e inocentes, jugaban en un mundo gris.

Al acércanos comprobamos, que los rostros de aquellos que tenían más de veinte inviernos, tenían caras largas, cansadas, pálidas y ojerosas, de mirada perdida y vacía, tanto que haría dudar si son vivos o espectros. Podía sentir la tristeza de esas gentes, su desesperación y… sobre todo, miedo.

Al vernos la muchedumbre nos observo curiosa y uno de los guardias nos advirtió “el se enfadara”. Intrigados, y casi al unisonó, preguntamos quien era “el” y si habían visto llegar la caravana de mercaderes que había desaparecido. De nuevo nos advirtió, que sería mejor correr antes de que ese ente se enterara de nuestra presencia, alguien que no tiene nombre, pues lo perdió hace mucho. Ni ellos mismos sabían cuanto tiempo llevaban asi, tan fácil como un día podría ser un siglo. Pero si sabían algo, los mercaderes estaban en el castillo, y aquel que intentara huir de esa ciudad maldita, seria preso de la ira de su señor, una ira que no conoce compasión ni perdón.

Hace mucho tiempo, según el guardia, el señor de esa tierra mato a sus niños hace mucho tiempo, torturados, expuestos y mancillados. Esto había traído una maldición a todo el lugar, nadie podía morir mientras el señor viva, aun cuando este no puede morir y nunca ha muerto. Y todo, por una sencilla gema roja, la ambición y la sangre de un hombre que odia. Un pacto con los seres abisales, a cambio de oro, poder y riquezas, que lo sedujo, y por el cual fue engañado. Cuando cumplió el ritual y asesino a todos los niños, quedo preso en la maldición, junto con los que quedaban dentro de sus tierras. Tal fue el crimen de ese señor, que fue exiliado del mundo, y solo podría volver cada 150 años, durante un corto periodo de tiempo, para atraer más presas a su mundo maldito.

Tal y como temía, este lugar no debía estar aquí, porque nunca estuvo. La senda que seguimos era un portal a otro plano, tal vez una de esas bolsas entre planos, como lo llaman los arcanos. En una situación asi, retroceder podría suponer llegar a un callejón sin salida o no poder regresar, y dejar desamparados a estas gentes, asi como a los mercaderes no es mi estilo, no es justo que sufran otros por los crímenes de un hombre desquiciado.

Avance, y los demás me siguieron, un tanto reacción algunos de ellos. Los plebeyos condenados, quedaron en sus hogares lúgubres, sin esperanza. Solo les pedí que tuvieran fe.

La senda al castillo estaba rodeada de una densa niebla baja, que apenas me permitía ver mis pies y donde pisaba. El escarpado camino fue quedando atrás, y quedamos a las puertas de la fortaleza. Las puertas entreabiertas chirriaron un poco haciéndome sentir un escalofrió, empujadas por una suave brisa, como invitándonos a entrar en sus fauces.

Era de esperar que el interior del castillo fuera tan negro como el exterior. Los pasillos oscuros apenas eran iluminados, mis ojos me permitían ver bien en esa oscuridad, no obstante. El aire viciado, rancio y desagradable, pesado sobre mis hombros, podía sentir la maldad del lugar.

Mis compañeros no eran ajenos a la sensación, el miedo atenazaba sus gargantas, especialmente la del señor Samar, y peor aun fue, cuando vimos una figura corriendo junto a nosotros.

Era un niño, chillaba y gritaba desesperado, mientras un hombre de armadura negra le perseguía con la espada en ristre. Fantasmas del pasado, ilusiones de los horrores que habían perdurado en la fría y muerta piedra. Vimos como el hombre de negra armadura destripaba vivo al infante, y su cuerpo tembloroso, caía sobre una mancha en el suelo… su sangre, seca desde los siglos de su muerte.

A medida que avanzábamos encontrábamos ilusiones similares, cada cual más horribles, asesinatos, torturas, violaciones… gritos y gemidos de dolor de los niños y niñas, ruegos de clemencia, y la risa del torturador. Ilusiones, y nada más. Avanzábamos por el castillo por corredores cubiertos de polvo y manchados de sangre. La monje marcaba las puertas por donde habíamos llegado, colocando unas estrellas de acero, de puntas afiladas, atentos a escucharlas caer, si alguien nos seguía. Nadie apareció, seguimos avanzando y encontramos lo que parecía un diario.

Comprobando que no había trampas, leímos:

"Debo matarlos a todos, poder, por solo sus muertes seré poderoso, ni la muerte podrá vencerme, morirán, todos morirán como ella murió.
Mi amor donde estas, ves mi arma, ves mi espada? su sangre, su sangre es por ti, su sangre llora, igual que llora mi corazón, deben morir, pero morirían de un modo que jamás olvidaran, oh si.
Cocinare sus cuerpos, devorare sus almas, me alimentare de su esencia. Nada quedara de ellos, y seré inmortal, sus ojos, todos ellos en mi copa, de oro, brindando contigo por la muerte"

Solo una palabra acudía a mi mente al ser testigo de todo lo ocurrido “justicia”

Llegamos a la cocina, donde vimos más ilusiones e imagen de cómo el malvado señor, llenaba botellas con la sangre de los infantes, y los quemaba vivos en las brasas. Samar estaba aterrorizado, casi no podía controlarse. Los demás también estaban inquietos, mas solo podíamos continuar.

Encontramos unas escaleras que bajaban, en cuyos lados se veían los huesos de los niños muertos, dispuesto como adorno u trofeo, no sabría decirlo. Aconseje bajar por ese lugar. Los demás estuvieron de acuerdo. El mal suele ser fácil de predecir, busca instintivamente la oscuridad para no verse a si mismo.

Bajamos cada vez más por la escalera de caracol. Podía sentir el mal cada vez más cerca, estábamos frente a la puerta, tras la cual hallaríamos al malvado ente que había perpetrado todo. Abrimos la puerta.

Ante nosotros se habida una amplia estancia de fría piedra, antes de seguro decorada con pendones y adornos, ahora negra y sucia. Dos estatuas con los rostros destrozados, guardaban un trono, desde el cual nos observaban dos llamas rojas. Dos pequeñas llamas, que ardían en las cuencas de una calavera, que apenas si tenía carne. El señor del castillo sin duda. Reconocí su armadura negra, de las ilusiones. A su lado una alabarda guardaba reposo, apoyada junto al templo. La cabeza nos miro pensativa y habría sonreído, si hubiera tenido labios. “Nuevas marionetas” rió, el caballero de negra armadura, declarándose en señor de la ciudad y nuestras vidas.

Cruzamos pocas palabras con él, increpándole por los temibles actos cometidos, pero nada parecía importarle… si había algo de bondad en ese ser, hace mucho que lo había perdido. Ahora solo deseaba el poder, el mal, ser el dios de su mundo maldito. Y finalmente proclamo “¿Quién será el primero en morir?, os daré unos instante para pensarlo”

Mire la estancia, y vi un espejo lleno de rubíes tras el trono, y recordé. Una de esas gemas, fue el objeto del pacto con el demonio. Si había un modo de acabar con él, debía ser ese. Les susurre a mis compañeros mi sospecha, y ellos aceptaron a destruir el espejo, mientras yo, más versátil en el combate que los demás, me batiría en duelo contra el señor del mal.

Di un paso, y el engendro me señalo proclamando “tú serás el primero”. Desenvaine mi filo y afiance mi escudo, con la palabra de Tyr en mi garganta, me lance contra la criatura, intercambiando los primeros golpes. Sorprendiéndome el poco empeño que ponía la criatura en la defensa, ninguno. Mis golpes hirieron su carne… pero cuando volví a mirar, ha herida ya no estaba. Realmente la maldición lo había hecho inmortal en su mundo. El contraataque del ser era brutal, su alabarda danzaba enganchándose en mis placas, abriéndome heridas por doquier. Me concentre en la defensa, interponiendo espada, escudo y plegaria a sus golpes, que cada vez me debilitaban mas.

Hina grito desde detrás del trono que se rindiera o destruiría el espejo. Ignorándome, el ser se volvió y rió, sin importarle nada. La monje descargo su puño contra el espejo, y las gemas salieron por los aires, cayendo por doquier. En ese momento empezaron a pisar los cristales y romperlos.

Las sonoras y rasposas carcajadas del señor del castillo cesaron, sustituidas por un gruñido de frustración, mientras alzaba la alabarda contra Hina… solo para ser detenida por mi espada

“yo soy tu adversario”

Le increpe, bloqueándole el paso y golpeándolo con mi filo bendito por el justo. El caballero oscuro retrocedió un poco ante mi acometida, y contraataco con mayor intensidad, abriéndome profundas heridas. El arcano Ionwe, tejió la urdimbre tras de mí, protegiéndome con magia protectora, mientras la monje y Samar pisaban mas cristales.

http://img21.imageshack.us/img21/6492/luchad.png

El combate se convirtió en una danza mortal, en que daba lo máximo de mí, un fallo podría ser letal. Un paso mal dado hizo que callera de espaldas contra el trono, mi espada quedo encajada en la hoja de la alabarda que se disponía a clavar en mi rostro, para darme el golpe de gracia.

Un pequeño estallido carmesí ilumino la estancia un segundo, al ser pisada una de las últimas gemas intactas. El caballero oscuro dio un grito de dolor, con lo que pude echarle atrás de una patada mientras se retorcía de dolor y me liberaba de la amenaza de su alabarda.

Dejo caer su arma, se llevo las manos al rostro, arrodillándose en atroz agonía y gritando, hasta que su cuerpo se convirtió en una esfera de fuego incandescente que estallo, llenando toda la estancia de llamas, que me impulsaron contra el muro, haciéndome chocar contra este, al igual que el resto de mis compañeros.

Unas voces infantiles clamaron felices “ya voy mama”, “somos libres”. Unas voces que me hicieron sonreír a pesar de mis heridas.

La monje me ayudo a incorporarme, podía andar aun, las heridas no eran graves. A nuestro alrededor todo temblaba, la maldición que había mantenido todo el castillo y la ciudad atrapada en el exilio, volvían a su lugar y su tiempo. El arcano lanzo un conjuro para movernos más aprisa, y asi lograr salir del castillo a tiempo, a tiempo de ver, como la ciudad parpadeaba y se ondulaba como una ilusión, para desaparecer del todo. No encontramos nada, salvo al grupo de mercaderes y su caravana. Eran los únicos supervivientes.

Los escoltamos de vuelta a Crimmor, donde se nos ofreció una recompensa, que por mi parte, rechace. Y tras un merecido descanso en la posada, regrese a la orden, a continuar con mis obligaciones, con la satisfacción del bien realizado, las almas liberadas y una misión bien cumplida. Con la sensación de que la justicia prevalece triunfal, al final de todas las cosas.

Fdo: Aldaris Nithram
//gracias a Bane por la guiadilla, estuvo mu bien. Si me he saltado algún datillo sorri ^^U
 

Alexander901

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Buen relatillo. ^^ Estuvo bastante bien la escena.
 
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