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La Frontera Salvaje

Imperator Furiosa

Pasta dulce de Amanda
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Frontera sur de Amn, hace unos días.

La llanura se abría como un océano verde bajo el cielo interminable de la frontera. Los límites existían, por supuesto, pero las pequeñas montañas aserradas de los Dientecillos Orientales se fundían con los colores del firmamento hasta volverse apenas una sospecha. Aquella tierra no era dócil: vasta, indómita, apenas contenida por colinas de hierba alta que susurraban con cada soplo de viento. En ese momento el sol ya estaba comenzando su lento descenso hacia el oeste y su luz dorada convertía cada brizna en una aguja encendida.

Había algo casi sagrado en la quietud amplia de la planicie, en la cualidad que tenía el paisaje de tragarse los sonidos humanos y devolverlos transformados en eco.

A lo lejos, las siluetas de los caballos salvajes se recortaban contra el horizonte. No más de una docena. Las yeguas mantenían el círculo flexible; un par de potros trotaban entre ellas, todavía ajenos al cálculo del mundo. El semental, un alazán oscuro, casi cobrizo cuando el sol lo hería de lleno, todo arista y músculo tenso, pastaba inquieto, alzando la cabeza a cada cambio de viento.

Más al este, casi borradas por la luz oblicua, se distinguían huellas recientes de exploradores osgos.

Talivia Ha'valen observaba la manada desde lo alto de una colina, a lomos de su caballo Príapo. Su viejo abrigo militar ondeaba tras ella como una bandera sin escudo. Plegó el catalejo de un golpe seco y se lo devolvió a Sulion Suravar, quién aguardaba a su izquierda.

Sus dedos se rozaron un instante más de lo necesario.

Ninguno comentó el gesto.

—Siguen nerviosos —dijo él en voz baja, sin apartar la vista de la manada. Un rubor discreto le trepó a las mejillas.

Por un momento, Talivia Ha'valen creyó regresar a la Frontera Salvaje. Aquella llanura no era el norte. No era su tierra. Pero era un territorio suspendido, todavía sin dueño definitivo. Y ella sentía que siempre había vivido allí: en el filo dónde el orden y lo indómito se vigilan mutuamente.

Sabía que en ese escenario a ella le tocaba orquestar el orden. Príapo, su caballo, llevaba hierro en los cascos. Aquellos caballos asilvestrados, no. Pero era a través del artificio de los herrajes de su montura que podría preservar la belleza salvaje de los cimarrones. Aunque no deseaba interferir en la libertad de los animales, ella también debía ser hierro. De lo contrario, acabarían sucumbiendo ante los ataques de las tribus trasgoides que desde hacía meses venían presionando las tierras fronterizas.

Cerró los ojos un instante. Podía escuchar el murmullo lejano del río Esmel abriéndose paso a través de la llanura como una cicatriz de agua, el roce constante de la hierba y un ave rapaz graznando en los cielos.

—Si bajamos sin propósito, se dispersarán y eso nos complicará las cosas —murmuró Sulion, señalando el flanco occidental—. Hay una garganta estrecha. Podríamos guiarlos hacia allí.

Talivia no lo miró. Sabía que tenía razón. Él siempre buscaba la forma menos brusca de intervenir en el mundo. Una media sonrisa le rozó la comisura.

—Siempre tan considerado, Suravar. Incluso con las bestias.

Su mirada volvió al este, donde las huellas osgas comenzaban a endurecerse bajo la luz menguante. No había tiempo que perder.

Espolearon los caballos casi al unísono pero pronto ella le tomó la delantera. Ir por delante era una constante en su vida. Sulion intentó emparejarse con ella mientras descendían, levantando, a su paso, una polvareda amarillenta que volaba hacia la llanura.

—¡Os gusta cabalgar cerca del desastre, Suravar!—exclamó ella, dominando con su voz grave el estruendo de los cascos.

—¡Eso es porque lleva vuestro nombre, Ha'valen!

El semental alzó la cabeza y relinchó. Tenía los ojos fieros, de un ámbar oscuro.

Talivia sintió en el abdomen la punzada de ese instante exacto en que lo salvaje reconoce la presión del orden. La carcajada le brotó audaz y limpia, mientras el viento le azotaba el rostro, desordenándole el cabello.

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Imperator Furiosa

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El valle se llenó de trueno.

Descendieron la loma en ángulo abierto, separándose para abarcar ambos flancos. El polvo comenzó a elevarse bajo los cascos. Talivia dejó que Príapo abriera el aire a dentelladas. Sus rodillas apretaron los ijares con firmeza, el cuerpo inclinado hacia delante, el cabello, suelto golpeándole la espalda. La manada salvaje se tensó al advertir la presión: el semental alzó la cabeza, mostró el ojo encendido y giró sobre sí con una energía contenida. Las yeguas estrecharon el círculo en torno a los potros.

Talivia cerró la vía de escape hacia el este, donde los rastros osgos marcaban una amenaza invisible pero cercana.

—¡No les deis tiempo a pensar! —gritó Sulion desde el otro lado, su voz clara sobre el estruendo.

La manada giró como una marea oscura, orientándose hacia el corredor natural que conducía a los territorios vigilados por la Casa Gáldrim. Allí la llanura se estrechaba entre dos crestas bajas, un embudo de tierra y hierba que obligaba a avanzar en bloque.

—¡Ahora!—ordenó ella.

Sulion se abrió hacia el flanco oriental, recortando la huida con una curva amplia y limpia.

—¡Si los forzamos, romperán hacia la ladera! —advirtió.

—¡Forzar nunca ha sido lo vuestro, Suravar!—respondió Talivia, inclinándose sobre el cuello de su caballo.

El movimiento fue lento al principio: una presión aquí, otra allá. Los jinetes estrecharon el cerco con precisión gradual, sin gritos, sin látigos. La manada empezó a girar, sin temor, empujada por la mano invisible del cálculo.

Un potro intentó huir hacia campo abierto; Sulion lo interceptó con un movimiento sobrio, guiándolo con el flanco de su montura hasta devolverlo al amparo de su madre.

—¡Vuelve con tu madre, pequeño insensato! —masculló, casi con ternura.

El viento cambió. Desde el este llegó un rumor áspero. Sulion lo oyó también.

— En breves tendremos compañía.

—¡Lo sé!—
replicó ella, tensando los músculos de su cuello, mientras se asía con fuerza a las riendas.

Una piedra rodó ladera abajo. El semental de la manada se irguió, indeciso. Durante un segundo el mundo pendió de ese cuello arqueado. Amagó una carga. Sulion espoleó, adelantando a Talivia y cortó el horizonte al caballo salvaje, que retrocedió un paso, como si su instinto hubiera sido doblegado por la voluntad de él.

El semental giró bruscamente y, con un resoplido, arrastró al resto consigo. La manada, privada de escapatoria visible, se replegó hacia la garganta occidental.

Una silueta apareció en la cresta oriental. Baja. Encogida. Observando.

Talivia no la miró dos veces.

—No se atreverán a entrar en la garganta —dijo ella, acercándose lo suficiente para que el polvo los envolviera a ambos.

La luz se tornaba oblicua y fría entre los muros de roca del desfiladero, que parecían observar con indiferencia mineral el esfuerzo racional por imponer orden a la naturaleza desatada. El eco multiplicó el estallido de los cascos hasta convertirlo en un clamor casi solemne. Las paredes, estrechas, obligaban a la manada a compactarse; cualquier sobresalto podía transformarse en estampida. Talivia tomó la delantera; Sulion cerró la retaguardia. Entre ambos la manada fluía como una masa nerviosa que debía ser conducida sin quebrarse.

Desde atrás él la observaba hacer con cierta ironía cómplice. Se le había adelantado, como de costumbre y, aunque entre ellos existía una separación de doce caballos salvajes al galope sabía que la Flaca, como le gustaba llamarla en privado, no podría haber completado la tarea sin su ayuda.

En un momento dado, Príapo había resbalado apenas sobre la grava suelta. Talivia ni gritó ni aflojó la rienda, sobreponiéndose con entereza al accidente. Era imposible detener la marcha con ella.

—¡Tal vez sea por esto que os amo!—exclamó Sulion, materializando alegremente sus reflexiones.

El estruendo de los cascos devoró sus palabras con exquisita crueldad. La confesión quedó suspendida, triturada hasta volverse de nuevo secreto. Ella volvió el rostro sobre el hombro y, a través de la polvareda y de las crines fulgurantes, buscó al dueño de la voz. Le ofreció una sonrisa feral, apenas domesticada.

—¡¡¿Qué decís?!! ¡No os oigo...!—y, por una vez en la vida, no mentía.

Talivia soltó un silbido agudo, modulando el ritmo. Poco a poco, la carrera se transformó en trote, luego en avance firme y contenido. La tensión comenzó a deshacerse como humo al sol. El ruido de la cresta oriental fue quedando atrás.

Al salir del desfiladero, la llanura reapareció distinta: delimitada por mojones de piedra blanca y empalizadas bajas, las primeras marcas de una discreta vigilancia. Las tierras protegidas de la Casa Gáldrim se extendían ante ellos con una serenidad casi doméstica, como si la naturaleza hubiera aceptado firmar un pacto de convivencia. Un explorador de la Liga del Cereal levantaba el brazo en señal de reconocimiento.

Cuando por fin cruzaron el límite, la manada se dispersó en la llanura protegida, aún nerviosa pero libre del peligro inmediato de las tribus osgas. Talivia observó cómo el círculo de yeguas se relajaba y los potros retomaban su trote torpe y jubiloso. El semental fue el último en franquear la línea. Se volvió una vez, mirando hacia la garganta. Después avanzó, aceptando la amplitud segura de los pastos protegidos. Había algo melancólico en aquella rendición, pensó ella, una vida cómoda y tranquila a costa de perder el vértigo de la incertidumbre que concede la libertad.

Talivia dejó caer las riendas un segundo y alzó el rostro al cielo inmenso. Como el semental, aún sentía en el pecho esa expansión que sólo aparecía en plena carrera. Era algo mucho más profundo que una mera sensación de euforia. Era una claridad trascendental, el mundo reducido a dirección y ritmo.

Un trabajador levantó la cabeza desde los corrales y se quedó inmóvil, viendo aparecer la manada como una visión arrancada del polvo. A éste se sumaron más, curiosos, señalando, comentando.

—No miréis tanto —masculló Talivia, sin dirigirse a nadie en particular, mientras les daba indicaciones a mano alzada, desde la distancia.

Sulion dejó escapar el aire que llevaba conteniendo desde la colina. Espoleó suavemente y se situó a su lado.

—Si nos quedamos, nos pedirán explicaciones.

Ella asintió, el cabello alborotado pegado a la frente sudorosa.

—Y puede que un discurso.

—Y tal vez quieran descorchar una botella de vino.

—Hemos puesto a salvo a los caballos. Ya saben lo que tienen que hacer con ellos.

Talivia torció la boca. No quería volver al redil. No todavía.

—El Esmel está crecido —observó él, mientras se permitía la osadía de apartar un mechón de cabello de los labios de Talivia—. Nadie frecuenta la ribera a esta hora.

Se miraron apenas un segundo, sonriendo con malicia. Fue suficiente.

Y, sin hacer ruido, giraron sus monturas y tomaron el sendero que descendía hacia el Esmel, protegido por sauces y juncos altos.​



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El sendero descendía en curva suave hacia la ribera del Esmel, donde los sauces inclinaban sus ramas como si estuvieran protegiendo un secreto antiguo. El río, crecido, avanzaba con una calma poderosa, ancho y oscuro, arrastrando reflejos de luz oblicua entre los largos juncos.

El trueno del valle había quedado atrás.

Los jinetes aflojaron el paso de sus monturas al internarse bajo la sombra verde. En aquel meandro del Esmel se respiraba un aire distinto, una fragancia terrosa y húmeda, mixtura de raíz y agua. Dejaron que los caballos saciaran su sed en el caudal antes de desmontar y luego los soltaron, sin desensillarlos, para que pastaran en las inmediaciones. Había algo previsor en ese gesto, una economía de supervivencia que les hubiera posibilitado saltar sobre las sillas en cualquier momento, para huir del lugar.

Talivia avanzó unos pasos por la ribera, soltándose los guantes uno a uno con los dientes, sin ceremonia. El viento le revolvía la melena rubia, espesa, encrespada por el sudor, y dejaba al descubierto la curva firme de su cuello. Aún llevaba polvo en la clavícula, una huella clara que descendía hacia el borde de la camisa abierta por el esfuerzo.

Sabía que él la estaba observando. No era una ingenua intuición romántica, había algo más físico y primario en ello. El silencio cambiaba de densidad cuando él fijaba sus ojos en ella, como si la atmósfera se volviera un poco más espesa.

Apoyado aún contra el flanco de su yegua, Sulion desanudó la reata con gesto distraído. La sostuvo un instante entre las manos, midiendo el peso, la textura áspera de la cuerda.

—Ni se os ocurra—dijo ella, sin volverse.

Sulion no respondió.

En lugar de eso, el lazo silbó.

Fue un gesto limpio, casi juguetón. La cuerda se cerró en torno a su cintura y, antes de que pudiera protestar, un tirón firme la desestabilizó. Talivia perdió el equilibrio, más sorprendida por la seguridad del gesto que por el atrevimiento de la acción, cayendo sobre la hierba húmeda con un juramento ahogado que se abrió en una risa incrédula.

El cielo, fragmentado por las hojas de sauce, quedó suspendido ante sus ojos.

Hizo ademán de incorporarse, pero él fue más rápido. Sulion se dejó caer a su lado, con una gesto socarrón, aún sosteniendo el lazo que había dibujado en el aire su breve círculo de derrota. Apoyó los antebrazos en la hierba, demasiado cerca de ella para que el movimiento pareciera inocente.

Talivia lo miró con los ojos entrecerrados. Luego, contra todo pronóstico, volvió a estallar en una risa franca, baja y áspera, que se mezcló con la corriente del río.

—Cobarde—murmuró.

—Precavido —corrigió él. —Siempre acabáis huyendo.

—¿Os dais cuenta de que habéis tirado a vuestra jefa al suelo?


La brisa movía el cabello suelto de Talivia, extendido como un manto de algas doradas sobre el verde lechoso. Algunos de sus mechones se hundían en el agua, impregnándose de barro. Era como una sirena túrbida.

—En realidad, acabo de mejorar el paisaje—replicó, contemplándola, en un tono en el que se confundían la fascinación y la ironía.

Sulion arrancó una brizna de hierba y la sostuvo entre los dedos antes de llevársela a los labios. Se tumbó boca arriba, una rodilla flexionada, el brazo doblado bajo la cabeza. El gesto tenía algo despreocupado, casi insolente. Cuando nadie más los observaba, Sulion Suravar se permitía ser el muchacho arrojado y sencillo que una vez había sido, en su juventud. Y ella, jueza implacable e inmisericorde en público, también se lo permitía.

—Os creéis cautivador cuando decís esas cosas.

La brizna en sus labios apenas se movió.

— Es que lo soy.

Ella levantó una ceja.

—Vuestra modestia es enternecedora.

Sulion sonrió. Una sonrisa lenta, que comenzaba en los ojos ambarinos antes de alcanzar la boca.

Ella lo miró de perfil. El sol delineaba la línea recta de su nariz, la sombra leve de la barba que el premeditado descuido de varias decanas había marcado sobre su mandíbula, la piel bronceada tensándose al acomodarse sobre el codo. La camisa se expandía sobre el pecho al respirar, marcada por el esfuerzo reciente. Se aflojó los cordones un poco más, despacio, como si el calor fuera excusa suficiente.

Sulion Suravar era sólido y tranquilo como un poste clavado en mitad de un huracán.

Talivia emitió un leve suspiro, rodó sobre un costado y terminó abandonando la cabeza sobre su pecho, lánguidamente, sin pedir permiso. Escuchó el latido bajo la tela. Regular. Obstinado.

El mundo, por una vez, no les exigía nada.

Sulion dejó caer la mano sobre la espalda de Talivia. No la apretó. Solo la sostuvo allí, amplia, segura. Sus dedos recorrieron con suavidad la curva de su costado hasta el borde de la cintura, donde el lazo apenas había marcado la tela.

—Os he atrapado con demasiada facilidad —dijo en voz baja. —Debería preocuparme.

Talivia alzó la vista hacia él. El cabello le rozó la mejilla. La luz oblicua acentuaba la línea fuerte de su pómulo, la boca que rara vez se ablandaba.

—No me atrapasteis —respondió. —Permití que lo hicierais.

Hubo un instante de silencio cargado de complicidad; la complicidad que se construye durante medio siglo de encuentros y desencuentros.

Sulion inclinó apenas la cabeza.

—Entonces sois más generosa de lo que aparentáis.

—No os acostumbréis, tengo una imagen pública que preservar.


Los dedos de ella descendieron un poco más, siguiendo distraídamente la costura de la camisa, apenas un roce sobre el abdomen firme. Sintió cómo la respiración de él cambiaba, sutil, un matiz más profundo.

—Me parece a mí que estáis demasiado cómoda, Talivia Ha'valen —resopló él, triunfalmente plácido, descendiendo la mirada sobre su coronilla dorada.

—Estoy exactamente donde deseo estar. En la frontera.

Talivia cerró los ojos un momento. El olor del río, de la hierba aplastada, del cuero y de la piel templada por el atardecer estival se entremezclaban en el aire. A un lado, Púrskul; al otro, las montañas salvajes. El pecho de Sulion era un refugio insólitamente pacífico para alguien que evitaba los rediles.

—Si alguien nos viera así... —dijo ella.

—Pensaría que sois una persona completamente normal.

—Eso sería imperdonable.


Él rió, bajo, vibrando contra su sien.

Ella entreabrió los ojos y contempló el cielo filtrado por los sauces. El azul inabarcable la devolvía a su propia insignificancia. Si todos se detuvieran a contemplar el firmamento, por un instante, como ella lo estaba haciendo en esos momentos, pensó, habría menos soplapollas en el mundo.

En la lejanía, más allá de la curva de la ribera, un cuervo alzó el vuelo con un graznido seco, rompiendo la quietud como una grieta en el cristal. El viento cambió, apenas un matiz. Los caballos alzaron las cabezas del pasto y resoplaron. La temperatura descendió un grado, el canto de los insectos se detuvo. En el horizonte, dónde el valle se abría hacia las colinas, algo comenzaba a espesarse.

Una niebla baja, impropia de esa hora.

Bajo la sombra del sauce, los amantes clandestinos permanecían abrazados, ajenos todavía a la intromisión de Faerûn en su pequeño universo.

—No durará —dijo ella, sin amargura, aceptando la fragilidad de su arcadia.

—Lo sé.

Una hoja de sauce cayó sobre el hombro de Talivia y quedó allí, como una señal mínima de que el mundo continuaba girando. Pero Talivia no se movió. Se acomodó un poco más sobre el pecho de Sulion, apropiándose de ese latido como si fuera tierra firme.​

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Gracias a John Barry -dónde quiera que esté- por crear una de las más grandes BSO de la historia del cine para que yo la pueda fusilar vilmente en un servidor de rol español.

 
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