Teiglin
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La Batalla por el Amanecer
El sol de Murann agonizaba en el horizonte, teñido de un rojo impío que se reflejaba en las aguas del puerto. Desde las almenas de las murallas, los centinelas contemplaban con creciente desesperación la sombra que se extendía más allá de las colinas: el Enjambre. Venía como un oleaje de patas quitinosas y mandíbulas palpitantes, una marea viva de oscuridad e insectoides que devoraba cuanto tocaba. Ante ellos se alzaba Murann, la joya de la costa, su última presa. Y más allá, sus huestes que intentaban impedir a toda costa el asalto a la ciudad, tan solo quedando su principal Fortaleza entre el Enjambre y Murann.
La primera embestida llegó con la noche. No hubo gritos de guerra, ni órdenes. Solo un zumbido, profundo y penetrante, que brotaba de miles de gargantas a la vez. El Enjambre se movía con una voluntad única, un solo propósito: arrasarlo todo. Las catapultas lanzaron proyectiles ardientes, las flechas llovieron como un diluvio, y las balistas dispararon grandes dardos que empalaban a docenas de criaturas con cada disparo. Pero el Enjambre no se detenía. Por cada bestia que caía, dos más trepaban sobre los cadáveres de sus hermanas. Las defensas ardieron cuando los "Cantores" del Enjambre, los grandes maestros de la colmena, entonaron su himno maldito, y desde sus bocas desdentadas brotó una magia oscura y corrosiva que dominaba las mentes del enjambre y lo dirigía como una sola unidad que no se frenaba ante el dolor, la muerte y la destrucción.
Entre las huestes de Murann se encontraban distintos grupos de mercenarios y aliados, entre ellos, miembros del Enclave Thayino, que, junto a otros magos, brujos y hechiceros se esforzaban en lanzar grandes conjuros de fuego para reducir las innumerables filas enemigas.
La batalla duró desde el ocaso hasta el alba, momento en que los shadar kai eran reducidos. No obstante, no esperaban el segundo asalto, una segunda horda de criaturas se cernía sobre la última fortaleza y fue entonces cuando las tropas de Murann se separaron, la mayor parte de las mismas acudió al refuerzo y defensa de la fortaleza, mientras un pequeño contingente aprovechó el caos para internarse en las filas enemigas e intentar acabar con la mente colmena que movía los hilos como si fuesen uno solo.
El Mago Rojo con sus seguidores, y junto al resto de vanguardia caminaron por viejas sendas ocultas al abrigo del alba y el día, esperando llegar a su destino mientras la noche regresaba una vez más, en su camino, se toparon con grupos de arácnidos que estaban por todas partes, impidiendo incluso el avance por rutas olvidadas.
Todo fue caos, muerte y devastación hasta que llegaron a la zona de los pilares, allí, lo vieron al gran mal alado, familia de los spriggans sin duda, y de la reina de la oscuridad , pues parecía una parte de ella misma. Allí, las últimas huestes de Murann llegaron y lucharon durante horas, el propio Alghul perdió la consciencia en una parte del combate mientras el fuego se alzaba por todas partes, la tierra explotaba derramando una lluvia de terrones y piedras, flechas, magia, acero y una batalla que dejaría un trauma eterno en la mente del archimago. Luego, la oscuridad previa al alba.
Todo terminó, abruptamente, como sucede en las grandes batallas los gritos de furia se fueron convirtiendo en los gritos y lamentaciones de los heridos y los muertos de ambos bandos, pero el mal que había aparecido en este plano finalmente había sido expulsado, derribado. El Enjambre, lo que quedaba de él corrió despavorido una vez desaparecida la influencia de su Cantor, su Reina. Y así, recuperó la consciencia el Mago Rojo, había sobrevivido, pero ... ¿a que precio?
El sol de Murann agonizaba en el horizonte, teñido de un rojo impío que se reflejaba en las aguas del puerto. Desde las almenas de las murallas, los centinelas contemplaban con creciente desesperación la sombra que se extendía más allá de las colinas: el Enjambre. Venía como un oleaje de patas quitinosas y mandíbulas palpitantes, una marea viva de oscuridad e insectoides que devoraba cuanto tocaba. Ante ellos se alzaba Murann, la joya de la costa, su última presa. Y más allá, sus huestes que intentaban impedir a toda costa el asalto a la ciudad, tan solo quedando su principal Fortaleza entre el Enjambre y Murann.
La primera embestida llegó con la noche. No hubo gritos de guerra, ni órdenes. Solo un zumbido, profundo y penetrante, que brotaba de miles de gargantas a la vez. El Enjambre se movía con una voluntad única, un solo propósito: arrasarlo todo. Las catapultas lanzaron proyectiles ardientes, las flechas llovieron como un diluvio, y las balistas dispararon grandes dardos que empalaban a docenas de criaturas con cada disparo. Pero el Enjambre no se detenía. Por cada bestia que caía, dos más trepaban sobre los cadáveres de sus hermanas. Las defensas ardieron cuando los "Cantores" del Enjambre, los grandes maestros de la colmena, entonaron su himno maldito, y desde sus bocas desdentadas brotó una magia oscura y corrosiva que dominaba las mentes del enjambre y lo dirigía como una sola unidad que no se frenaba ante el dolor, la muerte y la destrucción.
Entre las huestes de Murann se encontraban distintos grupos de mercenarios y aliados, entre ellos, miembros del Enclave Thayino, que, junto a otros magos, brujos y hechiceros se esforzaban en lanzar grandes conjuros de fuego para reducir las innumerables filas enemigas.
La batalla duró desde el ocaso hasta el alba, momento en que los shadar kai eran reducidos. No obstante, no esperaban el segundo asalto, una segunda horda de criaturas se cernía sobre la última fortaleza y fue entonces cuando las tropas de Murann se separaron, la mayor parte de las mismas acudió al refuerzo y defensa de la fortaleza, mientras un pequeño contingente aprovechó el caos para internarse en las filas enemigas e intentar acabar con la mente colmena que movía los hilos como si fuesen uno solo.
El Mago Rojo con sus seguidores, y junto al resto de vanguardia caminaron por viejas sendas ocultas al abrigo del alba y el día, esperando llegar a su destino mientras la noche regresaba una vez más, en su camino, se toparon con grupos de arácnidos que estaban por todas partes, impidiendo incluso el avance por rutas olvidadas.
Todo fue caos, muerte y devastación hasta que llegaron a la zona de los pilares, allí, lo vieron al gran mal alado, familia de los spriggans sin duda, y de la reina de la oscuridad , pues parecía una parte de ella misma. Allí, las últimas huestes de Murann llegaron y lucharon durante horas, el propio Alghul perdió la consciencia en una parte del combate mientras el fuego se alzaba por todas partes, la tierra explotaba derramando una lluvia de terrones y piedras, flechas, magia, acero y una batalla que dejaría un trauma eterno en la mente del archimago. Luego, la oscuridad previa al alba.
Todo terminó, abruptamente, como sucede en las grandes batallas los gritos de furia se fueron convirtiendo en los gritos y lamentaciones de los heridos y los muertos de ambos bandos, pero el mal que había aparecido en este plano finalmente había sido expulsado, derribado. El Enjambre, lo que quedaba de él corrió despavorido una vez desaparecida la influencia de su Cantor, su Reina. Y así, recuperó la consciencia el Mago Rojo, había sobrevivido, pero ... ¿a que precio?
Offtopic :
¡Gracias por la enorme batalla!P.D: Odio las arañas hasta en el nwn ahora