Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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Ayuda a los débiles, a los fuertes, a los agradecidos y a los ingratos por igual. Sé siempre amable, salvo en la lucha contra el mal.
Cuando no se pueda comprar o recibir alimentos, se deben recolectar o cazar. Aliméntate con tus propias manos cultivando y caza en la medida de lo posible. Aparta comida y dásela siempre que puedas a los desconocidos que la necesiten, sobre todo a los descastados y miembros de otras razas. En tiempos de abundancia, almacena comida para épocas de escasez.
- -
La caridad y los buenos sentimientos no abundaban en la Ciudad de la Moneda. Ni eran una divisa muy útil, al menos para la mayoría. De ahí que los samaritanos brillaran por su ausencia.
Las calles pedregosas del Distrito del Río así lo atestiguaban. Era un lugar sin ley, sin orden y concierto alguno, repleto de chabolas, almas perdidas y sueños rotos. Zilvra había recorrido ya estas calles en varias ocasiones. Y sin embargo, cada vez que ponía un pie en el lugar, algo se removía en su interior.
Era la luz. Cada vez la sentía con más intensidad. Y con ella, a veces… un murmullo traído por el viento.
Las notas de una melodía.
Su primera visita al distrito fue con Lythana, su mentora. De hecho, fue idea suya.
Lythana se había propuesto llevar alimentos y provisiones a los pobres del Distrito del Río. Con cajas llenas de pan, carne seca, arroz y pescado salado, ambas recorrieron los barrios bajos, bajo las miradas atentas de mendigos y encapuchados. Era un lugar sin ley, en el que la propia guardia no se atrevía a entrar. Entre los callejones encontraron su objetivo: a la gente que había sido olvidada por la sociedad amniana.
- Las buenas acciones nunca pasarán desapercibidas ante sus ojos. ¿Recuerdas el dogma, Zil?
- Sí.
Mientras Lythana seguía repartiendo, Zilvra había pasado la mayor parte del tiempo con una mano en la empuñadura de su espada. Tenía motivos para ello. Muchas de las miradas que se posaban en ellas no eran de gratitud. Más bien lo contrario: revelaban otros sentimientos más mundanos.
Miedo. Asco.
Cuando daban la espalda, oían los murmullos de los residentes.
- Sedimento.
- No toques la comida, seguro que está envenenada. – diría otra mujer, de aspecto andrajoso y dientes podridos.
Aún en aquel submundo, las clases seguían existiendo. Y unas drow, eran lo más bajo entre una miríada de descastados.
Pero alguien tenía que hacerlo. La luz palpitaba en su interior, y cada vez que se prestaba a ayudar a aquellas gentes, la tormenta que se libraba en su corazón amainaba. Era una calma que sólo surgía con el sentimiento del deber cumplido. Con su propósito alcanzado. Había acudido a la llamada de la diosa, y estaba cumpliendo con sus expectativas.
---
No habría descanso alguno. No ahora, cuando podía actuar libremente.
Motivada con un fuerte sentido de propósito, Zilvra se puso a trabajar. Empezó a escribir sus primeros panfletos de su propio puño y letra. Se dirigían a un colectivo específico, pero no únicamente a los drow.
Su mensaje estaba dirigido a aquellos que se sentían perdidos y oprimidos. A quienes pensaban que no tenían guía ni esperanza. Vertió su corazón en esas palabras, compartiendo sus anhelos con los desconocidos que las leyeran.
Con algunas monedas reunidas de sus trabajos anteriores, Zilvra encontró un taller de imprenta que no hizo demasiadas preguntas. Pronto, sus panfletos estuvieron listos. Eran sencillos. Pero lo importante era el mensaje.
La elfa oscura puso en marcha su plan, recorriendo las calles de Athkatla.
Los primeros días, se limitó a colocar los panfletos donde podía. Escondidos en los umbrales de las puertas, dejados en los bancos o deslizados bajo las manos de mendigos, a los que secudía con unas monedas de cobre o con un trozo de comida.
Pero con el paso de los días, Zilvra se volvió más audaz. Empezó a repartirlos ella misma. No se inmutaba cuando la miraban, ni cuando la insultaban. La primera vez que un grupo de guardias la echó del mercado, agitando porras y gritando insultos, corrió hasta que le ardieron los pulmones. Pero después se rió, animada.
Era una sensación extraña: ser perseguida por algo en lo que creía, en lugar de por ser quien era.
Por supuesto, no todo el mundo era amable. Más de una vez se burlaron de ella y le escupieron. Algunos le dijeron que se metiera sus asquerosas creencias drow en ciertas cavidades. Una mujer mayor le tiró un tomate podrido a la cara. Pero los peores eran aquellos que se mostraban indiferentes y que la ignoraron, como si no estuviera allí. Como si su panfleto no significara nada.
Pero a Zilvra le daba igual. Ahora tenía un propósito.
Cada insulto, cada empujón, cada mirada desdeñosa... nada de eso podía mitigar su luz.
Para la gente del pueblo, era sólo una visión extraña: una joven drow con un rostro mutilado por quemaduras, caminando por las calles de la ciudad y repartiendo papeles extraños. Un Sedimento, tratando de elevarse por encima de su posición. Algunos decían que sus pretensiones era tonterías. Otros, que era otra triquiñuela propia de los drow. Los más supersticiosos susurraban que era un presagio de malos augurios y cuando la veían, cambiaban de acera.
Pero algunos no se alejaron. Eran muy pocos.
No se reían. No la ahuyentaron. Cogían los folletos y, a veces, si Zilvra tenía suerte, asentían con la cabeza o decían “gracias” en voz baja. Y eso era suficiente. Era más que suficiente.
Un día, al pasar junto a un muro derruido, oyó a un grupo de niños leer en voz alta uno de sus folletos. Se reían. Quizás se burlaban del contenido, pero empezaban a repetir un nombre.
Eilistraee.
Y Zilvra sonrió, porque sabía que en ese momento algo había cambiado. Quizá no para toda la ciudad, pero sí para alguien.
Y esa era una historia que valía la pena contar.
La caridad y los buenos sentimientos no abundaban en la Ciudad de la Moneda. Ni eran una divisa muy útil, al menos para la mayoría. De ahí que los samaritanos brillaran por su ausencia.
Las calles pedregosas del Distrito del Río así lo atestiguaban. Era un lugar sin ley, sin orden y concierto alguno, repleto de chabolas, almas perdidas y sueños rotos. Zilvra había recorrido ya estas calles en varias ocasiones. Y sin embargo, cada vez que ponía un pie en el lugar, algo se removía en su interior.
Era la luz. Cada vez la sentía con más intensidad. Y con ella, a veces… un murmullo traído por el viento.
Las notas de una melodía.
Su primera visita al distrito fue con Lythana, su mentora. De hecho, fue idea suya.
Lythana se había propuesto llevar alimentos y provisiones a los pobres del Distrito del Río. Con cajas llenas de pan, carne seca, arroz y pescado salado, ambas recorrieron los barrios bajos, bajo las miradas atentas de mendigos y encapuchados. Era un lugar sin ley, en el que la propia guardia no se atrevía a entrar. Entre los callejones encontraron su objetivo: a la gente que había sido olvidada por la sociedad amniana.
- Las buenas acciones nunca pasarán desapercibidas ante sus ojos. ¿Recuerdas el dogma, Zil?
- Sí.
Mientras Lythana seguía repartiendo, Zilvra había pasado la mayor parte del tiempo con una mano en la empuñadura de su espada. Tenía motivos para ello. Muchas de las miradas que se posaban en ellas no eran de gratitud. Más bien lo contrario: revelaban otros sentimientos más mundanos.
Miedo. Asco.
Cuando daban la espalda, oían los murmullos de los residentes.
- Sedimento.
- No toques la comida, seguro que está envenenada. – diría otra mujer, de aspecto andrajoso y dientes podridos.
Aún en aquel submundo, las clases seguían existiendo. Y unas drow, eran lo más bajo entre una miríada de descastados.
Pero alguien tenía que hacerlo. La luz palpitaba en su interior, y cada vez que se prestaba a ayudar a aquellas gentes, la tormenta que se libraba en su corazón amainaba. Era una calma que sólo surgía con el sentimiento del deber cumplido. Con su propósito alcanzado. Había acudido a la llamada de la diosa, y estaba cumpliendo con sus expectativas.
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No habría descanso alguno. No ahora, cuando podía actuar libremente.
Motivada con un fuerte sentido de propósito, Zilvra se puso a trabajar. Empezó a escribir sus primeros panfletos de su propio puño y letra. Se dirigían a un colectivo específico, pero no únicamente a los drow.
Su mensaje estaba dirigido a aquellos que se sentían perdidos y oprimidos. A quienes pensaban que no tenían guía ni esperanza. Vertió su corazón en esas palabras, compartiendo sus anhelos con los desconocidos que las leyeran.
Con algunas monedas reunidas de sus trabajos anteriores, Zilvra encontró un taller de imprenta que no hizo demasiadas preguntas. Pronto, sus panfletos estuvieron listos. Eran sencillos. Pero lo importante era el mensaje.
La elfa oscura puso en marcha su plan, recorriendo las calles de Athkatla.
Los primeros días, se limitó a colocar los panfletos donde podía. Escondidos en los umbrales de las puertas, dejados en los bancos o deslizados bajo las manos de mendigos, a los que secudía con unas monedas de cobre o con un trozo de comida.
Pero con el paso de los días, Zilvra se volvió más audaz. Empezó a repartirlos ella misma. No se inmutaba cuando la miraban, ni cuando la insultaban. La primera vez que un grupo de guardias la echó del mercado, agitando porras y gritando insultos, corrió hasta que le ardieron los pulmones. Pero después se rió, animada.
Era una sensación extraña: ser perseguida por algo en lo que creía, en lugar de por ser quien era.
Por supuesto, no todo el mundo era amable. Más de una vez se burlaron de ella y le escupieron. Algunos le dijeron que se metiera sus asquerosas creencias drow en ciertas cavidades. Una mujer mayor le tiró un tomate podrido a la cara. Pero los peores eran aquellos que se mostraban indiferentes y que la ignoraron, como si no estuviera allí. Como si su panfleto no significara nada.
Pero a Zilvra le daba igual. Ahora tenía un propósito.
Cada insulto, cada empujón, cada mirada desdeñosa... nada de eso podía mitigar su luz.
Para la gente del pueblo, era sólo una visión extraña: una joven drow con un rostro mutilado por quemaduras, caminando por las calles de la ciudad y repartiendo papeles extraños. Un Sedimento, tratando de elevarse por encima de su posición. Algunos decían que sus pretensiones era tonterías. Otros, que era otra triquiñuela propia de los drow. Los más supersticiosos susurraban que era un presagio de malos augurios y cuando la veían, cambiaban de acera.
Pero algunos no se alejaron. Eran muy pocos.
No se reían. No la ahuyentaron. Cogían los folletos y, a veces, si Zilvra tenía suerte, asentían con la cabeza o decían “gracias” en voz baja. Y eso era suficiente. Era más que suficiente.
Un día, al pasar junto a un muro derruido, oyó a un grupo de niños leer en voz alta uno de sus folletos. Se reían. Quizás se burlaban del contenido, pero empezaban a repetir un nombre.
Eilistraee.
Y Zilvra sonrió, porque sabía que en ese momento algo había cambiado. Quizá no para toda la ciudad, pero sí para alguien.
Y esa era una historia que valía la pena contar.
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