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Las vidas de Thanessa Nalander

EldricShadowchaser

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Recuerdos anudados

Thai observó su reflejo en la piedra ioun con la que jugueteaba mientras recorría las calles del distrito portuario; la piedra devolvía un rostro que le era familiar. A su lado, Sira BuenaSidra caminaba con una velocidad que a Thai le costaba seguir y parloteaba con ella sin recibir mucho a cambio. No era una situación inusual, eran escasas las palabras que salían de la boca de la humana y era más raro aún que estas tuvieran mucho sentido o sustancia. Su mente trabajaba a otro ritmo, uno de caos y aceleración desmedida, en el que las ideas colisionaban unas con otras y quedaban dañadas o anudadas antes de ver la luz del sol. Thai tenía ciertos recuerdos de una época en la que su mente era cristalina y su pensamiento sagaz, pero no le gustaba pensar mucho en ello ya que esas ideas solían venir acompañadas de un agudo dolor de cabeza.

Cuando fue consciente de nuevo, calculó que debía haber ensoñado durante decenas de minutos, ya que estaban cruzando la plaza principal del Paseo de Waukin. Sintió un leve zumbido en su mente, seguramente una señal de que debía comprobar la piel en la que habitaba tras su disociación. Sira seguía hablando con normalidad; probablemente era una buena señal. El pelo, las piernas, su rostro… Todo parecía correcto. Sin embargo, sintió un pinchazo en el estómago, uno que recorrió rápidamente todo su cuerpo. Una sacudida la azotó después, desde las raíces del pelo hasta la planta de los pies. Comenzó a tambalearse, desorientada, y podía escuchar la voz de Sira preguntando si todo iba bien. Se acercó a la estatua que protegía al arco de entrada y, apoyando una mano en el pie de mármol, agachó la cabeza y comenzó a vomitar una bilis negruzca.
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Un cielo estrellado alumbraba la noche de Athkatla cuando, arrastrada por la mediana Sira, Thai abrió los ojos de nuevo a la sombra de las Puertas de la ciudad. Sintió el peso de su cuerpo, un molesto entumecimiento que le trajo memorias de un pasado no tan distante; aquella cabaña en la que aprendió a sonreír y el hombre que la acompañaba. Una rápida sucesión de ideas opuestas y entrelazadas asoló su mente, obligándola a cerrar los ojos de nuevo, y pudo escucharse pronunciando palabras que eran ajenas a la piel que habitaba.
No. Todas las palabras eran suyas, a veces lo olvidaba, igual que olvidaba muchas cosas sobre su pasado y sobre el mundo que la rodeaba. Era como si alguien colocara un pañuelo de hilo fino sobre sus ojos: le permitía vislumbrar pero nunca mirar.

Sira arrastró a Thai hasta una zona de granjas en los Páramos del Alandor, jadeando por el esfuerzo de cargar con el peso muerto de la muchacha, y la tumbó en el linde de las escaleras de una cuadra. Una sucesión de abruptos despertares hizo pensar a Thai que podría estar ensoñando… o tal vez muerta. La creciente sensación de ansiedad, confusión y delirio la llevó a pensar de nuevo en la cabaña en la que había pasado los últimos 2 años. Thai había muerto en aquella cabaña, era la conclusión más lógica y la única que tenía sentido; la pieza que le faltaba para completar el puzle de su delirante existencia. Sin embargo, muy a su pesar y contra natura, estaba viva y abrió los ojos una vez más para descubrirse rodeada de formas coloridas. Se dio cuenta de que su cuerpo había mutado parcialmente, sus ojos también, obligándola a percibir el mundo en colores y formas sencillas. No era la primera vez que esto pasaba, cuando su mente se cerraba sentía la necesidad de volver a la simpleza más elemental. Colores y formas, y partiendo de ahí se le puede buscar el sentido a la realidad poco a poco.
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Reconoció primero la voz de Kalev, el paladín al que la muchacha llamaba "Curandero". Era una asociación mental sencilla, una idea-palabra que podía deslizar rápidamente de su mente a su boca y que, aunque imprecisa, no era del todo incorrecta. Thai usaba este truco para poder mantener el ritmo de una conversación, ya que las frases complejas y los discursos elaborados eran para ella una receta para el caos y el desastre oratorio.
A su lado seguía Sira, preocupada y atenta a su estado. El herrero Bran se sentaba junto a la muchacha, sujetando sus manos con fuerza. El otro "Curandero", Gulnar, se ceñía con más propiedad a ese papel y había asistido a la muchacha en múltiples ocasiones. Aitana, junto con Bran, sostenía a Thai y le ofrecía consuelo y dulces palabras. El guerrero Lufram había preparado una hoguera para mantener a Thai templada y elaborar cataplasmas.
Un poco más apartados se mantenían otros, dejando espacio a los que la cuidaban: Nicodemus, Baldrak, Calendil y Radix.

Todo empezaba a cobrar más sentido mientras Sira calentaba el agua que Kalev y Gulnar usarían para preparar sus cataplasmas. Los colores se volvían más nítidos y el suelo bajo sus pies dejaba de temblar. En ese preciso instante, comenzó a convulsionar violentamente y los pensamientos en su cabeza fluyeron libremente a través de sus palabras:
—¡Isabelle de Helgabal; nacida en una posada, criada por héroes, coronada en las orillas del río Lazohelado!

Thai lo gritó a pleno pulmón, declarándolo como quien intenta justificar su existencia. Una vida pasada, una que nunca tuvo lugar. La muchacha murmuró una negativa, sabiendo que ella no era ni había sido nunca Isabelle. Sin embargo, había sido Isabelle en aquella oscura y húmeda cabaña. Recordó entonces al hombre con el que había pasado 2 años en aquel lugar; el Caballero del Sol Negro. Su guardián, su captor, su torturador y su verdadero amor.

Una serie de ideas contrapuestas se acumularon en la cabeza de la muchacha, haciendo muy difícil cualquier pensamiento coherente. Solo podía pensar ahora en las otras mentiras con las que el Caballero la había alimentado, las otras vidas que habían vivido juntos. Volvió a gritar a pleno pulmón:
—¡Phiranna, artista de circo, orfanato en Aguasprofundas, vida en el Mesón del Brazo Amigo! ¡Asesinada por la mujer a la que amaba! ¡Renacida!

Otra vida vivida y no vivida. Recordaba cada aspecto, cada detalle, de la vida de esa mujer. El asqueroso olor de las gachas del Orfanato, sus amigos en el mesón, la fricción de la carne pútrida sobre el hueso inmortal… Pero no era real, no fuera de la cabaña. Pudo ver la sonrisa del Caballero una vez más, reflejada en el rostro de Kalev, y en su delirio comenzó a sonreír.
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El grupo había dedicado todo este tiempo a sanar las heridas superficiales de la humana, creando vapores de hierbas y Kalev usó sus dones divinos para sanarla. El estado de Thai mejoró y parecía más calmada, con un aura de tristeza y nostalgia protegiéndola como una manta. Llevada por la confusión del ensueño, Thai vio en Kalev a su Caballero del Sol Negro. Alzando la mano hacia su frente, comenzó a dibujar el Sol tal y como lo recordaba.
— Un sol… un sol negro. Y una sonrisa... de vuelta. Una sonrisa sincera. Mi caballero del sol negro. Mi guardián. Me amaba, quería que fuera mucha gente. Pero me abandonó a mi suerte.

Thai se rindió a la tristeza, dejando que la derrumbara, y sollozando se recolocó en el suelo formando un ovillo y tapándose el rostro con su capa. Pensó en sus padres y su primera vida, evocó las memorias de su vida entre los druidas y su segunda vida, recordó al Caballero del Sol Negro y su tercera vida; todo su sufrimiento y toda la sublimidad al mismo tiempo. Derramó sus últimas lágrimas al darse cuenta de que no era capaz de recordar o expresar de forma coherente lo que había experimentado y sentido.

Una prisionera en su propia mente, encadenada y sometida por su propia locura. Aún cubierta por la capa, se dio cuenta de que sus músculos faciales estaban en tensión y sus dientes chasqueaban nerviosos; estaba sonriendo. La sonrisa se convirtió pronto en una carcajada muda y amarga, no pudo evitar pensar de nuevo en su Caballero del Sol Negro.

Offtopic :
Gracias a todos los que se interesaron y formaron parte de la escena!
 

EldricShadowchaser

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Investigación de Campo - Kobolds


Los pocos kobolds que habían sobrevivido a la escaramuza se apelotonaron tras las rocas que adornaban el claro del bosque. Pocos habían mantenido la unidad cuando un aventurero, al que habían confundido por mercader, evaporó al líder de la avanzadilla: un clérigo de Kurtulmak con más ambición que talento. Se miraban unos a otros, presas del pánico y la confusión, incapaces de decidir y demasiado agotados como para seguir huyendo.

Thanessa diseccionaba la situación mientras vestía las pieles escamosas de un kobold. Llevaba siguiendo al grupo varios días y había copiado el aspecto y las maneras de esta nidada para infiltrarse como uno de los suyos. A pesar de ello, no había intentado adaptar su mente a la criatura que intentaba imitar y tampoco era Thai en una piel que no le pertenecía. Era algo diferente, algo más real. Hacía mucho tiempo que no tenía esta sensación de lucidez y libertad y por unas horas era su verdadero ser: una mezcla de todas las pieles que había habitado y mucho más que todas ellas por separado.

Thai quería aprender más sobre los kobolds; debía mejorar su habilidad para camuflarse entre las bestias. Pero esa estúpida no podría aprender mucho más de lo que puede aprender un perro tras la mordida de su propio collar. No se podía negar que tenía sus usos, tan útil como vestir la piel de un ogro en la batalla o la de una arpía en una caída precipitada. Sin embargo, comprender las limitaciones e imperfecciones de una cultura barbárica no estaba en su portafolio.

Fijó su atención en una de las criaturas, una kobold hembra embarazada, que intentaba convencer a sus compañeros de que la mejor estrategia era huir utilizando la cobertura del río. Thanessa reflexionó sobre lo que había aprendido acerca de la reproducción de los kobolds en los días que había pasado con el grupo: los kobolds, que al parecer mantenían relaciones polígamas, ponían huevos a las dos semanas de quedar embarazadas. La kobold, cuyo embarazo se disputaban dos de los kobold de la nidada, no paraba de repetir con orgullo que esperaba “uno alado”. Thanessa no fue capaz de concretar el significado de las palabras de la embarazada, pero hizo una anotación para consultarlo a posteriori.
Embarazada o no, su idea era ridícula. El río apenas ofrecía cobertura, los supervivientes no tenían ninguna experiencia en nadar y esa zona estaba altamente transitada por jornaleros y agricultores locales. Por unos instantes le tentó la idea de apoyar a la kobold y ver cómo acababan sus vidas en el fondo del río, pero lo descartó pronto ya que llevaría mucho tiempo y comenzaba a sentir molestias en la cabeza. Esto era, normalmente, señal inequívoca de que el momento de lucidez se agotaba.

Primero mató a la embarazada: una daga en el bajo vientre acabó con la kobold y su prole. Los confundidos supervivientes ni siquiera tuvieron tiempo de activar su respuesta de lucha o huida; tres certeros cortes fueron suficientes para segar sus patéticas vidas. Thanessa observaba los cadáveres mientras tomaba una piel humanoide que no había visto la luz en mucho tiempo, una piel antigua, diestra y bella. Se acercó a uno de los cadáveres varones e introdujo la mano desnuda en el corte que dividía a la criatura de la clavícula a la pantorrilla. Hurgaba entre las entrañas del kobold sin saber muy bien qué buscaba y tras unos minutos extrajo un órgano que no logró identificar, dejándolo sobre el pecho destrozado de la criatura. Durante unos instantes contempló la idea de yacer junto a los cadáveres pero la descartó pronto.


Thai llegó a los llanos con una sonrisa, arrastrándose bajo el peso de todo el material que cargaba a la espalda. Saludó a Sira y Gulnar, al identificar al enano y a la mediana entre el gentío y alzó la mano para saludarlos. La sangre reseca pintaba su brazo desde los dedos hasta el hombro.
 

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