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Lazos de sangre

Eussoros

Aventurero novato y vago
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Un viento leve y sin prisiones era dueño de la colosal gruta, y habitaba en su eco un silencio atronador. Cincelado por el arbitrio de una divinidad rendida al letargo perpetuo, aquel firmamento de piedra era reservado testigo del paso de las eras. Sostenía su templanza la decadencia y el indolente exceso de toda una ciudad que prefería ser ajena a cuanto ocurría bajo sus calles, siempre y cuando no fuera ello estorbo para la frívola pretensión y la grosera codicia de sus gentes.

Bajo el amparo de tales indiferencias tenía lugar aquella noche una impía ceremonia. Dos figuras se daban encuentro en su rocoso seno, cercadas por una densa bruma oscura que parecía ser rehén de la voluntad de una de las mujeres. Con grave voz recitaba la primera alabanzas a una Diosa sin nombre, mientras la segunda ofrecía servilmente su negro acero y le eran concedidos majestuosos y oscuros dones, los cuales cobraban forma de un fuego sin luz.

-No habrá acero capaz de dañaros, ni urdimbre capaz de mermaros. Invencible tiniebla, retraída donde alcance la mácula, insondable donde alcance vuestra ira.

Con dichas palabras quedaban sellados un oráculo y un destino, y para dar cumplida cuenta de ellos un sagrado voto era pronunciado ante la impasible mirada de dos abismos de púrpura resplandor.

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En la amarga querella que los distintos linajes de la raza enana mantienen por la hegemonía de sus ancestrales reinos bajo la Montaña, el Clan Durraugh convocó una nueva cruzada, si bien su genio militar no debió merecer la plena confianza de sus amos, los emperadores de la Ciudad de las Bestias. En consecuencia, para afirmar la victoria de sus ejércitos debieron pues los enanos grises, menguados en número y humillados a refugiarse junto a las bestias, dejar el triunfo, o al menos una parte, al albur de una desordenada y soez amalgama de seres, ambiciones e intereses. Aquella campaña representaba una oportunidad para muchos, a quienes la promesa de conquistar la gloria, o acaso fines menos honestos, se antojaba como un provechoso instrumento para labrar nombre y fortuna.

Afluyeron pues al llamamiento los ávidos tanto como los menesterosos, pero no abundó menos en tan heterogénea compañía la singular casta de quienes poseen un alma siempre presta para rendir tributo a los dioses de la Guerra. De número no superarían por mucho la treintena, lo que no obstó para que en su desordenada jerarquía se congregaran grandes talentos y violentas vocaciones, cuyos dueños en singular se contarían por muchas decenas si fueran canalla bélica. Había entre aquellos rangos experimentados hombres de armas, vulgares charlatanes y bribones, bestias de estremecedora presencia, sabios dueños de terribles hechicerías, una compañía de inescrutables elfos oscuros, e incluso destacados nombres en la jerarquía del Imperio. También se congregaban, de forma más o menos aparente, varios inmortales en aquel anárquico mosaico de intenciones y obediencias, entre los que mi presencia se contaba.

Para cumplir una doble encomienda hubo mi ánimo de vencer la natural repugnancia de tener por amo al dinero o mezclar su presencia con la peor categoría de la escoria mortal. Y no menos cierto es que hube también de condescender con el pecado de prestar mi espada para cosechar la gloria en nombre de Señores de ingratas y mudables voluntades, enemigas las más veces del Sendero Oscuro. Aquellas disquisiciones de la moral y el gusto no parecían habitar en otros miembros de nuestra Estirpe, quienes subordinados a muy dispares fundamentos comparecían igualmente dispuestos. Resignada y convencida me sumé pues a la expedición, doy gracias a la fortuna, acompañada por valerosos y heroicos hermanos en la sangre.

Tras las arengas y solemnidades acostumbradas, emprendimos por fin viaje bajo los auspicios de las austeras divinidades de los enanos grises. Surcamos la Antípoda Oscura en el refugio de extrañas y robustas prisiones de sublime metal, magno artificio de sus muy capaces artesanos. El tedio y la sensación de ser esclavo de aquella opresión desenterraron los mejores y los más deplorables rasgos del temperamento de cada uno, hasta que la lenta travesía se detuvo abruptamente, poco antes de llegar al campamento.

Un enjambre de monstruos, deformes y frenéticos, desencadenó su voracidad sobre la caravana militar. De nada habían servido las cautelas previstas por el Clan, pues el feroz embate tomó a la marcha por sorpresa. Supe después, cuando la emboscada hubo sido frustrada, que nuestros anfitriones denominaban Ankheg a esos depredadores. En voz baja gritaban desoladoras historias de dicha raza de bestias, a quienes algunos imputan una suerte de deber como custodia de la Infraoscuridad, tal y como si las propias entrañas de la tierra poseyeran una conciencia bien dispuesta para hostigar a quienes su presencia desagrada. Los primeros compases fueron de conmoción, pero por fortuna pronto se instrumentó una cintura defensiva. Avasallados en número, los duergar comprendieron que sin una barrera natural la horda de insectoides nos arrollaría, por lo que sus comandantes ordenaron un atropellado repliegue al fortín.

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Comenzó así una caótica refriega, en la cual cada uno de los miembros de la compañía mercenaria hubo de medir la estatura de su coraje, de su disciplina, o acaso poner en evidencia los aspectos más despreciables de su temperamento. La excelencia marcial de algunos contrastó con la cobardía de otros, o bien pensado, con un acertado impulso por subsistir, pues la excitada turba de aberraciones se cobraba una víctima tras otra. Sus temibles apéndices cortaban y perforaban el metal, y lo mismo hacían a placer con la carne desnuda, y es que de sus espantosas fauces emanaba un abrasador veneno. Afortunadamente, un heroico puñado de lanzadores de conjuros tuvo la astucia de alzar formidables cortinas de llamas que hicieron posible la retirada.

Entonces un temblor sacudió aquellos irregulares salones de piedra, y he de confesar que lo que vi hubiera sido capaz de helar mi sangre maldita. La Matriarca de aquella horda se erguía con la majestad de los monstruos de la más antigua mitología, incitando a su progenie a una enajenada violencia. Varias veces caímos, mis hermanos inmortales y yo, derribados por la furia de aquella titánica masa compuesta de aguijón y espina, mientras protegíamos la retaguardia. Nezyr, tras entregar todo su vigor, fue abatido y desobedeció el mandato de ponerse a salvo so pretexto de servirme, mientras Acre se negaba a abandonar la primera línea para hacer lo propio. Antes que importunarme, aquella demostración de lealtad causó me grave impresión; una que no habré de olvidar temprano y que hubo de hacer penitencia de la insubordinación. Logramos por fin alcanzar el improvisado baluarte, justo después de una hierática escuadra de elfos oscuros que se conducía con sobrecogedora y letal coordinación.

Encerrarnos voluntariamente frente a un enjambre enloquecido no fue, después de todo, la opción más sensata, pero suministró a la tropa un tenso paréntesis. En su momento dudé de a qué menester lo dedicarían quienes consternados me rodeaban, pues en aquella nube de fuego y espanto bien me pareció que pudieran terminar por morderse unos a otros en desesperación, el mismo suplicio al que amenazaba con someternos la pesadilla extramuros. Verdad es, empero, que no hay mayor incentivo para la concordia que enfrentar la visita de una muerte imperiosa, por lo que todos prestaron sus talentos y argucias a la defensa común de la posición. Mientras unos lanzaban artefactos explosivos otros proyectaban sus hechicerías e ingenios de toda suerte sobre la aglomeración de alimañas. Entre tanto, el ariete de su furia sacudía obstinado el portón que guardaba la única entrada. Allí aguardaba una vanguardia más o menos dispuesta a impedir que nada la franquease y, sin embargo, no todos sus componentes parecían estar dispuestos a esperar a que el martirio los encontrara, o sencillamente no confiaban lo suficiente en su aciago hado.

Ya fuera porque el Don Tenebroso le arrebata a uno el temor a morir o, muy al contrario, fruto de un coraje o un ingenio de otra esencia, un inmortal se sirvió de sus sobrenaturales aptitudes para desvanecerse y sorprender a la Reina del enjambre con un desafío directo. Maldije una vez más la imprudencia de Nezyr, aunque no mucho más tarde a todos nos hubo de ser afortunada su intrepidez, y le seguí. Mientras volaba para ir a su encuentro me reconfortó saber que el aguerrido Trevor no pensaba permitir que Nezyr le arrebatara las loas en solitario. Consumado guerrero al servicio de nuestra Casa, Trevor se desempeñó con terrible soltura en los primeros compases de aquel desigual duelo, y logró derramar la negra sangre del monstruo. La Matriarca poseía una formidable coraza natural, y ante la sorpresa y el horror de haber sido herida emitió un ensordecedor chirrido que arrebató todo orden a sus crías, quienes de inmediato acudieron exaltadas en su defensa. En el momento culminante, implorando a la Diosa de Ojos Púrpura, la fortitud de nuestra Sangre se impuso y logró la tesón de Nezyr y de una servidora darle muerte con nuestra negra hoja. Las fúnebres galas de tres inmortales se alzaban sobre el enemigo derrotado cual estandarte sombío, habiendo conquistando con tal hazaña el mérito para nuestro nombre. La horda, aturdida y descabezada, se dispersó poco después huérfana de ánimo.

Mientras algunos solemnizaban el triunfo de muy diversas formas otros capitulaban ante sus más violentas pasiones. Los hubo, con certeza, que dieron gracias a sus ignotos dioses, aunque pasarían todavía varios ciclos hasta que sus ojos quedaran deslumbrados por un nuevo Sol. En lo que a mí concierne hube de cobrarme un trofeo, y lo mismo sucedió con Nezyr, aunque se revelaron de dispar naturaleza. De enigmático temple y verbo desvergonzado, no hacía demasiado tiempo que había renacido en la Noche. En la tempestad de su juventud en la Sangre, atormentaba la mente del vástago una inquietud que me era bien conocida, pero además adolecía su ser de un divino propósito al que aferrarse. Consumido por un instinto atroz y puesta al límite su voluntad por los rigores de la batalla, pude adivinar en la sombra de sus ojos el aterrador contorno de la Bestia. Le ofrecí entonces el tesoro de mi propio vigor para que calmara con él su ansia, pero cometió Nezyr una nueva osadía: la de tomar más de lo que su aplomo había merecido. Lo apartó mi fuerza sin misericordia, y tendido en el suelo reclamaron mis ojos su obediencia. De ellos recibieron no obstante un destello inmaculado, que replicaba suplicante y a un mismo tiempo ardía en un fuego insumiso. En su corazón desarmado descubrí su misterio, y supe desde entonces que su destino había sido escrito mucho antes que el mío. Nacido en una venerable estirpe de guardianes, su naturaleza inmortal había sido fecundada por la sangre de los cielos tenebrosos. Ahora que su secreto me pertenecía no podía obrar de otro modo que preservándolo con mi eternidad, hasta que se demostrara digno de él.

Tras las honras que para los caídos prescribe la costumbre y el trato de los heridos, la travesía habría de continuar hasta el destino que nos había sido prescrito. La milenaria Cruzada de Hierro había resucitado merced de la disputa por la ancestral plaza de Ulg-Zynat, y se saldaría con la victoria de las armas del Clan Durraugh, si bien a un alto coste. La narración del asedio no me compete ni resulta de relevancia para la encomienda que me fue confiada, que se había visto insospechadamente cumplida. Baste, a modo de conclusión, el justo elogio de las lanzas de los enanos grises, pero también de las de sus odiados hermanos de oro. Se dice que la sangre de los Clanes, y así lo pude confirmar, posee el áspero gusto de la piedra indómita. Tal es la firmeza y el genio de su raza. Las legiones de unos y otros combatieron hasta el último aliento, una merced demasiado digna para que los rivales se la dispensen en tiempos presentes. Igualmente meritoria, si bien tal vez menos homogénea en su virtud, se antoja la alabanza de las Bestias y su Imperio, de cuya brutalidad y la de quienes en torno a su emblema se congregan habré de dar a los apasionados oídos de nuestra Estirpe rendida cuenta.
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Muchas gracias a todos los participantes, en especial a Ofnir, Ahrimán y Faker.
 
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Noctropolis

Niño sin padres ni hospicio
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Desde una perspectiva elevada, el camino se erigía como un simulacro de facilidad, un engaño geológico que ocultaba su naturaleza traicionera. La superficie, erosionada y fragmentada en pedregales y grietas, convertía cada metro recorrido en un calvario para las ruedas del carromato sobrecargado, cuya marcha emitía un quejido perpetuo de madera y metal.

En el interior, la atmósfera era un tumulto constante. Voces humanas discutían con una intensidad que rayaba en la estridencia, pero ninguna de ellas lograba perturbar la concentración del engendro vampírico, quien fijaba su mirada, casi obsesivamente, en el rostro marmóreo de una mujer sentada frente a él. Jocasta, con una serenidad que parecía desafiar el caos circundante, no correspondía la mirada. Su mano, firme como una orden silenciosa, descansaba sobre el brazo de Nezyr, un gesto cargado de intención: un recordatorio constante de los límites que no debía cruzar.

Cada sacudida del carromato amplificaba el sonido de los corazones vivos que lo rodeaban. La sinfonía de pulsos era un tormento incesante: el ritmo irregular y torpe de un enano cubierto de harapos, el compás deliberado y majestuoso de un elfo que parecía al margen de la prisa mortal. Nezyr, atrapado en esta cacofonía, sentía cómo su voluntad se desmoronaba, cada latido una provocación que avivaba el hambre voraz dentro de él.

El rostro de Jocasta se convertía en su única ancla. Su mandíbula, tensada por el esfuerzo de mantener el control, era un monumento al dominio propio. La conexión entre ambos no necesitaba palabras; su mutuo entendimiento radicaba en una aceptación tácita de la oscuridad que los definía. Sin embargo, la bestia en el interior de Nezyr, avivada por la cercanía de la sangre, comenzaba a reclamar su espacio, erosionando los frágiles restos de su autocontrol.

La penumbra parecía expandirse en los bordes de su visión, devorando la claridad que le quedaba. Finalmente, con un movimiento brusco, Nezyr sucumbió. Sus ojos, ennegrecidos por el hambre, eran ahora un reflejo de la criatura que tomaba el control. La última chispa de racionalidad se apagó como una vela al viento.

La marcha del carromato terminó abruptamente con una violenta sacudida. La estructura volcó, y Nezyr fue lanzado al aire. Su cuerpo impactó contra el suelo, un golpe que lo arrancó momentáneamente de su trance. El frío de la piedra bajo su piel y el hedor ácido que impregnaba el aire lo sacudieron lo suficiente como para percibir el peligro que lo rodeaba.

De las sombras emergieron un millar de criaturas arácnidas. Sus patas, afiladas como cuchillas, resonaban con un clamor metálico al golpear la roca. Cada movimiento derramaba un veneno corrosivo que consumía todo lo que tocaba. Nezyr, tambaleándose, intentó levantarse, mientras sus ojos buscaban desesperadamente a Jocasta.

Ella era un contraste absoluto con el caos. Su figura erguida, su porte majestuoso, y sus ojos grises que ardían como frías brasas en la penumbra, la convertían en un faro de autoridad. Su voz, cortante y precisa, atravesó el estruendo:

—¡Nezyr, aquí!

Impulsado por un instinto residual de obediencia, Nezyr se lanzó hacia ella, esquivando patas afiladas y chorros de ácido con movimientos torpes pero decididos. Cada paso era una lucha entre la voracidad de la bestia y el tenue vestigio de humanidad que Jocasta representaba.

El camino hacia la fortaleza se transformó en un campo de carnicería. Los gritos de las víctimas llenaban el aire, mientras cuerpos eran desmembrados o disueltos en un amasijo informe por el veneno arácnido. Nezyr, inmerso en un torbellino de rabia y hambre, apenas distinguía entre amigos y enemigos.

Cuando finalmente alcanzaron la fortaleza, un escalofrío recorrió a Nezyr. En la distancia, se alzaba la figura colosal de la matriarca arácnida. Su exoesqueleto negro como la obsidiana reflejaba un brillo púrpura iridiscente que emanaba de venas palpitantes. Sus múltiples ojos, crueles y diminutos, parecían perforar la carne con una mirada de juicio implacable.

Jocasta, sin apartar la vista de la criatura, advirtió con frialdad:

—Nezyr, no lo hagas.

Pero sus palabras no tuvieron peso ante la fuerza desatada dentro de él. La bestia tomó el control absoluto, y su cuerpo se disolvió en una nube de niebla oscura, desplazándose con velocidad sobrenatural hacia la matriarca. Jocasta extendió una mano, un gesto de súplica, pero el momento ya se había perdido.

Nezyr reapareció frente a la criatura con un impacto que hizo temblar el suelo. Su ataque, una danza frenética de golpes con una espada oxidada pero afilada, era tan furioso como ineficaz. El exoesqueleto de la matriarca repelía sus embates con una resistencia que bordeaba lo inquebrantable.

El enfrentamiento se convirtió en un ballet de violencia. Las patas de la matriarca intentaron empalarlo, mientras descargas de veneno corrosivo lo forzaban a retroceder y reconfigurar sus ataques. Nezyr, consumido por la rabia, continuó buscando desesperadamente un punto débil, ignorando las limitaciones de su cuerpo agotado.

El equilibrio de la batalla cambió con la llegada de refuerzos. Trevor, un vampiro de porte imponente, entró en escena con una precisión quirúrgica. Sus movimientos eran calculados, cada golpe dirigido a las articulaciones y fisuras del exoesqueleto. Inspirado, aunque sin estrategia consciente, Nezyr logró hundir su espada en una de las zonas vulnerables de la criatura.

La matriarca emitió un alarido desgarrador antes de desplomarse. Su cuerpo, inerte, marcó el final de la lucha. Nezyr, aún atrapado en su frenesí, se irguió entre los restos de la criatura, con el rostro contraído y los ojos buscando su próxima presa.

Jocasta, reconociendo el estado lamentable de su compañero, tomó una decisión irrevocable. Se acercó con paso firme, extendió su brazo y ofreció su muñeca.

—Bebe, Nezyr —ordenó con una calma solemne.

Nezyr se abalanzó sobre ella, hundiendo sus colmillos en la piel alabastrina. Sus mordidas, descontroladas y desesperadas, carecían de la gracia que se esperaría de un igual. Jocasta, estoica, soportó el acto, permitiendo que el engendro saciara su hambre hasta que consideró suficiente. Entonces, con un movimiento decidido, retiró su brazo y lo apartó como si disciplinara a un niño incapaz de dominar sus impulsos.

—Controla tus instintos. —dictaminó, su tono tan afilado como un cuchillo— No eres más que una sombra patética si no puedes gobernarte.

Nezyr, con la sangre de Jocasta aún manchando sus labios, cayó de rodillas. Su cuerpo, extenuado, parecía vacío, como si el frenesí lo hubiera reducido a un cascarón incapaz de albergar su propia existencia. A lo lejos, una figura familiar espetaba a un elfo de tez oscura que pinta no tenía de comprender las palabras que el encapuchado le espetaba.

—¿Es o no es una conspiración? — Insistía el elfo de piel pálida al oscuro quién no le respondía.

Dejó el engendro de observar de forma soslayada al encapuchado a quién debía llamar Maestro, parpadeando con pesadez sus ojos nuevamente ámbar, y depositando su atención en un punto inexistente en el suelo.
Tras el discurrir de la bestia, y el aplacar a sus sentidos. Todo volvía a su tediosa normalidad.
 

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