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Libreta plateada: Relatos entrelazados.

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Libreta plateada: Relatos entrelazados.​

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Una libreta resplandece con la luz tenue de la luna que se cuela por la ventana en el escritorio de la habitación de Selise, la suma sacerdotisa de Selûne. Sus bordes, forjados en plata pura por la propia mano de la cleriga, reflejan la luz de la luna con un brillo suave y sereno. Las páginas, cosidas con hilos plateados y blancos, descansan dentro de una cubierta de cuero adornada con plumas y símbolos selunitas.
Cada hoja es un fragmento de su viaje, una historia grabada con devoción y caótica pasión. En esta libreta, el tiempo se desdibuja; los relatos, escritos con esmero, se entrelazan en un tapiz de recuerdos desordenados. No hay principio ni final, solo momentos, vivencias, y sueños que se entremezclan bajo la guía de la Dama de la Luna.

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1503 - Nightal | Fiesta de la Luna - I.

"Muchos sacerdotes deben estar ocupados," dije en voz baja, observando cómo resonaban mis palabras en las paredes del gran salón.

Así era. La Fiesta de la Luna había comenzado, y podía sentir la energía en el aire. Este era el momento en que honrábamos a los antepasados y a los muertos venerados. Tanto los seguidores de la luz como los de la oscuridad se reunían para rendirles homenaje a su manera. Vi a los guerreros medianos de Arvoreen recordar viejas batallas y a los sacerdotes de Kelemvor relatar las hazañas de los caídos. Mientras tanto, los seguidores de Shar se preparaban para sus planes nefastos, ocultos en las sombras, listos para dar el siguiente golpe. Por otro lado, los devotos de Lurue celebraban la llegada del invierno en paz, mientras los de Tempus y Talona ofrecían sus homenajes más ruidosos. Incluso en Tethyr, escuché de rituales místicos en honor a la Nube Luminosa.

A pesar de la multitud, el salón estaba sumido en un silencio cargado de expectativas. A mi alrededor, caballeros encapuchados con armaduras plateadas y ropajes azules permanecían inmóviles, como si fueran sombras protectoras. Algunas mujeres en vestidos extravagantes y armaduras relucientes, claramente de la nobleza, mantenían sus ojos fijos en mí mientras yo me acercaba al altar.

Mi presencia irradiaba una calma inquietante, lo sabía. Me había preparado para este momento. Vestía mis placas plateadas, brillando bajo la luz de las antorchas, y mi capa, azul con bordes blancos, ondeaba ligeramente. Los ojos bordados alrededor de siete estrellas en mi vestimenta brillaban con una cálida luz azul que iluminaba el salón. Sentí cómo todas las miradas se posaban en mí mientras me alzaba con la majestad de un líder.

Unos segundos de silencio pasaron antes de que una voz madura rompiera el ambiente:

"Es hora, querida, levántate, toma tu mano de Luna e ilumina el camino una vez más," dijo la suma pontífice de Hydcont, una anciana de avanzada edad que se acercó a mí.

Tomé la maza ceremonial que ella me ofreció, una pieza curiosa cuya cabeza estaba dividida en cuatro partes que representaban las fases de la luna. Le sonreí con calidez mientras miraba sus ojos llenos de sabiduría, y luego me volví hacia el público que aguardaba con diversas emociones.

"¡Llegó el momento, una vez más, de arrebatar a las aberraciones esas inocentes vidas y devolver la libertad que merecen!" exclamé con voz firme. Los aplausos y aclamaciones llenaron el salón, y sentí la energía de los presentes alimentar mi determinación.

Me alejé lentamente, murmurando unas palabras en el idioma celestial, y en un instante, desaparecí.

Me moví a través de lo que parecía una gran mansión, aún envuelta en mi capa encapuchada. El primero en acercarse fue Rick, con sus ropajes familiares y su pequeña maza. Caminamos en silencio hasta un salón donde una mesa repleta de alimentos y bebidas nos aguardaba, rodeada por sillones. Varias personas ya estaban allí.

Misog fue el primero en notar nuestra llegada. Vestía de azul y negro, y desde la penumbra, el punto rojo de su puro iluminaba su barba desordenada y esa sonrisa maliciosa que siempre traía consigo.

"Amigos," exclamó, y Rick y yo le respondimos con un leve asentimiento antes de tomar asiento. Junto a nosotros, Baldrak, el imponente enano con sus alas de dragón, era imposible de ignorar. A su derecha estaba Irsa, con su belleza deslumbrante y esas carcajadas (no) contagiosas. También vi a Raeris, el elfo sereno de cabellos rojizos, que, como siempre, permanecía en silencio.

"¿Están listos?" preguntó Misog, dejando escapar una gran nube de humo de su boca. Todos asentimos con seguridad, sabíamos que no había vuelta atrás. El plan estaba claro, y la seriedad en el aire nos acompañaba mientras repasábamos los últimos detalles.

De repente, apareció Locke, esa pequeña figura de apenas 75 centímetros, aplastando frutos secos bajo sus pies. Se acercó al grupo, y sin decir nada más, desaparecimos todos en un hechizo instantáneo.

Nos materializamos en una colina, y nuestras miradas se enfocaron en la ruta que se extendía frente a nosotros. Sabíamos exactamente qué hacer, no había necesidad de palabras. Raeris, desde la distancia, hizo una señal; el objetivo se acercaba. Vi a la enorme bestia avanzar pesadamente, con sus jaulas llenas de esclavos y rodeada por osgos, un minotauro colosal y un orco al frente.

Baldrak e Irsa fueron los primeros en moverse, caminando con pasos decididos hacia el centro de la ruta. Mientras Irsa tocaba unas notas en su laúd, comencé a entonar un cántico suave, y vi cómo un campo de colores desvaídos se expandía y luego se desvanecía, como una ilusión delicada.

Rick entonó sus propias oraciones, y en un instante, se multiplicó a sí mismo, creando varias copias de su figura. Misog, por su parte, conjuró un ejército de caballeros selûnitas con armaduras plateadas y ropajes azules que aparecieron detrás del grupo en el bosque de la colina. El caos estalló en la caravana. El minotauro, confiado en su fuerza, cruzó el área del hechizo, solo para detenerse confuso cuando la ilusión desapareció. El terreno comenzó a transformarse en arena suelta, atrapando a la bestia que resbaló y cayó presa del pánico. Los osgos, al darse cuenta de la emboscada, comenzaron a agitarse, preparándose para la inminente batalla.
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1503 - Nightal | Fiesta de la Luna - II

Las bestias de la caravana empezaron a inquietarse. Los osgos intercambiaban miradas nerviosas, y las manos temblorosas de algunos empezaron a desenvainar espadas, mientras otros tensaban los arcos y ajustaban las flechas. Sentían la presión del peligro inminente, pero también la duda de enfrentarse a algo mucho más grande de lo que habían previsto. Podía ver el miedo crecer en sus ojos, y sabía que solo hacía falta un pequeño empujón para quebrar su voluntad.

Fue entonces cuando Misog, con la calma de alguien que controlaba la situación, soltó una bocanada de humo. En ese momento, desde los árboles, comenzaron a aparecer filas y filas de caballeros selûnitas, todos con sus armaduras brillantes, perfectamente alineados. La luna brillaba sobre ellos, como si Selûne misma aprobara su presencia.

Al verlos, las criaturas de la caravana vacilaron aún más. Pude sentir cómo el nerviosismo aumentaba entre ellos; algunos bajaron sus armas ligeramente, otros intercambiaban miradas de confusión, titubeando sobre qué hacer. Justo en ese momento, Baldrak, el enano alado, y Irsa, la barda de cabellos blancos, se adelantaron, ofreciendo una rendición al minotauro que lideraba la caravana.

Baldrak, con su imponente figura alada, fue el primero en dar un paso al frente, seguido por Irsa, quien soltó una pequeña risa mientras jugueteaba con las cuerdas de su laúd.

"Ríndanse," dijo Baldrak, su voz firme. "No tienen ninguna oportunidad contra nosotros. Somos más, y si tienen algo de sentido común, se marcharán antes de que sea demasiado tarde."

Irsa, con su tono sarcástico, añadió:

"Vamos, no tiene sentido morir por esto. Vuelvan a sus guaridas, al menos así podrán vivir para contar la historia."

El líder de la caravana, un enorme minotauro, nos miró, claramente afectado por las palabras de mis compañeros. Parecía considerar no rendición, la furia lo estaba consumiendo de a poco. Sin embargo, antes de que pudiera tomar una decisión, el orco escribano que lo acompañaba cruzó tranquilamente el campo de batalla. Su calma era casi desconcertante, como si estuviera acostumbrado a tales enfrentamientos. Al llegar a nuestra posición, habló con voz suave y razonable.

"No hay necesidad de violencia," dijo el orco. "Estos esclavos no valen una guerra. Podemos resolver esto de manera pacífica. Estoy dispuesto a negociar."

Baldrak lo observó en silencio, y aunque las palabras del orco eran sensatas, su líder, el minotauro, no parecía dispuesto a ceder por completo. Los ojos de la bestia se mantenían fijos en la colina, en el ejército que aguardaba, su respiración cada vez más errática. Fue en ese momento cuando unas flechas, disparadas desde la colina, cayeron a sus pies, clavándose en la tierra justo frente a él.

El minotauro alzó la mirada hacia la colina, encontrándose cara a cara con los caballeros selûnitas. Lo vi dudar por un instante, y luego, como si una revelación lo golpeara de golpe, soltó su gran hacha al suelo. El sonido metálico resonó con fuerza, pero lo más sorprendente fue la expresión de terror que cubrió su rostro. Aquella gran bestia, que había sido tan temeraria momentos antes, se volvió presa del pánico. Sin más, giró sobre sí mismo y huyó despavorido, como si hubiera visto la misma muerte.

Al ver a su líder huir de esa manera, el frágil control que las otras bestias mantenían se rompió por completo. El pánico se apoderó de ellos, y comenzaron a correr en todas direcciones, soltando sus armas y abandonando cualquier intento de resistencia. Los vítores de los caballeros selûnitas en la colina no se hicieron esperar; sus gritos de victoria llenaron el aire, celebrando un triunfo que no había requerido sangre.

El orco escribano, viendo cómo su líder había huido y cómo sus tropas se dispersaban, aceptó la derrota con la misma calma con la que había llegado. Con un suspiro, entregó los documentos de la compra, y sin más palabras, dio media vuelta y se fue, dejándonos allí con nuestra victoria.

Avancé entonces hacia los esclavos encadenados, sus ojos llenos de temor e incertidumbre. Extendí las manos y murmuré una oración en celestial, conjurando un hechizo de sanación en masa. Los esclavos heridos y exhaustos sintieron alivio al instante, y sus expresiones cambiaron a una mezcla de asombro y esperanza. Les sonreí con ternura.

"Aguanten un poco más," les dije suavemente, mi voz firme pero tranquilizadora. "La libertad está cerca."

Raeris, nuestro explorador, se acercó a las criaturas más grandes, calmándolas con susurros mientras tomaba las riendas de la caravana. Con cuidado y precisión, las guió hacia el bosque, cubriendo sus huellas para asegurarse de que no pudieran ser rastreados.

Así fue como los esclavos llegaron finalmente a Inmescar, donde fueron recibidos con los brazos abiertos en la abadía. Allí se les ofreció refugio, sanación, y la promesa de que pronto regresarían a sus tierras, libres nuevamente.

No era la primera, ni sería la última victoria contra Muranndin. Algunos buscan gloria en la batalla, otros honor en el enfrentamiento de grandes enemigos. En nuestro caso, fue algo más simple: devolverle la libertad a aquellos a quienes se les había arrebatado.


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Quest dirigida por @DM Schnoz
 

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Los Últimos Dos.

Te conocí vestido de soldado, perdido en el abismo del alcohol, con tus palabras flotando en el aire como ecos lejanos. “¡Vamos a beber! ¡Ayúdenme a levantar al ‘borrachín’! Perdámonos en una taberna y no salgamos hasta el amanecer”, decías, mientras yo te observaba, sintiendo que eras solo otro guerrero ahogado en batallas y en vino.

Con el tiempo, nuestras amistades entrelazaron nuestras vidas, acercándonos más de lo que jamás imaginé. Me hablabas de cosas extrañas, y yo hacía como que no escuchaba, ignorando la sabiduría que se escondía tras tus palabras, creyendo que eran solo el susurro del vino.

Los meses se convirtieron en años. Te vi marchar hacia la guardia y luego regresar, pero fue al nacer Acero Argénteo que realmente me sorprendiste. Tu apoyo fue un rayo de luz en la penumbra, uniendo nuestras almas en un sueño compartido. Nuestros días se fusionaron; tus tareas se convirtieron en las mías, y las ideas que brotaban de ti comenzaron a florecer en mi corazón.

Entonces, lo comprendí. No eras solo un soldado borracho, sino un ser sincero y puro, con una alegría que iluminaba incluso los días más oscuros. Junto a todos, comenzaste a construir un futuro, inspirando un propósito que antes no conocía.

Sin darme cuenta, me volví dependiente de ti. A tu lado, enfrentábamos los peligros con una valentía que jamás supe que poseía. Tu risa y tus palabras eran el refugio que tanto anhelaba, un canto a la esperanza en un mundo lleno de sombras.

En cada enfrentamiento, tu espada brillaba como una estrella fugaz, y con un juramento en tus labios éramos invencibles. Al final del día, todo lo que deseaba era verte a salvo, ya fuera en las llanuras de la abadía o perdidos en el bosque. Escuchar esas palabras que tanto había ignorado, ahora esperadas con ansias: “Te amo”. Cada risa, cada broma, venía cargada de promesas de un futuro que creíamos inquebrantable.

Pero llegó el día de la despedida. Te acaricié el cabello como un último acto de amor, apreté tu hombro con fuerza, depositando en ti toda mi confianza. Creía que, mientras estuvieras a mi lado, jamás perdería a nadie. Y tú, con un valor que desbordaba los límites de la mortalidad, diste tu vida por nosotros.

Ahora, en esta soledad ensordecedora, me encuentro preguntándome tantas cosas. “¿Por qué te quedaste en pie, herido? ¿Por qué no dijiste nada? ¿Por qué luchaste hasta el final?” Las respuestas me atormentan, pero ya las sé. Te mantuviste firme para proteger a los demás, para no preocuparnos. Luchaste por vernos victoriosos, por mantener la luz encendida en la oscuridad.

Cuando te trajeron a la abadía, la verdad me golpeó como un rayo. Lamento no haberlo comprendido antes. Pensé que tendríamos más tiempo. Los últimos dos besos quedaron grabados en mi ser: uno en tu frente, como un agradecimiento por ser el guardián de mi alma, y el otro en tus labios, un beso que finalmente correspondía a un amor que nunca supe cómo devolver.

Ahora, con el corazón envuelto en sombras y una tristeza profunda, guardo esos recuerdos y tu amor, un eco que resonará en mi vida. Eres una estrella fugaz que cruzó mi cielo, y aunque ya no estés, tu luz perdura, recordándome la dulzura de lo que tuvimos y el abismo del dolor de lo que perdí.
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La Reliquia de Myth Lharast I.

El eco del crujir de la puerta rompió el silencio del gran salón cuando la empujé con suavidad. El antiguo marco de madera apenas cedía, abriéndose lo suficiente para que yo pudiera deslizarme dentro. Al cruzar el umbral, sentí las miradas posarse sobre mí. No era algo a lo que me acostumbrara, pero lo aceptaba con la serenidad que mis deberes exigían. Sabía bien lo que los demás veían: una mujer de cabello azul que caía como el manto de la noche, ojos brillantes que recordaban a los cielos estrellados, y una capa blanca de plumas que nacian de mis hombros y me envolvía como si fuera una extensión de mi propia alma.

"Buenas noches, sacerdotisas," murmuré con un tono bajo, casi un susurro que flotaba en el aire. Al frente, dos mujeres charlaban en voz baja junto al altar.

Umae, la más anciana de las dos, tenía un rostro marcado por las preocupaciones que solo los años pueden dibujar. Al verme, sus facciones se suavizaron un poco. “Al fin has encontrado tiempo para nosotros, querida. Me preguntaba cuándo podrías hacerlo.”

La otra sacerdotisa, más joven, se apresuró a excusarse. “Debo atender algunas tareas,” dijo, alejándose con una sonrisa tímida. Yo le devolví la sonrisa mientras se retiraba, pero una sensación de inquietud ya se había instalado en mi pecho.

“Lamento la tardanza, Umae. ¿Ha ocurrido algo?” Pregunté mientras me acercaba, mi mirada fija en la suya, buscando una respuesta que temía antes de escucharla.

“Descuida, Selise,” me respondió con una sonrisa que no lograba ocultar su inquietud. “No quise presionarte, pero tengo una tarea... delicada que debo pedirte.” Hizo una pausa y luego señaló hacia el fondo del salón. “Acompáñame, será mejor que hablemos con calma.”

Nos sentamos en las escaleras de mármol que llevaban al altar, recogiendo nuestros vestidos en un gesto casi ritual. Una quietud cayó entre nosotras mientras Umae dejaba que el silencio llenara el espacio antes de hablar.

“¿Conoces la historia de Myth Lharast?” Preguntó en un tono bajo.

Negué con la cabeza, “No, no la conozco.”

Umae asintió, como si mi respuesta le hubiera dado el permiso que necesitaba para continuar. “Era una ciudad antigua, una fortaleza devota a nuestra Señora de Plata. No sabemos mucho, solo lo que las leyendas nos han dejado... Pero dentro de estos muros,” señaló con un gesto lento hacia la abadía, “resguardamos reliquias que nos fueron entregadas, objetos que alguna vez pertenecieron a Myth Lharast. Algunas solo son recuerdos. Otras, más oscuras, portan el peso de su caída.”

Umae me miró con ojos cargados de un cansancio antiguo. “Seguro te preguntas por qué te hablo de esto.”

Asentí. “¿Nos han robado, Umae?”

“No,” respondió lentamente, sacudiendo la cabeza. “Pero lo que tenemos está corrompido.” Una sombra cruzó su rostro antes de continuar. “Entre nuestras reliquias, guardamos un amuleto que perteneció a una sacerdotisa que luchó hasta el último aliento por Myth Lharast. Pero el amuleto... fue corrompido por fuerzas que no comprendemos del todo. Y ahora, con los problemas en la ciudad, lo hemos dejado en segundo plano. Pero recientemente hemos recibido amenazas de cultistas de la Bestia. Ellos corrompieron el amuleto, y ahora buscan reclamarlo.”

Umae hizo una pausa que sentí como una eternidad. El aire pesaba entre nosotras.

“Creemos que un guardián sigue sellado dentro del amuleto, su voluntad podrida por la corrupción. Si cae en manos equivocadas, podríamos enfrentar algo mucho peor que simples amenazas. Y ahí es donde tú entras, Selise.”

Sentí un frío recorrerme la espalda. No era miedo, sino el peso del deber cayendo sobre mí, como una carga inevitable que debía asumir.

Umae se levantó lentamente, caminó hacia el altar y sacó una caja. La abrió frente a mí, revelando el amuleto. Cubierto por una negrura viscosa, parecía devorar la luz en lugar de reflejarla. Era como si la oscuridad misma respirara desde ese objeto, una corrupción que se sentía viva.

“Quiero pedirte que lo lleves hacia el este, donde se dice que yace oculta la Ciudad de la Luna. Si subes a uno de los montes más altos, donde Selûne está más cercana, deberás elevar una plegaria y pedir su intercesión. Solo así podremos purificarlo.”

Umae cerró la caja y me la tendió. “¿Crees que puedes hacerlo?”

Mis ojos se clavaron en la caja, y un silencio profundo llenó mi ser. Finalmente, afirmé con la cabeza. “Caminaré bajo los ojos de nuestra Diosa. Selûne me guiará, como siempre lo ha hecho.”

Umae me entregó la caja, pero su advertencia no terminó ahí. “Quien lo porte... sentirá su vitalidad drenada. No estarás sola en esto, Selise. Necesitarás una escolta. Y temo que los infames puedan seguirte, porque donde vaya esta reliquia, ellos también irán.”

Asentí. “No te preocupes. Armaré un grupo sólido. Me aseguraré de llegar antes de que la corrupción consuma mi mente o mi cuerpo.”

Una pequeña sonrisa asomó en los labios de Umae, aunque su preocupación seguía visible en su mirada. “Sabes bien que esto es más que una tarea personal. Es por todas nosotras, por nuestra devoción a la Señora de Plata.”

Me quedé sola en el salón después de que Umae se despidiera. Observé la caja en mis manos, sintiendo el peso de su historia, de su corrupción, de todo lo que podía desatar. Subí las escaleras en silencio y caminé hasta mi habitación. Allí, junto a mi armadura plateada y mi maza que brillaba como la luna misma, deposité la caja con cuidado. Luego tomé el estoque roto que siempre había adornado mi mesa y lo llevé a mi pecho.

Cerré los ojos, sintiendo el eco de lo que estaba por venir, y susurré una plegaria, esperando que Selûne me escuchara, como tantas veces antes.
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