BOLA DE FUEGO
Decíamos en anteriores entradas que es pasión del fuego existir. Con afán devorará tanto y por tanto tiempo como se le permita, dichoso al crecer y alcanzar lejanos horizontes. Por otro lado, no podemos olvidar que toda llama, indistintamente de su origen, ya sea obra natural o de la hechicería, demandará un tributo para ser y perdurar. Toda vez que se agote aquello que sustenta al fuego habrá éste de perder su aliento, y así su fuerza. Para encontrar con las llamas convenio solo tendremos que alimentarlas, y quienes conocen su idiosincrasia saben bien lo sencillo que es complacerlas, pues aceptan casi cualquier moneda de cambio. Bastará un suculento bocado, véase todo aquello que pueda arder con prosperidad, o en su ausencia un catalizador de sobrenatural origen, como pudieran ser las fuerzas de la magia.
Si el sortilegio de Combustión nos permitía invocar las llamas para que medren a su antojo y el de Lengua de Fuego nos facultaba para contenerlas en una herramienta, la Bola de Fuego las transforma en una descarga devastadora. Si bien existen otros conjuros que nos permiten dotar de precisión al elemento ígneo, en éste habremos de renunciar a ella en favor de la fuerza bruta, que habrá de manifestarse en un poderoso disparo de fuegos mágicos. Las llamas no distinguirán ni amigos ni adversarios, mordiendo con sus ardientes mandíbulas todo aquello que quede a su alcance.
Será pues en la distancia, y así en la prudencia, donde encontraremos los resultados óptimos para el hechizo. Solo la estupidez o la desesperación forzarían a un evocador a liberar este conjuro sobre sí mismo, mas parecen recurrentes los accidentes de majaderos que han renunciado al porvenir al alcanzarles las llamas que ellos mismos han invocado. En otras anécdotas de mayor provecho la Bola de Fuego se revela como eficaz instrumento de asedio y conquista, una realidad que ha convertido el conjuro en paradigma tanto de la Magia Ígnea como de la hechicería de la Guerra...