La montura de llama y sombra
Mi objetivo era claro:
una montura digna de un caballero de Thay. Nada común, nada dócil; algo que reflejara mi voluntad y mi determinación, una criatura que solo pudiera responder ante mí. Esa certeza me empujó hacia el enclave en Amn, donde ya me esperaban Vraska, Dorian y Leyna. Mientras ellos discutían rutas, posibles aliados y los peligros que nos aguardaban, yo observaba, midiendo, calculando. Sus palabras eran trabalenguas incomprensibles: en mi mente solo estaba la criatura, imaginando su silueta, su fuerza, su resistencia.
—No buscamos un corcel —dije con voz firme, apenas levantando la mirada—. Buscamos algo que merezca nuestra dedicación. Algo que responda solo a nuestra fuerza.
Un mago rojo, cuya expresión oscilaba entre la fascinación y el cinismo, nos dio un nombre: un contacto que “le debía un favor”. Nadie preguntó cuál y no hacía falta. Yo sabía que los favores son deuda de poder, y las deudas siempre pueden ser útiles.
Cuando nos reunimos con el contacto, un hombre acicalado que parecía medir cada palabra, dijo poco, pero suficiente:
—No tengo lo que necesitais… pero sé de alguien que sabe dónde encontrar lo que buscais.. Ese alguien os buscará a ti, Maelkor. Esperad noticias.
Días después llegó una carta. Firmaba "H". Mencionaba rumores de monturas como las que buscábamos en el
Shadowfell y en el
Plano de Fuego, y la posibilidad de obtener ambas si actuábamos con fuerza y coordinación. Todos lo entendimos. Cada mirada, cada asentimiento, llevaba consigo un reconocimiento tácito: estábamos a punto de arriesgar nuestras vidas. Y yo, como siempre, no sentí miedo, sino esa concentración absoluta que antecede al combate perfecto.
Iniciamos nuestra investigación de como llegar a estos planos y protegernos frente a lo que allí nos esperaba.
El primer destino: El Shadowfell.
El umbral se abrió como una herida en la realidad. Al cruzarlo, un frío húmedo nos abrazó, mezclado con un hedor a tierra muerta. Cada paso era un acto consciente: el suelo parecía absorber nuestros movimientos, la gravedad era distinta, pesada, insistente. No había luz, solo una penumbra densa que se enroscaba alrededor de nuestros cuerpos como un manto consciente.
Seres decrépitos, a medio paso entre la existencia y el olvido deambulaban por las calles de Gloomwrought. Uno de los pocos seres que accedió a darnos información señaló lacónicamente en una dirección, apuntando a una mansión que combinaba un aspecto señorial y lo tétrico del ambiente.
Allí residía una matriarca shadar-kai. Tras convencer a los guardas de que nos dejaron entrar, llegamos a sus aposentos. Rodeada de figuras pétreas que habían sido personas alguna vez. Nos ofreció la ubicación de la montura a cambio de un precio nunca oído:
recuerdos. Una de las encapuchadas aceptó a regañadientes. El poder del conjuro fue más poderoso de lo que su mente pudo soportar, y vi cómo su memoria se desvanecía como arena entre los dedos. Nos miramos todos por un instante, sabiendo que
cada elección tenía un precio que no podíamos prever. Recogimos el cuerpo vivo pero inmóvil de la desdichada y abandonamos la mansión con la información que teníamos.
Fue entonces cuando apareció. No como sorpresa absoluta, sino como culminación de la tensión acumulada. Un
demonio surgió de una grieta en el aire, su piel negra brillando como carbón encendido, y ojos que parecían pozos sin fondo. Avanzaba hacia las almas en pena, dispuesto a reclamarlas para sí, su rugido resonando como un trueno que hacía vibrar las rocas.
Dorian bloqueó su primer embate con su dominio de la urdimbre mientras que Vraska desplegó barreras que absorbían gritos y energía, y Leyna desató llamas grises que mordían la carne incorpórea del demonio. Yo no dudé. Me lancé al flanco de la bestia, golpeando con precisión y fuerza calculada. Su rugido se mezcló con la tensión del aire, la fricción de mis botas sobre la roca, el crujido de energía liberada.
La criatura retrocedió, desgarrada por fuerza y magia, hasta que cayó al abismo abierto bajo sus pies. Las almas liberadas giraron alrededor de nosotros unos instantes, listas para volver a su legítimo dueño.
Por todas partes veíamos sombras que no pertenecían a ningún objeto se movían a nuestro alrededor. No buscaban atacar aún, pero se percibía su vigilancia, la sensación de que cada instante podía ser mortal. Entre los árboles retorcidos y los cráteres de roca negra, lamentos de almas errantes viajaban por el aire, doblándose, mezclándose, como un coro de dolor que uno podía sentir en el pecho.
Nos movíamos en silencio, midiendo cada paso. Vraska se adelantaba con cautela, ojos entrecerrados, escaneando la penumbra. Dorian mantenía la mano sobre su espada, y Leyna murmuraba conjuros silenciosos, temiendo que cualquier sonido fuera escuchado más allá de lo visible. Nos mirábamos a veces, sabiendo que la menor decisión podía costarnos la vida, y cada mirada transmitía tanto confianza como desconfianza: éramos compañeros, sí, pero conscientes de que la muerte podía reclamar a cualquiera de nosotros en cualquier instante.
Seguimos rastros de la montura, signos sutiles en la tierra, marcas de fuerza arcana que indicaban su paso. El aire vibraba con presencias invisibles, y cada sombra parecía moverse con intención propia. Las huellas se dirigían a una montaña.
Conseguimos alcanzar la cima: unos volando, otros transformándose en criaturas voladoras, otros teleportándose y yo ayudado de una soga. En la cima de la montaña la criatura aguardaba. Un feroz combate. Una doma ejecutada mediante la fuerza bruta, sin magia. Músculo contra músculó. Subyugada, la bestia no pudo sino obedecer a su nuevo señor que la habría derrotado en un digno combate.
Volvimos a Amn. A mi vuelta, los encuentros en el Shadowfell habían terminado de forjarme. La oscuridad me ungió y me convertí en el hombre que estoy llamado a ser, reconocido por los míos y tratado de igual a igual.
Satisfechos los deseos de nuestros guías y acompañantes, nos habíamos ganado su lealtad con la primera montura. Les tocaba pagar su deuda ayudándonos a conseguir mi montura
Siguiente destino: el
Plano elemental de Fueno.
Nuestro siguiente objetivo se encontraba custodiado por un sultán efreeti, o eso creíamos nosotros. Dorian conjuró un portal que nos arrojó a un mundo abrasador. La lava corría como ríos, el aire estaba cargado de ceniza incandescente. El calor golpeaba la piel y el alma.
El palacio flotante apareció primero como un espejismo en el horizonte abrasador: un monolito de obsidiana negra y metal incandescente suspendido sobre ríos de lava como si la gravedad fuese una cortesía opcional en aquel plano. A cada paso que dábamos hacia él, el aire vibraba con un calor tan denso que parecía empujar nuestros cuerpos hacia atrás. Las corrientes ardientes rugían bajo los puentes de roca natural, y el suelo mismo respiraba fuego.
No hablábamos. No hacía falta. Bastaba una mirada para comprender que cada uno de nosotros estaba calculando mentalmente las posibilidades de morir en cualquier segundo.
Pero avanzábamos igual.
Leyna se secaba el sudor que hervía en su frente sin dejar de vigilar las sombras líquidas que serpenteaban entre las rocas. Vraska, más férrea que todos, avanzaba con los ojos muy abiertos, absorbiéndolo todo, midiendo amenazas como un general estudia un mapa de guerra.
Y yo sentía el pulso del fuego resonando en mis huesos como si el plano mismo quisiera arrancarme algo.
La visibilidad era mínima: el ambiente se ondulaba como una cortina líquida, y cada respiración sabía a metal caliente. Y aun así seguimos, porque retroceder ya no era una opción desde hacía tiempo.
Fuimos guiados por un mago rojo estacionado en aquel infierno viviente. Un hombre endurecido por el calor, con las cejas quemadas y la voz quebrada por los vapores del plano.
Él nos dio la noticia sin adornos, como quien arranca una venda:
—Las monturas ya no pertenecen al sultán —dijo—. Ahora son propiedad del marajá.
Un silencio espeso siguió a sus palabras. El tipo de silencio que surge cuando todos comprenden que el camino acaba de volverse aún más peligroso.
Llegar hasta el marajá fue una travesía dura incluso para nuestros estándares. Navegamos sobre barcazas encantadas, frágiles como pergamino mojado, que se deslizaban sobre ríos de lava turbulenta. El calor ascendía en columnas que podían derretir piel; a veces una corriente más fuerte golpeaba el casco y la estructura temblaba como si fuese a partirse en dos. Cada ola era una amenaza. Cada chispa podía ser la última.
Vraska mantenía los escudos arcanos activos. Leyna contenía la corriente de calor para que no nos arrancara el alma del cuerpo.
Yo me mantenía firme, observando la inmensidad roja que nos rodeaba, sabiendo que lo que aguardaba al final del trayecto sería peor.
La audiencia con el marajá no era una mera reunión: era una apuesta a todo o nada.
El trono ardía con un fuego que no iluminaba, sino que devoraba sombras. El marajá, un ser colosal de fuego vivo y bronce derretido, nos estudió con la serenidad cruel de quien sabe que nada en aquella sala podría dañarlo.
El precio que exigió cayó sobre nosotros como un mazo:
—Quiero un huevo de dragón piroclástico —dijo—. Me lo traeréis. Se está subastando y lo quiero. Sea cual sea el precio.
Habrá sangre. Probablemente la nuestra.
Y sin embargo asentimos, unidos, sabiendo que ya no había vuelta atrás. Que un pacto sellado en fuego no se rompe sin morir quemado.
La subasta era un festival de peligro: liches, elementales de fuego, demonios, no muertos… incluso un dragón sobrevolaba la sala. El ambiente olía a poder y muerte. Cada movimiento podía significar el fin.
El encapuchado creó la distracción con la precisión de un asesino veterano. Un gesto suyo bastó para que media sala girara la cabeza. En ese instante, Vraska rompió las costuras del tiempo. Todo quedó suspendido: llamas inmóviles, miradas congeladas, incluso el murmullo de los no-muertos se detuvo, como si la eternidad contuviera la respiración.
En silencio absoluto, la maga roja cruzó el salón, tomó el huevo con una delicadeza imposible y abrió una puerta dimensional que devoró la luz a su alrededor. Al retirarse, dejó tras de sí un muro de oscuridad mágica que se derramó como tinta negra sobre todos los presentes.

Cuando el tiempo regresó, lo hizo de golpe. El sonido rugió de vuelta: gritos, crujidos, fuego. El caos explotó. El liche anfitrión rasgó la oscuridad con un contrahechizo brutal… pero ya era tarde. La peana estaba vacía.
Entonces comenzó la huida.
Nos desvanecimos en invisibilidad mientras el encapuchado que viajaba con nosotros se elevaba por los aires, buscando altura para la extracción. Yo corrí a su lado impulsado por una celeridad antinatural, una velocidad que sentía arrancar fibras de mis músculos con cada paso. El aire ardía.
La encargada de la subasta —una criatura envuelta en oro y fuego— nos detectó pese al velo. Señaló al encapuchado con un gesto seco, y una lanza de energía lo derribó directamente hacia el abismo de lava que rugía bajo la sala. Lo vi caer… y detenerse. Se aferró al borde de un muro con una fuerza que ningún mortal debería poseer.
El mundo temblaba alrededor. La lava subía. Los no muertos gritaban órdenes. Y en el centro del caos, Vraska completó el teleportar, su magia abriéndose como un desgarrón en la realidad. La salida estaba ahí. Teníamos un latido para cruzarla o morir.
De vuelta en el palacio del marajá, entre columnas de fuego azul y sombras que temblaban con cada exhalación del plano, presentamos el huevo intacto.
El ifrit nos contempló en silencio, ese silencio pesado que solo otorgan los seres que han quemado imperios y visto siglos pasar como humo. La luz que emanaba de su cuerpo danzaba sobre los mármoles incandescentes y, por un instante, tuve la sensación de estar frente a un sol consciente.
—Sois audaces —pronunció finalmente, con una voz que resonó como un horno abriéndose—. Y yo valoro la audacia.
Sus palabras no eran halago. Eran reconocimiento, curiosidad e incluso diversión y sorpresa. Pero en la mirada del ifrit había algo más: respeto. El tipo de respeto que se ofrece a quienes vuelven de un viaje que debería haberlos devorado.
Entonces hizo un gesto, uno solo, pero el aire se cargó de una expectativa casi eléctrica. Desde la parte posterior del salón, entre cadenas de bronce y humo denso, emergió.
Humo Eterno.
Primero, una sombra serpenteante. Luego un contorno que se condensó como brasas unidas por voluntad. Y al final… una criatura majestuosa, envuelta en un velo de fuego oscuro que no quemaba, sino que latía. Sus ojos —dos carbones vivos— se fijaron en mí con un reconocimiento que me atravesó el pecho.
Avanzó despacio, pisando como si la realidad fuese solo una sugerencia bajo sus cascos. Se detuvo frente a mí y exhaló un aliento cálido, cargado de poder antiguo.
Y supe, sin necesidad de palabras, que me aceptaba. Mi valor, tenacidad y poder habían demostrado que era un digno amo. Alguien a quien temer, respetar y obedecer.
El marajá habló detrás de mí, aunque su voz me llegó como desde muy lejos:
—Tómala, Maelkor. La has ganado.
Humo Eterno giró la cabeza, expectante. La criatura estaba viva de una forma que pocas cosas están vivas. No era montura. No era premio. Era una elección. Me había elegido a mí como yo la elegí a ella.
Offtopic :
mis dieses a los compañeros de aventuras (no os etiqueto ni nombro a los encapuchados por eso de mantener vuestras identidades en secreto, pero sabeis quienes sois) y a @DM Nazgul