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Maelkor Vaelor, Caballero del Ahura-Mazcul

Orofea

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Numerosas han sido las pruebas a las que me he enfrentado en Amn desde mi llegada.

Ganarme la confianza del Enclave, no con mis bellas palabras ni lisonjas, sino con mi valía, como dicta el ethos thayino.

Demostrar el valor ante los magos más poderosos que se conocen requiere de disciplina, coraje, audacia y aptitud.

La primera prueba, apenas recién llegado, defender al Khazark del ataque de una mantícora. Seguido de ayudar al muy poderoso y gran artifice Druulxakmilesh en la captura de un elemental de fuego.

Esta hazaña, en la que contuve los embistes del elemental para que los Magos Rojos se pudieran concentrar, así como los meses de incuestionable lealtad, me valió para ganar el reconocimiento de Discípulo de Caballero.

Fiel a la misión que me encomendaron, he seguido defendiendo los interés del Enclave incansable. Actuando como guardia y escolta de los magos allí donde se me ha requerido.
Combatí en el Rashturiver como guardia de corps del Khazark y sangré abatiendo a la banshee.

Después de tanto tiempo, ya soy Caballero de Thay. El Caballero del Ahura-Mazcul.
 

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¡Oh! ¿Hasta qué punto el arrojo de los Amnianos ha desaparecido?

En una misión a vida o muerte por detener la plaga de necromancia que asola el norte, movido por los rumores que yo mismo había oído de boca de refugiados se Nashkel, acudí como representación del Enclave a la defensa de la Carretera Mordida.

Un grupo de jinetes y combatientes a pie acudimos bajo liderazgo de Radix.

Los combatientes: Radix, Flynn, Bran, Eir, Kaeril, Enma, Zahal, Alice, Aviel, Aenur, Lufram, Halgar, Fanchelio, Vulkran y yo.

Llegamos a un bosque nevado cubierto por una espesa neblina que pareció hacer mella en la salud de alguno de los combatientes. Débiles y faltos de previsión.

Fuimos atacados por un grupo de bestias y no muertos, insepultos antiguos conjuradores Thayinos. No podían ser derrotados, así que Radix ordenó la retirada.

Tras replegarnos, vislumbramos un portal que emanaba energía hacia los insepultos. Con varitas de disipación pudimos interrumpir el flujo de energía que iba hacia ellos, y los eliminamos rápidamente.

Seguimos avanzando y llegamos al río, cruzado por un puente cortado por estatuas de pobres almas que habían sigo convertidas en piedra mientras intentaban huir.

Mientras el grupo debatía qué hacer y ataban cabos con sogas, decidí que no tenía tiempo para planes elaborados e hice lo que ninguno había intentado: mover las estatuas. Mi cuerpo respondió y pude apartar las estatuas. Para cuando el resto vino a ayudar, ya había hecho casi todo el trabajo. Por respeto, no dije nada.

Seguimos adelante, combatiendo y derrotando insepultos protegidos por portales hasta que...lo vimos.
Un caballero negro, poderoso nos aguardaba.

Mientras el resto del grupo consideraba parlamentar y titubeaba sobre el mejor curso de acción o estrategia yo lo vi claro: atacar pronto y fuerte.
El resto del grupo, que por algún motivo no estaban preparados para el combate, ¡Ay! Se quedó detrás mientras yo iniciaba la carga y me siguió después.

Le plantamos cara al jinete en una lucha digna. Pero fue superior a nosotros.
Uno a uno fuimos cayendo hasta que solo unos pocos quedaron y se replegaron.
Mientras yacía en el suelo, apenas consciente, me pareció que el esqueleto rebuscaba algo entre nuestros cuerpos. No pareció encontrar nada de valor y se marchó.

Radix y Aviel vinieron a ayudar a los caídos y, en lugar de reconocimiento a mi valía, o disculpas por su tardanza en carga, recibí críticas y reprimendas. ¿¡Quién les había puesto a ellos al cargo?!

Fue una victoria parcial. Limpiamos la carretera mordida y restablecimos la ruta. Hubiera sido una victoria total si el resto de combatientes tuvieran la misma iniciativa cargando con la espada que acusando con la lengua bífida que esconden tras los dientes.


Las opiniones aquí escritas reflejan las opiniones de Maelkor. @Orofea reconoce la cagada. Gracias a todos por el rato y a @DM Faker por la escena!!
 
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Ah...quienes rápidos estuvieron en calumniarme por mi arrojo se mantuvieron callados cuando mi participación fue vital en derrotar a la sierpe insepulta antes de reencontrarnos con Agarathea.

Después de una travesía ardua y costosa. Donde casi vemos caer a compañeros en combate tras pisar trampas o despeñarse bajando por una cuerda (milagrosamente mi armadura no me supuso un problema) nos tuvimos que batir con una sierpe animada mediante nigromancia.

La sierpe estaba a punto de caer cuando un conjuro de invisibilidad la ocultó protegiéndola de nuestros golpes.
De nuevo, ningún arcano nos acompañó en esta misión. Nadie mira al líder de la expedición ni lo responsabiliza por tal omisión.
No haré leña del árbol caído, puesto que está omisión además me brindó la oportunidad de despuntar.
Canalizando la energía divina que me sostiene y sirve como guía conseguí disipar la invisibilidad de la bestia, abriendo una ventana de oportunidad que fue clave en su derrota.

Lo hice además en el momento justo, puesto que lanzar este sortilegio me obligó a bajar la guardia durante un instante, momento en el cual un poderoso conjuro nos afectó a varios y yo perdí el conocimiento.

¿Qué hubiera sido de no ser por mi? Probablemente el resto de la expedición aún seguiría golpeando al aire o habrían fallecido ya.

Después de mi gesta nos encontramos con Agarathea, quien nos escoltó hasta las inmediaciones del refugio del Umbrarca.

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La guerra ha terminado, y aun así no descanso. Cada músculo, cada fibra de mis aprendices y discípulos debe ser templada. No tolero la debilidad. Entreno con rigor absoluto, enseñando que la fuerza es la única ley que importa. La disciplina que impongo es fría, precisa, sin indulgencias. Aquellos que tropiecen conmigo aprenden rápido: Thay premia la fuerza, y yo, su brazo ejecutor, la hago cumplir.

Camino por Athkatla, entre sus calles abarrotadas, observando a los que arrastran sus culpas y errores como cadenas invisibles. Sus miradas suplicantes, sus gestos de desesperación, me ofrecen un raro privilegio: puedo enseñarles el olvido. Puedo mostrarles que no hay futuro seguro, que la esperanza es una ilusión con que el mundo engaña a los débiles. Cada encuentro es una lección forzada de realismo brutal, una oportunidad para templar su espíritu en la verdad de la desolación.

Una tarde, acompañando a Leyna, nos topamos con un grupo peculiar en los Llanos: Vraask, olvidadizo y disperso; Kharmin, cuya hediondez anunciaba su presencia antes que él; los robustos Lufram y Tarkin; la bardo Mernalyn; Arenel la pelirroja; y un hin llamado Tobin, cuyo temple aún debía medir. Cada uno era útil a su manera.

Decidimos vagar por el camino del sur, atravesando el bosque hasta los acantilados. Traté, sin éxito, que el hin entrara en las criptas. Quería que mostrara que su puño valía tanto como su boca. La mayoría de los débiles rehúyen confrontar la verdad de sus propias manos. Continuamos.

Los acantilados nos recibieron con un espectáculo grotesco: cuerpos desmembrados, sangre y vísceras dispersas. Reconocí al instante las marcas de Yeenoghu. La ira se encendió, fría y metódica. Llamé a mis acompañantes a las armas. Me puse al frente, entre Leyna y la amenaza, junto a Mernalyn, Tarkin y Lufram. Cada movimiento mío, cada corte, era cálculo puro, un recordatorio de que la muerte favorece al preparado. Detrás, mis aliados lanzaban conjuros y flechas.

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"La espada y la urdimbre", óleo sobre lienzo de @Orador

Huellas nos condujeron a una cueva. Allí, la visión de más cadáveres fue solo un preludio: se transformaron en gnolls ante nuestros ojos. Cada uno cayó ante nuestra superioridad incontestable. Pero el cabecilla llegó, acompañado de dos chamanes. Mernalyn atacó primero, y el mordisco del gnoll le recordó que incluso los mejores pueden ser vulnerables. Sin titubear, abatí a un chamán con un certero flechazo. La batalla se desató, brutal y sin compasión. Muchos cayeron; solo Vraask y yo terminamos en pie.

Los gnolls arrastraron a los caídos. Vraask vigilaba la salida para dar la voz de alarma. Yo cabalgué a toda velocidad en busca de ayuda. Los guardias de Amn, previsibles en su mediocridad, ignoraron mis pedidos. Los del hospicio, inútiles en su falsa caridad, tampoco actuaron. El mundo de los débiles no merece salvación.

Llegué a los Llanos y encontré a Dick, Sasha y Lana. Ellos sí respondieron con rapidez, actuando sin dudar. Regresamos a la cueva y nos reunimos con los que habían logrado sobrevivir. La batalla final fue feroz, intensa, un espectáculo de superioridad absoluta. Cada golpe mío era cálculo, cada corte una sentencia. El cabecilla gnoll cayó bajo mi espada; una vez en el suelo le corté la cabeza como recuerdo de la batalla.

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A la salida, Kharmin, en un acto que solo alguien conectado a la tierra podría lograr, provocó un terremoto que sepultó la cueva. Los gnolls restantes morirían allí, bajo toneladas de roca, sin esperanza. Justicia perfecta, pura y absoluta.

Gracias @DM Kapillo por la improvisada escena. Estuvo 👌🏻
 
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La noche había caído sobre los Llanos, y con ella, el silencio incómodo que precede a la violencia. Éramos un grupo reducido —Vraask, Dick, Vesper y algunos otros— movidos por el aburrimiento, por la curiosidad, o por esa clase de estupidez que lleva a los mortales a caminar entre tumbas creyendo que siguen vivos.

El cementerio nos recibió con ese hedor familiar a tierra removida y carne vieja. Aun así, algo era distinto. El aire estaba espeso, cargado de una magia que no era natural. La luna bañaba las lápidas y, bajo su luz, los huesos se movieron.

Esqueletos. Pero no los habituales. Aquellos se movían con precisión, con fuerza. No eran marionetas torpes. Eran soldados, disciplinados en su muerte más de lo que muchos lo fueron en vida. Resistieron nuestros golpes, y pronto comprendí que estábamos superados. Caímos uno tras otro.No por cobardía, sino por error de cálculo: el combate sin posibilidad de victoria solo sirve al orgullo, no al propósito.

Desperté enjaulado, encadenado en el interior de una cripta húmeda y silenciosa. El aire olía a hierro, a sangre y a podredumbre. Frente a nosotros, un nigromante conjuraba en un lenguaje arcano, su voz temblando por la ambición y el poder que intentaba dominar. Pude ver el círculo trazado con runas y la acumulación de energía: aquello no era una simple invocación, era una transmutación. Pretendía levantarnos, corromper nuestras almas y convertirnos en siervos no muertos bajo su control.

Observé su rostro, su concentración, y comprendí la estructura de su magia. No me sería posible destruir su poder... pero sí quebrar su mente. Lo provoqué, lo desafié con palabras precisas y una flecha salió disparada desde mi arco. Por un instante, su mirada se cruzó con la mía. Bastó eso.

La represalia fue inmediata. Un golpe invisible me lanzó contra los barrotes, y sentí cómo la magia me quemaba las entrañas. La disciplina me impidió gritar. No le daría ese placer. La carne es débil, pero la voluntad no lo es.

Mientras los demás luchaban contra la desesperación, yo pensaba. Observaba los movimientos del nigromante, sus gestos, su obsesión con la perfección de su obra. La arrogancia siempre deja una grieta. Encontré la suya: la vanidad.

Le hablé con voz firme, sin rastro de sumisión. “Eres ambicioso, y eso te honra. Pero desperdicias poder en estos cuerpos marchitos. Déjame servirte. Puedo traerte más... cuerpos fuertes, guerreros, sirvientes dignos de tu magia. Déjame salir y haré que tu ejército sea eterno.”

El hombre dudó. Lo vi. El ego se encendió detrás de sus ojos. El halago es el arma más sutil del poder. Finalmente, asintió. Abrió mi jaula. Creyó que me había ganado.

En cuanto la cerradura hizo clic, el aire cambió. Miré a los míos y di una orden seca, una sola palabra. Ellos entendieron. El ataque fue instantáneo. En ese mismo momento, Vesper irrumpió con refuerzos desde la entrada de la cripta. El nigromante giró sobre sí mismo, desbordado, sin entender cómo su dominio se desmoronaba.

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Luchamos entre los ecos de los conjuros, entre huesos que caían y cadáveres que volvían a morir. Yo avancé entre ellos, mi cimitarra describiendo arcos de luz fría. La hoja se clavó en su carne y le abrió el pecho. Su cuerpo cayó al suelo, pero su expresión final fue de sorpresa, no de miedo. Murió sin entender que había pasado.

El silencio volvió al fin. La magia que mantenía la cripta viva se desvaneció, y las runas del suelo se apagaron una a una.

Salimos al aire libre. La luna seguía allí, imperturbable. Miré hacia atrás, a la entrada de la cripta, y comprendí que había aprendido algo más esa noche: incluso la muerte puede ser usada como herramienta, siempre que quien la empuñe tenga el poder y la voluntad para hacerlo.

Gracias @DM Tepes por la escena y no dejarnos morir como peleles! Del resto que estuvieron, no recuerdo quién era. Dadme nombres y os apunto, bellacos
 
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Había oído rumores de una bestia bajo el casino de Caravasar.

Ante lo desconocido le pedí a los Magos Rojos Dorian y Leyna que me acompañaran a investigar qué se escondía ahí debajo.

Un cubo gigantesco que envolvía y absorbía todo a su paso rodeado de cadáveres medio descompuestos por acido.

Me abalancé sobre él mientras Leyna y Dorian permanecían lejos, conjurando llamaradas desde sus manos. El vapor tóxico del ácido me empañaba la vista y me corroía la garganta, pero mi cimitarra no cesaba de golpear con el cubo perdiendo tamaño, fuerza y forma a cada golpe.

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Salimos victoriosos aunque apenas hubo tiempo para celebrarlo.

Un brujo de nombre Hastian apareció casi de la nada, diciendo buscar a su amada Liselotte y que había sido engañado por un genio. ¿Quién no sabe que hacer tratos con genios es mala idea?
Pronto me di cuenta de que no decía toda la verdad, su vista clavada en una pequeña piedra preciosa que estaba en el suelo. Mientras negociábamos el precio de su libertad Hastian se teleportó hasta la gema y Leyna intentó apresarlo con un conjuro. Hastian consiguió librarse de eso, pero no del empujón que recibió después. Me abalancé sobre él y caímos los dos al suelo.

Toqué la gema al caer y aparecí en un sitio que parecía irreal: objetos flotaban sin llegar a caer nunca, las propias paredes de las estancias parecían doblarse y fluctuar con el tiempo, luces quiméricas y sonidos que parecían venir de muy lejos y de cerca a la vez resonaban por todo el ambiente.
Fui sorprendido por varios monstruos que nunca había visto y que no sabría apenas describir. Tras darle muerte a todos ellos, aparecieron Leyna y Dorian.

Juntos recorrimos todas las estancias, combatiendo seres mecánicos que nunca había visto. No parecían sostenidos por la magia como un golem, sino que parecían construidos con unas artes de otra civilización.

Al final nos encontramos a Liselotte. Apresada confesó que Hastian la tenía retenida contra su voluntad, aparentemente siendo ella la fuente de un poder que Hastian aspiraba a dominar.

La liberamos y...las frías paredes del Enclave de Thay nos recibieron. La comodidad de encontrarme en casa me hizo sospechar que fuera otro conjuro o ilusión poderosa que nos retendría para siempre en un laberinto onírico sin salida pero parece que no. De momento.
 
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¡Parece que el clero de Selûne se está congregando para anunciar algo!

Gritaba el gentío por todo el distrito del puente.

¡En el distrito de la gema! ¡Rápido!

Se oian las voces desde dentro del Enclave. Vraska, Leyna, Dorian y yo acudimos al distrito de la Gema a ver qué tenían que decir.

¿Dirán algo interesante esta vez? Quizá si han convocado a tanta gente, si tienen voceros dando alaridos por la ciudad, vayan a decir algo que valga la pena.

Otra decepción. Justo después de una guerra, frente a una muchedumbre hambrienta y en el distrito más adinerado de Athkatla no se les ocurre mejor idea que derruir una estatua y pedir dinero para levantar otra.

Pasaron de puntillas por su papel en el inicio de una guerra civil y una mujer clamando a voces que su marido murió a cuenta de la guerra de la que fueron gran parte. ¿La respuesta? "Sí nosotros también sufrimos". Este es el clero que defiende a los débiles. Tanto los defiende que ignora su dolor.

Afortunadamente para esa doncella, yo estaba a su lado. Un abrazo, un gesto y unas palabras susurradas al oído que le traigan consuelo y la ayuden a olvidar su dolor.

Gwen, sosteniendo un papel con manos temblorosas mientras balbuceaba en un esfuerzo por ser oída por encima de los murmullos del gentío.
Sariel, con aires de grandeza y porte de dignidad, intentando sacar del apuro a sus colegas, con una hipocresía que ni el blanco de sus ropajes podía blanquear.
Velarios, con sus frases tan grandilocuentes como huecas. Sacadas de un libro de poesia, más que de lo profundo de su corazón.

Esas palabras vacías de Gwen, Sariel y Velarios ante una multitud que sufre y al que se le pide oro sin pudor se encontró con la respuesta que deberían haber esperado: abucheos y verduras dirigidas a acallar tamaña sarta de palabrería vacía.
 
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La montura de llama y sombra

Mi objetivo era claro: una montura digna de un caballero de Thay. Nada común, nada dócil; algo que reflejara mi voluntad y mi determinación, una criatura que solo pudiera responder ante mí. Esa certeza me empujó hacia el enclave en Amn, donde ya me esperaban Vraska, Dorian y Leyna. Mientras ellos discutían rutas, posibles aliados y los peligros que nos aguardaban, yo observaba, midiendo, calculando. Sus palabras eran trabalenguas incomprensibles: en mi mente solo estaba la criatura, imaginando su silueta, su fuerza, su resistencia.

—No buscamos un corcel —dije con voz firme, apenas levantando la mirada—. Buscamos algo que merezca nuestra dedicación. Algo que responda solo a nuestra fuerza.

Un mago rojo, cuya expresión oscilaba entre la fascinación y el cinismo, nos dio un nombre: un contacto que “le debía un favor”. Nadie preguntó cuál y no hacía falta. Yo sabía que los favores son deuda de poder, y las deudas siempre pueden ser útiles.

Cuando nos reunimos con el contacto, un hombre acicalado que parecía medir cada palabra, dijo poco, pero suficiente:
—No tengo lo que necesitais… pero sé de alguien que sabe dónde encontrar lo que buscais.. Ese alguien os buscará a ti, Maelkor. Esperad noticias.


Días después llegó una carta. Firmaba "H". Mencionaba rumores de monturas como las que buscábamos en el Shadowfell y en el Plano de Fuego, y la posibilidad de obtener ambas si actuábamos con fuerza y coordinación. Todos lo entendimos. Cada mirada, cada asentimiento, llevaba consigo un reconocimiento tácito: estábamos a punto de arriesgar nuestras vidas. Y yo, como siempre, no sentí miedo, sino esa concentración absoluta que antecede al combate perfecto.

Iniciamos nuestra investigación de como llegar a estos planos y protegernos frente a lo que allí nos esperaba.

El primer destino: El Shadowfell.

El umbral se abrió como una herida en la realidad. Al cruzarlo, un frío húmedo nos abrazó, mezclado con un hedor a tierra muerta. Cada paso era un acto consciente: el suelo parecía absorber nuestros movimientos, la gravedad era distinta, pesada, insistente. No había luz, solo una penumbra densa que se enroscaba alrededor de nuestros cuerpos como un manto consciente.

Seres decrépitos, a medio paso entre la existencia y el olvido deambulaban por las calles de Gloomwrought. Uno de los pocos seres que accedió a darnos información señaló lacónicamente en una dirección, apuntando a una mansión que combinaba un aspecto señorial y lo tétrico del ambiente.

Allí residía una matriarca shadar-kai. Tras convencer a los guardas de que nos dejaron entrar, llegamos a sus aposentos. Rodeada de figuras pétreas que habían sido personas alguna vez. Nos ofreció la ubicación de la montura a cambio de un precio nunca oído: recuerdos. Una de las encapuchadas aceptó a regañadientes. El poder del conjuro fue más poderoso de lo que su mente pudo soportar, y vi cómo su memoria se desvanecía como arena entre los dedos. Nos miramos todos por un instante, sabiendo que cada elección tenía un precio que no podíamos prever. Recogimos el cuerpo vivo pero inmóvil de la desdichada y abandonamos la mansión con la información que teníamos.

Fue entonces cuando apareció. No como sorpresa absoluta, sino como culminación de la tensión acumulada. Un demonio surgió de una grieta en el aire, su piel negra brillando como carbón encendido, y ojos que parecían pozos sin fondo. Avanzaba hacia las almas en pena, dispuesto a reclamarlas para sí, su rugido resonando como un trueno que hacía vibrar las rocas.

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Dorian bloqueó su primer embate con su dominio de la urdimbre mientras que Vraska desplegó barreras que absorbían gritos y energía, y Leyna desató llamas grises que mordían la carne incorpórea del demonio. Yo no dudé. Me lancé al flanco de la bestia, golpeando con precisión y fuerza calculada. Su rugido se mezcló con la tensión del aire, la fricción de mis botas sobre la roca, el crujido de energía liberada.
La criatura retrocedió, desgarrada por fuerza y magia, hasta que cayó al abismo abierto bajo sus pies. Las almas liberadas giraron alrededor de nosotros unos instantes, listas para volver a su legítimo dueño.

Por todas partes veíamos sombras que no pertenecían a ningún objeto se movían a nuestro alrededor. No buscaban atacar aún, pero se percibía su vigilancia, la sensación de que cada instante podía ser mortal. Entre los árboles retorcidos y los cráteres de roca negra, lamentos de almas errantes viajaban por el aire, doblándose, mezclándose, como un coro de dolor que uno podía sentir en el pecho.

Nos movíamos en silencio, midiendo cada paso. Vraska se adelantaba con cautela, ojos entrecerrados, escaneando la penumbra. Dorian mantenía la mano sobre su espada, y Leyna murmuraba conjuros silenciosos, temiendo que cualquier sonido fuera escuchado más allá de lo visible. Nos mirábamos a veces, sabiendo que la menor decisión podía costarnos la vida, y cada mirada transmitía tanto confianza como desconfianza: éramos compañeros, sí, pero conscientes de que la muerte podía reclamar a cualquiera de nosotros en cualquier instante.


Seguimos rastros de la montura, signos sutiles en la tierra, marcas de fuerza arcana que indicaban su paso. El aire vibraba con presencias invisibles, y cada sombra parecía moverse con intención propia. Las huellas se dirigían a una montaña.
Conseguimos alcanzar la cima: unos volando, otros transformándose en criaturas voladoras, otros teleportándose y yo ayudado de una soga. En la cima de la montaña la criatura aguardaba. Un feroz combate. Una doma ejecutada mediante la fuerza bruta, sin magia. Músculo contra músculó. Subyugada, la bestia no pudo sino obedecer a su nuevo señor que la habría derrotado en un digno combate.
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Volvimos a Amn. A mi vuelta, los encuentros en el Shadowfell habían terminado de forjarme. La oscuridad me ungió y me convertí en el hombre que estoy llamado a ser, reconocido por los míos y tratado de igual a igual.

Satisfechos los deseos de nuestros guías y acompañantes, nos habíamos ganado su lealtad con la primera montura. Les tocaba pagar su deuda ayudándonos a conseguir mi montura

Siguiente destino: el Plano elemental de Fueno.

Nuestro siguiente objetivo se encontraba custodiado por un sultán efreeti, o eso creíamos nosotros. Dorian conjuró un portal que nos arrojó a un mundo abrasador. La lava corría como ríos, el aire estaba cargado de ceniza incandescente. El calor golpeaba la piel y el alma.

El palacio flotante apareció primero como un espejismo en el horizonte abrasador: un monolito de obsidiana negra y metal incandescente suspendido sobre ríos de lava como si la gravedad fuese una cortesía opcional en aquel plano. A cada paso que dábamos hacia él, el aire vibraba con un calor tan denso que parecía empujar nuestros cuerpos hacia atrás. Las corrientes ardientes rugían bajo los puentes de roca natural, y el suelo mismo respiraba fuego.

No hablábamos. No hacía falta. Bastaba una mirada para comprender que cada uno de nosotros estaba calculando mentalmente las posibilidades de morir en cualquier segundo.
Pero avanzábamos igual.

Leyna se secaba el sudor que hervía en su frente sin dejar de vigilar las sombras líquidas que serpenteaban entre las rocas. Vraska, más férrea que todos, avanzaba con los ojos muy abiertos, absorbiéndolo todo, midiendo amenazas como un general estudia un mapa de guerra.
Y yo sentía el pulso del fuego resonando en mis huesos como si el plano mismo quisiera arrancarme algo.

La visibilidad era mínima: el ambiente se ondulaba como una cortina líquida, y cada respiración sabía a metal caliente. Y aun así seguimos, porque retroceder ya no era una opción desde hacía tiempo.
Fuimos guiados por un mago rojo estacionado en aquel infierno viviente. Un hombre endurecido por el calor, con las cejas quemadas y la voz quebrada por los vapores del plano.
Él nos dio la noticia sin adornos, como quien arranca una venda:

—Las monturas ya no pertenecen al sultán —dijo—. Ahora son propiedad del marajá.

Un silencio espeso siguió a sus palabras. El tipo de silencio que surge cuando todos comprenden que el camino acaba de volverse aún más peligroso.

Llegar hasta el marajá fue una travesía dura incluso para nuestros estándares. Navegamos sobre barcazas encantadas, frágiles como pergamino mojado, que se deslizaban sobre ríos de lava turbulenta. El calor ascendía en columnas que podían derretir piel; a veces una corriente más fuerte golpeaba el casco y la estructura temblaba como si fuese a partirse en dos. Cada ola era una amenaza. Cada chispa podía ser la última.

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Vraska mantenía los escudos arcanos activos. Leyna contenía la corriente de calor para que no nos arrancara el alma del cuerpo.
Yo me mantenía firme, observando la inmensidad roja que nos rodeaba, sabiendo que lo que aguardaba al final del trayecto sería peor.

La audiencia con el marajá no era una mera reunión: era una apuesta a todo o nada.
El trono ardía con un fuego que no iluminaba, sino que devoraba sombras. El marajá, un ser colosal de fuego vivo y bronce derretido, nos estudió con la serenidad cruel de quien sabe que nada en aquella sala podría dañarlo.

El precio que exigió cayó sobre nosotros como un mazo:
—Quiero un huevo de dragón piroclástico —dijo—. Me lo traeréis. Se está subastando y lo quiero. Sea cual sea el precio.

Habrá sangre. Probablemente la nuestra.

Y sin embargo asentimos, unidos, sabiendo que ya no había vuelta atrás. Que un pacto sellado en fuego no se rompe sin morir quemado.

La subasta era un festival de peligro: liches, elementales de fuego, demonios, no muertos… incluso un dragón sobrevolaba la sala. El ambiente olía a poder y muerte. Cada movimiento podía significar el fin.

El encapuchado creó la distracción con la precisión de un asesino veterano. Un gesto suyo bastó para que media sala girara la cabeza. En ese instante, Vraska rompió las costuras del tiempo. Todo quedó suspendido: llamas inmóviles, miradas congeladas, incluso el murmullo de los no-muertos se detuvo, como si la eternidad contuviera la respiración.
En silencio absoluto, la maga roja cruzó el salón, tomó el huevo con una delicadeza imposible y abrió una puerta dimensional que devoró la luz a su alrededor. Al retirarse, dejó tras de sí un muro de oscuridad mágica que se derramó como tinta negra sobre todos los presentes.


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Cuando el tiempo regresó, lo hizo de golpe. El sonido rugió de vuelta: gritos, crujidos, fuego. El caos explotó. El liche anfitrión rasgó la oscuridad con un contrahechizo brutal… pero ya era tarde. La peana estaba vacía.

Entonces comenzó la huida.
Nos desvanecimos en invisibilidad mientras el encapuchado que viajaba con nosotros se elevaba por los aires, buscando altura para la extracción. Yo corrí a su lado impulsado por una celeridad antinatural, una velocidad que sentía arrancar fibras de mis músculos con cada paso. El aire ardía.

La encargada de la subasta —una criatura envuelta en oro y fuego— nos detectó pese al velo. Señaló al encapuchado con un gesto seco, y una lanza de energía lo derribó directamente hacia el abismo de lava que rugía bajo la sala. Lo vi caer… y detenerse. Se aferró al borde de un muro con una fuerza que ningún mortal debería poseer.
El mundo temblaba alrededor. La lava subía. Los no muertos gritaban órdenes. Y en el centro del caos, Vraska completó el teleportar, su magia abriéndose como un desgarrón en la realidad. La salida estaba ahí. Teníamos un latido para cruzarla o morir.


De vuelta en el palacio del marajá, entre columnas de fuego azul y sombras que temblaban con cada exhalación del plano, presentamos el huevo intacto.
El ifrit nos contempló en silencio, ese silencio pesado que solo otorgan los seres que han quemado imperios y visto siglos pasar como humo. La luz que emanaba de su cuerpo danzaba sobre los mármoles incandescentes y, por un instante, tuve la sensación de estar frente a un sol consciente.

—Sois audaces —pronunció finalmente, con una voz que resonó como un horno abriéndose—. Y yo valoro la audacia.

Sus palabras no eran halago. Eran reconocimiento, curiosidad e incluso diversión y sorpresa. Pero en la mirada del ifrit había algo más: respeto. El tipo de respeto que se ofrece a quienes vuelven de un viaje que debería haberlos devorado.

Entonces hizo un gesto, uno solo, pero el aire se cargó de una expectativa casi eléctrica. Desde la parte posterior del salón, entre cadenas de bronce y humo denso, emergió.


Humo Eterno.


Primero, una sombra serpenteante. Luego un contorno que se condensó como brasas unidas por voluntad. Y al final… una criatura majestuosa, envuelta en un velo de fuego oscuro que no quemaba, sino que latía. Sus ojos —dos carbones vivos— se fijaron en mí con un reconocimiento que me atravesó el pecho.

Avanzó despacio, pisando como si la realidad fuese solo una sugerencia bajo sus cascos. Se detuvo frente a mí y exhaló un aliento cálido, cargado de poder antiguo.

Y supe, sin necesidad de palabras, que me aceptaba. Mi valor, tenacidad y poder habían demostrado que era un digno amo. Alguien a quien temer, respetar y obedecer.

El marajá habló detrás de mí, aunque su voz me llegó como desde muy lejos:

—Tómala, Maelkor. La has ganado.

Humo Eterno giró la cabeza, expectante. La criatura estaba viva de una forma que pocas cosas están vivas. No era montura. No era premio. Era una elección. Me había elegido a mí como yo la elegí a ella.


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Offtopic :
mis dieses a los compañeros de aventuras (no os etiqueto ni nombro a los encapuchados por eso de mantener vuestras identidades en secreto, pero sabeis quienes sois) y a @DM Nazgul
 
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Han transcurrido seis semanas desde que crucé el umbral hacia el Plano Elemental de Fuego y regresé con Humo Eterno. La criatura respondió a mi voluntad porque comprendió lo que yo ya sabía: que nuestros propósitos podían alinearse sin necesidad de dominación burda. No es un sirviente. Es un instrumento de precisión, y los instrumentos de calidad requieren comprensión, no cadenas.


Cada día dedico horas a nuestra sincronización. Observo sus movimientos, la tensión de sus flancos cuando anticipa mi comando, el giro de sus orejas ante amenazas que yo aún no percibo. Él estudia mi postura, el peso de mi mano sobre las riendas, la cadencia de mi respiración antes de la carga. Pronto no necesitaremos palabras. Pronto seremos una única voluntad expresada en sombra, músculo y llama.


Sin embargo, esta eficiencia tiene su precio.


Amn es territorio de cobardes disfrazados de pragmáticos. Su concepto del "orden" es una farsa: temen lo que no controlan y llaman "demonio" a lo que simplemente trasciende su comprensión limitada. Humo Eterno no puede manifestarse cerca de sus ciudades sin provocar histeria institucionalizada. Una pesadilla del Plano de Sombras reducida a monstruo en la mente de mercaderes asustados.


Por eso he concentrado mis patrullas en los alrededores de Caravasar. Aquí la mentalidad es distinta. El enclave thayino prospera porque esta tierra comprende que el poder viene en formas que no siempre se ajustan a definiciones estrechas. Los comerciantes que transitan estas rutas han visto suficiente del multiverso para distinguir entre amenaza y herramienta. Cuando cabalgo por estos caminos, nadie grita. Simplemente apartan la vista y aceleran el paso. Eficiente.


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El adiestramiento de los caballeros en el enclave avanza según lo previsto. He identificado alguno con cierto potencial. Los demás... cumplen órdenes. Es suficiente.


Pero hay momentos, durante las largas horas de práctica ecuestre en el perímetro del enclave, en que la soledad del mando se hace presente. Echo de menos las conversaciones con Leyna y sus análisis estratégicos desprovistas de sentimentalismo. La precisión metodológica de Vraska. El pragmatismo calculado de Dorian. Eran mentes que funcionaban con la eficiencia que aprecio: sin desperdicio, sin debilidad, sin vacilación.


Más aún, noto la ausencia del consejo de Obara Alghul. Su guía tenía esa cualidad rara: sabía cuándo hablar y cuándo permitir que uno llegara a las conclusiones necesarias por cuenta propia. Un maestro que comprendía que el verdadero liderazgo se construye desde la disciplina personal, no desde la dependencia.


Durante estas horas también me sorprendo preguntándome qué habrá sido de Shazzar y Khamul. No es nostalgia—rechazo tal debilidad—, sino curiosidad táctica. Ambos eran piezas valiosas en el tablero. ¿Habrán avanzado en sus propios objetivos? ¿O habrán caído víctimas de su propia insuficiencia? La jerarquía se sostiene cuando cada elemento cumple su función. La incertidumbre sobre su estado actual es... ineficiente.


Humo Eterno se impacientó ayer durante un ejercicio de formación. Uno de los reclutas dudó ante su presencia. La criatura percibió la vacilación como debilidad y rugió. El recluta cayó. No intervine. La lección era necesaria: la duda es contagiosa y debe extirparse antes de que infecte la estructura.


Continuaré refinando nuestra conexión. Cada sesión nos acerca al entendimiento absoluto. Cuando ese momento llegue, Humo Eterno y yo seremos indistinguibles en propósito.


La perfección no admite prisas. Pero tampoco tolera mediocridad.
 
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Orofea

Karonte está escribiendo...
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La noche ya no guarda silencio.

Escribo esto mientras el enclave duerme, o finge hacerlo. Las antorchas arden con disciplina, la sombra permanece en su sitio… y aun así, algo se ha desordenado.

He oído un llanto.

No viento. No conjuro residual. No ilusión.
Un llanto pequeño. Frágil. Persistente.
Incomprensible.

La noche siempre fue consuelo. Orden sin palabras. Refugio de todo lo que la luz corrompe. Si en la oscuridad no hay juicio, sólo jerarquía y pérdida aceptada, ¿por qué ahora la noche me trae esto?

¿Por qué a mí?

No comprendo qué se me exige.
¿Es una prueba, Señora?
¿Un mensaje torcido, como todos los verdaderos?
¿O una burla, un sonido destinado a recordarme algo que ya no debería existir?

El llanto atraviesa muros y voluntad. No pide. No acusa. Sólo existe.
Y eso lo hace intolerable.

He intentado analizarlo como haría con un enemigo o una traición: origen, propósito, utilidad. Nada encaja. No hay poder en ese sonido. No hay amenaza. Y sin embargo, persiste más que el acero.

Por un instante —demasiado largo— me he preguntado si alguna vez soné así.
No recuerdo.
O tal vez eso sea el recuerdo.

¿Es esto lo que fue arrancado para hacerme fuerte?
¿Un residuo que la noche devuelve cuando baja la guardia?
Antes, la oscuridad me cerraba los ojos del mundo. Ahora los abre hacia dentro.

¿Qué pretendes mostrarme, Dama de la Pérdida?
¿Debilidad ajena para que la aplaste?
¿Una ausencia para que la acepte?
¿O un límite que debo reconocer antes de cruzarlo?

El llanto cesó, por instante al menos. La noche volvió a su orden.
Pero el consuelo no regresó con ella.
Algo me dice que los llantos volverán y no traerán consuelo, sino tribulaciones.

Si incluso la sombra recuerda, debo decidir qué hacer con aquello que insiste en no perderse.
 
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