Buenas. Este es, como no, un post para el Alto en el camino de Rainde. Pretendo que sea el inicio de su autoreflexión constante. Recordar que Rainde es un personaje, yo un jugador. Es gruñona y en parte de la historia de apertura de este post, gruñe contra todo lo que conoce. No es personal contra nadie. Pretendo que sea un monólogo constante hacia si misma.
La historia comienza horas antes del asalto a Imnescar...
Cenizas de guerra
"Quizás no haya sido la persona más honesta del mundo. Ni con los demás, ni conmigo. Y lo sé. No me hace falta que nadie me lo diga con cara de lástima o voz de consejero sabio. Me conozco demasiado bien como para tragarme mis propias excusas.
Siempre he fingido que el pasado no me importaba. Que era agua sucia bajo el puente. Pero la verdad —la jodida verdad que cuesta tragar— es que nunca he dejado de mirarlo de reojo. Nunca lo enfrenté de frente. Lo vestí de sarcasmo, lo cubrí de trabajo, lo oculté tras el humo de la forja, tras los rezos automáticos que me enseñaron a recitar como si con eso bastara para arreglar un alma rota. Como si bastara martillar el metal para arreglar también mi cabeza.
Quizás nunca he madurado. Qué palabra tan estúpida. Madurar. Como si fuera fruta. Como si alguien como yo tuviera que volverse dulce con los años. Al contrario. Me he fermentado. Me he vuelto más dura, más ácida, más cínica. Me he tirado al pozo de mi existencia con la misma pasión con la que otros saltan a la batalla. Porque al menos ahí, en el fondo, es silencioso. Al menos ahí, no hay que fingir que te importa algo.
Nunca he estado sola conmigo. Nunca he querido estarlo. Siempre ha habido ruido: el de los yunques, el de los hechizos, el de las órdenes de los dioses que a veces parecen más contradictorias que un borracho predicando en la calle. ¿Pensar? ¿Mirar hacia dentro? ¿Para qué, si lo que hay dentro no me gusta? Si lo que hay dentro a veces ni siquiera parece humano. ¿Me he querido alguna vez? No. Y que nadie me venga con mierda barata de que todo empieza por el amor propio. A veces, el amor propio es un lujo que se permite la gente que no ha tenido que aprender a sobrevivirse.
Pero ahora estoy aquí. Sentada en estas jodidas almenaras, viendo cómo la guerra se acerca como una tormenta que huele a sangre. El cielo oscuro, el viento caliente como un aliento en la nuca. Se va a armar, y fuerte. Lo sé. Lo sentimos todos en los huesos. Las piedras tiemblan. Las ballestas chirrían con impaciencia. Y yo... yo me siento tranquila. Rota, sí. Pero tranquila. Como si por fin el mundo fuera tan caótico como siempre lo he sentido dentro.
Unos los llaman bestias. Otros, salvadores. Otros, clientes. Yo los llamo lo que son: carne que aún respira. Y dentro de unas horas, algunos serán carne fría. Otros seguirán respirando pero sin brazo, sin ojo, sin alma. El dado cósmico girará otra vez, tirado por manos invisibles, y decidirá quién se va a hacer cola para hablar con Kelemvor y quién se arrastra con lo que queda.
¿Y yo? Yo no muero. Yo no paso. Yo me quedo. Soy constante. Eterna. Necesaria - Me he asegurado de ello - . La que fabrica las armas, la que pone el sello sagrado en el filo. La que conoce el precio del metal, el del dolor, el de los favores divinos. La que carga con lo que nadie quiere recordar.
“Dale al hombre una pluma y dibujará una polla, dale un motivo para vivir y elegirá matar.” No falla. Lo he visto mil veces. La guerra no es gloriosa, es práctica. Donde unos ven ideales, otros ven oportunidad. Donde unos gritan justicia, otros cuentan monedas. Y algunos ni saben por qué están aquí, sólo que si no luchan se aburren. O peor, piensan.
Qué jodida depresión de existencia. Y aún así aquí estoy. A punto de volver a meterme en el fuego. No por fe, no por patria, no por redención. Porque no sé hacer otra cosa. Porque cuando el mundo se rompe me, yo sé dónde golpear para que al menos suene bonito."
¿Y qué si fui yo quien armó a Murann en su día? ¿Y qué si fui yo quien templó las espadas de los elfos cuando decidieron que la diplomacia era demasiado lenta? ¿Qué importa si los vampiros me encargaron acero bañado en plata y lo pagaron en secretos y sangre? ¿Qué, maldita sea, si los ladrones de las sombras llevan mi firma oculta en la empuñadura?
No es como si yo hubiera empujado a nadie a usarlas. Yo solo forjo. Transformo el mundo con mis manos, sí. Pero no soy quien lo decide. No soy la que traza los mapas ni declara las guerras. Soy una pieza más. Una herramienta. Igual que mis creaciones.
No es un delito cósmico mejorar lo que otros ya tienen. No es pecado darles algo mejor con lo que destrozarse entre ellos. El mundo es así. Siempre lo ha sido. Darles ventaja a unos sobre otros. Darles filo. Darles poder. Y luego ver cómo lo usan para arrancarse la garganta. Es… natural. Como la lluvia. Como el óxido. Como la muerte.
Y que no me vengan con historias morales. Porque yo he visto la moral desangrarse sobre el yunque, mezclarse con la escoria, evaporarse en la fragua. La gente buena muere. La gente mala también. A veces la diferencia entre una y otra la decide una palabra mal dicha o un dardo que llega un segundo antes. La guerra no es justa. La guerra no pregunta. Solo traga.
Yo no soy la mano que tira de la palanca. Yo solo soy quien ha hecho… que la palanca haga que todo explote.
¿Y qué?
¿Acaso castigan al alquimista cuando una de sus pócimas acaba provocando una plaga? ¿Acaso linchan al mago que escribe un hechizo y otro lo usa para incinerar media aldea? No. Se culpa al que lo ejecuta. Al que lo lanza. Al que da la orden. No al que provee los medios.
Y eso es lo que yo hago.Yo proveo.Yo creo. Doy forma. Entrego.
Otros deciden qué hacer con lo que les doy. Otros escogen a quién partir en dos. Yo no soy responsable de lo que los idiotas hagan con el regalo que les dejo envuelto en acero y mithril.
Es factual —sí, factual, con todas las letras— que no se castiga al herrero por forjar el arma que misteriosamente acaba en el cuello de un ministro extranjero. Es una cuestión de lógica básica. De causalidad. Yo no estaba allí. Yo no empuñé nada. Yo no planifiqué la emboscada. ¿Por qué debería mancharme las manos por ello?
La vida es dura.
La vida exige herramientas. ¿Qué debería hacer yo? ¿Dejar de forjar porque a alguien se le ocurre hacer algo terrible con lo que creo? ¿Negarle a un reino entero la protección porque en otro alguien la usó para asesinar inocentes?
¿Y entonces qué? ¿Esperar a que vengan otros herreros, menos preparados, menos conscientes, menos responsables? ¿Permitir que se llenen las armerías de basura sin alma, sin historia, sin equilibrio? ¿Eso haría el mundo mejor?
Yo he dedicado mi vida a entender los secretos del metal. A convertirlo en algo que responda a la voluntad de quien lo empuña. Algo noble, en cierto modo. Pero nadie quiere ver eso. Solo ven las consecuencias. Los cadáveres. El filo ensangrentado.
Pero no la mano temblorosa que sostiene el arma. No el miedo en los ojos de quien cree que así protege a su familia. No el rugido histérico del fanático que piensa que matar es servir a su dios.
Yo solo hago el arma. No el propósito.
La culpa... la culpa no es mía.
Eso intento repetirme. Cada día. Cada noche, cuando el eco del martillo ya no ahoga los pensamientos.
Yo me limpio las manos. Y si algo queda, si alguna mancha se resiste, bueno… es herrumbre, no sangre.
Al menos, eso quiero creer. Qué jodida depresión de existencia."
¡A la mierda todo! A la mierda los pactos, las promesas, los favores sin factura, las sonrisas fingidas, los “ya te pagaré”, los “eres la mejor herrera del continente” solo cuando necesitan que les saque las tripas del fuego. ¡A la mierda con todos ellos!
Quizás nunca debí empezar esta vida. Quizás nunca debí aprender a usar el martillo para otros que no fueran yo. Y quizás, si hubiera tenido dos dedos más de egoísmo, ahora estaría viva de verdad, y no atrapada en esta existencia de servidumbre disfrazada de maestría.
Adaptarme, me dicen. Ser útil. Ayudar al prójimo. ¡Qué gran mentira! ¿Y qué he recibido a cambio? Miradas de reojo. Silencios incómodos. Pagos atrasados. Encargos imposibles. ¡Y la cara de satisfacción con la que se largan, como si yo fuera su esclava personal!
¡Estoy hasta las narices!
Hasta las narices de que me juzguen. Hasta las narices de que me miren con ese aire condescendiente de “la herrera rara”, “la sacerdotisa de hierro”, “la bruja con manos de acero”. Como si sus juicios tuvieran algún valor. Como si su aprobación pudiera reparar el daño de años de arrastrarme por su mundo.
Estoy harta de salvarle el culo a Sariel y su panda de iluminados, esos que van de santos pero se cagan encima al primer estallido de magia oscura. Cada vez que les echo una mano, mi cartera sufre un ataque de nervios, mi espalda cruje como un árbol viejo, y me siento diez años más cerca de la tumba. ¿Y qué recibo? Una palmadita en el hombro. Una oración. A veces ni eso. Ni siquiera un maldito “gracias” de verdad.
¿Un gracias paga las heridas? ¿Paga los materiales? ¿Paga el alma que dejo en cada maldita creación?
¡No, joder, no!
Estoy harta de cargar con el peso de otros. De arrastrar sus errores. De ser la mula de carga de la mitad de aventureros de esta nación. ¡Yo! Que he forjado alianzas con filo y precisión. Me tratan como si no valiera nada si no estoy ahí para resolverles el marrón de turno.
¿Y sabes qué?
La cosa va a cambiar.
Ya no pienso seguir alimentando egos. Ya no pienso aceptar otro encargo a cambio de promesas vacías. Los ladrones de las sombras, esos cobardes escurridizos que creen que un guiño y una bolsa medio llena valen más que el respeto. Los murannitas, esas bestias de moral barata que creen que con amenazarme me tienen controlada. Los vampiros, que me deben más de lo que yo estoy dispuesta a seguir tolerando, y aún creen que una copa de sangre y un cumplido bastan. Y los medianos... Ay, los medianos. No tengo nada contra los medianos. Y eso me revienta.
Todos. Todos se han aprovechado de mis dedos, de mi maña, de mi paciencia.
Pero ya no más.
Porque ya me cansé de doblarme.
Ya me cansé de fingir que no me molesta. Que no me jode. Que me da igual. ¡No me da igual! ¡Me toca la moral! Y no me da miedo decirlo. No me da miedo gritarlo, aunque me queme la garganta.
Y sobre todo, a ese bonito grupo de lenguas largas —Ellos saben quienes son, 'los nobles', los encantadores de serpientes que creen que las palabras suaves tapan las intenciones filosas—. Vosotros, que con vuestras bocas bien adiestradas habéis convertido cada trato en una trampa, cada contrato en una cadena. A vosotros os tengo marcados. Me habéis usado. Me habéis sobado el orgullo como si fuera arcilla, me habéis convencido de que lo hacía por un bien mayor.
¿Y sabes qué?
El bien mayor puede irse también a la mierda.
A partir de ahora, lo haré por mí. Por mis manos. Por el ruido del metal cuando canta en la fragua. Por el calor que no traiciona, que no pide explicaciones. Por el único fuego que arde sin mentir.
Estoy cabreada. Estoy harta. Estoy encendida por dentro. Y si tengo que empezar de cero, será desde las brasas que yo elija. Con el martillo alzado, con la voz rota, con las venas ardiendo. Qué jodida depresión de existencia."
"Aún recuerdo el primer día. No el primero de todos, no el del nacimiento, sino el primero real: ese en el que dejas de ser hija, aprendiz o protegida, y pasas a ser carne en el mercado. Recién salida de “casa”, con los nudillos todavía blandos, las ideas aún ingenuas y la esperanza como una llama ridículamente encendida en el pecho. Recuerdo a la Rainde que era entonces. La niña que aún pensaba que el mundo se podía arreglar con un poco de buena voluntad y acero bien templado. Qué idiota.
Madeleine fue la primera en darme una bofetada de realidad. Ella lo llamó consejo, pero yo sé lo que fue: una sentencia. “Esta nación está llena de gente desagradable, chica. Vas a tener que mostrarte más segura de ti misma si no quieres que se te coman viva.” Y lo hice. Me mostré segura. Más de lo que era. Fingí dureza, frialdad, experiencia. Me convencí a mí misma de que esa era la forma de sobrevivir. Que si no lo hacía, me romperían. O peor: me ignorarían.
Y el truco funcionó. Nadie me comió viva. No de golpe. Me comieron por partes, lentamente, sin ruido. Cada trato, cada favor mal pagado, cada causa perdida en la que me involucré por sentido de justicia —o por no saber decir que no— me quitó algo. Paciencia. Esperanza. Fe. Dignidad. Pero yo seguía allí, montando más acero, más herramientas, más armas. Y seguía justificando cada elección, cada asociación. Porque al final, ¿no es mejor hacer algo que no hacer nada? ¿No es mejor proveer de medios, aunque los fines no sean limpios? ¿No es mejor ser útil?
A veces me sorprendo a mí misma pensando que no lo he hecho tan mal. Que, de algún modo, sigo buscando mejorar las cosas. No a través de discursos ni plegarias, sino con cosas reales: darle al pobre algo que le sirva, quitarle al rico lo que no necesita. ¿Eso me hace peor persona? ¿Me hace igual de corrupta que los demás? ¿O simplemente más honesta?
Y sin embargo… también sé que no siempre ha sido por altruismo. Hay partes de mí que lo han hecho por orgullo. Por poder. Por el gusto de saber que los demás me necesitan, que sin mí, todo se desmonta. He sido proveedora, sí, pero también he sido egoísta. He armado guerras. He vendido muerte con el mismo cuidado con el que otros venden pan. Y me digo a mí misma que no soy culpable, que yo no tiro del gatillo de la ballesta. Pero joder… lo he hecho fácil. He hecho que tirar del gatillo fuera cuestión de segundos.
Supongo que eso es lo que más me cuesta admitir: que no todo fue el mundo. Que no todo fueron ellos. Que algo en mí... disfrutó. Algo en mí justificó. Algo en mí sabía. Y no se detuvo.
Quizás aún esté a tiempo de corregir algo. Quizás no. Pero si de verdad quiero seguir adelante, necesito dejar de mentirme. Necesito hablar con esa parte de mí, el Diablo que se sienta en mi hombro y me dice que no pasa nada, que todo está justificado. No quiero matarlo. Solo entenderlo. Saber cuándo habla él y cuándo hablo yo. Y decidir, por fin, a cuál de los dos voy a escuchar.
O quizás no. Quizás mañana lo vea todo distinto. Como siempre. Qué jodida depresión de existencia"
"Hay días en los que no tengo fuerzas ni para afilar un cuchillo. Y eso ya es decir, porque he afilado cuchillos con fiebre, con una costilla rota, con las manos ensangrentadas. Pero ahora… simplemente no me apetece. No quiero. No encuentro el por qué. ¿Para qué? ¿Para quién?
He pasado tanto tiempo justificándome que ya no sé si había algo que justificar. He armado a nobles, a asesinos, a idealistas de mierda y a saqueadores sin causa. Les he puesto en las manos arte puro, y lo han devuelto manchado de vísceras, de errores, de decisiones cobardes y grandilocuentes. ¿Y yo? Yo lo sabía. Siempre lo he sabido. No soy tonta. Nunca lo fui. Solo fui… buena mintiéndome. Una farsante con talento para el acero y los discursos interiores.
Y lo peor de todo es que el mundo sigue. Sigue girando, aunque yo no quiera. Las guerras se siguen librando. La gente sigue matando. Y yo sigo… aquí. En esta herrería silenciosa, con las brasas apagadas y las herramientas limpias. Demasiado limpias. Nadie ha venido en días. Nadie me busca. Nadie me necesita. Y por un segundo —uno solo— me he preguntado si de verdad me importaría desaparecer.
Me he pasado años siendo la constante. El pilar. La que arregla las mierdas de otros, la que dice lo que nadie quiere oír, la que soporta todo a regañadientes porque, si no lo hago yo, ¿quién? ¿Y ahora? Ahora no soporto ni mi propio reflejo. Me miro al espejo y solo veo cenizas donde antes había fuego. El fuego se fue. O lo maté yo. A estas alturas ya no sé si hubo alguna diferencia.
Sariel. Madeleine. Los vampiros. Los ladrones. Los soldados. Las comitivas. Los "clientes". Todos. Todos y cada uno de ellos me han arrancado un pedazo, y yo les dejé. Sonreí incluso. “Claro que sí, lo arreglo enseguida, solo dame una hora. ¿Sin coste? Bueno, ya me deberás una”. Siempre debía alguien. Siempre alguien se iba con algo mío. Y yo me quedaba con menos. Cada vez menos.
Me digo que lo hice por un bien mayor. Que hubo momentos en los que, gracias a mí, alguien vivió. Que algún niño no fue quemado en una aldea, que alguna misión se completó con éxito, que alguien conoció a su hijo por última vez. Pero es mentira. No lo sé. Nadie me ha dicho nunca “Gracias, Rainde, salvaste algo”. Ni una maldita carta. Ni un recuerdo.
Y si nadie lo recuerda, ¿ocurrió?
La soledad es ruidosa. Tiene voces. Tiene versiones de mí misma que me gritan cosas que no quiero oír. Que me recuerdan todo lo que callé, todo lo que cedí, todo lo que acepté con los dientes apretados y la mandíbula dislocada de tanto tragarme el llanto. No quiero llorar. Odio llorar. No porque me parezca débil, sino porque ya no sé si me quedan lágrimas. Creo que hace años que lloré todo lo que me correspondía en esta vida. Lo siguiente ya es humedad prestada.
Hoy, mientras reparaba la cuerda de una de las catapultas, he tenido un pensamiento que me ha asustado. Me pregunté si, al final, lo único que me mantiene viva es la costumbre. El puto hábito. Como la gente que sigue yendo a misa aunque haya perdido la fe. Como el borracho que sigue pidiendo otra copa porque no sabe qué hacer con las manos si no es agarrando un vaso. ¿Y si yo solo sigo funcionando porque no sé cómo dejar de hacerlo?
Quizás me he convertido en lo que más temía. En esa figura hueca que hace el trabajo porque es lo que le queda. Sin alma, sin propósito. Solo rutina. Solo hierro. Solo cansancio.
Y sin embargo, aquí sigo.
Y no sé si es por esperanza o por inercia. O por cobardía. Porque, tal vez, rendirse sería admitir que nada de esto valió la pena.
Y aún no estoy lista para escuchar eso. Aún no. Quizás mi existencia no sea tan depresiva. Solo un poco… Menos que ayer."
No fue fácil entonces, y no lo es ahora. Pero hay una diferencia sutil entre entonces y ahora: yo he cambiado. No del todo. No en lo esencial. Sigo siendo Rainde. Sigo teniendo la mala costumbre de hablar sola, de pensar demasiado, de cargar con pesos que no me tocan. Pero algo en mí… se ha asentado.
No soy inocente. Nunca lo fui, en realidad, aunque durante años fingiera lo contrario. Lo sabía desde el principio: los martillos con los que golpeaba el acero no solo forjaban armas. También forjaban decisiones. Caminos. Muertes, a veces. Y aún así, lo hacía. Porque en el fondo… no se trata solo de mí.
He dejado de buscar absoluciones imposibles. Ya no necesito que el mundo me diga que hice lo correcto. El mundo no habla ese idioma. El mundo… sigue. Como un río, como el viento. Como el paso del tiempo que desgasta hasta la roca más orgullosa. Y yo, como tantas otras, soy apenas una figura en su cauce. Pero ahora lo acepto.
Amo lo que hago. Forjar. Crear. Poner orden a mi caos caos con fuego y metal. Es lo único que ha tenido sentido desde aquel primer día, desde aquella niña temblorosa que dejó atrás la casa de las maravillas. Y si bien el camino ha estado lleno de cicatrices —propias y ajenas—, no cambiaría los pasos que me han traído hasta aquí. Porque son míos. Porque los recorrí con las manos ensangrentadas, sí, pero también con la frente en alto. Incluso cuando dudé, incluso cuando grité, incluso cuando quise mandarlo todo a la mierda… seguí caminando.
Sé que la culpa no se borra. No con palabras, no con excusas. Pero tampoco sirve de nada cargarla eternamente como una cadena. Aprendí que no se trata de evitar errores, sino de aprender a mirarlos sin que te destruyan.
Sé que no siempre fui justa. Ni amable. Ni sabia. A veces solo fui una mujer cansada, intentando hacer lo mejor con lo poco que tenía. Y a veces eso no fue suficiente. Pero también fui otra cosa: fui constante. Y fui honesta. Conmigo, al menos. Y a estas alturas, eso ya es mucho más de lo que otros pueden decir.
He pensado en Madeleine, en Sariel, en los ladrones, en los vampiros, en cada uno de los que cruzó mi vida. Y aunque el rencor aún se remueve, ya no arde. Porque entendí que no puedo exigirles lo que no saben dar. Que no puedo moldearlos como si fueran hierro al rojo. No todos están hechos para cambiar. No todos quieren hacerlo.
Yo sí. Yo he cambiado.
Y no necesito que el mundo me aplauda por ello.
Lo único que necesito… es respirar. Vivir. Seguir. Ser.
Y así, después de todo, después de los gritos, las lágrimas, los juramentos, los silencios… aquí estoy.
Sentada en las almenaras.
El viento frío en la cara.
Las piernas colgando.
La herrería a mis espaldas y en mi futuro.
Y el cielo, por delante.
Silencio.
Todo lo que he pensado… todo esto… apenas unos segundos en mi cabeza. Una vida entera contenida en un suspiro. En un momento de soledad. En una mujer, sola, mirando el horizonte. Quizás sea deprimente. Quizás sea enternecedor. No lo sé.
Rainde.
Forjo, dudo. Aprendo. Me reinvento.
Por fin, dejo de luchar contra mi misma."
Efectiviwonder.
Los relatos ocurren todos en pocos minutos dentro de la cabeza de la taruga mistica.
En efecto, son las cinco fases del duelo.
Al terminar, sigue dónde estaba... Donde quizás algo haya cambiado.