MotiSJL
Minsorrano sin caminos
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Me fui esta mañana.
Antes del amanecer como siempre.
Aunque esta vez no por costumbre ni por entrenamiento.
Sino porque si esperaba a que hubiera luz mi madre iba a levantarse y entonces iba a haber una conversación larga y yo no estaba seguro de poder tenerla sin que se me notara demasiado en la cara lo que estaba sintiendo.
Así que me fui antes.
Como un cobarde.
Un cobarde con una herida que quema pero cobarde al fin.
Dejé una nota en la mesa de la cocina.
Corta.
Decía:
"Volveré."
"La sopa estaba buena."
"No te preocupes."
Las tres cosas más importantes que podía decirle.
En ese orden.
Mika estaba en el camino del sur esperándome.
Claro que estaba.
Con los brazos cruzados y cara de quien lleva ahí el tiempo suficiente para estar un poco irritada pero no lo suficiente para decirlo.
La miré.
La miré a ella.
Al camino que tenía detrás.
A ella otra vez.
"¿Cuánto llevas esperando?"
"El tiempo suficiente."
"No te avisé de que me iba a esta hora."
"No hacía falta."
Caminamos juntos hasta el límite del pueblo.
Donde el camino deja de ser Tresthaven y empieza a ser el resto del mundo.
Nos paramos ahí.
Como la primera vez.
Solo que al revés.
La primera vez yo iba hacia adelante sin saber muy bien qué había adelante.
Esta vez sabía perfectamente lo que había.
Y eso lo hacía diferente aunque el camino fuera el mismo.
Mika me miró.
Me estudió la cara durante un momento como hace siempre.
Como si leyera algo que yo no sé que está escrito ahí.
Y dijo:
"Estás diferente."
No como pregunta.
Como confirmación de algo que ya sabía.
Le dije que sí.
Que lo estoy.
Ella asintió.
"Bien."
Solo eso.
Bien.
Luego me miró la herida.
"¿Sigue quemando?"
"Sí."
"¿Va a parar?"
"No lo sé."
Silencio.
"¿Te molesta?"
Lo pensé un momento de verdad antes de responder.
"Ya no tanto."
Mika asintió otra vez.
Como si eso fuera exactamente la respuesta correcta aunque yo no supiera muy bien por qué.
Antes de que me girara para irme sacó algo del bolsillo.
Una piedra.
Lisa. Gris. Del muelle.
Igual que la que me dio la primera vez que me fui.
La miré.
La miré a ella.
"Ya me diste una."
"Esa era para cuando extrañaras el mar."
Pausa.
"Esta es para cuando extrañes a tu madre y no lo admitas."
No supe qué responder.
Que para mí es bastante inusual.
Cogí la piedra.
Me la guardé.
Y Mika se giró y empezó a caminar de vuelta al pueblo sin decir adiós.
Porque Mika no dice adiós.
Nunca lo dijo.
Dice lo que tiene que decir y se va.
Y uno se queda ahí con la piedra en el bolsillo y demasiadas cosas en la cabeza y el camino por delante.
Caminé hacia el sur.
El sol salió cuando llevaba una hora andando.
Me paré un momento.
Lo miré.
No todo lo que salía del sol era mío ya.
Pero seguía siendo bonito.
Seguía siendo el inicio de algo.
Llevo dos piedras en el bolsillo ahora.
Una por el mar.
Una por mi madre.
Una herida que quema.
Unas sombras que obedecen.
Y todo Athkatla esperando al otro lado del camino.
Vuelvo.
Antes del amanecer como siempre.
Aunque esta vez no por costumbre ni por entrenamiento.
Sino porque si esperaba a que hubiera luz mi madre iba a levantarse y entonces iba a haber una conversación larga y yo no estaba seguro de poder tenerla sin que se me notara demasiado en la cara lo que estaba sintiendo.
Así que me fui antes.
Como un cobarde.
Un cobarde con una herida que quema pero cobarde al fin.
Dejé una nota en la mesa de la cocina.
Corta.
Decía:
"Volveré."
"La sopa estaba buena."
"No te preocupes."
Las tres cosas más importantes que podía decirle.
En ese orden.
Mika estaba en el camino del sur esperándome.
Claro que estaba.
Con los brazos cruzados y cara de quien lleva ahí el tiempo suficiente para estar un poco irritada pero no lo suficiente para decirlo.
La miré.
La miré a ella.
Al camino que tenía detrás.
A ella otra vez.
"¿Cuánto llevas esperando?"
"El tiempo suficiente."
"No te avisé de que me iba a esta hora."
"No hacía falta."
Caminamos juntos hasta el límite del pueblo.
Donde el camino deja de ser Tresthaven y empieza a ser el resto del mundo.
Nos paramos ahí.
Como la primera vez.
Solo que al revés.
La primera vez yo iba hacia adelante sin saber muy bien qué había adelante.
Esta vez sabía perfectamente lo que había.
Y eso lo hacía diferente aunque el camino fuera el mismo.
Mika me miró.
Me estudió la cara durante un momento como hace siempre.
Como si leyera algo que yo no sé que está escrito ahí.
Y dijo:
"Estás diferente."
No como pregunta.
Como confirmación de algo que ya sabía.
Le dije que sí.
Que lo estoy.
Ella asintió.
"Bien."
Solo eso.
Bien.
Luego me miró la herida.
"¿Sigue quemando?"
"Sí."
"¿Va a parar?"
"No lo sé."
Silencio.
"¿Te molesta?"
Lo pensé un momento de verdad antes de responder.
"Ya no tanto."
Mika asintió otra vez.
Como si eso fuera exactamente la respuesta correcta aunque yo no supiera muy bien por qué.
Antes de que me girara para irme sacó algo del bolsillo.
Una piedra.
Lisa. Gris. Del muelle.
Igual que la que me dio la primera vez que me fui.
La miré.
La miré a ella.
"Ya me diste una."
"Esa era para cuando extrañaras el mar."
Pausa.
"Esta es para cuando extrañes a tu madre y no lo admitas."
No supe qué responder.
Que para mí es bastante inusual.
Cogí la piedra.
Me la guardé.
Y Mika se giró y empezó a caminar de vuelta al pueblo sin decir adiós.
Porque Mika no dice adiós.
Nunca lo dijo.
Dice lo que tiene que decir y se va.
Y uno se queda ahí con la piedra en el bolsillo y demasiadas cosas en la cabeza y el camino por delante.
Caminé hacia el sur.
El sol salió cuando llevaba una hora andando.
Me paré un momento.
Lo miré.
No todo lo que salía del sol era mío ya.
Pero seguía siendo bonito.
Seguía siendo el inicio de algo.
Llevo dos piedras en el bolsillo ahora.
Una por el mar.
Una por mi madre.
Una herida que quema.
Unas sombras que obedecen.
Y todo Athkatla esperando al otro lado del camino.
Vuelvo.