Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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No habrá paz para los insensatos.
Fueron días horribles los que se siguieron, llenos de agonía y desconcierto. La bruma que había llenado sus pensamientos, los huecos y sombras que nublaron su juicio, la guiaron por caminos extraños.
Ella estaba sola. O eso creía.
Pero pese a su obstinación y sus continuos errores, quienes sí la recordaban movieron cielo y tierra para rescatarla de sí misma. La encontraron en Murann, desorientada, tras haber emprendido la huida por un encuentro fortuito.
Y si bien hubo algún reproche, también le dieron explicaciones.
Un contexto a lo que le ocurría. Revelaciones de lo que se escondía tras la bruma, verosímiles. Sabían demasiado sobre ella, demasiados detalles que creía no haber compartido con nadie. ¿Pero cómo era posible?
Se presentaron, uno a uno. Una humana llamada Lili, que conocía su faceta de marinera. Un elfo llamado Erevain, que le habló de sus octavillas y de su fe. Sariel, una sacerdotisa que según algunos, era una amiga preciada y compañera de aventuras. Y muchos otros.
Eothain, un supuesto compañero de vida.
Y una drow, que parecía especialmente consternada con su situación: Lythana. Habría sido ella, de hecho, quien lideró la expedición para sacarla de Murann, junto con Lili y Numina.
Pero no recordaba un instante pasado con ninguno de ellos.
Pronto aprendió a convivir con su situación. Sabía que la situación era impostada: lo confirmó con diversas interacciones. Cada vez que se acercaba a un supuesto ser querido, la maldición se accionaba, y sentía un profundo dolor y náuseas. Tuvo que acostumbrarse a aplicar glifos para mitigar los síntomas. El mensaje que le enviaba su malefactor era claro.
No habrá paz para los insensatos.
Recordaría las palabras de Sével. Curiosamente, de él no se habría olvidado. ¿Por qué sería? ¿Quizás porque se trataba un conocido reciente?
- Cuando se trata de diablos, nunca tomes el camino fácil. Será tu ruina.
Algunos dijeron que no era más que un charlatán; un noble pomposo, un trovador venido a menos, con ínfulas y ansia de recuperar una notoriedad pasada. Pero lo cierto es que en los pasados días advirtió en él algo más bajo esa capa de vanidad superficial.
Pero lo cierto es que, frente a las miradas extrañadas e incluso temerosas de unos, en aquellos días de confusión, resultó ser un referente importante para Zilvra.
Le recordaría varios aspectos importantes de su situación.
En primer lugar, debía mantener la calma. De nada servía dejarse llevar por la desesperación. Incluso en los lugares más oscuros, la Luz acabaría siempre por hacerse camino.
Por otro lado, había algo extraño en el pacto. ¿Acaso la criatura no había incumplido sus propias condiciones? Los diablos no se avienen a renegociar así como así. Donde había una voluntad de entendimiento, ella debería apreciar una oportunidad de recuperar el terreno perdido.
Pero el mensaje más importante de todos, el que más hizo mella en su espíritu quebrado, resonó con claridad en su mente.
- Lyth dice, Numina dice, Vys dice… Deja de escuchar lo que otros te digan, muchacha. Al final, serás tú quien viva con las decisiones que tomes. Serás tú la única que asuma las consecuencias. Así que decide, sea lo que sea. Por ti misma.
- Y no te rindas. – añadió, con una sonrisa pícara.
- Recuerda que la Luz está en tu interior – le dijo a su vez Eothain, en otra ocasión. – Tomes la decisión que tomes, confío en ti.
- Sabemos que harás lo correcto, Zilvra. – añadió Lythana también, con aquella mirada dulce, aunque llena de tristeza
Te conocemos.
Pasaron los días, y si bien la bruma devoraba su mente, poco a poco su pensamiento se tornó más claro. Tras una última reunión en la que le revelaron detalles cruciales sobre su enemigo, tomó una decisión que seguramente marcaría su rumbo para siempre.
Tomaría las riendas de su situación.
Cuando finalmente se sintió preparada, tras pasar noches en vilo redactando los argumentos que utilizaría, decidió finalmente disipar las protecciones que la separaban de la influencia del ajeno. Y entonces cerró la puerta de la posada con llave. Se quedaría allí, el tiempo que haría falta. Esperaría su llegada.
Pues hasta que no se sentara con él, no habría paz para ella.
No habrá paz para los insensatos.
La Luz en su interior se agitó con fuerza, instándola a asumir este nuevo desafío. Era la elección correcta. Era la única posible. En la oscuridad, no estaría sola. Aunque fuese una insensata.
Fueron días horribles los que se siguieron, llenos de agonía y desconcierto. La bruma que había llenado sus pensamientos, los huecos y sombras que nublaron su juicio, la guiaron por caminos extraños.
Ella estaba sola. O eso creía.
Pero pese a su obstinación y sus continuos errores, quienes sí la recordaban movieron cielo y tierra para rescatarla de sí misma. La encontraron en Murann, desorientada, tras haber emprendido la huida por un encuentro fortuito.
Y si bien hubo algún reproche, también le dieron explicaciones.
Un contexto a lo que le ocurría. Revelaciones de lo que se escondía tras la bruma, verosímiles. Sabían demasiado sobre ella, demasiados detalles que creía no haber compartido con nadie. ¿Pero cómo era posible?
Se presentaron, uno a uno. Una humana llamada Lili, que conocía su faceta de marinera. Un elfo llamado Erevain, que le habló de sus octavillas y de su fe. Sariel, una sacerdotisa que según algunos, era una amiga preciada y compañera de aventuras. Y muchos otros.
Eothain, un supuesto compañero de vida.
Y una drow, que parecía especialmente consternada con su situación: Lythana. Habría sido ella, de hecho, quien lideró la expedición para sacarla de Murann, junto con Lili y Numina.
Pero no recordaba un instante pasado con ninguno de ellos.
Pronto aprendió a convivir con su situación. Sabía que la situación era impostada: lo confirmó con diversas interacciones. Cada vez que se acercaba a un supuesto ser querido, la maldición se accionaba, y sentía un profundo dolor y náuseas. Tuvo que acostumbrarse a aplicar glifos para mitigar los síntomas. El mensaje que le enviaba su malefactor era claro.
No habrá paz para los insensatos.
Recordaría las palabras de Sével. Curiosamente, de él no se habría olvidado. ¿Por qué sería? ¿Quizás porque se trataba un conocido reciente?
- Cuando se trata de diablos, nunca tomes el camino fácil. Será tu ruina.
Algunos dijeron que no era más que un charlatán; un noble pomposo, un trovador venido a menos, con ínfulas y ansia de recuperar una notoriedad pasada. Pero lo cierto es que en los pasados días advirtió en él algo más bajo esa capa de vanidad superficial.
Pero lo cierto es que, frente a las miradas extrañadas e incluso temerosas de unos, en aquellos días de confusión, resultó ser un referente importante para Zilvra.
Le recordaría varios aspectos importantes de su situación.
En primer lugar, debía mantener la calma. De nada servía dejarse llevar por la desesperación. Incluso en los lugares más oscuros, la Luz acabaría siempre por hacerse camino.
Por otro lado, había algo extraño en el pacto. ¿Acaso la criatura no había incumplido sus propias condiciones? Los diablos no se avienen a renegociar así como así. Donde había una voluntad de entendimiento, ella debería apreciar una oportunidad de recuperar el terreno perdido.
Pero el mensaje más importante de todos, el que más hizo mella en su espíritu quebrado, resonó con claridad en su mente.
- Lyth dice, Numina dice, Vys dice… Deja de escuchar lo que otros te digan, muchacha. Al final, serás tú quien viva con las decisiones que tomes. Serás tú la única que asuma las consecuencias. Así que decide, sea lo que sea. Por ti misma.
- Y no te rindas. – añadió, con una sonrisa pícara.
- Recuerda que la Luz está en tu interior – le dijo a su vez Eothain, en otra ocasión. – Tomes la decisión que tomes, confío en ti.
- Sabemos que harás lo correcto, Zilvra. – añadió Lythana también, con aquella mirada dulce, aunque llena de tristeza
Te conocemos.
Pasaron los días, y si bien la bruma devoraba su mente, poco a poco su pensamiento se tornó más claro. Tras una última reunión en la que le revelaron detalles cruciales sobre su enemigo, tomó una decisión que seguramente marcaría su rumbo para siempre.
Tomaría las riendas de su situación.
Cuando finalmente se sintió preparada, tras pasar noches en vilo redactando los argumentos que utilizaría, decidió finalmente disipar las protecciones que la separaban de la influencia del ajeno. Y entonces cerró la puerta de la posada con llave. Se quedaría allí, el tiempo que haría falta. Esperaría su llegada.
Pues hasta que no se sentara con él, no habría paz para ella.
No habrá paz para los insensatos.
La Luz en su interior se agitó con fuerza, instándola a asumir este nuevo desafío. Era la elección correcta. Era la única posible. En la oscuridad, no estaría sola. Aunque fuese una insensata.