II. MALDICIONES Y OBJETOS MALDITOS

DEFINICIÓN Y NATURALEZA DE LAS MALDICIONES
A efectos de este seminario,definiremos como maldición una condición mágica que reviste las siguientes características:
- se trata de una condición persistente en el tiempo;
- queda impuesta o arraigada sobre una criatura, objeto o lugar;
- puede, aunque no necesariamente, comportarse de forma infecciosa o a propagarse a nuevas víctimas;
- su funcionamiento con frecuencia responde a patrones propios que no siempre pueden deducirse mediante los principios ordinarios empleados para estudiar otros efectos mágicos;
- presenta una especial resistencia a los intentos usuales de disipación, pudiendo requerir sortilegios específicamente destinados a quebrarla, magia de considerable poder o el cumplimiento de determinadas condiciones de resolución.
Esta definición permite distinguir la maldición de otros efectos mágicos perjudiciales. Una herida producida por magia, una transformación temporal o un encantamiento que desaparece una vez agotada su duración pueden causar consecuencias extraordinariamente graves sin constituir por ello una maldición. La característica esencial de esta última reside precisamente en que tiende a arraigarse sobre aquello que afecta y a perpetuar su propia existencia.
Puede resultar útil compararla, de forma imperfecta, con una infección. Una vez establecida, la maldición deja de depender necesariamente de la presencia de quien la originó y continúa actuando conforme a sus propias reglas. Algunas permanecerán latentes hasta que concurra una determinada circunstancia; otras producirán efectos constantes o periódicos; y algunas podrán incluso servirse de su víctima para transmitirse posteriormente a otros seres.
Esta comparación no deberá entenderse de manera literal. No todas las maldiciones son contagiosas, pero prácticamente todas poseen algún mecanismo de persistencia.
Es precisamente esta cualidad la que las convierte en fenómenos particularmente insidiosos. La víctima puede conocer durante largo tiempo las consecuencias de aquello que padece sin comprender su verdadero origen. Puede saber que su cuerpo se debilita, que determinadas desgracias se repiten, que su voluntad comienza a alterarse o que bajo determinadas circunstancias experimenta transformaciones que es incapaz de controlar, sin conocer todavía qué condición provoca dichos efectos ni qué deberá hacerse para eliminarla.
Podemos afirmar, por tanto, que una maldición posee una suerte de lógica interna. Esto no significa que posea necesariamente inteligencia o voluntad propias, sino que responde a unas determinadas reglas: existe una causa que permitió su imposición, unas condiciones que determinan sus efectos y, en numerosos casos, algún procedimiento mediante el cual puede ser quebrada.
Comprender esas reglas será con frecuencia tan importante como disponer de la magia necesaria para combatirla.
TIPOS DE MALDICIONES
La enorme heterogeneidad de las maldiciones conocidas impide establecer una clasificación universal sobre las mismas. Sus efectos pueden recaer sobre una criatura (afectando a su cuerpo, mente o espíritu) o quedar arraigados sobre objetos y ubicaciones, desde los cuales perpetúan posteriormente sus consecuencias. A efectos prácticos, sin embargo, podemos distinguirlas atendiendo principalmente a aquello que alteran y a la forma mediante la cual consiguen perpetuarse.
Estas categorías no deberán entenderse como excluyentes entre sí. Una misma maldición puede afectar simultáneamente al cuerpo, la mente o el espíritu de una criatura y, al mismo tiempo, poseer condiciones específicas para su manifestación, transmisión o ruptura.
Maldiciones corporales
Determinadas maldiciones actúan principalmente sobre el cuerpo de la víctima. Pueden provocar debilitamiento progresivo, deformaciones, enfermedades sobrenaturales o transformaciones que el afectado no puede controlar mediante su propia voluntad.
La licantropía constituye probablemente uno de los ejemplos más conocidos de este último supuesto. La condición se arraiga sobre la víctima, altera su naturaleza y, en determinadas circunstancias, permite incluso su transmisión a otros individuos. Sus particulares características justificarán, no obstante, que sea estudiada separadamente en una sesión posterior.
Consideraremos igualmente la no-muerte como una forma de maldición, aunque sus distintas manifestaciones exigen realizar algunas distinciones. La condición no recae necesariamente de la misma manera sobre todos los no-muertos: en sus formas más simples puede encontrarse circunscrita a los restos mortales de una criatura, animados mediante fuerzas sobrenaturales; en otros casos alcanzará también a su espíritu o alma, llegando incluso a transformar a la propia criatura en una existencia no-muerta.
En todos estos supuestos, no obstante, encontramos los caracteres anteriormente expuestos: una condición sobrenatural persistente, arraigada sobre aquello que afecta y capaz de continuar existiendo con independencia de la presencia de quien la originó. La diferencia radicará, por tanto, en qué parte de la víctima ha quedado sometida a dicha condición y en la profundidad con la que esta altera su naturaleza.
Así, en un esqueleto o cadáver animado la maldición puede encontrarse limitada principalmente a sus restos mortales; en otras formas de no-muerte puede alcanzar predominantemente al espíritu; mientras que fenómenos como el vampirismo afectan de manera mucho más extensa al cuerpo, la voluntad y la propia condición existencial de quien anteriormente estuvo vivo.
Esta consideración no exige, además, que la criatura rechace necesariamente su estado. Algunas formas de no-muerte pueden ser buscadas voluntariamente por quienes desean prolongar su existencia o alcanzar determinados poderes.
Debe evitarse, sin embargo, confundir estos fenómenos con cualquier enfermedad o transmutación mágica. La transformación constituye únicamente el síntoma visible; será su persistencia, origen y mecanismo de transmisión o ruptura aquello que permita determinar si realmente nos encontramos ante una maldición.
Maldiciones de la mente y la voluntad
Otras maldiciones afectan principalmente a la mente, las emociones o la voluntad, imponiendo obsesiones, compulsiones, prohibiciones o determinadas pautas de comportamiento difíciles o imposibles de resistir para quien las padece.
Su manifestación puede recordar a ciertos encantamientos, circunstancia que obliga a extremar la prudencia durante su diagnóstico. La diferencia no residirá necesariamente en los síntomas, sino en la naturaleza del fenómeno: deberá determinarse si existe una influencia mágica exterior que continúa actuando sobre la víctima o si la condición ha quedado ya arraigada en ella y continúa reproduciendo sus efectos por sí misma.
Determinadas formas de geas, así como ciertas locuras de origen sobrenatural, pueden encontrarse dentro de estos supuestos cuando adquieren semejante carácter persistente. Lo mismo puede ocurrir como consecuencia de exposiciones prolongadas a determinadas influencias feéricas, abisales o procedentes del Reino Lejano, capaces de dejar sobre la mente alteraciones que subsistan incluso después de haber cesado el contacto que inicialmente las provocó.
En algunos supuestos, estas alteraciones constituirán únicamente una parte de una maldición de mayor alcance. Determinadas transformaciones o formas de no-muerte pueden afectar simultáneamente al cuerpo y a la voluntad del individuo, de modo que separar ambas manifestaciones tendrá principalmente una utilidad pedagógica.
Maldiciones espirituales
Particular gravedad revisten aquellas maldiciones cuyo objeto principal es el espíritu o el alma de una criatura.
Pueden vincular al afectado con una entidad, lugar u objeto, impedir el correcto descanso de los muertos, interferir con determinados medios de restauración o perpetuar consecuencias que trasciendan incluso la destrucción del cuerpo físico.
El practicante deberá recordar aquí una de las advertencias introducidas durante la sesión anterior: el daño físico constituye únicamente una de las formas mediante las cuales pueden manifestarse las Artes Oscuras. Una condición que comprometa directamente el alma de una víctima puede resultar mucho más grave aunque exteriormente produzca pocas manifestaciones visibles.
Maldiciones sobre ubicaciones

Las maldiciones no necesitan recaer necesariamente sobre una criatura. Determinadas condiciones pueden quedar arraigadas sobre un lugar concreto, afectando a quienes permanezcan en él, lo atraviesen o realicen determinadas acciones dentro de sus límites.
Sus manifestaciones pueden ser extraordinariamente diversas:
provocar enfermedades o alteraciones físicas, perturbar el descanso, atraer determinadas criaturas, modificar el comportamiento de quienes habitan la zona o producir fenómenos sobrenaturales que se repitan conforme a unas condiciones determinadas. En otros casos, la propia ubicación puede impedir el descanso de los muertos, retener espíritus o perpetuar acontecimientos relacionados con aquello que originó la maldición.
Estas maldiciones permiten apreciar con especial claridad la importancia de
identificar aquello sobre lo que la condición se encuentra verdaderamente arraigada. Tratar individualmente a quienes sufren sus efectos puede aliviar las consecuencias inmediatas sin resolver la causa del fenómeno: mientras permanezca maldito el lugar, nuevas víctimas podrán verse afectadas al entrar nuevamente en contacto con él.
Su ruptura exigirá con frecuencia
comprender la historia de la ubicación. Una profanación, una matanza, un juramento quebrantado, la presencia de un objeto que actúe como ancla o la influencia continuada de una criatura pueden constituir el origen que mantiene activa la condición. En estos casos, purificar el lugar requerirá actuar precisamente sobre aquello que permite que la maldición continúe existiendo.
Maldiciones sobre objetos
Una maldición puede igualmente quedar arraigada sobre un objeto, permaneciendo vinculada a este con independencia de quien lo posea en cada momento. El afectado será entonces quien entre en contacto con el objeto, lo utilice o establezca con él la vinculación exigida por la propia condición.
Esta circunstancia resulta particularmente relevante porque liberar a una víctima de los efectos sufridos no implica necesariamente haber eliminado la maldición. El objeto puede conservar intacta la condición y transmitir nuevamente sus efectos a otra persona.
Por su frecuencia y por las particularidades que presentan su identificación, vinculación y ruptura, los objetos malditos serán estudiados separadamente en el siguiente apartado.
Maldiciones condicionales y transmisibles
Las anteriores categorías atienden principamente sobre qué es afectado por una maldición. Pero distinta cuestión es el mecanismo mediante el cual esta consigue mantenerse, manifestarse o perpetuarse.
En este último subapartado abordamos las maldiciones cuyo funcionamiento depende de una condición concreta. Sus efectos pueden manifestarse únicamente durante determinadas circunstancias o mantenerse hasta que se produzca un acontecimiento específico. La casuística es heterogénea: puede basarse en reparar una ofensa, devolver aquello que fue sustraído, cumplir una promesa quebrantada o destruir aquello que sirve de ancla a la propia condición.
Otras poseen además capacidad para transmitirse. En tales supuestos, la víctima inicial puede convertirse, voluntaria o involuntariamente, en el medio mediante el cual la maldición asegura su propia continuidad sobre nuevos individuos. La licantropía y el vampirismo ofrecen dos ejemplos especialmente claros de cómo una condición puede arraigarse en una víctima y convertirla posteriormente en vehículo para su propagación.
Esta característica resulta especialmente importante desde una perspectiva práctica. Eliminar los síntomas visibles de una víctima sin comprender la forma mediante la cual la condición se perpetúa puede permitir que la misma continúe extendiéndose sin haber resuelto realmente su causa.
OBJETOS MALDITOS
Se define como objeto maldito aquel sobre el cual se encuentra arraigada una condición sobrenatural perniciosa capaz de afectar a quien lo posea, utilice o establezca una vinculación suficiente con él, compatible con una maldición.
Los objetos malditos constituyen uno de los ejemplos más claros del funcionamiento persistente de una maldición, pues permiten distinguir fácilmente entre liberar a una víctima de sus efectos y destruir la causa que los produce.
No todo objeto maldito presenta una apariencia nefaria. Al contrario, algunos poseen un aspecto aparentemente mundano o elegante. Puede tratarse de un arma magníficamente fabricada, una joya de extraordinario valor, una pieza de vestimenta o cualquier otro objeto que exteriormente resulte perfectamente inocuo. Algunos conservarán incluso propiedades mágicas beneficiosas junto a la maldición que contienen.
Esta circunstancia puede formar parte de su propia peligrosidad. Un objeto que proporciona poder resulta más difícil de abandonar; otro puede generar sobre su portador un apego sobrenatural que le impida reconocer la necesidad de desprenderse de él. En determinados casos, una vez establecida la vinculación, la mera separación física del objeto no bastará para romper la condición.
Debe distinguirse igualmente entre la maldición que pesa sobre el objeto y aquella que ya ha alcanzado a su portador. Una intervención capaz de liberar a este último puede permitirle desprenderse del artefacto y, sin embargo, dejar completamente intacta la condición que contiene.
Dicho de otra manera: puede haberse liberado al huésped sin eliminar la fuente de la maldición.
El objeto continuará entonces representando exactamente el mismo peligro para quien posteriormente entre en contacto con él. Aquellos artefactos que no puedan ser purificados o destruidos deberán, por lo tanto, ser custodiados de manera que se impida que nuevas víctimas queden expuestas a sus efectos. En Amn, es obligatorio entregarlos a Capaconjuro para su custodia segura.
Algunos objetos malditos conocidos
El estudioso encontrará numerosos ejemplos de objetos malditos cuya peligrosidad no reside en una apariencia manifiestamente siniestra, sino precisamente en su semejanza con objetos mágicos perfectamente útiles.

La llamada piedra de peso, por ejemplo, aparenta no ser más que una pequeña piedra pulida. Una vez recogida, lastra los movimientos de su poseedor y resulta extraordinariamente difícil desprenderse de ella: arrojarla o destruirla no basta, pues vuelve a aparecer entre sus pertenencias. Quitar maldición permite romper finalmente esa vinculación.

El medallón de proyección del pensamiento constituye un ejemplo distinto. Su usuario puede creer que está percibiendo pensamientos ajenos cuando, en realidad, el propio objeto le proporciona falsas impresiones mientras transmite sus pensamientos a otros. La maldición resulta aquí especialmente curiosa porque manipula precisamente la información mediante la cual su portador pretende interpretar lo que sucede a su alrededor.

Los brazales de indefensión muestran otro comportamiento frecuente: pueden aparentar durante cierto tiempo ser un objeto protector perfectamente funcional y revelar su verdadera naturaleza únicamente cuando el portador se encuentra ante una amenaza real, momento en el que la supuesta protección se convierte en una grave desventaja. Una vez activada la maldición, será necesario recurrir a magia apropiada para desprenderse de ellos. Su funcionamiento es sencillo: cuando el portador se ve en riesgo de sufrir una herida grave, los brazales de pronto se vuelven extraordinariamente pesados y rompen su guardia, lo cual puede propiciar desenlaces fatales.

Finalmente, la conocida espada berserker ilustra los objetos que conservan propiedades verdaderamente beneficiosas junto a su maldición. El arma funciona como una espada mágica poderosa, pero durante el combate puede imponer sobre su portador un estado de furia que le obliga a continuar atacando a las criaturas más próximas. Precisamente porque el objeto ofrece un beneficio real, algunos portadores pueden mostrarse reacios a considerarlo una maldición.
Estos ejemplos permiten extraer una advertencia práctica: un objeto maldito no necesita ser inútil, evidentemente peligroso ni perjudicial en todo momento. Puede funcionar correctamente durante días o proporcionar ventajas reales antes de que aparezcan las condiciones bajo las cuales se manifiesta su maldición.
RECONOCIMIENTO Y RUPTURA
Conocida ya la naturaleza general de las maldiciones, corresponde abordar el problema desde una perspectiva práctica: cómo reconocerlas y qué hacer una vez se sospecha de su existencia.
La primera precaución será evitar conclusiones precipitadas. Una enfermedad progresiva puede tener un origen natural; un comportamiento anómalo puede proceder de un encantamiento, una posesión o incluso de la propia voluntad del individuo; y una transformación física puede obedecer a causas mágicas muy distintas.
Por ello,
el síntoma jamás deberá confundirse con el diagnóstico.
Reconocimiento y reconstrucción de los hechos
La investigación deberá comenzar estableciendo una cronología sencilla.
¿Cuándo aparecieron los primeros síntomas?
¿Qué ocurrió inmediatamente antes?
¿Qué lugares visitó el afectado?
¿Qué criaturas encontró?
¿Qué objetos adquirió, utilizó o recibió?
Las maldiciones poseen historia y, con frecuencia, esa historia revela su funcionamiento.
Un aventurero que comienza a debilitarse después de saquear una cripta plantea un problema distinto de otro cuyos síntomas aparecen tras haber sido mordido por una criatura. Si varias personas enferman únicamente después de atravesar las mismas ruinas, deberá considerarse la posibilidad de que sea el lugar aquello sobre lo que se encuentra arraigada la condición.
También deberá buscarse la existencia de patrones. Una transformación que aparece durante determinadas fases lunares, una compulsión que se desencadena ante una conducta concreta o una desgracia que se repite cada vez que se utiliza cierto objeto están revelando parte de las reglas de la maldición.
Pondremos como un célebre ejemplo la maldición del clan de los Lyonsbane: una transformación que forzaba a los adultos de este clan a convertirse en panteras cuando realizaban un gesto no oneroso a favor de un tercero. Esto forzó a que todos los Lyonsbane se convirtiesen en mercenarios y regulasen todas sus relaciones interpersonales mediante contractos, asegurándose de que ninguna interacción mantenida dejase de incluir algún elemento transaccional.
Cuando exista un objeto sospechoso, la primera regla será sencilla: no utilizarlo para comprobar qué hace. Deberá evitarse vestirlo, blandirlo, activarlo o entregárselo a otra persona hasta haber determinado razonablemente su naturaleza.
Identificación mágica
Los procedimientos de adivinación constituyen una ayuda extraordinaria, pero no deberán sustituir la investigación anterior.
Los objetos malditos son particularmente engañosos. Un simple detectar magia puede revelar un aura que sugiera propiedades distintas de las verdaderas, mientras que incluso identificar puede no descubrir inmediatamente la maldición. Métodos más poderosos, como analizar dweomer, permiten determinar con mucha mayor seguridad la verdadera naturaleza del objeto.
Por ello, identificar correctamente las propiedades beneficiosas de un objeto no demuestra por sí solo que carezca de una maldición.
La conducta del propio afectado también puede ofrecer información. Una resistencia inexplicable a desprenderse de un objeto, la insistencia en utilizarlo pese a sus consecuencias o la imposibilidad de abandonarlo físicamente deberán considerarse indicios especialmente relevantes.
Ruptura de la maldición

Una vez identificada la condición deberá determinarse qué procedimiento resulta adecuado para eliminarla.
Quitar maldición constituye la herramienta más habitual y permite eliminar numerosas condiciones de esta naturaleza. Sin embargo, tampoco deberá entenderse como una solución universal. Determinadas maldiciones especiales pueden resistirse al sortilegio o exigir que sea empleado por un practicante de suficiente poder.
Asimismo deberá distinguirse entre
liberar a la víctima y destruir la maldición en su origen. Frente a determinadas armas, armaduras o escudos malditos,
quitar maldición permite al afectado desprenderse del objeto sin que por ello desaparezca necesariamente la condición que pesa sobre este. El artefacto seguirá siendo peligroso para quien posteriormente lo utilice.
Romper encantamiento constituye otra herramienta relevante y puede liberar a una víctima de determinados encantamientos, transmutaciones y maldiciones. Sin embargo, cuando el origen se encuentra en un objeto mágico permanente, puede liberar al afectado sin purificar el propio objeto.
Tampoco deberá confundirse la ruptura de una maldición con la simple disipación de magia.
Disipar magia está concebido principalmente para terminar efectos mágicos que continúan activos; una maldición puede haber quedado ya arraigada mediante un efecto cuya imposición concluyó tiempo atrás. Formas superiores de disipación poseen mayores posibilidades frente a estos fenómenos, pero siguen sin convertir la disipación ordinaria en un remedio universal. En ocasiones, solamente una
disyunción posee la capacidad suficiente de revertir ciertas maldiciones, especialmente aquellas que afectan un lugar.
Deseo o
milagro son también alternativas conocidas, pero implican habitualmente un alto coste personal para quien emplea estos conjuros, y no siempre producen los efectos deseados.
Maldiciones resistentes y condiciones de resolución
Cuando los procedimientos anteriores fracasen, deberá abandonarse la tentación de repetirlos indefinidamente y regresar a la investigación.
Algunas maldiciones poseen condiciones concretas de resolución. Una condición nacida de la profanación de una tumba puede exigir restaurar aquello que fue violentado; otra, nacida del quebrantamiento de una promesa, puede quedar vinculada al cumplimiento de esta; una tercera puede depender de un objeto, criatura o lugar que actúe como ancla.
Incluso ciertos sortilegios permiten apreciar estas diferencias. Un geas/quest particularmente poderoso no puede ser eliminado mediante romper encantamiento, y quitar maldición únicamente puede deshacerlo cuando quien pretende levantarlo posee suficiente poder respecto de quien lo impuso; medios superiores como deseo limitado, milagro o deseo permiten superar tales limitaciones.
En estos casos, comprender cómo fue impuesta la maldición forma parte del propio tratamiento.
Procedimiento general de actuación
Ante una maldición desconocida, el practicante deberá proceder de forma ordenada:
Primero, establecer qué síntomas existen y cuándo aparecieron.
Segundo, reconstruir los contactos inmediatamente anteriores con criaturas, objetos y lugares.
Tercero, comprobar si los efectos siguen algún patrón o dependen de determinadas condiciones.
Cuarto, determinar sobre qué se encuentra realmente arraigada la maldición: la víctima, un objeto, una ubicación o alguna otra ancla.
Quinto, utilizar los medios de identificación disponibles sin asumir que una única prueba mágica será concluyente.
Sexto, escoger el procedimiento de ruptura adecuado y comprobar posteriormente si se ha eliminado la maldición o únicamente se ha liberado a una de sus víctimas.
La urgencia podrá exigir en ocasiones actuar disponiendo de información incompleta. Siempre que las circunstancias lo permitan, sin embargo, deberá evitarse intervenir a ciegas sobre una condición cuya relación con la víctima todavía desconocemos.