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[Observatorio de lo Oculto] - Apuntes del Seminario de Defensa contra las Artes Oscuras

Skotos

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APUNTES DEL SEMINARIO DE DEFENSA CONTRA LAS ARTES OSCURAS
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ÍNDICE
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PRIMERA PARTE — FUNDAMENTOS DE LAS ARTES OSCURAS
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I. Introducción a las Artes Oscuras
Naturaleza y definición de las Artes Oscuras · Magia ordinaria, "magia gris" y prácticas inherentemente malignas · Criterios generales de identificación · Amenaza, víctima y practicante · Introducción a las materias del seminario

II. Maldiciones y Objetos Malditos
Definición de maldición · Tipos de maldiciones · Objetos malditos · Reconocimiento y ruptura

III. Teoría de la Corrupción Espiritual
Naturaleza de la corrupción sobrenatural · Influencia de las Artes Oscuras sobre cuerpo, mente y alma · Magia y moralidad · Corrupción voluntaria e involuntaria · Reconocimiento y posibilidades de restauración

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SEGUNDA PARTE — CRIATURAS DE LA NOCHE
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IV. Nigromancia y Profanación de los Muertos
Nigromancia y tipos · Definición de no-muerto · Tipos de no-muerto

V. Vampiros y Depredación Nocturna
Definición de vampirismo · Poderes y características principales · Estudio de vulnerabilidades

VI. Licantropía y Maldiciones de Transformación
Definición de maldiciones de transformación, ejemplos · Definición de licantropía · Tipos de licántropos, características principales y vulnerabilidades

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TERCERA PARTE — INFLUENCIAS EXTRAPLANARES Y SOBRENATURALES
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VII. Diablos y Pactos Infernales
Definición de los diablos o baatezu · La corrupción infernal: pactos y contratos · Objetivos de los baatezu · Los Nueve Infiernos y los cultos infernales

VIII. Demonios y Corrupción Abisal
Definición de los demonios · Los tanar'ri y otras criaturas demoníacas · Fundamentos del Abismo · Diferencias entre diablos y demonios · Corrupción, influencia y posesión demoníaca · Reconocimiento de sus signos · Señores demoníacos y sus huestes

IX. Manipulación Mental, Dominación y Horrores Psíquicos
Las Artes Oscuras de dominación mental · Fatas malignas · Aberraciones

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CUARTA PARTE — INVESTIGACIÓN, DEFENSA Y RESTAURACIÓN
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X. La Vigilia frente a la Oscuridad: Métodos de Investigación y de Restauración
Reconocimiento de cultos y practicantes · Diagnóstico de prácticas de Artes Oscuras · Talleres prácticos de purificación y restauración de personas y objetos · Protocolos de contención

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Skotos

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I. INTRODUCCIÓN A LAS ARTES OSCURAS

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NATURALEZA Y DEFINICIÓN
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El iniciado al mundo de las Artes Oscuras pronto descubrirá que el término no engloba una definición unívoca, ni una que pretende ser escolásticamente rígida. En efecto: no se pretende designar con el mismo una escuela concreta de magia. No existe, del mismo modo que existe la Nigromancia, la Conjuración o el Encantamiento, una escuela arcana o tradición escolástica mágica, ya sea practicada mediante el uso del Arte o del Poder, denominada "magia negra".

Se trata más bien de una categoría práctica y moral que engloba conocimientos, poderes, criaturas y métodos caracterizados por su relación con la corrupción espiritual y mental, la dominación de voluntades, la profanación física e incorpórea o la destrucción deliberada de otros seres, impulsando con ello los fines de poderes que habitan los Planos Inferiores de la existencia o del Reino Lejano.

Las Artes Oscuras trascienden la mera magia. Es por ello que los conocimientos impartidos por este seminario no son equiparables a un curso sobre magia, ya que buscan ir más allá: es cierto que sus practicantes emplean profundos conocimientos mágicos para impulsar sus objetivos, pero la influencia corruptora también abarca metodologías de captación, proselitismo, y el contacto con influencias extraplanares.

Por ello, identificar las Artes Oscuras exige atender tanto a la naturaleza de una práctica como a su finalidad, sus medios y sus consecuencias.

Una magia puede ser peligrosa sin ser considerada "negra". Puede resultar moralmente ambigua, incluso. Nadie podrá argumentar que es necesariamente más deseable morir debido al abrasamiento causado por una bola de fuego, que debido a una descarga eléctrica, o un rayo polar. La moral de la magia en estos casos depende enteramente del contexto en el que ha sido empleada, de la misma forma que el mero uso de un arma como un arco o una ballesta no implica hacia su usuario un inmediato reproche moral si la emplea con fines legítimos y de forma proporcional a las circunstancias.

El practicante, por lo tanto, no ha de preguntarse si el arte empleada simplemente causa daño, sino también qué exige para su empleo, de donde procede dicho poder, y qué objetivos impulsa con su uso.​


MAGIA ORDINARIA. MAGIA GRIS. PRÁCTICAS INHERENTEMENTE MALIGNAS POR SU NATURALEZA
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A efectos de este seminario, pues, se hace necesario desglosar el uso de la magia en tres categorías diferenciadas, que obviarán las distinciones clásicas entre escuelas de la magia y tradiciones mágicas englobadas en practicantes del Arte o del Poder. No se pretende con ello establecer una nueva clasificación escolástica, sino disponer de una herramienta que permita valorar las prácticas estudiadas atendiendo a su naturaleza y consecuencias.

Diferenciaremos, por lo tanto, entre magia de uso ordinario, gris y maligno.

Magia ordinaria

La inmensa mayoría de las manifestaciones arcanas y divinas conocidas pueden incluirse en esta primera categoría. Se trata de prácticas cuyo empleo no comporta, por sí mismo, reproche moral alguno, aunque naturalmente puedan ser utilizadas de forma ilícita, desproporcionada o directamente cruel.

Ya se ha mencionado el ejemplo de la bola de fuego. Su capacidad para abrasar a varios seres vivos no convierte el conjuro en una manifestación de las Artes Oscuras, del mismo modo que una espada no adquiere cualidades malignas porque pueda atravesar el corazón de un inocente. Lo determinante será, en estos supuestos, la voluntad y las circunstancias de quien emplea la herramienta: contra quién se dirige, con qué finalidad, si existía necesidad para ello y si el daño causado resulta proporcionado al objetivo perseguido.

Esta misma consideración puede extenderse a otras manifestaciones mágicas cuyo empleo resulte especialmente invasivo o peligroso. Que una práctica permita herir, alterar la percepción, transformar la materia o interferir temporalmente sobre la voluntad de otra persona no determina, por sí mismo, su pertenencia a las Artes Oscuras. Será necesario atender a la forma concreta en que haya sido empleada y a las consecuencias perseguidas por su practicante.

Esto resulta igualmente aplicable a escuelas que, por su naturaleza, pueden despertar ciertas reservas entre quienes no están familiarizados con el estudio de la magia. Un encantamiento, una ilusión o una transmutación no son malignos por pertenecer a tales disciplinas. Incluso la Nigromancia, como veremos en sesiones posteriores, abarca fenómenos suficientemente diversos como para que resulte incorrecto identificar de manera automática toda la escuela con las Artes Oscuras.

Debe evitarse, por tanto, confundir la capacidad de una magia para causar daño o ser empleada de forma abusiva con una cualidad maligna inherente a la propia práctica. Esta diferencia será particularmente importante cuando distingamos, a continuación, entre las Artes Oscuras y el concepto amniano de desviacionismo, descrito en la Bula Arcana.​

Artes oscuras y desviacionismo. Distinciones

Conviene detenerse aquí en una distinción especialmente importante para cualquier practicante de la magia en Amn: las Artes Oscuras y el desviacionismo no son conceptos equivalentes, aunque en determinados supuestos puedan concurrir sobre una misma conducta.

Como se ha indicado previamente, la categoría de las Artes Oscuras atiende principalmente a la naturaleza de determinadas prácticas, sus medios y sus consecuencias. Se refiere, por tanto, a aquellas formas de conocimiento o poder vinculadas con la corrupción, la profanación, la dominación de voluntades, el sometimiento espiritual o el empleo de métodos que resultan moralmente reprobables por su propia naturaleza.

El desviacionismo, en cambio, responde a una consideración distinta. No exige necesariamente que la magia empleada sea oscura o inherentemente maligna. Puede existir desviacionismo mediante el uso de sortilegios perfectamente ordinarios cuando estos son empleados de forma ilícita, abusiva, irresponsable o contraria a las limitaciones legales impuestas sobre el ejercicio de la magia en Amn.

De este modo, quien emplea una bola de fuego de forma injustificada contra terceros no está practicando necesariamente Artes Oscuras. El sortilegio no altera su naturaleza por razón de su mal uso. Sin embargo, la conducta de su lanzador podrá constituir desviacionismo y quedar sometida a las previsiones de la Bula Arcana, así como a la competencia y juicio de los Magos Encapuchados.

A la inversa, determinadas prácticas propias de las Artes Oscuras podrán constituir también desviacionismo precisamente por la forma en que emplean el Arte, por los riesgos que generan o por las prohibiciones específicas que recaigan sobre ellas. En estos casos, ambas categorías coincidirán, pero lo harán por razones distintas.

La diferencia, por tanto, puede resumirse de la siguiente manera: las Artes Oscuras califican la naturaleza de una práctica; el desviacionismo califica el uso indebido o prohibido de la magia dentro del orden jurídico de Amn.

Confundir ambos conceptos conduce a tres errores igualmente indeseables: ya sea considerar maligna toda magia que haya sido empleada ilícitamente, asumir que una práctica no puede ser sancionable simplemente porque no pertenezca a las Artes Oscuras, o que por el mero hecho de que una práctica de Artes Oscuras se haya realizado sin contravenir la Bula Arcana, que ello implique que esté automáticamente libre de escrutinio.

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Magia gris

Emplearemos la expresión magia gris exclusivamente como una herramienta pedagógica. No constituye una escuela reconocida, ni una clasificación generalmente aceptada entre los estudiosos del Arte, sino una denominación útil para referirnos a aquellas prácticas que, sin resultar inherentemente malignas, presentan por su propia naturaleza un riesgo particularmente elevado de abuso.

El ejemplo más evidente puede encontrarse en determinados encantamientos capaces de alterar la voluntad, las emociones o los recuerdos de una persona. Impedir mediante magia que alguien continúe atacando a un inocente y someter durante meses a ese mismo individuo a una obediencia sobrenatural pueden recurrir a principios mágicos semejantes; sin embargo, difícilmente podrían recibir una misma valoración moral.

Un supuesto particularmente ilustrativo puede encontrarse en el empleo de conjuros como geas o quest por parte de determinados cultos (incluso benévolos), órdenes u organizaciones para obligar temporalmente a una persona a cumplir una misión concreta o como pena para resarcirse de un agravio cometido. Aunque esta práctica no implica necesariamente corrupción ni persigue por sí misma un fin maligno, supone una forma evidente de servidumbre sobrenatural temporal. Su valoración dependerá del contexto: determinadas tradiciones pueden considerarla admisible cuando existe una obligación previa, una finalidad legítima o circunstancias excepcionales, mientras que en otros supuestos constituirá una intromisión difícilmente justificable sobre la voluntad del afectado.

Lo mismo puede predicarse de determinadas prácticas de invocación, transmutación, manipulación de recuerdos o incluso de ciertas manifestaciones de la propia Nigromancia. En todos estos casos habrá de prestarse particular atención al consentimiento del afectado, la finalidad perseguida, la duración de los efectos, su reversibilidad y la proporcionalidad del medio empleado.

La peligrosidad de estas prácticas no deriva necesariamente de que sean malignas, sino de que permiten ejercer un poder extraordinariamente invasivo sobre otros seres. Cuanto mayor sea ese poder, mayor habrá de ser también la prudencia de quien decida utilizarlo.

Prácticas inherentemente malignas

01_origenmagia.pngDistinta consideración merecerán aquellas prácticas cuya propia ejecución exige la comisión de actos que constituyen, por sí mismos, una grave violación de la vida, la voluntad o el alma de otros seres.

En estos supuestos, el reproche no nace únicamente de la finalidad perseguida por el practicante, sino del procedimiento que necesariamente debe seguirse para alcanzarla. El sacrificio consciente de una persona como componente ritual, la corrupción deliberada de un alma, determinadas formas de creación de no-muertos, la esclavización sobrenatural permanente de una voluntad o ciertas prácticas vinculadas a poderes infernales y abisales constituyen ejemplos particularmente evidentes.

Naturalmente, incluso aquí deberán estudiarse las circunstancias concretas antes de determinar responsabilidades individuales. Alguien puede actuar bajo engaño, coacción o ignorancia acerca de las verdaderas consecuencias de aquello que está realizando. Ello podrá afectar a la valoración de su responsabilidad. No modifica, sin embargo, la naturaleza del acto realizado.

Un procedimiento que requiera torturar, sacrificar, corromper o condenar a una víctima no deja de ser vil porque quien lo practica asegure perseguir mediante ello un propósito virtuoso. Una conclusión que todo practicante deberá extraer de estas sesiones es, precisamente, que el fin jamás justifica por sí solo los medios empleados para alcanzarlo.

Se trata de una falacia particularmente peligrosa y de una de las justificaciones más frecuentes entre quienes terminan recurriendo a las Artes Oscuras: presentar cada nueva transgresión como un sacrificio necesario, excepcional o provisional al servicio de un propósito aparentemente superior. Aceptar semejante razonamiento constituye con frecuencia el primer paso hacia la progresiva normalización de prácticas cada vez más graves.

CRITERIOS GENERALES DE IDENTIFICACIÓN
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Establecidas las anteriores distinciones, resulta conveniente determinar qué elementos pueden permitirnos sospechar que nos encontramos ante una manifestación de las Artes Oscuras. No existe, naturalmente, una regla infalible. Precisamente por la diversidad de fenómenos comprendidos bajo esta denominación, su identificación requerirá normalmente atender a la concurrencia de varios indicios.

En primer término habrá de examinarse el origen del poder empleado. La mera procedencia extraplanar de una manifestación mágica no permite considerarla maligna, pues multitud de poderes benévolos poseen igualmente naturaleza extraplanar. Muy distinta cautela merecerá, sin embargo, una práctica cuya realización exija establecer vínculos con demonios, diablos, determinadas entidades no-muertas, habitantes del Reino Lejano u otros seres cuya propia naturaleza implique corrupción o depredación de quienes entran en contacto con ellos.

Deberán examinarse igualmente los componentes y métodos empleados. La utilización ritual de sangre, cadáveres o restos mortales tampoco permite alcanzar por sí misma una conclusión definitiva; no obstante, cuando la práctica requiere necesariamente provocar sufrimiento, realizar sacrificios conscientes, profanar almas o emplear la muerte de terceros como fuente de poder, nos encontraremos ante indicios considerablemente más graves.

Particular relevancia tendrá siempre el efecto producido sobre quien sufre la práctica. Una lesión puede ser sanada. Una transformación puede ser reversible. Incluso determinados efectos sobre la mente pueden desaparecer una vez concluido el sortilegio. Sin embargo, las Artes Oscuras tienden con frecuencia a manifestarse mediante consecuencias que trascienden el daño físico inmediato: la alteración permanente de una voluntad, la corrupción espiritual, el sometimiento del alma, las transformaciones involuntarias o la perpetuación del sufrimiento más allá incluso de la muerte.

El consentimiento deberá ser igualmente considerado, especialmente cuando estudiemos transformaciones, pactos o alteraciones de la voluntad. Ahora bien, tampoco constituye por sí mismo una justificación absoluta. Una persona puede aceptar voluntariamente un pacto sin conocer sus consecuencias, o consentir una transformación ignorando el precio que realmente habrá de pagar por ella. Del mismo modo, existen actos cuya naturaleza seguirá siendo reprochable aunque quienes intervengan en ellos hayan prestado consentimiento.

Finalmente deberán estudiarse la finalidad perseguida, la duración de los efectos y su posibilidad de reversión. Ninguno de estos criterios deberá emplearse aisladamente. Una práctica desconocida que reúna varios de estos elementos justificará una investigación cautelosa; pero la mera presencia de uno de ellos rara vez permitirá formular una conclusión definitiva.

Por ello, y especialmente para quienes en el futuro deban enfrentarse a fenómenos que no comprenden, conviene conservar una última precaución: la sospecha constituye motivo para investigar, no una prueba de culpabilidad.​


AMENAZA, VÍCTIMA Y PRACTICANTE
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Otra distinción que será utilizada de forma recurrente durante este seminario será aquella existente entre la amenaza, la víctima y el practicante. Las tres condiciones pueden encontrarse reunidas en una misma persona, pero con extraordinaria frecuencia no será así.

Entenderemos por amenaza aquello que produce el peligro inmediato al que debemos enfrentarnos. Puede tratarse de una criatura, una maldición, un objeto, una posesión, una enfermedad sobrenatural o incluso la influencia existente sobre un determinado lugar. Desde una perspectiva puramente inmediata, un licántropo descontrolado, un vampiro hambriento o una persona poseída pueden constituir amenazas que deban ser contenidas.

Ello no significa necesariamente que sean responsables de aquello que sucede.

Es precisamente aquí donde aparece la figura de la víctima. Una persona transformada involuntariamente en licántropo puede atacar durante determinadas noches y seguir siendo víctima de una maldición. Quien se encuentra poseído puede utilizar su propia voz y sus propias manos para cometer actos que jamás habría realizado por voluntad propia. Incluso un cadáver convertido en no-muerto puede ser, en último término, el cuerpo profanado de alguien que ninguna responsabilidad tuvo en aquello en lo que posteriormente fue convertido.

Esta distinción no constituye únicamente una cuestión moral. Tiene consecuencias prácticas. Si aquello que tenemos delante todavía puede ser liberado, curado o restaurado, nuestra actuación deberá procurar, siempre que las circunstancias lo permitan, que así sea.

No todo aquello que debe ser detenido necesita ser destruido.

Finalmente encontraremos al practicante, entendiendo por tal a quien provoca, dirige o explota conscientemente el fenómeno estudiado. Puede tratarse de un mago, sacerdote, cultista, criatura extraplanar o incluso de una persona que emplee un objeto cuyo funcionamiento apenas comprende. Como ocurría anteriormente, su mera participación no permitirá determinar automáticamente su grado de responsabilidad: deberá averiguarse si actuó conscientemente, bajo engaño, mediante coacción o desconociendo las consecuencias reales de sus actos.

Distinguir adecuadamente estas tres figuras será especialmente importante durante las materias posteriores. De lo contrario existe el riesgo de combatir con extraordinaria diligencia a quien tenemos delante y, sin embargo, dejar intacta la verdadera causa del problema.​


LA APARIENCIA DE LAS ARTES OSCURAS
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01_luchaespectros.pngExiste finalmente una dificultad añadida que deberá tenerse presente: las Artes Oscuras rara vez se manifiestan de una forma que permita reconocerlas de inmediato.

Resulta conveniente imaginarse al practicante como una caricatura: ya sea como cultista cubierto de sangre, al nigromante rodeado de cadáveres o al demonio mostrando abiertamente su verdadera naturaleza. Tales situaciones existen, naturalmente, y pocas dudas plantearán cuando se produzcan. Sin embargo, algunas de las manifestaciones más peligrosas de estas prácticas se presentan precisamente bajo una apariencia distinta.

Un diablo puede mostrarse educado, razonable y ofrecer condiciones que aparentemente beneficien a quien escucha su propuesta. Un demonio puede ofrecer conocimiento o poder a cambio de una concesión que inicialmente parezca insignificante. Una maldición puede confundirse durante sus primeras manifestaciones con una bendición. Un vampiro no pierde necesariamente su capacidad para expresarse con cortesía ni para inspirar confianza. Incluso el propio practicante puede convencerse sinceramente de que aquello que realiza está justificado por la importancia de sus objetivos.

La advertencia, sin embargo, debe realizarse también en sentido contrario. Lo extraño no es necesariamente maligno. Tampoco lo son necesariamente aquello que resulte desagradable, incomprensible o contrario a nuestras propias costumbres. Numerosas criaturas, pueblos y tradiciones mágicas resultarán extrañas a quienes jamás hayan tenido contacto con ellas, sin que dicha extrañeza permita formular reproche alguno.

La apariencia, por lo tanto, puede constituir un indicio que justifique nuestra atención.

Nunca deberá confundirse con una prueba.


MATERIAS DEL SEMINARIO
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Partiendo de estos principios generales, las siguientes sesiones abordarán distintas manifestaciones tradicionalmente relacionadas con las Artes Oscuras, procurando estudiar no sólo los medios mediante los cuales pueden ser combatidas, sino también su naturaleza y las circunstancias que permiten distinguir unas de otras.

Comenzaremos por el estudio de las maldiciones y los objetos malditos, prestando atención a sus mecanismos de transmisión, identificación y eventual eliminación. A continuación se abordarán distintas formas de corrupción espiritual, particularmente aquellas capaces de afectar al alma, a la voluntad o a la relación del individuo con determinadas fuerzas sobrenaturales.

El estudio de la Nigromancia requerirá una atención particular, precisamente porque resultaría incorrecto identificar toda manifestación de dicha escuela con las Artes Oscuras. Se estudiarán sus distintas aplicaciones y, con especial detenimiento, aquellas relacionadas con la creación, control y explotación de los no-muertos.

Posteriormente se tratarán dos fenómenos que con frecuencia son conocidos por la población únicamente a través de relatos y supersticiones: el vampirismo y la licantropía. En ambos casos será necesario distinguir entre criatura, maldición y víctima, así como conocer las capacidades y vulnerabilidades propias de cada condición.

Las sesiones dedicadas a diablos y demonios permitirán estudiar dos formas distintas de influencia procedentes de los Planos Inferiores. Se prestará especial atención a los pactos, contratos y tentaciones empleados por los primeros y a los fenómenos de corrupción y destrucción asociados a los segundos, los cuales no dejan de ser una manifestación de un plano corruptor: el Abismo.

Finalmente abordaremos diferentes formas de manipulación de la voluntad y de la mente, incluyendo encantamientos, posesiones y las facultades de determinadas criaturas aberrantes o feéricas. Será precisamente en esta última materia donde varias de las distinciones realizadas durante esta introducción -consentimiento, responsabilidad, víctima y practicante- adquirirán particular relevancia.

El propósito del seminario no será, por tanto, enseñar a contemplar con sospecha cualquier manifestación mágica desconocida. Muy al contrario: conocer las Artes Oscuras permite distinguirlas de aquello que simplemente ignoramos.

Quien no comprende aquello que tiene delante puede cometer dos errores igualmente graves: destruir por miedo aquello que podría haber salvado, o confiar por ignorancia en aquello que debería haber temido.

Por ello, antes de actuar, convendrá tratar de responder al menos a las siguientes cuatro preguntas:
¿Qué estamos observando?
¿Qué lo ha provocado?
¿Quién es realmente la víctima?

¿Puede todavía salvarse?


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Offtopic :
La información contenida en estos apuntes es de libre acceso, disponible en el Salón de la Luna de Athkatla. También se transmite a los asistentes de las diversas sesiones del Seminario de Defensa contra las Artes Oscuras.
 
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II. MALDICIONES Y OBJETOS MALDITOS

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DEFINICIÓN Y NATURALEZA DE LAS MALDICIONES
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A efectos de este seminario,definiremos como maldición una condición mágica que reviste las siguientes características:

- se trata de una condición persistente en el tiempo;
- queda impuesta o arraigada sobre una criatura, objeto o lugar;
- puede, aunque no necesariamente, comportarse de forma infecciosa o a propagarse a nuevas víctimas;
- su funcionamiento con frecuencia responde a patrones propios que no siempre pueden deducirse mediante los principios ordinarios empleados para estudiar otros efectos mágicos;
- presenta una especial resistencia a los intentos usuales de disipación, pudiendo requerir sortilegios específicamente destinados a quebrarla, magia de considerable poder o el cumplimiento de determinadas condiciones de resolución.

Esta definición permite distinguir la maldición de otros efectos mágicos perjudiciales. Una herida producida por magia, una transformación temporal o un encantamiento que desaparece una vez agotada su duración pueden causar consecuencias extraordinariamente graves sin constituir por ello una maldición. La característica esencial de esta última reside precisamente en que tiende a arraigarse sobre aquello que afecta y a perpetuar su propia existencia.

Puede resultar útil compararla, de forma imperfecta, con una infección. Una vez establecida, la maldición deja de depender necesariamente de la presencia de quien la originó y continúa actuando conforme a sus propias reglas. Algunas permanecerán latentes hasta que concurra una determinada circunstancia; otras producirán efectos constantes o periódicos; y algunas podrán incluso servirse de su víctima para transmitirse posteriormente a otros seres.

Esta comparación no deberá entenderse de manera literal. No todas las maldiciones son contagiosas, pero prácticamente todas poseen algún mecanismo de persistencia.

Es precisamente esta cualidad la que las convierte en fenómenos particularmente insidiosos. La víctima puede conocer durante largo tiempo las consecuencias de aquello que padece sin comprender su verdadero origen. Puede saber que su cuerpo se debilita, que determinadas desgracias se repiten, que su voluntad comienza a alterarse o que bajo determinadas circunstancias experimenta transformaciones que es incapaz de controlar, sin conocer todavía qué condición provoca dichos efectos ni qué deberá hacerse para eliminarla.

Podemos afirmar, por tanto, que una maldición posee una suerte de lógica interna. Esto no significa que posea necesariamente inteligencia o voluntad propias, sino que responde a unas determinadas reglas: existe una causa que permitió su imposición, unas condiciones que determinan sus efectos y, en numerosos casos, algún procedimiento mediante el cual puede ser quebrada.

Comprender esas reglas será con frecuencia tan importante como disponer de la magia necesaria para combatirla.​


TIPOS DE MALDICIONES
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La enorme heterogeneidad de las maldiciones conocidas impide establecer una clasificación universal sobre las mismas. Sus efectos pueden recaer sobre una criatura (afectando a su cuerpo, mente o espíritu) o quedar arraigados sobre objetos y ubicaciones, desde los cuales perpetúan posteriormente sus consecuencias. A efectos prácticos, sin embargo, podemos distinguirlas atendiendo principalmente a aquello que alteran y a la forma mediante la cual consiguen perpetuarse.

Estas categorías no deberán entenderse como excluyentes entre sí. Una misma maldición puede afectar simultáneamente al cuerpo, la mente o el espíritu de una criatura y, al mismo tiempo, poseer condiciones específicas para su manifestación, transmisión o ruptura.​

Maldiciones corporales

Determinadas maldiciones actúan principalmente sobre el cuerpo de la víctima. Pueden provocar debilitamiento progresivo, deformaciones, enfermedades sobrenaturales o transformaciones que el afectado no puede controlar mediante su propia voluntad.

La licantropía constituye probablemente uno de los ejemplos más conocidos de este último supuesto. La condición se arraiga sobre la víctima, altera su naturaleza y, en determinadas circunstancias, permite incluso su transmisión a otros individuos. Sus particulares características justificarán, no obstante, que sea estudiada separadamente en una sesión posterior.

Consideraremos igualmente la no-muerte como una forma de maldición, aunque sus distintas manifestaciones exigen realizar algunas distinciones. La condición no recae necesariamente de la misma manera sobre todos los no-muertos: en sus formas más simples puede encontrarse circunscrita a los restos mortales de una criatura, animados mediante fuerzas sobrenaturales; en otros casos alcanzará también a su espíritu o alma, llegando incluso a transformar a la propia criatura en una existencia no-muerta.

En todos estos supuestos, no obstante, encontramos los caracteres anteriormente expuestos: una condición sobrenatural persistente, arraigada sobre aquello que afecta y capaz de continuar existiendo con independencia de la presencia de quien la originó. La diferencia radicará, por tanto, en qué parte de la víctima ha quedado sometida a dicha condición y en la profundidad con la que esta altera su naturaleza.

Así, en un esqueleto o cadáver animado la maldición puede encontrarse limitada principalmente a sus restos mortales; en otras formas de no-muerte puede alcanzar predominantemente al espíritu; mientras que fenómenos como el vampirismo afectan de manera mucho más extensa al cuerpo, la voluntad y la propia condición existencial de quien anteriormente estuvo vivo.

Esta consideración no exige, además, que la criatura rechace necesariamente su estado. Algunas formas de no-muerte pueden ser buscadas voluntariamente por quienes desean prolongar su existencia o alcanzar determinados poderes.

Debe evitarse, sin embargo, confundir estos fenómenos con cualquier enfermedad o transmutación mágica. La transformación constituye únicamente el síntoma visible; será su persistencia, origen y mecanismo de transmisión o ruptura aquello que permita determinar si realmente nos encontramos ante una maldición.
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Maldiciones de la mente y la voluntad

Otras maldiciones afectan principalmente a la mente, las emociones o la voluntad, imponiendo obsesiones, compulsiones, prohibiciones o determinadas pautas de comportamiento difíciles o imposibles de resistir para quien las padece.

Su manifestación puede recordar a ciertos encantamientos, circunstancia que obliga a extremar la prudencia durante su diagnóstico. La diferencia no residirá necesariamente en los síntomas, sino en la naturaleza del fenómeno: deberá determinarse si existe una influencia mágica exterior que continúa actuando sobre la víctima o si la condición ha quedado ya arraigada en ella y continúa reproduciendo sus efectos por sí misma.

Determinadas formas de geas, así como ciertas locuras de origen sobrenatural, pueden encontrarse dentro de estos supuestos cuando adquieren semejante carácter persistente. Lo mismo puede ocurrir como consecuencia de exposiciones prolongadas a determinadas influencias feéricas, abisales o procedentes del Reino Lejano, capaces de dejar sobre la mente alteraciones que subsistan incluso después de haber cesado el contacto que inicialmente las provocó.

En algunos supuestos, estas alteraciones constituirán únicamente una parte de una maldición de mayor alcance. Determinadas transformaciones o formas de no-muerte pueden afectar simultáneamente al cuerpo y a la voluntad del individuo, de modo que separar ambas manifestaciones tendrá principalmente una utilidad pedagógica.​

Maldiciones espirituales

Particular gravedad revisten aquellas maldiciones cuyo objeto principal es el espíritu o el alma de una criatura.

Pueden vincular al afectado con una entidad, lugar u objeto, impedir el correcto descanso de los muertos, interferir con determinados medios de restauración o perpetuar consecuencias que trasciendan incluso la destrucción del cuerpo físico.

El practicante deberá recordar aquí una de las advertencias introducidas durante la sesión anterior: el daño físico constituye únicamente una de las formas mediante las cuales pueden manifestarse las Artes Oscuras. Una condición que comprometa directamente el alma de una víctima puede resultar mucho más grave aunque exteriormente produzca pocas manifestaciones visibles.

Maldiciones sobre ubicaciones

02_espectro.pngLas maldiciones no necesitan recaer necesariamente sobre una criatura. Determinadas condiciones pueden quedar arraigadas sobre un lugar concreto, afectando a quienes permanezcan en él, lo atraviesen o realicen determinadas acciones dentro de sus límites.

Sus manifestaciones pueden ser extraordinariamente diversas: provocar enfermedades o alteraciones físicas, perturbar el descanso, atraer determinadas criaturas, modificar el comportamiento de quienes habitan la zona o producir fenómenos sobrenaturales que se repitan conforme a unas condiciones determinadas. En otros casos, la propia ubicación puede impedir el descanso de los muertos, retener espíritus o perpetuar acontecimientos relacionados con aquello que originó la maldición.

Estas maldiciones permiten apreciar con especial claridad la importancia de identificar aquello sobre lo que la condición se encuentra verdaderamente arraigada. Tratar individualmente a quienes sufren sus efectos puede aliviar las consecuencias inmediatas sin resolver la causa del fenómeno: mientras permanezca maldito el lugar, nuevas víctimas podrán verse afectadas al entrar nuevamente en contacto con él.

Su ruptura exigirá con frecuencia comprender la historia de la ubicación. Una profanación, una matanza, un juramento quebrantado, la presencia de un objeto que actúe como ancla o la influencia continuada de una criatura pueden constituir el origen que mantiene activa la condición. En estos casos, purificar el lugar requerirá actuar precisamente sobre aquello que permite que la maldición continúe existiendo.

Maldiciones sobre objetos

Una maldición puede igualmente quedar arraigada sobre un objeto, permaneciendo vinculada a este con independencia de quien lo posea en cada momento. El afectado será entonces quien entre en contacto con el objeto, lo utilice o establezca con él la vinculación exigida por la propia condición.

Esta circunstancia resulta particularmente relevante porque liberar a una víctima de los efectos sufridos no implica necesariamente haber eliminado la maldición. El objeto puede conservar intacta la condición y transmitir nuevamente sus efectos a otra persona.

Por su frecuencia y por las particularidades que presentan su identificación, vinculación y ruptura, los objetos malditos serán estudiados separadamente en el siguiente apartado.​

Maldiciones condicionales y transmisibles

Las anteriores categorías atienden principamente sobre qué es afectado por una maldición. Pero distinta cuestión es el mecanismo mediante el cual esta consigue mantenerse, manifestarse o perpetuarse.

En este último subapartado abordamos las maldiciones cuyo funcionamiento depende de una condición concreta. Sus efectos pueden manifestarse únicamente durante determinadas circunstancias o mantenerse hasta que se produzca un acontecimiento específico. La casuística es heterogénea: puede basarse en reparar una ofensa, devolver aquello que fue sustraído, cumplir una promesa quebrantada o destruir aquello que sirve de ancla a la propia condición.

Otras poseen además capacidad para transmitirse. En tales supuestos, la víctima inicial puede convertirse, voluntaria o involuntariamente, en el medio mediante el cual la maldición asegura su propia continuidad sobre nuevos individuos. La licantropía y el vampirismo ofrecen dos ejemplos especialmente claros de cómo una condición puede arraigarse en una víctima y convertirla posteriormente en vehículo para su propagación.

Esta característica resulta especialmente importante desde una perspectiva práctica. Eliminar los síntomas visibles de una víctima sin comprender la forma mediante la cual la condición se perpetúa puede permitir que la misma continúe extendiéndose sin haber resuelto realmente su causa.

OBJETOS MALDITOS
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Se define como objeto maldito aquel sobre el cual se encuentra arraigada una condición sobrenatural perniciosa capaz de afectar a quien lo posea, utilice o establezca una vinculación suficiente con él, compatible con una maldición.

Los objetos malditos constituyen uno de los ejemplos más claros del funcionamiento persistente de una maldición, pues permiten distinguir fácilmente entre liberar a una víctima de sus efectos y destruir la causa que los produce.

No todo objeto maldito presenta una apariencia nefaria. Al contrario, algunos poseen un aspecto aparentemente mundano o elegante. Puede tratarse de un arma magníficamente fabricada, una joya de extraordinario valor, una pieza de vestimenta o cualquier otro objeto que exteriormente resulte perfectamente inocuo. Algunos conservarán incluso propiedades mágicas beneficiosas junto a la maldición que contienen.

Esta circunstancia puede formar parte de su propia peligrosidad. Un objeto que proporciona poder resulta más difícil de abandonar; otro puede generar sobre su portador un apego sobrenatural que le impida reconocer la necesidad de desprenderse de él. En determinados casos, una vez establecida la vinculación, la mera separación física del objeto no bastará para romper la condición.

Debe distinguirse igualmente entre la maldición que pesa sobre el objeto y aquella que ya ha alcanzado a su portador. Una intervención capaz de liberar a este último puede permitirle desprenderse del artefacto y, sin embargo, dejar completamente intacta la condición que contiene.

Dicho de otra manera: puede haberse liberado al huésped sin eliminar la fuente de la maldición.

El objeto continuará entonces representando exactamente el mismo peligro para quien posteriormente entre en contacto con él. Aquellos artefactos que no puedan ser purificados o destruidos deberán, por lo tanto, ser custodiados de manera que se impida que nuevas víctimas queden expuestas a sus efectos. En Amn, es obligatorio entregarlos a Capaconjuro para su custodia segura.​

Algunos objetos malditos conocidos

El estudioso encontrará numerosos ejemplos de objetos malditos cuya peligrosidad no reside en una apariencia manifiestamente siniestra, sino precisamente en su semejanza con objetos mágicos perfectamente útiles.​

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La llamada piedra de peso, por ejemplo, aparenta no ser más que una pequeña piedra pulida. Una vez recogida, lastra los movimientos de su poseedor y resulta extraordinariamente difícil desprenderse de ella: arrojarla o destruirla no basta, pues vuelve a aparecer entre sus pertenencias. Quitar maldición permite romper finalmente esa vinculación.​

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El medallón de proyección del pensamiento constituye un ejemplo distinto. Su usuario puede creer que está percibiendo pensamientos ajenos cuando, en realidad, el propio objeto le proporciona falsas impresiones mientras transmite sus pensamientos a otros. La maldición resulta aquí especialmente curiosa porque manipula precisamente la información mediante la cual su portador pretende interpretar lo que sucede a su alrededor.​

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Los brazales de indefensión muestran otro comportamiento frecuente: pueden aparentar durante cierto tiempo ser un objeto protector perfectamente funcional y revelar su verdadera naturaleza únicamente cuando el portador se encuentra ante una amenaza real, momento en el que la supuesta protección se convierte en una grave desventaja. Una vez activada la maldición, será necesario recurrir a magia apropiada para desprenderse de ellos. Su funcionamiento es sencillo: cuando el portador se ve en riesgo de sufrir una herida grave, los brazales de pronto se vuelven extraordinariamente pesados y rompen su guardia, lo cual puede propiciar desenlaces fatales.​
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Finalmente, la conocida espada berserker ilustra los objetos que conservan propiedades verdaderamente beneficiosas junto a su maldición. El arma funciona como una espada mágica poderosa, pero durante el combate puede imponer sobre su portador un estado de furia que le obliga a continuar atacando a las criaturas más próximas. Precisamente porque el objeto ofrece un beneficio real, algunos portadores pueden mostrarse reacios a considerarlo una maldición.

Estos ejemplos permiten extraer una advertencia práctica: un objeto maldito no necesita ser inútil, evidentemente peligroso ni perjudicial en todo momento. Puede funcionar correctamente durante días o proporcionar ventajas reales antes de que aparezcan las condiciones bajo las cuales se manifiesta su maldición.​


RECONOCIMIENTO Y RUPTURA
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Conocida ya la naturaleza general de las maldiciones, corresponde abordar el problema desde una perspectiva práctica: cómo reconocerlas y qué hacer una vez se sospecha de su existencia.

La primera precaución será evitar conclusiones precipitadas. Una enfermedad progresiva puede tener un origen natural; un comportamiento anómalo puede proceder de un encantamiento, una posesión o incluso de la propia voluntad del individuo; y una transformación física puede obedecer a causas mágicas muy distintas.​

Por ello, el síntoma jamás deberá confundirse con el diagnóstico.

Reconocimiento y reconstrucción de los hechos

La investigación deberá comenzar estableciendo una cronología sencilla.

¿Cuándo aparecieron los primeros síntomas?
¿Qué ocurrió inmediatamente antes?
¿Qué lugares visitó el afectado?
¿Qué criaturas encontró?
¿Qué objetos adquirió, utilizó o recibió?


Las maldiciones poseen historia y, con frecuencia, esa historia revela su funcionamiento.

Un aventurero que comienza a debilitarse después de saquear una cripta plantea un problema distinto de otro cuyos síntomas aparecen tras haber sido mordido por una criatura. Si varias personas enferman únicamente después de atravesar las mismas ruinas, deberá considerarse la posibilidad de que sea el lugar aquello sobre lo que se encuentra arraigada la condición.

También deberá buscarse la existencia de patrones. Una transformación que aparece durante determinadas fases lunares, una compulsión que se desencadena ante una conducta concreta o una desgracia que se repite cada vez que se utiliza cierto objeto están revelando parte de las reglas de la maldición.

Pondremos como un célebre ejemplo la maldición del clan de los Lyonsbane: una transformación que forzaba a los adultos de este clan a convertirse en panteras cuando realizaban un gesto no oneroso a favor de un tercero. Esto forzó a que todos los Lyonsbane se convirtiesen en mercenarios y regulasen todas sus relaciones interpersonales mediante contractos, asegurándose de que ninguna interacción mantenida dejase de incluir algún elemento transaccional.

Cuando exista un objeto sospechoso, la primera regla será sencilla: no utilizarlo para comprobar qué hace. Deberá evitarse vestirlo, blandirlo, activarlo o entregárselo a otra persona hasta haber determinado razonablemente su naturaleza.​

Identificación mágica

Los procedimientos de adivinación constituyen una ayuda extraordinaria, pero no deberán sustituir la investigación anterior.

Los objetos malditos son particularmente engañosos. Un simple detectar magia puede revelar un aura que sugiera propiedades distintas de las verdaderas, mientras que incluso identificar puede no descubrir inmediatamente la maldición. Métodos más poderosos, como analizar dweomer, permiten determinar con mucha mayor seguridad la verdadera naturaleza del objeto.

Por ello, identificar correctamente las propiedades beneficiosas de un objeto no demuestra por sí solo que carezca de una maldición.

La conducta del propio afectado también puede ofrecer información. Una resistencia inexplicable a desprenderse de un objeto, la insistencia en utilizarlo pese a sus consecuencias o la imposibilidad de abandonarlo físicamente deberán considerarse indicios especialmente relevantes.​

Ruptura de la maldición

02_bruja.pngUna vez identificada la condición deberá determinarse qué procedimiento resulta adecuado para eliminarla.

Quitar maldición constituye la herramienta más habitual y permite eliminar numerosas condiciones de esta naturaleza. Sin embargo, tampoco deberá entenderse como una solución universal. Determinadas maldiciones especiales pueden resistirse al sortilegio o exigir que sea empleado por un practicante de suficiente poder.

Asimismo deberá distinguirse entre liberar a la víctima y destruir la maldición en su origen. Frente a determinadas armas, armaduras o escudos malditos, quitar maldición permite al afectado desprenderse del objeto sin que por ello desaparezca necesariamente la condición que pesa sobre este. El artefacto seguirá siendo peligroso para quien posteriormente lo utilice.

Romper encantamiento constituye otra herramienta relevante y puede liberar a una víctima de determinados encantamientos, transmutaciones y maldiciones. Sin embargo, cuando el origen se encuentra en un objeto mágico permanente, puede liberar al afectado sin purificar el propio objeto.

Tampoco deberá confundirse la ruptura de una maldición con la simple disipación de magia. Disipar magia está concebido principalmente para terminar efectos mágicos que continúan activos; una maldición puede haber quedado ya arraigada mediante un efecto cuya imposición concluyó tiempo atrás. Formas superiores de disipación poseen mayores posibilidades frente a estos fenómenos, pero siguen sin convertir la disipación ordinaria en un remedio universal. En ocasiones, solamente una disyunción posee la capacidad suficiente de revertir ciertas maldiciones, especialmente aquellas que afectan un lugar.

Deseo o milagro son también alternativas conocidas, pero implican habitualmente un alto coste personal para quien emplea estos conjuros, y no siempre producen los efectos deseados.​

Maldiciones resistentes y condiciones de resolución

Cuando los procedimientos anteriores fracasen, deberá abandonarse la tentación de repetirlos indefinidamente y regresar a la investigación.

Algunas maldiciones poseen condiciones concretas de resolución. Una condición nacida de la profanación de una tumba puede exigir restaurar aquello que fue violentado; otra, nacida del quebrantamiento de una promesa, puede quedar vinculada al cumplimiento de esta; una tercera puede depender de un objeto, criatura o lugar que actúe como ancla.

Incluso ciertos sortilegios permiten apreciar estas diferencias. Un geas/quest particularmente poderoso no puede ser eliminado mediante romper encantamiento, y quitar maldición únicamente puede deshacerlo cuando quien pretende levantarlo posee suficiente poder respecto de quien lo impuso; medios superiores como deseo limitado, milagro o deseo permiten superar tales limitaciones.

En estos casos, comprender cómo fue impuesta la maldición forma parte del propio tratamiento.​

Procedimiento general de actuación

Ante una maldición desconocida, el practicante deberá proceder de forma ordenada:

Primero, establecer qué síntomas existen y cuándo aparecieron.

Segundo, reconstruir los contactos inmediatamente anteriores con criaturas, objetos y lugares.

Tercero, comprobar si los efectos siguen algún patrón o dependen de determinadas condiciones.

Cuarto, determinar sobre qué se encuentra realmente arraigada la maldición: la víctima, un objeto, una ubicación o alguna otra ancla.

Quinto, utilizar los medios de identificación disponibles sin asumir que una única prueba mágica será concluyente.

Sexto, escoger el procedimiento de ruptura adecuado y comprobar posteriormente si se ha eliminado la maldición o únicamente se ha liberado a una de sus víctimas.

La urgencia podrá exigir en ocasiones actuar disponiendo de información incompleta. Siempre que las circunstancias lo permitan, sin embargo, deberá evitarse intervenir a ciegas sobre una condición cuya relación con la víctima todavía desconocemos.​

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