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Penitencias [Eothain]

Vinter

Vampiro buceador de lagos
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Sir Vor.

El pesado pico de minería golpeó la piedra, produciendo un restallar de metal contra roca. Las chispas saltaron, y el músculo se tensó. Las cicatrices le tiraban. Demasiadas para un hombre tan joven. Veinticinco años, que él empezaba a sentir como si fuesen más del doble. La piel le tiraba, los músculos agotados renqueaban. Empezaba a pensar que quizás había pedido demasiado al cuerpo en demasiado poco tiempo, pues empezaba a pasarle factura. La mitad de los dedos de su mano izquierda, tensos por un túnel carpiano generado por una hoja cruel de un cultista de Bhaal casi dos años atrás. Y sin embargo, los dolores físicos no le molestaban tanto como los nombres que pesaban sobre sus hombros.

Sir Galahad.

Sus amigos y lugartenientes, que había tenido bajo sus órdenes durante poco más de un año, pero que se habían convertido en parte de la familia del Capítulo. Hombres valientes, a los que pudo encomendar órdenes que llevarían a cabo por su cuenta. Amigos que ya no estaban, que ya no estarían jamás, desaparecidos de pronto, de forma indigna prácticamente: Olvidados en la oscuridad de las entrañas de la tierra en una expedición de la que nunca pudieron volver. Alzó el pico de nuevo.

Sir Arthur.

Caídos en batalla, luchando por la libertad de otros contra el imperio de las bestias, bien por una mala formación, bien porque el destino así lo quiso. El dolor de la pérdida de aquellos que estuvieron un día bajo su mando no era menor que la de aquellos a los que no pudo ver marchar una última vez. Murieron por su sacerdotisa y su capitán, por sus hermanos. Algunos devorados por el Enjambre, otros bajo las lanzas muranníes. El pico volvió a estallar contra la roca. Un trozo de granito se desprendió de la pared, generando una polvareda, salpicando pequeños trozos de roca contra los pantalones de arpillera. El pedrusco cayó a plomo contra el suelo. Lo agarró, y lo arrojó a la carreta, para que los canteros le dieran forma en el exterior de la mina.

Sir Gareth.

Los nombres empezaban a pesarle cada vez más. Caballeros que ya no eran del Capítulo empezaban a unirse a la losa penitente que llevaba a su espalda. Las cicatrices de espadas y flechas empezaban a volverse cada vez más dolorosas en su espalda y en sus costillas. Sentía que le ardían, como si la sangre bajo sus viejas heridas luchase por manar de nuevo, por cicatrices que habían quedado mucho tiempo atrás. Golpeó de nuevo con el pico. La piqueta se hundió en el paredón, produciendo un restallido seguido de un crujido. Eothain gruñó con fuerza, apretando los dientes. Notó el tirón de los músculos al intentar hacer vencer la dura roca con su fuerza bruta. Pero lo ignoró, como siempre hacía. Apoyó su peso. Una nueva roca, pesada y enorme, cayó. Amorfa, pesada, sin refinar. La cargó, y colocó sobre el carro de nuevo, para el asombro de algunos de los mineros en los alrededores. Aquel hombre, que supuestamente era un caballero, tenía las manos de quien La penitencia.jpghabía pasado años arando campos y picando piedra, dando forma a metal y luego entrenando con la espada. No era un noble al uso, no era alguien de la alta sociedad, forjado en la adversidad y en la superación propia. En la disciplina y la sangre. Era uno de ellos.

Los mártires anónimos de los Salones. Muchos desconocidos. Otros, tristemente familiares. Demasiados como para recordarlos a todos.

No había estado ahí. Nadie había estado. Fue un ataque a traición, y gracias a la Dama que Selise reaccionó rápido y pudo poner a unos cuantos a salvo. Gracias a todos los dioses habidos y por haber, que fue así, pues una pérdida así hubiera sido irremplazable. Pero aun así, no pudieron ayudar. Fue más de dos centenares de vidas arrancadas de un plumazo, y tras aquello, diez vidas más… Y otras diez. Y otras diez. Y otras diez.

Eothain había llegado tarde y mal a la guerra. Y cuando lo hizo, lo primero que vio fue los cuerpos de los ejecutados ser arrojados por las almenas de la ciudad, mientras él no podía hacer otra cosa si no vislumbrar de forma impasible, cómo iban cayendo uno a uno, destrozados por la dragona y su aliento, o sus fauces. Se manchó las manos con la sangre de los ejecutadores, retirando sus cuerpos para enterrarlos con dignidad. No le importó hacerlo. Pero cada uno de los cuerpos era como una losa cada vez más pesada sobre sus hombros.

Los defensores de Imnescar. Sus hermanos de Hydcont. Demasiados como para recitar sus nombres uno por uno, pues llevaría más tiempo del que él era capaz de estar pensando.

Pasados a cuchillo, en un movimiento oportunista del Imperio de Sothilis. Aquello que llevaban defendiendo siglo y medio, destruido de un plumazo. No sabía cómo habían llegado a aquella situación. Pero no había quedado alma con vida. Sus hermanos cruzados, los caballeros de las dieciséis estrellas una vez ordenados por Selise, que tantas veces habían servido con él, en guardias largas y casi interminables en los muros de la fortaleza, que habían patrullado los lindes de los Dientecillos con ellos. Ya no estaban. Se fueron. Los echaron del corriente de la vida. Debía haber sangrado con ellos, quizás.

Lady Erin de Selûne.

Su incapacidad de luchar se cobró una vida que debía seguir entre ellos. Una espada más valiente que cualquier otra. Alguien que luchaba y sonreía, que daba esperanza. Incluso en el momento más oscuro, la centella de su espada hacía frente a los latigazos abisales de un diablo de la sima, donde todos los demás habían caído. La cicatriz de su brazo, en forma de un látigo llameante, que serpenteaba hasta su omóplato, ardía al pensar en su amiga y compatriota. Una semielfa que merecía la inmortalidad. Aquel día perdió algo más que la coordinación de su mano izquierda, o a su compañero animal. Aquel día perdió a un ejemplo a seguir, aquel día perdió a una amiga. Aquel día perdió un rayo de esperanza.

Resolló. Alzó el pico. Golpeó. Un gruñido furioso salió de su boca. ¿En qué momento había dejado de darse importancia? ¿En qué momento había decidido que debía dejar de ser humano? ¿En qué momento había decidido que debía permanecer impasible, que el dolor y la bilis se emponzoñase por dentro hasta que no pudiera más?

—Capitán, es suficiente. -La voz de uno de los capataces se dejó oír detrás de él. —Nos llevaremos las rocas y volveremos con el carro vacío.

Pero Eothain hizo caso omiso. Otra roca se desprendió. Y otra. Y otra. Los músculos le ardían por dentro.

Zilvra.

No estaba muerta, pero Amn le había pasado una factura impagable. Había sufrido y cometido errores. Muchos de ellos, todo ese sufrimiento, por estar a su lado. Una mujer a la que había jurado amar y proteger en su momento, que lo habían dado todo el uno por el otro en incontables ocasiones – no siempre con el mejor de los resultados, pero había sido un tiempo feliz. Y los sacrificios que hicieron, acabaron pagándose de una forma demasiado cuantiosa. Su ausencia se sentía pesada, cada día más. Era obcecada, orgullosa y valiente. Tanto, que estuvieron seis años juntos.

Pero Amn marcó el fin de aquello. El dolor de Zilvra fue demasiado.

1751291019652.pngEl pico quebró otro trozo de roca, que cayó aplomo, frente a los pies de Eothain. Él ni siquiera se movió, indiferente de si le caía sobre un pie, o quizás lo tenía ya calculado. Probablemente todas las horas que se había pasado sacando metal de menas en el pasado le habían otorgado un sexto sentido privilegiado para evitar esa clase de lesiones. No lo sabía. Le daba lo mismo, realmente.

Su mente estaba en otra parte.

¿En qué momento había dejado de permitirse sentir dolor? ¿El suyo propio? ¿En qué momento había decidido que su vida no valía nada, como para ignorar toda aquella culpa, el arrepentimiento, la ira? ¿En qué momento había perdido su humanidad de vista? ¿En qué momento decidió convertirse en un gólem con una espada? Es cierto, tenía sentido del humor. Pero era un humor velado, una armadura que se ponía para ocultar las cicatrices y que no se viera su debilidad. Si le preguntaban si estaba bien, respondía con un chascarrillo, y seguía con su vida. Y cuando no podía más…

—Recomponte, eres el capitán. -Se dijo a sí mismo, como una especie de mantra, una suerte de droga que le obligaba a recomponerse. Una frase que le habían repetido tanto, y tantas veces, que acababa de perder el sentido, pero de alguna manera compelía a su corazón a endurecerse de nuevo, aunque estuviera a punto de romperse. —Has de estar bien. Debes hacerlo.

Debes hacerlo.

Debes.

Ahora su deber no estaba con los caídos solamente. Tenía corazones de los vivos a los que sanar. Se lo debía a ellos, al Capítulo. A aquellos que eran sus hermanos, sus amigos, familia postiza, muchos de ellos. Debía estar bien. Debía obligarse a estarlo, aunque eso supusiera una eternidad de soledad con sus pensamientos marchitos y la bilis en la garganta, con el corazón permanentemente en tensión y las heridas que nunca cicatrizaran. Nunca quiso ser capitán. Pero debía hacerlo.

Sir Vor.
Sir Galahad.
Sir Arthur.
Sir Gareth.
Lady Erin.
Zilvra.
Por los caídos de Imnescar.
Por los mártires de Selûne.
 

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