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Pesquisas de un monje Fúnebre

Juan

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El comienzo de la senda
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Largo tiempo hace que descubrí por primera vez lo que era el Ki, ingenuo de mí, pensaba que el llegar ahí era la meta, cuando en realidad era la linea de partida.

Ese momento en el que fugazmente todo se alinea, en el que todo cobra sentido, cuando descubres con asombro y cierto temor el poder destructivo que puedes llegar a desatar con tu propio cuerpo. En ese momento, vuelves a nacer.

No fue un camino fácil pues los duros entrenamientos, la frustración al no ver resultados y el dolor físico resultante de todo ello hacían mella día a día en mi voluntad, pero una vez se vislumbra la primera chispa, cuando notas por fin el fluir en tu cuerpo por mínimo que sea, se despejan todas las dudas, se recupera todo el aliento y tan sólo quieres más.

Quizá si me hubiera quedado en el templo mi evolución hubiera sido más rápida ya que, aunque me enseñaron las bases, tuve que hacer una gran esfuerzo por comprender y conocer el Ki en sus diversas formas y usos.

La primera persona que conocí en el uso del Ki tras escapar del templo fue Kaia, hoy una buena amiga, haciéndolo de una forma desconocida para mí. Aunque blandía su arma muy torpemente, de vez en cuando conseguía encauzar a través de su acero, descargando una energía en sus golpes inigualable. En sus historia me contó del tipo que le había enseñado, de increíble habilidad, y todo eso me causó una gran curiosidad. Debía conocer más, más usos del Ki, más formas de aprovechar la energía, pero siguiendo mi propia senda.

La meditación, el ejercicio físico, el endurecimiento del cuerpo, la preparación de la mente, la respiración, la intriga por conocer más y por último, el aprovechamiento de la energía con equilibrio. Esas son las herramientas que tengo para avanzar y desentrañar los secretos de la energía que lo sustenta todo, y utilizarla para erradicarlos.
 

Juan

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Respiración y meditación​


Jamás imaginé que en el Camposanto de la capital hubiera tal cantidad de muertos en vida, amenazando el equilibrio natural de las cosas y la vida de aquellos a los que no les ha llegado la hora de su juicio. Como mi labor es, tras destrozar sus cuerpos y bendecir los restos con agua de la pila que se encuentra en La Espiral de la Almas, me adentré en la cripta de la que parecían emanar. Todos los alzados fueron forzados a descansar en paz, y el nigromante responsable de ello recibió su justo juicio.

Moderadamente herido y ciertamente alterado logré salir de allí, pero mi sosiego, mi calma estaba rota. Notaba como perdía el control sobre mi propio equilibrio, sobre mi Ki, y recordando las enseñanzas sobre la respiración y la meditación, junto el altar del Juez de los Muertos, me dispuse a reencontrarme conmigo mismo.

Arrodillado junto al monumento de piedra oscura di unas profundas respiraciones, manteniendo el aire unos instantes antes de soltarlo lentamente relajando el abdomen, buscando armonizar mi cuerpo y mente a través del flujo de mi ki. Tras ese inicio cerré los ojos, me sumergí en la quietud, dejando que mi respiración se volviera rítmica y constante.

Visualicé mi ki como un río serpenteante, lleno de energía primigenia. Con cada inhalación, sentía cómo el flujo se fortalecía, nutriendo cada célula de mi cuerpo. Con cada exhalación, liberaba cualquier tensión o bloqueo, permitiendo que el ki fluyera con mayor libertad.

Mientras meditaba, me volví consciente de las fluctuaciones naturales de mi ki, reconociendo los momentos de estancamiento y los momentos de fluidez. Con paciencia y determinación, trabajé para despejar cualquier obstáculo que impidiera el libre flujo de mi energía interna.

Con el tiempo, comencé a sentir una profunda conexión con el flujo del universo, sintiendo cómo mi ki se sincronizaba con las fuerzas naturales que me rodeaban. Me convertí en un observador sereno de mi propia energía, capaz de dirigirla con precisión y gracia.

Al final de mi meditación, emergí con una sensación de paz y renovación. Sabía que, al cultivar el flujo armonioso de mi ki, me convertía en un instrumento más efectivo del juicio y la justicia de Kelemvor, llevando equilibrio y orden al mundo que me rodeaba.

Finalmente abrí los ojos, sin saber si habían sido minutos u horas lo que estuve ahí, pero mis heridas habían sanado, la energía que logré canalizar sanó mi cuerpo y mi mente, y de algún modo me sentí fortalecido. Mi vinculo con el Ki se había hecho más estrecho y fuerte que nunca antes.
 

Juan

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Disciplina y Endurecimiento​


No era nuestra especialidad, pero nos pidieron ayuda y allí estábamos Julieth la sacerdotisa de la Muerte, Z'arenthil el Githzerai y yo, en los subterráneos de Agujas de Oro combatiendo unos golems que al parecer se habían vuelto locos.

Estas criaturas me recordaban en parte a los muertos vivientes, son corazas vacías que no necesitan descansar, sin puntos vitales a los que poder atacar y de una determinación para con su objetivo colosal.

Íbamos avanzando sin demasiados problemas gracias a las plegarias de la sacerdotisa y la potente puntería de la verde criatura con su rifle. Constructos de diferentes tipos salían a nuestro paso, unos metálicos, otros con aspecto de tener piel de gema, algunos parecían haber sido construidos con más paciencia y cariño a diferencia de los menos favorecidos que lucían a medio hacer o incompletos. Pero todo ellos tenían algo en común: querían destruirnos. Afortunadamente sus golpes eran lentos, fáciles de esquivar o protegerse, y así llamaba su atención mientras mis compañeros destrozaban sus cuerpos hasta dejarlos inoperativos.

Así nos abrimos paso hasta llegar a él, la obra magna, un enorme golem que brillaba como el diamante reflejando nuestra luz en aquella oscura mazmorra. Me dispuse a encararle, siguiendo la estrategia que nos había llevado hasta ese punto, pero él si era rápido, muy rápido y fuerte, tanto que de un manotazo me apartó como si fuera una mosca, mandándome por los aires hasta que mis huesos pararon contra una de las columnas. La siguiente fue Julieth, llendo al suelo con la embestida de la desbocada creación diamantina, aguantando desde esta posición sus golpes con el escudo. El gran tirador, uno de los mejores de Amn, disparaba sin cuartel pero parecía inamovible en su empeño por aplastar a la sacerdotisa. Raudo me recompuse y fui en carrera hacia el golem, pateando la pierna de este intentando llamar su atención o desequilibrarlo, necesitábamos tiempo para que los daños del fusil comenzaran a hacer mella en la dura piel del golem, pero parecía ni sentir mis golpes y en ese momento recordé un día en los jardines del templo. . .

Cuando llegué allí mis compañeros llevaban ya tiempo entrenando su cuerpo y su mente, me llevaban una gran ventaja, su disciplina era ejemplar y siempre iba un paso por detrás, o dos. Jamás ganaba un combate, mis golpes no eran lo suficientemente duros, mi cuerpo no era lo suficientemente resistente y mi maestro me dio un ultimátum, pues me expulsaría de no cambiar mi condición, pues lastraba el aprendizaje de los demás.

Así que, aunque los entrenamientos era agotadores, exhausto salía a los jardines, en soledad, a trabajar mi endurecimiento. Debía usar esa pequeña chispa de Ki que había comenzado a notar, hacerla fluir hasta mis golpes o destrozar mi cuerpo en el intento. Un día tras otro, patada tras patada, descargando toda mi potencia contra la corteza de una palmera, soltando un grito entre rabia, agonía y ganas de más con cada uno de los impactos bajo las miradas burlonas de algunos de mis compañeros, hasta que conseguí conectar mi Ki con mis golpes, sincronizándolos y la palmera quebró, sin poder aguantar los impactos.


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Y llegó el día de la prueba, donde tendría que enfrentar a uno de mis compañeros y si era nuevamente vapuleado estaría expulsado para siempre del templo. Él, confiado se lanzó al ataque golpeándome, pero su ilusoria superioridad pronto le pasaría factura, pues entró en mi juego y nos dispusimos a probar nuestras piernas y dureza siendo destrozado, conseguí mi primera victoria, mi continuidad y el respeto de mis compañeros que, desde ese momento, entrenamos como iguales.


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Podía verla, podía ver aquella palmera en la enorme pierna de ese golem, casi en cámara lenta ver a la sacerdotisa casi agotada aguantando heróicamente los embistes fatales de la enloquecida creación, y al igual que entonces, soltando gritos de bravura con cada impacto, sin importar nada más, uno tras otro en el mismo punto, logré superar la resistencia de su estructura obligándole a clava la rodilla al destrozarle la pierna. En ese tiempo la maltrecha pero llena de coraje Julieth retomó posición siendo ahora ella la que embestía con toda la potencia que el Juez le había prestado, segando uno de los brazos del golem y clavando su espada en el centro de su pecho, para que el fusilero planario lograra con un certero disparo destrozar la cabeza de la criatura ya dañada, haciendo que finalmente cayera para darnos la victoria.

Jadeantes en el suelo cruzamos miradas la sacerdotisa y yo, para luego elevar la vista hacia Z'arenthil, que impasible se encendía uno de sus rollitos de opio y nos miraba esperando que le diéramos las gracias. Sonreí sabiendo que podía contar con ellos, y ellos podrían hacerlo conmigo hasta mi último aliento.
 
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Juan

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El esfuerzo y la constancia como bases de la perfección


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Como todo arte, el manejo del ki precisa de una dedicación casi total, siendo sus aplicaciones y beneficios casi infinitos, tanto en combate como para uno mismo. Tan sólo estoy descubriendo como hacerlo fluir, como sentirlo para poder sanar mi cuerpo, acabar con la enfermedad o resistir los venenos que los enemigos de la vida intentan volcar hacia mí durante la lucha, incluso he llegado en alguna ocasión a sentir la energía mágica, pudieron escudarme con un torrente de mi propio Ki para no ser dañado por ella.

Pero estos descubrimientos propios que hago, gracias al esfuerzo y la suerte, no son nada en comparación con lo que aprendo cuando trato con otros usuarios del Ki. Cada vez he conocido más, que lo entienden de forma similar pero distinta a mí, que lo usan de formas que desconocía se podía hacer y que tienen conocimientos profundos para poder avanzar en la senda.

Claros ejemplos son mi buena amiga Kaia, que lo canaliza a través de una enorme hoja de siega, el sargento Miller, el cual usa un tremendo espadón de dos manos, una elfa muy fina llamada Calendil, que se mostró algo reacia a hablar sobre el tema y el curioso tipo llamado Helios, con profundos conocimientos que desconocía y que canaliza, al igual que yo, con las manos vacías.

Con este último tuve la suerte de mantener una larga conversación bajo la atenta mirada de la señora Jadzia sobre sus orígenes, como entendemos el Ki y hasta donde pretende llevar su uso en un ejercicio de autoconocimiento. Hubo algo que me impactó e interesó inmensamente de lo que dijo, buscaba trascender el cuerpo material, fundirse con la energía, o al menos eso entendí. La idea de la etereidad me parecía un imposible hasta que, finalizada la conversación, decidimos medirnos en un combate.



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Sus movimientos eran ágiles, rápidos, muy rápidos y su técnica diferente a todo lo que antes había visto. Quizá eran los movimientos del estilo que reinaba en el Imperio que comentaba, puede que los hubiera pulido como propios, pero eran tan sutiles y limpios que me costaba esquivarlos.

Pero entonces sucedió. No se si sería gracias a los dones que anteriormente dijo que recibió de sus ancestros como regalo, si fue un uso extremadamente avanzado del Ki, o una comunión de ambos, pero desapareció de mi vista fundiéndose con la oscuridad en un instante. Le podía sentir acechante, buscando donde golpearme para abatirme, haciendo llegar a mi memoria las horas que pasábamos a combatiendo a ciegas, estando siempre preparados, ayudándome a evitar sus ataques.



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Finalmente decidimos dejar en tablas el enfrentamiento, me resultó muy extraño que algien con sus conocimientos y dones no me abatiera rápidamente, sin duda sólo me estaba probando y su declaración final, advirtiendo que en nuestro próximo encuentro no tendría miramientos, me lo confirmó.

Realmente no me preocupaba que fuera con todo la próxima vez, al contrario, lo deseaba, pero si había algo que no dejaba de rondarme la mente, la etereidad de la que habló. ¿Qué sería exactamente? ¿Cómo llegar a tal dominio del Ki? Una cosa tenía clara, debía unir a todos los que he ido conociendo, debo aprender de todos ellos para completar mi arte, un estilo propio, el de la Orden de la Balanza, un estilo con el que llevaré el equilibrio que han perdido en el Lago del Vaho.
 

Juan

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La vida, la muerte y la muerte viviente


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La vida, ese bendito milagro que tan acostumbrados estamos a verlo que no lo valoramos. Cada individuo, desde el más pequeño animal hasta el más inmenso y majestuoso árbol poseen vida, que debe ser respetada, venerada y honrada su existencia en su final.

Así mismo, todos los seres vivos toman prestada parte de la energía que nos rodea, esa energía primordial como la llamaba el señor Misog, y la purifican, la transforman en energía vital, esencial para mantener la vida. Mas sólo es un préstamo, ya que cuando la vida llega a su fin dando paso a la muerte, esa energía es devuelta para que otros seres vivos hagan uso de ella.



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La muerte, temida, odiada, incierta y necesaria. Es el primer paso para comenzar el bendito camino inexorable hacia el reino de los muertos, donde ser juzgado o condenado al Muro de los Lamentos. Quienes de verdad comprenden a la muerte no derraman lágrimas ante las tumbas, pues es un paso más en la existencia, necesario para que se complete el ciclo, para que florezca nueva vida que algún día se extinguirá para nuevamente dar lugar a otra nueva y así, eternamente.

Dementes buscan alargar su vida de forma antinatural, buscando algunos incluso ser inmortales, incautos, egoístas, aberrantes, perniciosos y sobre todo estúpidos, pues no comprenden que la única forma de alcanzar de cierto modo la inmortalidad es el legado. Tus enseñanzas, tu esencia, los cambios que logres hacer en otros seres vivos que vayan inculcando a sus iguales, generación tras generación, es la única forma de seguir existiendo tras la extinción de la vida y del recuerdo.



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La muerte viviente, la contraparte de la vida, la más absoluta aberración que puede existir pues ha tomado parte de la energía prestada y la ha corrompido, retorcido y transformado en impía energía, conocida como negativa. Esta fuerza, contraria a toda vida, es dañina para toda criatura que no esté muerta, destruyendo su carne y huesos, expulsando la energía vital, la energía positiva de su cuerpo a través de un intenso dolor comparable al del fuego, pero en la misma alma.

Pero también ocurre lo contrario. Cuando a un muerto viviente se le trata con energía positiva, la energía de la vida, la energía impía que le permite existir anti-naturalmente es purificada, devuelta a su forma original, dañándole y debilitando su vínculo con la muerte viviente, pudiendo llegar a lograr dejarle totalmente desprovisto de ella, causando su merecido final y dando paz a su espíritu, que ahora se deberá postrar ante la pesada mirada el Juez y someterse al juicio de la Balanza de Hueso.


El Ki, parte de esa energía primordial siendo canalizada por un ser vivo puede ser usada para purificar esa energía negativa. El fluir de la energía, desde el tandem hacia cualquier parte del cuerpo, pudiendo ser usado para ser explosiva en un golpe certero o en este caso, canalizarla a otro ser vivo para ser sanado o a un muerto viviente para ser destruido, manteniendo el equilibrio, haciendo que todo tome sentido, pues soy el que contempla la vida y la muerte, soy vida para los vivos y soy muerte para los muertos.


Soy muerte para los muertos.

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