Bastthot
Niño sin padres ni hospicio
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- Gracias, Can’yahn, puedo seguir desde aquí.
Selûne brillaba casi en su entereza en el cielo nocturno, y a mí me estaba costando mucho menos de lo habitual concentrarme en lo que había delante de mí, y no encima.
Un pequeño pueblo pesquero. No más de 50 o 60 habitantes. Othignien. El lugar donde crecí. Mi pueblo.
Paseé sin ser muy consciente de mis pasos por las pocas calles del pueblo, recordando todo tipo de cosas que me pasaron cuando era más pequeña entre sus casas y en el muelle… Hasta que llegué a la mía: a mi casa.
Entré, y la parte de mi interior que estaba sumida en los recuerdos se quebró al no escuchar más sonido que el de la madera gimotear, y al no ver más luz que la de la Luna en mi antigua vivienda.
Ante mi tenía la pequeña sala de estar exactamente igual que cómo la había dejado al irme, aunque afectada por el tiempo, la humedad, y el aire salado del pueblo: las sillas bien puestas, la mesa en su sitio, y encima de ella un pequeño jarrón con una rosa blanca… Completamente seca.
- Hola.
Por supuesto, no esperaba que nadie me contestara… Dije automáticamente lo que decía siempre que entraba en casa, y lo adorné con un bonito suspiro nostálgico al darme cuenta de lo que acababa de hacer.
Abrí todas las ventanas de la sala, permitiendo que el aire de la noche entrara en la casa, y me senté en una silla, mirando hacia la pequeña cocina que tenía delante.
Reí, y el sonido resonó con un tono casi fantasmagórico por la silenciosa estancia. Aquella había sido la primera vez que hice magia. Tenía diez años.
Me quedé delante de lo que una vez fue la habitación de mis padres… Donde dormían.
Fue un acto inconsciente… No me preguntéis por qué lo hice… Pero puse la oreja en la puerta, tratando de escuchar, igual que hacía cuando ellos pensaban que estaba durmiendo en mi habitación.
Abrí la puerta de la habitación de mis padres. Una cama, una lámpara llena de polvo y una cómoda con alguna que otra prenda… Me apresuré a abrir las ventanas, igual que había hecho en el salón.
La última parte de la casa que quedaba por abrir era mi habitación.
Abrí también la única ventana que tenía en mi antigua estancia, y me dejé caer en esa cama en la que tantas veces había soñado, dormida y despierta.
Lo último que hice antes de cerrar los ojos y caer en el profundo sueño que invocó ese recuerdo en mí, fue tocarme la frente… Donde mi padre solía darme un beso de buenas noches.
***
* Toc Toc Toc *
Alguien aporreaba la puerta. Me levanté y fui a abrir. Pero no había nadie detrás de la puerta.
- Vaya, vaya, vaya… Y yo que creía que había entrado alguien a robar y tendría que darle su merecido…
Reconocí esa voz al instante… Me giré sin siquiera pararme a confirmar mi sospecha, abalanzándome precipitadamente sobre propietario de esa voz que tanto había significado una vez para mi, y que ya me estaba esperando con los brazos abiertos.
- Hola, Ly.
- Te he echado de menos…
Le liberé de mi abrazo constrictor al cabo de unos instantes, y aproveché para examinar al que antes de irme del pueblo fue… Mi amante.
- El tiempo te ha tratado bien. Estás preciosa. Más preciosa.
- Lástima que no pueda decir lo mismo de ti… ¡Vas hecho un asco, Dante!
Mentí descaradamente. Estaba aún más guapo que cuando me fui… Todo vestigio de niñez había desaparecido del corpachón de Dante, y el trabajo en el barco pesquero había conseguido que poseyera un cuerpo muy bien formado y muy bien bronceado. Su pelo rubio había adquirido un tono más tostado, y sus ojos azules tenían una mirada mucho más profunda… Pero su sonrisa traviesa seguía donde la dejé, marcando esos hoyuelos que tanto me gustaban en sus mejillas.
***
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Las olas mecían el barco de Dante como si de una cuna se tratara. Realmente recuperamos el tiempo perdido…
Él entendía perfectamente el motivo que me había hecho volver a Othignien, y de hecho esperaba que lo hiciera. ”En realidad has vuelto porqué no podías pasar más tiempo sin verme, pero no quieres confesarlo.”
Algo de razón llevaba, ese mentecato de mar… Le había echado mucho de menos… Pero en ese momento, a punto de llegar al lugar más sagrado que existe para mí, no tenía mis energías concentradas en pensar una réplica ingeniosa.
Mis manos nerviosas jugueteaban con las alianzas de mis padres que llevaba en mis bolsillos. Ese era el recuerdo más especial que me quedaba de ellos: las alianzas que había traído la marea a la orilla, guiadas por alguien a quien estaré eternamente agradecida.
Sentía cada vez más la necesidad imperiosa de tirarme por la borda y salir huyendo… Acercarme al lugar donde probablemente murieron… Me causaba un pánico atroz e inexplicable, pero al dar un paso atrás me topé con el pecho de Dante, y al mirar hacia arriba vi esos hoyuelos que tanto me gustan, y una sonrisa desafiante en el rostro.
- Tienes que hacer esto, Ly. Y yo tengo que ayudarte a hacerlo. Quiero volver a verte sonreír como antes.
Sólo él me llamaba “Ly”, y oír ese apelativo me infundió algo de valor. Atiné a asentir.
Nos fuimos acercando… El lugar en realidad no tenía nada de especial. En medio del mar pero aún viendo la costa, asomaban dos salientes rocosos que intentaban tocarse con sus afiladas puntas. Allí nací yo, y allí murieron ellos.
- Diles lo que necesitas decirles, Ly… Aquí y ahora seguro que te escuchan.
Saqué las dos alianzas del bolsillo, las mantuve en mi puño cerrado, y por primera vez desde que regresé a Othignien, me encaré al cielo nocturno y a su Doncella, que brillaba llena en él.
- Necesito… Necesito que les digas algo a mis padres… Necesito dejar de cargar con sus muertes y necesito que me perdonen…
Yo… Era una cría, no sabía lo que iba a pasar… Ellos querían que viniera a este mismo sitio este mismo día, para darte las gracias por todo lo que has hecho por mi… Pero yo quise quedarme en Othignien, con Dante… Quería estar con él. Pensé que ya tendría tiempo para estar con mis padres y contigo, que debía aprovechar esos momentos que teníamos… Pero me equivoqué.
No tengo ni idea de si fue Úmberli, o de si te enojaste porqué no fui con ellos, o de si era su destino, o de si simplemente ocurrió por un golpe de azar… Lo único que sé es que la última vez que hablé con mis padres acabamos discutiendo, y que ya no están.
Y yo intento cada día sonreír, cómo sé que ellos querrían que hiciera… Pero cada día me veo menos capaz, y cada día les hecho más de menos…
No sé por qué te estoy contando esto, cuando ya lo sabes… Supongo que lo que intento… Es volver al lugar en el que todo comenzó y acabó para que pueda reconciliarme con mi pasado y seguir adelante con mi vida…
Pero no me estaba sintiendo mejor. No encontré ninguna respuesta en el cielo. Ni real ni imaginaria… Solía imaginarme lo que decía el cielo nocturno cuando le hacía preguntas… Era un modo de poner las cosas en perspectiva.
Miré a Dante. Estaba serio. No había hoyuelos en su rostro que me dieran ánimos, sólo me miraba con esa mirada nueva que tenía.
Volví a cargarme de fuerza y lo intenté de nuevo.
- Ellos siempre decían…
- ¿Por qué haces eso?
Dante me interrumpió súbitamente, con tono represivo en la voz, y mirándome con una expresión que no logré destilar.
- ¿Qué?
- Eso, hablar constantemente de lo que hacían y decían tus padres. Desde que te he encontrado no has parado de recordarme todo lo que te enseñaron.
- Es la forma que tengo de mantenerlos vivos y a mi lado…
- Pero no están vivos, Ly. ¿Por qué quieres mantenerlos con vida?
Ese comentario me atravesó como una saeta envenenada, y apreté los anillos de mis padres en la mano, mirando a Dante con una expresión más bien sombría. Pocas veces había sentido esa sensación.
- Están muertos, Lyanne… Acéptalo. Su vida acabó.
- ¡Cállate! ¡Puedo mantenerlos vivos para mí si me esfuerzo en recordar todo lo que me enseñaron, y puedo mantenerlos vivos para el mundo si puedo decir lo que ellos decían! No deberían estar muertos…
¡Fue tu culpa! ¡Por tu culpa ellos murieron! ¡Me quedé contigo cuando debería haber ido con ellos!
Las palabras salían de mi boca como dardos ponzoñosos. Quería hacerle daño, y ni siquiera me sorprendió. La memoria de mis padres no podía ser mancillada por nadie.
Dante resistió impasible mi embestida verbal, y respondió con tono tranquilo.
- Tienes razón al estar enfadada. Llevas mucho tiempo guardándote esa sensación, ¿Verdad? Pero yo no soy el motivo de tu enfado, Ly… No deberías estar enfadada conmigo… Deberías enfadarte con ellos.
Eran humanos, Ly, no dioses… Tenían tanto derecho a tomar sus propias decisiones y a cometer sus propios errores como tú.
Tomaron una decisión, y esa decisión tuvo sus consecuencias. Tú no tuviste nada que ver en su muerte. Murieron por su propio pie, y seguro que estén donde estén, se sienten orgullosos y aliviados de no haberte llevado consigo… Pero seguramente ahora se sientan apenados… Porqué su hija intenta con todas sus fuerzas vivir la vida que ellos dejaron atrás.
Ly… Intentas mantenerlos vivos, pero no por el mundo, ni por ti… Crees que debes hacerlo porqué ellos merecían vivir más, y crees que predicando sus enseñanzas como si de un dogma divino se tratara expiarás tu culpa… Pero no hay culpa que expiar.
La rabia aumentaba con cada palabra que salía del hermoso rostro de la persona de Faerûn que probablemente me conocía mejor de todas. Si en ese momento hubiera tenido alguno de los pergaminos ofensivos que me ofreció Nizz, probablemente lo habría usado contra él.
- ¡Eso es! ¡Enfádate! ¡Enfádate con ellos por haberte dejado sola y perdida! No es malo enfadarte porqué no te enseñaron esta lección de la vida.
Un grito de desesperación inundó mis pulmones, mientras de mis ojos salían lágrimas a borbotones. Pero mi furia no iba dirigida a Dante. Me giré hacia el cielo nocturno y empecé a vociferar contra algo o alguien que sabía que estaba allí, escuchando.
- ¿¡Por qué?! ¡¿Por qué os fuisteis y me dejasteis tan sola?! ¡Yo era vuestra Estrella! ¡No estaba preparada para algo así, y os atrevisteis a dejarme!
Me sorprendí. Esa vez sí. Había conseguido algo. Me sentía… Más ligera, como si hubiera liberado algo de esa carga que llevaba conmigo hace ya tiempo.
- Y ahora que ya les has concedido el privilegio de volver a ser humanos, y de que has aceptado que sus decisiones y sus errores son tan legítimos como los tuyos… Puedes liberarles de esa falsa divinidad de la que los has hecho presos… Puedes dejar de vivir la vida que ellos no tuvieron, y empezar a vivir TU vida. La que ellos te dieron… La que tiene que ser un faro en la oscuridad.
Las palabras de Dante cobraban sentido en mi cabeza y en mi alma a una velocidad vertiginosa. Sabía lo que diría antes de que abriera la boca, y había liberado a mis padres de mi alma mucho antes de que terminara de hablar.
Cogí las alianzas, que hasta ese día habían permanecido en mi bolsillo como reliquias sagradas, y me las puse ambas en un mismo dedo.
Selûne y sus Lágrimas brillaban fuertemente entonces, y quizás me imaginé que estaban complacidas de que finalmente hubiera encontrado la paz que buscaba, y que hubiera decidido vivir la vida que me ha tocado, y no las que me arrebataron.
Oí tres voces en ese momento, que hicieron que mi sonrisa volviera a mis labios, con más fuerza que nunca: una fue la de Dante. Las otras dos, quizás me las imaginé, o quizás no.
Feliz Cumpleaños, Lyanne.
- Gracias, Can’yahn, puedo seguir desde aquí.
Selûne brillaba casi en su entereza en el cielo nocturno, y a mí me estaba costando mucho menos de lo habitual concentrarme en lo que había delante de mí, y no encima.
Un pequeño pueblo pesquero. No más de 50 o 60 habitantes. Othignien. El lugar donde crecí. Mi pueblo.
Paseé sin ser muy consciente de mis pasos por las pocas calles del pueblo, recordando todo tipo de cosas que me pasaron cuando era más pequeña entre sus casas y en el muelle… Hasta que llegué a la mía: a mi casa.
Entré, y la parte de mi interior que estaba sumida en los recuerdos se quebró al no escuchar más sonido que el de la madera gimotear, y al no ver más luz que la de la Luna en mi antigua vivienda.
Ante mi tenía la pequeña sala de estar exactamente igual que cómo la había dejado al irme, aunque afectada por el tiempo, la humedad, y el aire salado del pueblo: las sillas bien puestas, la mesa en su sitio, y encima de ella un pequeño jarrón con una rosa blanca… Completamente seca.
- Hola.
Por supuesto, no esperaba que nadie me contestara… Dije automáticamente lo que decía siempre que entraba en casa, y lo adorné con un bonito suspiro nostálgico al darme cuenta de lo que acababa de hacer.
Abrí todas las ventanas de la sala, permitiendo que el aire de la noche entrara en la casa, y me senté en una silla, mirando hacia la pequeña cocina que tenía delante.
Reí, y el sonido resonó con un tono casi fantasmagórico por la silenciosa estancia. Aquella había sido la primera vez que hice magia. Tenía diez años.
Me quedé delante de lo que una vez fue la habitación de mis padres… Donde dormían.
Fue un acto inconsciente… No me preguntéis por qué lo hice… Pero puse la oreja en la puerta, tratando de escuchar, igual que hacía cuando ellos pensaban que estaba durmiendo en mi habitación.
Abrí la puerta de la habitación de mis padres. Una cama, una lámpara llena de polvo y una cómoda con alguna que otra prenda… Me apresuré a abrir las ventanas, igual que había hecho en el salón.
La última parte de la casa que quedaba por abrir era mi habitación.
Abrí también la única ventana que tenía en mi antigua estancia, y me dejé caer en esa cama en la que tantas veces había soñado, dormida y despierta.
Lo último que hice antes de cerrar los ojos y caer en el profundo sueño que invocó ese recuerdo en mí, fue tocarme la frente… Donde mi padre solía darme un beso de buenas noches.
***
* Toc Toc Toc *
Alguien aporreaba la puerta. Me levanté y fui a abrir. Pero no había nadie detrás de la puerta.
- Vaya, vaya, vaya… Y yo que creía que había entrado alguien a robar y tendría que darle su merecido…
Reconocí esa voz al instante… Me giré sin siquiera pararme a confirmar mi sospecha, abalanzándome precipitadamente sobre propietario de esa voz que tanto había significado una vez para mi, y que ya me estaba esperando con los brazos abiertos.
- Hola, Ly.
- Te he echado de menos…
Le liberé de mi abrazo constrictor al cabo de unos instantes, y aproveché para examinar al que antes de irme del pueblo fue… Mi amante.
- El tiempo te ha tratado bien. Estás preciosa. Más preciosa.
- Lástima que no pueda decir lo mismo de ti… ¡Vas hecho un asco, Dante!
Mentí descaradamente. Estaba aún más guapo que cuando me fui… Todo vestigio de niñez había desaparecido del corpachón de Dante, y el trabajo en el barco pesquero había conseguido que poseyera un cuerpo muy bien formado y muy bien bronceado. Su pelo rubio había adquirido un tono más tostado, y sus ojos azules tenían una mirada mucho más profunda… Pero su sonrisa traviesa seguía donde la dejé, marcando esos hoyuelos que tanto me gustaban en sus mejillas.
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Las olas mecían el barco de Dante como si de una cuna se tratara. Realmente recuperamos el tiempo perdido…
Él entendía perfectamente el motivo que me había hecho volver a Othignien, y de hecho esperaba que lo hiciera. ”En realidad has vuelto porqué no podías pasar más tiempo sin verme, pero no quieres confesarlo.”
Algo de razón llevaba, ese mentecato de mar… Le había echado mucho de menos… Pero en ese momento, a punto de llegar al lugar más sagrado que existe para mí, no tenía mis energías concentradas en pensar una réplica ingeniosa.
Mis manos nerviosas jugueteaban con las alianzas de mis padres que llevaba en mis bolsillos. Ese era el recuerdo más especial que me quedaba de ellos: las alianzas que había traído la marea a la orilla, guiadas por alguien a quien estaré eternamente agradecida.
Sentía cada vez más la necesidad imperiosa de tirarme por la borda y salir huyendo… Acercarme al lugar donde probablemente murieron… Me causaba un pánico atroz e inexplicable, pero al dar un paso atrás me topé con el pecho de Dante, y al mirar hacia arriba vi esos hoyuelos que tanto me gustan, y una sonrisa desafiante en el rostro.
- Tienes que hacer esto, Ly. Y yo tengo que ayudarte a hacerlo. Quiero volver a verte sonreír como antes.
Sólo él me llamaba “Ly”, y oír ese apelativo me infundió algo de valor. Atiné a asentir.
Nos fuimos acercando… El lugar en realidad no tenía nada de especial. En medio del mar pero aún viendo la costa, asomaban dos salientes rocosos que intentaban tocarse con sus afiladas puntas. Allí nací yo, y allí murieron ellos.
- Diles lo que necesitas decirles, Ly… Aquí y ahora seguro que te escuchan.
Saqué las dos alianzas del bolsillo, las mantuve en mi puño cerrado, y por primera vez desde que regresé a Othignien, me encaré al cielo nocturno y a su Doncella, que brillaba llena en él.
- Necesito… Necesito que les digas algo a mis padres… Necesito dejar de cargar con sus muertes y necesito que me perdonen…
Yo… Era una cría, no sabía lo que iba a pasar… Ellos querían que viniera a este mismo sitio este mismo día, para darte las gracias por todo lo que has hecho por mi… Pero yo quise quedarme en Othignien, con Dante… Quería estar con él. Pensé que ya tendría tiempo para estar con mis padres y contigo, que debía aprovechar esos momentos que teníamos… Pero me equivoqué.
No tengo ni idea de si fue Úmberli, o de si te enojaste porqué no fui con ellos, o de si era su destino, o de si simplemente ocurrió por un golpe de azar… Lo único que sé es que la última vez que hablé con mis padres acabamos discutiendo, y que ya no están.
Y yo intento cada día sonreír, cómo sé que ellos querrían que hiciera… Pero cada día me veo menos capaz, y cada día les hecho más de menos…
No sé por qué te estoy contando esto, cuando ya lo sabes… Supongo que lo que intento… Es volver al lugar en el que todo comenzó y acabó para que pueda reconciliarme con mi pasado y seguir adelante con mi vida…
Pero no me estaba sintiendo mejor. No encontré ninguna respuesta en el cielo. Ni real ni imaginaria… Solía imaginarme lo que decía el cielo nocturno cuando le hacía preguntas… Era un modo de poner las cosas en perspectiva.
Miré a Dante. Estaba serio. No había hoyuelos en su rostro que me dieran ánimos, sólo me miraba con esa mirada nueva que tenía.
Volví a cargarme de fuerza y lo intenté de nuevo.
- Ellos siempre decían…
- ¿Por qué haces eso?
Dante me interrumpió súbitamente, con tono represivo en la voz, y mirándome con una expresión que no logré destilar.
- ¿Qué?
- Eso, hablar constantemente de lo que hacían y decían tus padres. Desde que te he encontrado no has parado de recordarme todo lo que te enseñaron.
- Es la forma que tengo de mantenerlos vivos y a mi lado…
- Pero no están vivos, Ly. ¿Por qué quieres mantenerlos con vida?
Ese comentario me atravesó como una saeta envenenada, y apreté los anillos de mis padres en la mano, mirando a Dante con una expresión más bien sombría. Pocas veces había sentido esa sensación.
- Están muertos, Lyanne… Acéptalo. Su vida acabó.
- ¡Cállate! ¡Puedo mantenerlos vivos para mí si me esfuerzo en recordar todo lo que me enseñaron, y puedo mantenerlos vivos para el mundo si puedo decir lo que ellos decían! No deberían estar muertos…
¡Fue tu culpa! ¡Por tu culpa ellos murieron! ¡Me quedé contigo cuando debería haber ido con ellos!
Las palabras salían de mi boca como dardos ponzoñosos. Quería hacerle daño, y ni siquiera me sorprendió. La memoria de mis padres no podía ser mancillada por nadie.
Dante resistió impasible mi embestida verbal, y respondió con tono tranquilo.
- Tienes razón al estar enfadada. Llevas mucho tiempo guardándote esa sensación, ¿Verdad? Pero yo no soy el motivo de tu enfado, Ly… No deberías estar enfadada conmigo… Deberías enfadarte con ellos.
Eran humanos, Ly, no dioses… Tenían tanto derecho a tomar sus propias decisiones y a cometer sus propios errores como tú.
Tomaron una decisión, y esa decisión tuvo sus consecuencias. Tú no tuviste nada que ver en su muerte. Murieron por su propio pie, y seguro que estén donde estén, se sienten orgullosos y aliviados de no haberte llevado consigo… Pero seguramente ahora se sientan apenados… Porqué su hija intenta con todas sus fuerzas vivir la vida que ellos dejaron atrás.
Ly… Intentas mantenerlos vivos, pero no por el mundo, ni por ti… Crees que debes hacerlo porqué ellos merecían vivir más, y crees que predicando sus enseñanzas como si de un dogma divino se tratara expiarás tu culpa… Pero no hay culpa que expiar.
La rabia aumentaba con cada palabra que salía del hermoso rostro de la persona de Faerûn que probablemente me conocía mejor de todas. Si en ese momento hubiera tenido alguno de los pergaminos ofensivos que me ofreció Nizz, probablemente lo habría usado contra él.
- ¡Eso es! ¡Enfádate! ¡Enfádate con ellos por haberte dejado sola y perdida! No es malo enfadarte porqué no te enseñaron esta lección de la vida.
Un grito de desesperación inundó mis pulmones, mientras de mis ojos salían lágrimas a borbotones. Pero mi furia no iba dirigida a Dante. Me giré hacia el cielo nocturno y empecé a vociferar contra algo o alguien que sabía que estaba allí, escuchando.
- ¿¡Por qué?! ¡¿Por qué os fuisteis y me dejasteis tan sola?! ¡Yo era vuestra Estrella! ¡No estaba preparada para algo así, y os atrevisteis a dejarme!
Me sorprendí. Esa vez sí. Había conseguido algo. Me sentía… Más ligera, como si hubiera liberado algo de esa carga que llevaba conmigo hace ya tiempo.
- Y ahora que ya les has concedido el privilegio de volver a ser humanos, y de que has aceptado que sus decisiones y sus errores son tan legítimos como los tuyos… Puedes liberarles de esa falsa divinidad de la que los has hecho presos… Puedes dejar de vivir la vida que ellos no tuvieron, y empezar a vivir TU vida. La que ellos te dieron… La que tiene que ser un faro en la oscuridad.
Las palabras de Dante cobraban sentido en mi cabeza y en mi alma a una velocidad vertiginosa. Sabía lo que diría antes de que abriera la boca, y había liberado a mis padres de mi alma mucho antes de que terminara de hablar.
Cogí las alianzas, que hasta ese día habían permanecido en mi bolsillo como reliquias sagradas, y me las puse ambas en un mismo dedo.
Selûne y sus Lágrimas brillaban fuertemente entonces, y quizás me imaginé que estaban complacidas de que finalmente hubiera encontrado la paz que buscaba, y que hubiera decidido vivir la vida que me ha tocado, y no las que me arrebataron.
Oí tres voces en ese momento, que hicieron que mi sonrisa volviera a mis labios, con más fuerza que nunca: una fue la de Dante. Las otras dos, quizás me las imaginé, o quizás no.
Feliz Cumpleaños, Lyanne.