Velo
El que aplaude en los discursos Zhent
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La sacerdotisa de sehanine había llevado a conocidos y a otro puñado de curiosos al encuentro del claro dónde aquel evento daría lugar. Una vez allí, los asistentes podrían separarse entre observadores o participantes. Los segundos se dispondrían en un círculo. Tras esto, los rezos de las decenas de seguidores de la Señora de los Sueños que se aglomeraban allí se unieron a los de Sylwen, y esta canalizaría el poder otorgado por su diosa para elevar la conciencia de todos ellos en un viaje onírico dónde algunos de sus destinos, sentires, anhelos y ... secretos se entrelazarían.
Con las almas sumidas en el trance, liberadas por un instante de la cárcel que suponía el cuerpo, aquellos desconocidos forjaron un vínculo inesperado y transitaron juntos un sueño extraño, pero intensamente vívido. Las imágenes se superponían y entrelazaban con rapidez, haciendo difícil discernir cuáles eran propias y cuáles ajenas, o incluso a quién pertenecían. Sin embargo, al despertar, quedaba una fugaz sensación de empatía y comunión, pues todos eran iguales frente a la incertidumbre que entrañan los enigmas de la existencia.
No obstante, una imagen se unió a las del resto. Quizá para algunos pasaría rápido y de forma inadvertida, quizá para otros tendría un significado más profundo, como si se tratara un signo que debiera profetizar algo.
Quienes hicieron el esfuerzo de retenerla, justo antes de que el torrente onírico la arrastrara al olvido con las demás, pudieron vislumbrar con claridad un lago en calma bajo un cielo nocturno tachonado de estrellas, presidido por una Luna Radiante a la que se aproximaba otra, más oscura. La primera se reflejaba en las aguas; la otra… no. Bajo ellas, y de espaldas al observador, una figura de cabellos largos y pálidos contemplaría la escena.
Para la mayoría, aquellas visiones no serían más que una reminiscencia difusa, destinada a desvanecerse con el tiempo. Pero no para Kalren. Al concluir el ritual, aquel Solar que solía pasar inadvertido gracias a su parsimonia abandonó el claro con una prisa impropia de él, como si algo, en lo más hondo, hubiese sido irremediablemente alterado.
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