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Senderos Torcidos - Bajo la Sombra del Infortunio

AreeluVorlesh

Adorador del Gordo
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15/12/22
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I.

El aire pesado del Regalo del Mar olía a humedad, cera derretida y madera recién tallada. Králax estaba tumbada bocabajo en el camastro destartalado, una pierna cruzada sobre la otra y la cola agitándose perezosamente mientras la luz parpadeante de un farol de aceite iluminaba su rostro. Sus ojos carmesí destellaban con un brillo extraño y una risa ligera, casi involuntaria, escapó de sus labios. Esta se transformó en una carcajada áspera cuando recordó la cara de Don Ravenscar, sudando profusamente tras mover su caballo a una posición suicida.

—¡Ravenscar, el gran estratega! -Murmuró entre risas, su voz reverberando en la pequeña habitación-. Cayendo por una maldita apertura de principiante de Boblin. Ah, cómo se mordía el labio, como si pudiera arreglarlo moviendo otra pieza...

Sacudió la cabeza mientras sus dedos ennegrecidos volvían a su tarea, la navaja raspando con precisión la madera pálida del abedul. El ídolo casi estaba terminado: un enano de larga barba, vestido con una falda de tartán; sus ojos tallados en una mueca de burla casi tangible.
Králax lo sostuvo frente a la llama del farol, admirando su obra con un orgullo oscuro.

—Faurin... -Dijo, en un tono teatral- Puedes reír esta noche, pero tu victoria no será gratis. No... Beshaba siempre cobra sus deudas.

Acarició la superficie lisa del ídolo, como si lo bendijera con su toque. Luego lo colocó junto a una fila de figuras similares que descansaban sobre la mesa improvisada: un caballero con una espada rota, un hombre encorvado bajo el peso de un saco invisible, una mujer que parecía llorar lágrimas de madera. Cada uno de ellos era un pequeño tributo al caos, al infortunio que sembraba con devoción fanática.

El pequeño goblin que había salido vencedor aquella noche, al que habían apodado "el Rey del Vertedero" por sus orígenes humildes y su talento para convertir la basura en maravillas, era su inversión más preciada. Le había conocido en Murann -junto a su maestro Azamuth-, un lugar donde las vidas de los desposeídos se intercambiaban por monedas como si fueran mercancías. Desde entonces, se había convertido en su socio y amigo; un artífice cuya mente brillante compensaba con creces sus carencias físicas, que ella perfectamente podía suplir.

—Pero, oh, Boblin... -musitó Králax con su innecesario dramatismo mientras la navaja bailaba entre sus dedos y su mirada buscaba un trozo nuevo de madera, determinando el más óptimo- Tu gloria esta noche no habría sido posible sin la Dama del Infortunio.

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En el torneo había sido ella quien, en las sombras, había inclinado el tablero a su favor. Mientras las piezas blancas y negras bailaban en manos de los contrincantes, Králax había colocado pequeños ídolos en nombre de Beshaba en el interior de su siniestra cerrada, murmurando retorcidos salmos para sus adentros. Cada contrincante caído -Don Ravenscar, con su racha de errores inexplicables, y el llamado Gobernador, que había dejado su reina expuesta sin motivo aparente- había sentido el peso de las maldiciones de la tiefling.

Por fin tomó una decisión y su zurda agarró esta vez la madera de un nogal, cuya corteza parda era suave al tacto y olía a bosque mojado. Mientras empezaba a tallar, la imagen de una mujer comenzó a formarse en su mente. La campesina, la insolente, la que había pasado toda la noche lanzando insultos velados y no tan velados hacia el goblin y ella misma. "Engendros", había dicho en un susurro suficientemente alto para que la mesa cercana la escuchara; "Criaturas como esas no deberían mezclarse con personas decentes".

Králax se mordió el labio al recordar cómo las palabras de aquella mujer encendieron una chispa de furia en su pecho. Pero en vez de dejarse llevar, había optado por algo mucho más placentero. Ahora, en la soledad de su habitación, Králax dejó escapar otra carcajada al imaginar cómo la desgracia caería sobre aquella mujer con todo el peso de Beshaba.

La navaja danzaba con quirúrgica precisión mientras tallaba los detalles: La larga melena, las ropas de plebeya, esclava de algún amo caballero, su aspecto de sucia moza de cuadras y el rostro endurecido por una inmerecida arrogancia. A medida que daba forma al ídolo, Králax susurraba, como si hablara directamente con Beshaba.

—Dama de las Desgracias, haz que esta criatura aprenda lo que significa tentarte. Haz que tropiece con cada paso, que pierda cada moneda, que el dolor se adueñe de su cama y el hambre de su mesa. Que no sienta más que frío incluso en los días más áridos, y nada más que desprecio incluso de los amantes más devotos. -Cada palabra era una plegaria, cada movimiento del filo un acto de devoción.

Cuando terminó, sostuvo el ídolo bajo la lánguida luz del candil, observando cómo su reflejo bailaba sobre la madera parda. Las líneas de la cara de la mujer parecían torcidas, sus ojos vacíos emanaban una especie de angustia contenida. Králax sonrió con satisfacción y colocó la figura junto al enano y las otras ofrendas.
Contemplándolos, la sonrisa se mantuvo al murmurar para sí, su voz y mirada cargadas de una mezcla de júbilo y delirio.

—No; nadie desafía al Infortunio y sale indemne.​
 
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