La criatura cayó en el suelo creando un estruendo húmedo. El crujir de mil huesos soldados entre sí resonó en el valle ardiente, como una avalancha de marfil roto. Decenas de trozos de carne conformando un amalgama uniforme, de pronto, se separaron, a medida que la magia oscura que animaba el constructo viviente se disipó. El hedor del fluido negruzco que lo mantenía unido impregnó el aire. Los héroes vencieron a la criatura de pesadilla. Por un instante, sólo quedó el eco de su caída y el jadeo entrecortado de los supervivientes.
- Lo... logramos. ¡Viva! - gritó Lana, alzando su espada hacia el cielo. Incrédula. Pero viva.
Las erinias sobrevolaron sus cabezas, describiendo círculos amplios. No osaban acercarse, movidas por un extraño instinto que las conminaba a mantener su distancia. Aleteaban inquietas, chirriando entre sí en un idioma rasposo que nadie alcanzaba a comprender.
Valerio seguía inerte. Sus ojos, vidriosos, miraban a ninguna parte.
Dick oraba por su alma, con las manos aferradas al símbolo de Siamorphe que antes poseía su hermano ordenado hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sus labios se movían a toda velocidad, atropellando plegarias al Dios Llorón, como si al repetirlas una y otra vez pudiese torcer un destino ya consumado. La sangre de Valerio manchaba sus sotanas, tiñendo de rojo el blanco impoluto del paño.
Sariel resopló y se limpió restos de sangre que manchaban su rostro con un gesto del antebrazo. Los paladines se mantuvieron vigilantes, conformando un círculo en torno al sacerdote de Siamorphe caído, sin atreverse a interrumpir el rezo desesperado del Padre Dick.
- Ya está... hemos vencido.
- Aún queda el cristal - dijo Ewan. Y tomando su arco, cargó una flecha en su cuerda y lanzó un tiro certero, decidido a acabar la tarea que había sido encomendada.

La gema estalló.
Y cuando lo hizo, la tierra retumbó. Miles de grietas se formaron bajo los pies del grupo. Bocanadas de vapor negro brotaron del subsuelo, emanando un olor a tumba abierta, mientras que el cristal se deshizo en el aire, licuándose en miles de haces etéreos que poco a poco empezaron a agolparse en un único punto, en el centro del valle. Las energías confluyeron y empezaron a drenar todo a su alrededor, creando un vórtice oscuro que empezó a absorber vísceras, bruma y hueso.
La energía gravitacional generada era inmensa. Gwenaëlle pronto sintió cómo el vórtice tiraba de ella, de sus cabellos, de sus ropas, de los propios latidos de su corazón. Pisó el suelo con fuerza, clavando los talones y apoyando una mano en la piedra para ganar estabilidad, y logró mantenerse firme, junto con el resto del grupo. Vio a Sariel plantarse como una muralla, a los paladines aferrarse a sus escudos, a Ewan tensar la mandíbula mientras inclinaba el cuerpo hacia atrás para no ser arrastrado.
Todos, excepto...
Sasha.
La hin empezó a verse arrastrada por el influjo. Lo que comenzó como un ligero deslizamiento pronto se volvió un tirón brusco. Sus pies se levantaron del suelo. Varios trataron de agarrarla de su capa; manos enguantadas, dedos desesperados que rozaron la tela sin llegar a afianzarla. Por un instante, consiguieron, pero de pronto, la tela se escurrió fuera de su alcance, desgarrándose con un ruido seco.
Se dirigió hacia el vórtice a toda velocidad. No había tiempo. En un instante, sería aplastada por la gravedad del cataclismo mágico.
Gwenaëlle no pensó; actuó. Tan sólo le movía una certeza absoluta:
no la dejaría morir allí. No después de todo por lo que habían pasado. No después de haber luchado tanto por salvarla, de haber confiado en que la Shard ofreciese un camino de redención.
No permitiría que otra vida fuese sacrificada por su incompetencia. Por los avatares del destino.
Pensó, por un instante, en sus hermanas caídas durante la Guerra. Una visión del Salón de la Luna, humeante.
No...
Cerró los ojos.
La Urdimbre reverberó en respuesta, tensándose como un arco al límite, hilando un telar invisible que, de pronto, detuvo la trayectoria de Sasha, como si se chocase contra una red hecha de gelatina. El impacto hizo temblar a Gwenaëlle como si su columna hubiese sufrido un latigazo. Notó cómo el hechizo tiró de sus entrañas, reclamando cada fragmento de su voluntad.
Su pensamiento se hizo barrera. Poco a poco, cristalizó.
Era un
muro de fuerza.
Gwenaëlle apretó los dientes, clavando la mirada en la figura suspendida de Sasha, detenida a escasos pasos de la negrura absoluta. Ni por un momento se permitió flaquear. Cada segundo que ganaba era un desafío al propio abismo. Sus dedos temblaban ligeramente, pero su voz se entremezcló con la voz dulce de la Shard.
No.
No la sueltes.
Persevera.
Sin embargo, pese a que la magia funcionó, no pareció obrar el efecto esperado. El muro se mantuvo imperturbable frente a la gravedad ejercida por el vórtice, pero éste no dejó de ejercer una presión cada vez mayor sobre el cuerpo de la hin, aplastándola contra la superficie invisible. Las venas del cuello de Sasha se marcaron con grotesca nitidez.
Sin embargo, pese a que la magia funcionó, no pareció obrar el efecto esperado. El muro se mantuvo imperturbable frente a la gravedad ejercida por el vórtice, pero este no dejó de ejercer una presión cada vez mayor sobre el cuerpo de la hin, aplastándola contra la superficie invisible. Las venas del cuello de Sasha se marcaron con grotesca nitidez.
Dick agarró el cuerpo de Valerio, el cual empezó a flotar también, atraído por los flujos energéticos. Trató de abrazarlo contra su pecho. Sus dedos se clavaron en la tela empapada de sangre, los ojos llenos de una angustia animal.
- Ilmater, mi señor, dame la entereza para resistir este desafío. Ten piedad de mi hemrano, te lo ruego... - murmuró. El símbolo del Quebrado tintineó contra su pecho mientras el cadáver tiraba de él hacia delante.
Gwenaëlle contuvo un sollozo mientras mantuvo la concentración, tratando de retener a Sasha con todas sus fuerzas. Sentía cómo el hechizo se le escapaba por las comisuras de la mente, como agua entre los dedos. Sabía que si se distraía siquiera un instante, si dudaba, si se permitía llorar, Sasha desaparecería.
- ¿Qué está pasando? ¿Se suponía que esto debía pasar? - bramó Ewan, confundido.
No, no debía pasar. La mente de Gwenaëlle recorrió los pasillos de su mente en busca de respuestas.
Piensa. Piensa.
Habían obrado tal y como la Shard les había pedido. Las almas habían sido liberadas, pero... parecían estar siendo absorbidas, alimentando algo. Algo hambriento. Algo que no formaba parte del trato.
Y pese a que todos estaban siendo atraídos hacia aquél punto, el cuerpo de Sasha parecía ser afectado con una fuerza irresistible. Su espalda apretó contra el muro. La textura invisible del conjuro se hundió bajo su carne. Su rostro empezó a desencajarse.
Y gritó.
Gritó desesperada, sintiendo cómo cada palmo de su carne empezó a deshacerse. Era un alarido atroz que atravesó los tímpanos del grupo como un cuchillo, una pesadilla viviente. Lana bajó la espada, pálida, incapaz de celebrar ya nada. Su prima
se derretía. Sariel maldijo en voz baja, impotente.
- ¡SASHA! ¡NO! - Gwenaëlle bramó desesperada, la voz quebrada en mil esquirlas. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no parpadeó; no podía permitirse el lujo de perderla de vista. ¿Pero qué podía hacer? Si deshacía la magia, Sasha sería engullida de inmediato. Si la mantenía, el vórtice la aplastaría hasta convertirla en nada.
Necesitaba tiempo.
Más tiempo...
Tiempo que no tuvo.
Lo dio todo igualmente. Aguantó hasta que sus brazos le dolieron, aunque no estuvieran haciendo esfuerzo físico alguno. Hasta que su cabeza martilleó con dolor, su mente a punto de explotar. Hasta que sintió un hilo caliente correr por su nariz: sangre, por forzar demasiado la Urdimbre. Aun así, no cejó. Cada latido era una decisión: seguir, seguir, seguir.
Y pronto, Sasha, tal y como la conocían, dejó de existir.
Su cuerpo se licuó, presa de las energías oscuras que la reclamaban. Entre gritos atroces, sus músculos se deshicieron y se escurrieron entre las hebras del muro, filtrándose como una pasta rojiza a través de la barrera que, impotente, sólo podía frenar la forma, no la destrucción. La sangre de la hin empezó a rodear la esfera negra como un sudario carmesí.
Gwenaëlle siguió sosteniendo el muro incluso cuando ya no quedaba nada que proteger. Durante unos segundos, quizá más, sus manos continuaron temblando en el aire, vacías. Al final, la magia se deshizo con un chasquido agudo, vacío.
Valerio asimismo se vio arrastrado, y sus restos comenzaron a deshacerse a medida que su cadáver fue acercándose al vórtice. Dick tiró de él con todas sus fuerzas, clavando los talones en las grietas del suelo, negándose a aceptar la pérdida.
- ¡Por favor! ¡Devuélvemelo! - gritó a un cielo que ya no estaba allí, sus palabras ahogadas por el rugido del portal naciente.
Pero el cadáver se le escapó de las manos, arrancando de sus dedos un jirón de tela. Y de Valerio tampoco quedó nada. Tan sólo un recuerdo amargo, reflejado en los ojos desolados del Padre Dick, enrojecidos y vidriosos. Se arrodilló, encorvado, con el trozo de capa entre las manos, como si fuese una reliquia sagrada.
Tan sólo pudo conservar ese jirón de su capa que quedó tras un vano intento de mantenerlo a su vera. Lo apretó contra su frente, murmurando plegarias rotas que ya no sabía si iban dirigidas a Ilmater o al vacío.
Las erinias echaron a volar, despavoridas. Pues lo que se estaba formando desprendía un aura malévola tan intensa que ni tan siquiera ellas eran capaces de soportar. Rompieron formación, alejándose a toda prisa. Pronto sus estelas recordaron a una nube de cuervos.
Y tras unos minutos que se hicieron eternos... el vórtice pareció estabilizarse. Dejó de absorber vísceras y piedra, y el rugido se transformó en un zumbido grave. Empezó a ensancharse, como una pupila negra, afilada, hasta formar un disco vertical que cortaba el aire en dos mitades.
No era una explosión.
Era...
un portal.
Y lo que aguardaba al otro lado había reclamado ya un precio demasiado alto.