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Siempre Alegre

Skotos

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I.


El lugar era una planície nevada, completamente cubierta con una bruma alargada y escarchada. El aliento de Gwenaëlle se cristalizaba bajo su velo, sacudida por rajadas de viento que calaban en sus huesos. No sabía donde estaba. Ni por qué había sido traída a aquel lugar.

Y sin embargo, bajo ese manto helado, la luna se apreciaba pristina en el firmamento nocturno. Llena, colmada: una esfera perfecta hecha de luz. Proyectaba un haz hacia el suelo que rasgaba el horizonte. Gwenaëlle decidió seguir la estela luminosa, hasta el lugar del cual emanaba, como si fuese una columna que ansiaba alcanzar el cielo.

Cuando se había acercado lo suficiente, en su mente resonó una voz que transmitía calma y calidez. Familiaridad. Como la caricia de una madre; la suya. Por un instante, recordó el rostro de Lady Elbereth, en otra época.

Una en la que aún le sonreía.

Se aferró a esa sensación y prestó atención a la voz, ignorando el frío de la tormenta.


- Gwenaëlle.

Sabía quién era. Sabía su nombre.

- Gwenaëlle de Argluna.

- ¿Quién eres? - preguntó al aire, sin esperar respuesta alguna.

- Gwenaëlle.... vuestra amiga. La pequeña Sasha. Su tiempo se acaba.

Su corazón se encogió. El viento sacudía su capa, golpeaba su rostro de forma inmisericorde.

- Pero... estamos a punto de internarnos. Encontraremos el cristal. Estamos buscándolo.


- No podremos retener la influencia de la criatura por mucho más tiempo. Habéis de saber, Gwenaëlle de Argluna, que si fracasáis en vuestra empresa, no habrán segundas oportunidades. El alma de vuestra amiga se perderá para siempre.

El sentido de urgencia no hizo sino acrecentarse. Gwenaëlle se llevó un puño al pecho, intentando tragar el sentimiento de culpa que se anudaba en su garganta. Todo lo ocurrido, en el fondo, había sido culpa suya. Aún recordaba el motivo por el cual Sasha la acompañó al Plano de la Avaricia. Deseaba simplemente ayudar a Sariel y a quienes la acompañaban aquél fatídico día, tras haber estos huído de un encuentro contra fuerzas muranníes. Por algún extraño motivo, acabaron en la Posada Planar, en un lugar que conforma una encrucijada en los Planos Inferiores.

Cuando Gwenaëlle atendió el Recado... se lo tomó como una expedición lúdica. ¿En qué estaba pensando? ¿Cómo podía haber sido tan irresponsable?

Sasha...


- Gwenaëlle.

La voz la sacó de su ensimismamiento. Parpadeó.

- Destruid el cristal. Liberad el alma de vuestra amiga.

- Así lo haré - juró la semielfo, asintiendo ante la presencia invisible.

La tormenta arreció, y de pronto, cegó sus sentidos.

La escarcha se convirtió en dolor, y el dolor en oscuridad.


Y cuando quiso darse cuenta... estaba en las afueras de Athkatla, sostenida por Arianne y Sariel. Estas últimas sacudieron su cara varias veces, dándole tiernos bofetones en un intento de despertarla.

Abrió los ojos, confundida.

- Al fin. Pensaba que... ¿estás bien? - musitó la iluskana, sin disimular un gesto de alivio que relajó sus facciones.

- No podemos fracasar. He tenido... una visión.

- ¿Una visión? Explicaos, Gwenaëlle - Fery ladeó la cabeza, algo confundida. - Tomaos vuestro tiempo.

Y lo hizo. Contó lo que vió, con todo lujo de detalles. Mientras se preparaban ordenados y sunitas. Familiares de Sasha; vecinos de Gambiton. Nobles almas de la Orden del Guantelete. Una comitiva finalmente discreta, que contrastaba con las sendas proclamas vertidas por varios grupos, pues no faltaron voluntarios que se propusieron rescatar a Sasha y deshacer las consecuencias del pacto que suscribió con un lord diablo de Gehenna.

Un pacto con el cual salvó a todos sus amigos de un error fatal: el estar donde no les correspondía, en el peor momento posible.

Pero cuando llegó el momento del compromiso, no tantos acudieron al llamamiento.

El grupo estaba conformado por diversas personalidades. Por Fery Krill, caballero cruzado de Sune. Por el Capitán Ewan de la División Occidental de las Fuerzas Armadas. Por los caballeros de la Orden, Sir Valerio Velandros, Sir Dick Cars y Sir Baldrak. Por la aventurera Lana Risaestridente y la elfina Calendil. Por la Syndar de Waukeen, Arianne Brillalba. Por su estrella de plata, Sariel.

Y por supuesto, por ella misma.

No serían más que una gota de agua que se lanzaría contra las fauces de un horno abrasador. Un pellizco contra las hordas del Averno.

Y sin embargo, debían bastar. El alma de una inocente estaba en juego.​
 
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II.


El lugar era un páramo desolado, consumido por humo y calor. Sendos torrentes de piedra líquida y nubes de azufre brotaban de innumerables grietas, contribuyendo a una sensación de temblor constante bajo sus pies. Como si la tierra misma estuviese a punto de estallar.

Ninguna superficie era plana. La orografía que se presentaba ante el pequeño grupo armado era un sinfin de desfiladeros, pasos montañosos que serpenteaban hacia un horizonte inconcluso. El aire se respiraba con pesadez, dejando un regusto a ceniza que llenaba los pulmones y quemaba las fosas nasales. Denso, como un humo viscoso. Cada paso que daban, además, cargaba las piernas de los héroes (o insensatos, como pensarían no pocos sobre la locura que estaban cometiendo), como si escalasen una colina fuertemente inclinada.

La sensación resultante era la de una subida agobiante, un ascenso que jamás se vería culminado. Pues no había cielo en Gehenna: tan sólo fuego y ceniza. Lo que se hacía pasar por nubes no era más que un misma ponzoñoso, y ninguna estrella podía apreciarse en un plano cuya alma rezumaba malicia por todos sus poros.

Gwenëlle era versada, entre otras materias, en los Planos Exteriores. Superiores e Inferiores. Gehenna, conocido también por no pocos planares como el 'Plano de la Avaricia', no le era en absoluto desconocido. Había estado aquí antes, en otras ocasiones, recolectando gemas preciosas. Irónicamente, un lugar tan oscuro y vil era a su vez un mundo lleno de tesoros, fruto de las presiones tectónicas constantes.

Por ello era un campo de batalla cotizado entre varias fuerzas malignas. Todas cegadas por un mismo principio rector: la codicia. Diablos, yugoloth, tan'nari. Todos luchaban y se mataban por el control de yacimientos de gemas y metales preciosos; tantos que podrían comprar varias Amn, y mucho más.

Y en aquel lugar, donde la piedad venía a morir, debían buscar ellos la clave para liberar el alma de Sasha.

El grupo avanzó con decisión, paso a paso, estocada por estocada, abatiendo infernales por decenas. Se internó en lo más profundo de los riscos del lugar, abandonando la falsa seguridad proporcionada por la posada planar, encrucijada entre este mundo y muchos otros, incluyendo Toril. Paladines de los dioses buenos, avatares de la Aurísima, e incluso nobles almas de la humilde Gambiton. La luna hecha tormenta; todos, en unísono, avanzaron.

La vanguardia estaba conformada por Baldrak. El Burgomaestre había asumido su transición a caballero ordenado sin dificultad alguna, y se notaba su influencia dracónica a la hora de afrontar esta amenaza. El calor extremo del lugar no pareció hacer mella alguna en él, y con cada golpe de su arma abatía kokrachones y erinias como si fuesen moscas molestas.

Era flanqueado por Sir Valerio y por el Padre Dick; sus compañeros caballeros. Carecían de la veteranía del enano, pero colmaban este falla con creces con su valentía y fe. El trío, al unísono, empujaba, formando la principal línea de avance del grupo.

La dama Fery Krill, la elfina Calendil y la aventurera Lana (que se autodenominaba prima de Sasha) guardaron los flancos y retaguardia. Eran una presencia igualmente importante; igualmente movida por la más profunda de las convicciones por ayudar a una amiga que había cometido el error de ayudar a quienes quería.

En el centro, caminaban las sacerdotisas junto con Sasha: Sariel, Arianne, y la propia Gwenaëlle. Era lo sensato dadas las circunstancias. Debían asegurar entre las tres la supervivencia del grupo, aunque desde hacía tiempo, Sariel había delegado mucho de este esfuerzo en la semielfo, dando rienda suelta al uso de su Poder para castigar a los enemigos de la luna. En esta dualidad se complementaban a la perfección.

Sasha caminaba silente. No había alegría alguna en su rostro, cada vez fundiéndose más con el semblante infernal que su cuerpo iba adoptando. Su mente había sido recuperada de las garras del lord diablo, pero sabía que esta mejora era algo efímero, dispuesto a agotarse en algún momento. El retorno a Gehenna no hizo sino incrementar el enorme peso metafórico que apretaba sobre sus hombros, convirtiendo lo que eran antes sonrisas constantes y una risa fácil en muecas amargas.

El Capitán Ewan, por otro lado, contrastaba con su semblante taciturno, movido únicamente por un principio rector: cumplir con el mandato de Capaconjuro. Y de paso, supuso Gwenaëlle, mantendría al grupo vigilado. Aunque la Guerra contra la Oscuridad les había convertido en aliados improbables, las distancias entre bandos aún existían y no se resquebrajarían sin más.

La Syndar de Waukeen avanzaba junto a ellos con los labios torcidos, siendo en gran parte la voz terrenal y de la razón. Sabía a lo que venía, pero eso no le impedía expresar sus pensamientos en voz alta. Pedía calma y mesura. Que no tomasen riesgos innecesarios. Sí, tenían un cometido, pues como el Padre Dick, como Sariel, como Valerio, y como Gwenaëlle también, había jurado seguir el mandato de la Shard que entre todos habían invocado.

Y hoy no sería un día en el que Arianne empezaría a faltar a su palabra. Había acordado una transacción y cumpliría su parte del trato.

Al menos, fue lo que entendió Gwenaëlle de un par de miradas, observando su expresión. La semielfo sonrió, sintiéndose reconfortada por esta compañía. Dadas las circunstancias, era la mejor que se podía esperar. Varios campeones del Bien, unidos, eran la cura infalible para purgar la malicia de Gehenna.

Avanzaron. Paso a paso. Horda tras horda. Empujaron, abriéndose paso entre mares de lemures, kokrachones, cadáveres reanimados y erinias. Paso a paso, escalaron las montañas de Gehenna. Sus pulmones ardían, pero con más fuerza aún latía la determinación de los ordenados.

Cumplirían.

Sus votos serían honrados.

Eventualmente, tras un nuevo ascenso, se percataron de que una nube de erinias y otros seres alados se reunían en torno a un punto en particular. Decidieron avanzar hacia el mismo, exhaustos tras horas de camino y lucha. Pronto se dieron cuenta qué motivaba aquella extraña reunión. En una especie de meseta, se había erigido una extraña estructura conformada por tres pilares y un enorme cristal que recordaba vagamente a un rubí. Emitía un destello incandescente, palpitante, como si fuese un corazón rebosante de malicia.​


El cristal flotaba en el aire, levitando, sostenido por fuerzas invisibles. Bajo el mismo y en torno a un extraño círculo repleto de runas de carácter incomprensible para Gwenaëlle, una figura se había sentado de piernas cruzadas, adoptando una posición de loto.

La reconoció de inmediato.

Su cabeza era la de un tigre. Sus manos eran visualmente grotescas, pues parecían haber sido invertidas. Vestía ropajes de seda, completamente dispares con la aridad del lugar.

Un rakshasa. El que les había engañado.

Sin embargo, cualquier intento de interactuar con él resultó futil. Intentaron dialogar, pero la criatura les ignoró, sometida a un extraño trance. Cualquier intento de dañarlo parecía no afectarlo. Estaba protegido por un muro de fuerza impenetrable.

¿Era quizás el custodio del cristal?

No tuvieron mucho tiempo para preguntar. De pronto, la nube de erinias se abalanzó sobre el grupo. Ya no eran decenas. Eran cientos. Era una auténtica legión infernal, traída expresamente para custodiar la gema de almas, y particularmente, para exterminarlos.

Lucharon durante horas.

Lucharon por sus vidas. Incansablemente. Cada grito de las erinias, cada rugido de los cornugones, cada lamento de los lemures, se enmarañó en una cacofonía insoportable que era apenas superada por el hedor de la carne carbonizada y de las vísceras que se agolpaban a sus pies. Gwenaëlle obró su Poder, valiéndose de decenas de pergaminos para sanar la fatiga de sus compañeros. Sariel hacía lo propio, desatando tormentas lunares que ensordecían a las hordas infernales. Los ordenados cubrían uno de los flancos expuestos; Calendil, Lana y Fery, el otro.

Lucharon.
Combatieron.
Exterminaron.
Centenares.

Llegado a un punto, los cadáveres de los diablos rodaban por el suelo, agolpándose contra las paredes mientras la gravedad del plano los aplastaba en una masa sin forma.

Y con cada estocada, con cada flecha lanzada por Ewan, con cada hechizo, los campeones del Bien perdían su aliento. Era inevitable. Luchaban contra las mismísimas fuerzas de la Avaricia encarnada, todo por el alma de una hin, y de los desgraciados que habían sido atrapados en el cristal.

Todo por honrar una promesa.

Había prometido que la salvarían. No podían fallar.

Y de pronto, una flecha se clavó en el pecho de Valerio. El sacerdote de Siamorphe abrió los ojos de par en par, soltando un quejido silente. Y tras girarse sobre si mismo, presa de un dolor atroz, cayó estruendosamente contra el suelo.

Gwenaëlle, por un momento, rompió filas y corrió hacia él. Metió una mano en su bolsa de contención y ya estaba a punto de pronunciar la palabra de poder para liberar el hechizo de sanación.

Pero era demasiado tarde. Justo cuando se agachó a su lado, pudo ver como la vida de Sir Velandros se apagaba en su mirada.

El cielo se oscureció, cubierto con las alas de cientos de erinias.​

 
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III.

El grupo se resquebrajaba mientras los diablos los rodeaban. Las fuerzas de los guardianes empezaban a flaquear. Arianne, Calendil y Sir Dick, aquejados de heridas de gravedad y presa del agotamiento, apenas podían mantenerse en pie. El ilmatari en particular, presentando una fea herida en el pecho, había sido rescatado de las garras de la muerte momentos antes.

Sir Valerio no tuvo tanta suerte.

El grupo se cerró en un círculo apretado, en torno al cuerpo del sacerdote caído. Gwenaëlle trató a duras penas de apretar el torniquete con todas sus fuerzas. Sus guanteletes, su capa y toda su indumentaria se empaparon con el carmesí de la sangre. La poza en torno al caballero caído efeverscía, vaporizándose por las altas temperaturas del lugar.

Estaban tan cerca. Y sin embargo... tan lejos.

Momentos antes, habían dado con la clave para desenredar el misterio tras las fuerzas que protegían al cristal. Este se mostraba imperecedero, invulnerable a toda fuente de agresión. Custodiado por glifos mágicos, invisibles, que lo envolvían con un sudario impenetrable. Pero la clave, al parecer, eran los tres pilares colocados en torno al círculo. Estos contenían runas de protección que mantenían el encantamiento activo. Destruirlos era la clave.

Por puro azar, uno de los relámpagos conjurados por Sariel golpeó un pilar, causando que este se resquebrajase y finalmente colapsase. Hasta ese momento, cualquier intento de derribarlos había resultado infructuoso.

Entonces Sasha, en un alarde de genialidad, lanzó una conjetura al aire.
- Las runas.... ¿y si reaccionan a elementos determinados?

Gwenaëlle asintió y concedió.

- Es posible. No existe la invulnerabilidad total; al menos, no en la magia conjurada a través de la Urdimbre. Tal hazaña sólo está permitida a los dioses; y ni tan siquiera esa posibilidad les suele ser concedida. Normalmente... cuanto mayor es la protección conjurada, más flagrante es su punto débil.

Sasha sonrió. Por primera vez desde que entraron en Gehenna, diría la semielfo. Aún alumna, pero poseía un conocimiento innato sobre la magia digno de admiración.

Y tras varios intentos, probando elemento tras elemento, lograron deshacer la magia de los pilares la magia de los pilares. Uno a uno fueron cayendo, deshaciéndose. Mientras tanto, las erinias los rodearon, golpeando contra el grupo como una marea furiosa, una bandada unida por un único fin: la venganza. Una tras otra, lanzaron lluvias de flechas envenadas que terminó rompiendo la fila de los defensores.

Y ahora, Valerio había caído.

Gwenaëlle no pudo evitar romper a llorar. Sabía que el riesgo existía. Todos sabían a lo que habían venido, pero... ¿por qué, para salvar a un alma, otras debían morir?

Los diablos, que se sentían amenazados por la resiliencia del grupo, empezaron a reírse de forma cruel. Se burlaban. Arianne lanzó la vista al cielo, con el rostro completamente hundido por la fatiga.

- Me siento... más inútil que un lápiz blanco.

- Yo no puedo más - añadió la elfina Calendil, agarrándose el brazo izquierdo mientras trató de mantenerse en pie - No creo que pueda seguir. Si... si continuamos, no seré más que un lastre.

- Dick, quedaos junto a Valerio. Todos volveremos
- afirmó Sariel con una mirada firme, cargada de determinación.

Arianne y Calendil se miraron entre sí y asintieron. El camino hacia el cristal estaba despejado; el único obstáculo que quedaba era el rakshasa... pero debían pensar en el futuro. Confiarían en el éxito del grupo. Se encomendaron a sus dioses antes de despedirse.

- Suerte... - dijo la Syndar con un gesto entristecido, antes de desencadenar su Poder para abandonar los confines del plano.

Quedaban ahora tan solo Sir Baldrak, Sir Valerio, Sariel, Lana, Ewan, Sasha, y la propia Gwenaëlle. Malheridos y con la moral maltrecha.

Tan cerca, y a la vez tan lejos.

El rakshasha pareció por primera vez conceder lo que estaba pasando a su alrededor y abrió los ojos. Se levantó con parsimonia y avanzó hacia el grupo. Todos tomaron las armas con presteza, alertas ante lo que esperaban, sería un combate formidable.

La criatura clavó su mirada en Sasha, ignorando al resto.

- Pronto... te unirás a nosotros.

Sasha palideció. Se escondió tras los ordenados y bramó furiosa, aunque su voz denotaba un pánico incipiente.

- ¿De qué hablas? ¡Apártate si no quieres acabar como el resto? - Sasha agitó su daguita en el aire, señalando a las erinias abatidas.

Gwenaëlle apretó los labios y se acercó a Sasha para intentar reconfortarla. Puso una mano sobre su cabeza. Mientras tanto, el padre Dick velaba por el alma de su compañero caído, sosteniendo su rosario y repitiendo letanías consagradas al dios llorón, como un mantra.

- Padre Quebrantado, si la gracia me es concedida, que mi sufrimiento inspire el perdón en otros y siembre la semilla de la esperanza....

Esperanza. Era sin duda lo que más necesitaban.

El rakshasha sonrió entonces con una expresión demente. Y clavó su garras en su pecho, agarrándose el esternón. Empezó a bramar frases en un idioma desconocido y cáustico mientras brotaban torrentes de sangre de su cuerpo.

- Por todo... eso no es bueno. ¡Ya lo he visto antes! - advirtió Ewan, apuntando al diablo con una flecha.

- ¡¡Zarûl-ithar menoth VraazeTahl, enekethur os melek Naroth!!

- ¡Preparaos para lo peor! - insistió el Capitán.

- ¡Y esperad lo mejor! - replicó Fery, en un claro contraste con el cinismo mostrado por el elfo. Aún en un lugar tan oscuro, tenía cabida la belleza y los buenos pensamientos.

El cuerpo del rakshasa empezó romperse desde su pecho,como si estallase hacia dentro y colapsándose sobre sí mismo. La sangre se fundió en un vórtice que empezó a atraer todo lo que había a su alrededor: en particular, los restos de los diablos que habían sido abatidos. Pronto, toda esa carne, hueso y vísceras empezó a formar un círculo grotesco y a mutar, adoptando una forma vagamente humanoide que recordaría la silueta de un cornugón, o un diablo análogo alado y cornudo.

Los cadáveres, a medida que se iban uniendo al grotesco constructo, iban desmenbrándose y disolviéndose. Dick agarró a Valerio con fuerza, impidiendo que este fuese tragado por el impulso gravitacional.​


- Ugh... qué criatura tan vil y asquerosa - dijo Baldrak con una mueca de desagrado.

- Tened fe amigos.... - proclamó Gwenaëlle, aunque intentaba más bien ahuyentar sus propios fantasmas con un pensamiento en voz alta - La luna nunca nos abandonará, ni aún cuando estemos sumidos en la más absoluta oscuridad.

- ¡Eso díselo a Valerio!
- rezongó el Capitán.

Aunque razón no le faltase.

- Aquí estamos junto a él, Capitán. Por mi vida juro que saldrá de aquí.

- Solo cuando estemos seguros de que Sasha esta libre, la muerte de Valerio no será en vano.


Todos asintieron al unísono y tomaron sus armas. Los diablos observaron, de nuevo silentes. Las risas cesaron.

- Todos saldremos. No dejaremos a nadie atrás. ¡Coraje!

De pronto se libró un combate cruento, del cual fueron testigos cientos de diablos. Las fuerzas del Bien se enfrentaron en un último obstáculo, contra un ser creado del más profundo de los horrores.

Y sin embargo, lo peor estaba aún por llegar.​
 
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IV.

La criatura cayó en el suelo creando un estruendo húmedo. El crujir de mil huesos soldados entre sí resonó en el valle ardiente, como una avalancha de marfil roto. Decenas de trozos de carne conformando un amalgama uniforme, de pronto, se separaron, a medida que la magia oscura que animaba el constructo viviente se disipó. El hedor del fluido negruzco que lo mantenía unido impregnó el aire. Los héroes vencieron a la criatura de pesadilla. Por un instante, sólo quedó el eco de su caída y el jadeo entrecortado de los supervivientes.

- Lo... logramos. ¡Viva! - gritó Lana, alzando su espada hacia el cielo. Incrédula. Pero viva.

Las erinias sobrevolaron sus cabezas, describiendo círculos amplios. No osaban acercarse, movidas por un extraño instinto que las conminaba a mantener su distancia. Aleteaban inquietas, chirriando entre sí en un idioma rasposo que nadie alcanzaba a comprender.

Valerio seguía inerte. Sus ojos, vidriosos, miraban a ninguna parte.

Dick oraba por su alma, con las manos aferradas al símbolo de Siamorphe que antes poseía su hermano ordenado hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sus labios se movían a toda velocidad, atropellando plegarias al Dios Llorón, como si al repetirlas una y otra vez pudiese torcer un destino ya consumado. La sangre de Valerio manchaba sus sotanas, tiñendo de rojo el blanco impoluto del paño.

Sariel resopló y se limpió restos de sangre que manchaban su rostro con un gesto del antebrazo. Los paladines se mantuvieron vigilantes, conformando un círculo en torno al sacerdote de Siamorphe caído, sin atreverse a interrumpir el rezo desesperado del Padre Dick.

- Ya está... hemos vencido.

- Aún queda el cristal
- dijo Ewan. Y tomando su arco, cargó una flecha en su cuerda y lanzó un tiro certero, decidido a acabar la tarea que había sido encomendada.

Screenshot 2025-11-18 211259.pngLa gema estalló.

Y cuando lo hizo, la tierra retumbó. Miles de grietas se formaron bajo los pies del grupo. Bocanadas de vapor negro brotaron del subsuelo, emanando un olor a tumba abierta, mientras que el cristal se deshizo en el aire, licuándose en miles de haces etéreos que poco a poco empezaron a agolparse en un único punto, en el centro del valle. Las energías confluyeron y empezaron a drenar todo a su alrededor, creando un vórtice oscuro que empezó a absorber vísceras, bruma y hueso.

La energía gravitacional generada era inmensa. Gwenaëlle pronto sintió cómo el vórtice tiraba de ella, de sus cabellos, de sus ropas, de los propios latidos de su corazón. Pisó el suelo con fuerza, clavando los talones y apoyando una mano en la piedra para ganar estabilidad, y logró mantenerse firme, junto con el resto del grupo. Vio a Sariel plantarse como una muralla, a los paladines aferrarse a sus escudos, a Ewan tensar la mandíbula mientras inclinaba el cuerpo hacia atrás para no ser arrastrado.

Todos, excepto...

Sasha.

La hin empezó a verse arrastrada por el influjo. Lo que comenzó como un ligero deslizamiento pronto se volvió un tirón brusco. Sus pies se levantaron del suelo. Varios trataron de agarrarla de su capa; manos enguantadas, dedos desesperados que rozaron la tela sin llegar a afianzarla. Por un instante, consiguieron, pero de pronto, la tela se escurrió fuera de su alcance, desgarrándose con un ruido seco.

Se dirigió hacia el vórtice a toda velocidad. No había tiempo. En un instante, sería aplastada por la gravedad del cataclismo mágico.

Gwenaëlle no pensó; actuó. Tan sólo le movía una certeza absoluta: no la dejaría morir allí. No después de todo por lo que habían pasado. No después de haber luchado tanto por salvarla, de haber confiado en que la Shard ofreciese un camino de redención.

No permitiría que otra vida fuese sacrificada por su incompetencia. Por los avatares del destino.

Pensó, por un instante, en sus hermanas caídas durante la Guerra. Una visión del Salón de la Luna, humeante.

No...

Cerró los ojos.

La Urdimbre reverberó en respuesta, tensándose como un arco al límite, hilando un telar invisible que, de pronto, detuvo la trayectoria de Sasha, como si se chocase contra una red hecha de gelatina. El impacto hizo temblar a Gwenaëlle como si su columna hubiese sufrido un latigazo. Notó cómo el hechizo tiró de sus entrañas, reclamando cada fragmento de su voluntad.

Su pensamiento se hizo barrera. Poco a poco, cristalizó.

Era un muro de fuerza.

Screenshot 2025-11-18 211145.png

Gwenaëlle apretó los dientes, clavando la mirada en la figura suspendida de Sasha, detenida a escasos pasos de la negrura absoluta. Ni por un momento se permitió flaquear. Cada segundo que ganaba era un desafío al propio abismo. Sus dedos temblaban ligeramente, pero su voz se entremezcló con la voz dulce de la Shard.

No.
No la sueltes.
Persevera.


Sin embargo, pese a que la magia funcionó, no pareció obrar el efecto esperado. El muro se mantuvo imperturbable frente a la gravedad ejercida por el vórtice, pero éste no dejó de ejercer una presión cada vez mayor sobre el cuerpo de la hin, aplastándola contra la superficie invisible. Las venas del cuello de Sasha se marcaron con grotesca nitidez.

Sin embargo, pese a que la magia funcionó, no pareció obrar el efecto esperado. El muro se mantuvo imperturbable frente a la gravedad ejercida por el vórtice, pero este no dejó de ejercer una presión cada vez mayor sobre el cuerpo de la hin, aplastándola contra la superficie invisible. Las venas del cuello de Sasha se marcaron con grotesca nitidez.

Dick agarró el cuerpo de Valerio, el cual empezó a flotar también, atraído por los flujos energéticos. Trató de abrazarlo contra su pecho. Sus dedos se clavaron en la tela empapada de sangre, los ojos llenos de una angustia animal.

- Ilmater, mi señor, dame la entereza para resistir este desafío. Ten piedad de mi hemrano, te lo ruego... - murmuró. El símbolo del Quebrado tintineó contra su pecho mientras el cadáver tiraba de él hacia delante.

Gwenaëlle contuvo un sollozo mientras mantuvo la concentración, tratando de retener a Sasha con todas sus fuerzas. Sentía cómo el hechizo se le escapaba por las comisuras de la mente, como agua entre los dedos. Sabía que si se distraía siquiera un instante, si dudaba, si se permitía llorar, Sasha desaparecería.

- ¿Qué está pasando? ¿Se suponía que esto debía pasar? - bramó Ewan, confundido.

No, no debía pasar. La mente de Gwenaëlle recorrió los pasillos de su mente en busca de respuestas.

Piensa. Piensa.

Habían obrado tal y como la Shard les había pedido. Las almas habían sido liberadas, pero... parecían estar siendo absorbidas, alimentando algo. Algo hambriento. Algo que no formaba parte del trato.

Y pese a que todos estaban siendo atraídos hacia aquél punto, el cuerpo de Sasha parecía ser afectado con una fuerza irresistible. Su espalda apretó contra el muro. La textura invisible del conjuro se hundió bajo su carne. Su rostro empezó a desencajarse.

Y gritó.

Gritó desesperada, sintiendo cómo cada palmo de su carne empezó a deshacerse. Era un alarido atroz que atravesó los tímpanos del grupo como un cuchillo, una pesadilla viviente. Lana bajó la espada, pálida, incapaz de celebrar ya nada. Su prima se derretía. Sariel maldijo en voz baja, impotente.

- ¡SASHA! ¡NO! - Gwenaëlle bramó desesperada, la voz quebrada en mil esquirlas. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no parpadeó; no podía permitirse el lujo de perderla de vista. ¿Pero qué podía hacer? Si deshacía la magia, Sasha sería engullida de inmediato. Si la mantenía, el vórtice la aplastaría hasta convertirla en nada.

Necesitaba tiempo.

Más tiempo...

Tiempo que no tuvo.

Lo dio todo igualmente. Aguantó hasta que sus brazos le dolieron, aunque no estuvieran haciendo esfuerzo físico alguno. Hasta que su cabeza martilleó con dolor, su mente a punto de explotar. Hasta que sintió un hilo caliente correr por su nariz: sangre, por forzar demasiado la Urdimbre. Aun así, no cejó. Cada latido era una decisión: seguir, seguir, seguir.

Y pronto, Sasha, tal y como la conocían, dejó de existir.

Su cuerpo se licuó, presa de las energías oscuras que la reclamaban. Entre gritos atroces, sus músculos se deshicieron y se escurrieron entre las hebras del muro, filtrándose como una pasta rojiza a través de la barrera que, impotente, sólo podía frenar la forma, no la destrucción. La sangre de la hin empezó a rodear la esfera negra como un sudario carmesí.

Gwenaëlle siguió sosteniendo el muro incluso cuando ya no quedaba nada que proteger. Durante unos segundos, quizá más, sus manos continuaron temblando en el aire, vacías. Al final, la magia se deshizo con un chasquido agudo, vacío.

Valerio asimismo se vio arrastrado, y sus restos comenzaron a deshacerse a medida que su cadáver fue acercándose al vórtice. Dick tiró de él con todas sus fuerzas, clavando los talones en las grietas del suelo, negándose a aceptar la pérdida.

- ¡Por favor! ¡Devuélvemelo! - gritó a un cielo que ya no estaba allí, sus palabras ahogadas por el rugido del portal naciente.

Pero el cadáver se le escapó de las manos, arrancando de sus dedos un jirón de tela. Y de Valerio tampoco quedó nada. Tan sólo un recuerdo amargo, reflejado en los ojos desolados del Padre Dick, enrojecidos y vidriosos. Se arrodilló, encorvado, con el trozo de capa entre las manos, como si fuese una reliquia sagrada.

Tan sólo pudo conservar ese jirón de su capa que quedó tras un vano intento de mantenerlo a su vera. Lo apretó contra su frente, murmurando plegarias rotas que ya no sabía si iban dirigidas a Ilmater o al vacío.

Las erinias echaron a volar, despavoridas. Pues lo que se estaba formando desprendía un aura malévola tan intensa que ni tan siquiera ellas eran capaces de soportar. Rompieron formación, alejándose a toda prisa. Pronto sus estelas recordaron a una nube de cuervos.

Y tras unos minutos que se hicieron eternos... el vórtice pareció estabilizarse. Dejó de absorber vísceras y piedra, y el rugido se transformó en un zumbido grave. Empezó a ensancharse, como una pupila negra, afilada, hasta formar un disco vertical que cortaba el aire en dos mitades.

No era una explosión.

Era... un portal.

Y lo que aguardaba al otro lado había reclamado ya un precio demasiado alto.​
 
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Skotos

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V.

El portal, brillante y rojizo como una herida abierta en el espacio, pulsaba con una energía maléfica. Un hedor cobrizo impregnaba el ambiente, entremezclado con azufre.

No había rastro ni de Sasha, ni de Valerio.

Habían desaparecido.

- Se acabó - dijo Ewan.- No hay nada que hacer aquí. Hemos ya cumplido con nuestra parte del trato. El portal se ha abierto aquí y no en Amn. Eso, para mi, es una victoria.

Los paladines se miraron entre sí. Fery, Baldrak, el Padre Dick. Sus rostros, colmados de pesar, de cierta duda. ¿Realmente era así? ¿Realmente habían llegado tan lejos, atravesado ríos de fuego y piedra incandescente, para dejar morir a una inocente y perder a uno de los suyos?

Sariel se incorporó. Tomó su cimitarra brillante, cuya parecía estar hecha de un haz de luna arrancado del cielo. Resopló agotada. Caminó hacia la mestiza, la cual contemplaba el portal con los ojos bien abiertos, como un búho. Incrédula. Indignada.

- ¿Qué quieres hacer? - le preguntó Sariel. La sacerdotisa entonces colocó una mano sobre su hombro.

Sus miradas se cruzaron. Gwenaëlle quería romper a llorar. Pero se contuvo. Trató de domar sus emociones y recorrió el laberinto de su mente en busca de respuestas. Su mirada se afiló, observando el fenómeno y empezó a buscar patrones en los haces rojizos.

Algunas erinias, las que quedaban, observaban a los aventureros. Pero no con desdén ni con odio. Sino con miedo. Miedo hacia lo que había al otro lado.

El grupo recogía sus pertrechos y se vendaba sus heridas. Lana murmuraba, consternada. El padre Dick seguía musitando oraciones a Ilmater. El portal emitía un zumbido incesante, pulsando como un corazón. Cada latido escupía vientos de un dominio ardiente que hacía que el mismo aire en torno a su proximidad temblase.

¿Qué había ocurrido?

El vórtice había absorbido las almas. Y cuando el cuerpo de Sasha colapsó en él... la reacción causó la apertura de la brecha.

Cabía una posibilidad. Pequeña.

Remota.

El círculo que se perfilaba en torno al portal no eran simples manchas de sangre y hueso. Era una configuración de signos trémulos, de íneas dibujadas a partir de las vértebras de Valerio y los fragmentos calcificados de la hin. Aquello no era solo una puerta de salida.

Entonces, el pensamiento atinguió a Gwenaëlle. De pronto, era obvio.

También podía ser una entrada.

Hacia otro infierno.

La semielfo inspiró, conteniendo el aliento. Comenzó a caminar hacia el portal. Con cada paso, con cada avance, las decenas de brazaletes, collares y abalorios que portaba tintineaban. El grupo siguió a la Oráculo con la mirada. Sariel, en silencio, apretó los labios mientras la vio alejarse hacia la vecindad del vórtice.

- Creo.... que los encontraremos al otro lado.

- ¿Al otro lado? ¿Y eso que quiere decir? Están muertos; lo ha visto tan bien como yo.


- Lo están.

Gwenaëlle tomó una pausa antes de repreender su discurso. Se giró, dando la espalda al portal. Y miró a todos.

- Pero mientras exista un oportunidad de salvar sus almas, debemos intentarlo. Si abandonamos ahora, su fin será seguro.

De pronto, hubo silencio.

Sariel no dijo nada al principio. Lana, aún con lágrimas cayendo por mejillas, apretó la empuñadura de su espada con los nudillos blancos.

- ¿Aún hay alguna posibilidad…?

- Remota - admitió Gwenaëlle, con pesar.

- ¿Más que cero?

Gwenaëlle asintió. Fue un gesto mínimo, pero bastó para levantar la moral del grupo.

Lana, Fery, Baldrak, el Padre Dick, Sariel.... de pronto, todos decidieron aferrarse a aquella esperanza. Por vana que sea.

- Selûne, te abrazaré de ser necesario. Pero déjame acabar lo que he comenzado -musitó Sariel.

La discusión con Ewan fue inevitable. Él intentó oponer cordura al impulso:

- ¿Qué nos espera al otro lado del portal más que la muerte? Los diablos que casi nos aniquilan: temen ese portal. A duras penas hemos sobrevivido aquí… y venimos al sitio donde los asesinos de Valerio temían.

Baldrak habló con gravedad, mirando a todos, como si quisiera grabar sus palabras en su conciencia antes de que fuese demasiado tarde:

- No vinimos a inmolarnos. Si es demasiado peligroso, nos regresamos. Pero debemos saber qué hay. Debemos recuperar lo que perdimos.

Fery se mostró inquebrantable. Negó, tomando su espada con incansable optimismo.

- Mientras exista una posibilidad, debemos intentarlo. No desfallezcáis, amigos.

Dick, el Padre Dick, estaba pálido. Sus manos temblaban sobre el símbolo de Ilmater, pero su voz, aún entrecortada, se alzó con la convicción propia del verdadero devoto.

- Ilmater, Padre de la piedad, mira a tus hijos que marchan. Dales la fortaleza para soportar el dolor. Que su coraje no flaquee ante la adversidad. Que recuerden la compasión incluso en el fragor de la lucha. Bendícelos para que actúen con justicia y, si han de sufrir, que su sacrificio sea por un bien mayor…

Gwenaëlle cerró los ojos un segundo. Era lo que debían hacer. Era lo que habían jurado hacer.

Era lo correcto.

Sariel se acercó entonces. Golpeó suavemente la armadura de la semielfa con el plano de la espada.

- Siempre juntas.

Gwenaëlle la miró de soslayo y, pese al nudo en la garganta, esbozó una media sonrisa cansada.

- Quizás después de esta… - dejó la frase abierta, como tantas promesas que se hacían sin decirlas.

El calor del portal era sofocante. La sangre de Sasha borboteaba, sujeta a una lógica ajena al mundo mortal, sosteniendo la brecha como si fuese un corazón amputado que se negaba a dejar de latir. Cada latido viscoso era un recordatorio de lo que habían perdido. Y de por qué no podían retirarse.

Te lo prometo, recordó. La voz de Sasha, risueña, burlona, mezclada con aquella súplica última que no llegó a vocalizar. Te lo prometo, no dejaré que mueras sola.

La promesa abrasaba su espíritu, cientos de veces más que el aire infernal que resecaba sus pulmones.

Armada con un saco de pergaminos, la vara firmemente asida y poco más que cabezonería, la Oráculo del Velo Lunar inspiró hondo. No volvió a mirar atrás.

Sin más ceremonias, dio un paso al frente y se internó en el portal.

El mundo se desgarró.

Durante un instante no hubo arriba ni abajo; solo una sucesión de impulsos: calor, frío, gritos ahogados, el eco distante de cadenas arrastrándose, un olor dulzón a carne quemada y flores marchitas. Sintió cómo las runas tejidas con los huesos de Valerio y la hin se cerraron sobre ella como un anillo, palpando su esencia, sopesando su alma… y dejándola pasar.

Una tras otra, las presencias que conocía la siguieron: el peso marcial de Sariel, el paso decidido de Lana, el aura templada de Fery, la obstinación casi dolorosa de Dick, la vigilancia tensa de Baldrak, la resignación airada de Ewan. Un rosario de voluntades enlazadas en la misma locura.

Y entonces, cesó.

La realidad se recompuso a la velocidad de un pensamiento.

A sus pies, la roca no era roca, sino una superficie negra y porosa, surcada por venas rojizas que latían con una luz interna. A lo lejos, varias columnas ciclópeas se alzaban hacia un cielo de ceniza, horadado por relámpagos silenciosos. El aire era aún más denso que en la capa superiro del plano. Como si fuese alquitrán. Viscoso, cargado de polvo metálico.

No había viento. No había estrellas.

Tan sólo un horizonte de sombras y polvo.

El portal tras ellos seguía respirando, una herida abierta suspendida en el aire, alimentada por el charco de sangre que burbujeaba a sus pies.

Las Erinias, en este lugar perdido de Gehenna, eran apenas puntos lejanos en un cielo que no pertenecía a nadie.
 

Skotos

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VI. (y fin)

En una isla de piedra, curvada en un ángulo ascendente, se erigía una fortaleza negra como el ónice. Rodeada de cientos de cadenas, cada eslabón tan grande como un hombre fornido. La atmósfera era densa, el aire tan espeso que casi se podía masticar. Sabía a humo, azufre y cuarzo.

Los héroes avanzaron decididamente; algunos, más que otros. Pero lo cierto es que nadie en su sano juicio podría dudar de su valentía. Todos se internaron en la Fortaleza Negra para dar cumplimiento a un mismo propósito pío:

Salvar dos almas inocentes de una eternidad de vil sufrimiento.

Los portones de la fortaleza estaban abiertos de par en par. Dentro, una legión infernal, completamente pertrechada y preparada para una inminente invasión, los aguardaba. Decenas de erinias, kokrachones, cornugones y miserables lemures se mantenían vigilantes, a ambos lados de un sendero pedregoso que conducía hacia lo que parecía ser un trono hecho de huesos y sangre coagulada.

Allí, aguardaba el Azmoroch, Barón de Gehenna.

El Lord Diablo observó a la pequeña comitiva con una sonrisa, o más bien una hilera nefaria, compuesta por cientos de dientes imposiblemente afilados. Sus ojos de serpiente destelleaban con fuego infernal. Su voz hacía retumbar cada grieta del suelo; la tierra bufaba como si ella misma temiese la autoridad de la criatura.

- AAAAAAAAAH... BIENVENIDOS A MI MORADA, MORTALES. NO SABÉIS CUANTO AGRADEZCO VUESTRO... HACER.

El grupo observó al diablo con perplejidad. Se miraron entre sí. ¿Qué quería decir la ciratura?

- NO SÉ CÓMO LO HABÉIS HECHO... PERO AL ROMPER EL CRISTAL, ME HABÉIS OTORGADO UN GRAN PODER. AHORA.... SOY LIBRE.

- No... pero tan sólo hicimos lo que la Shard nos pidió.
- algunos murmuraron.​

En una esquina del perímetro, mientras tanto, las figuras translucidas de Sasha y de Valerio miraban al suelo, resignadas. Atados de pies y manos por cadenas de acero que poco a poco les apretaban cada vez más.

Eran sus almas.

Gwenaëlle miró a sus amigos con angustia. El diablo continuó hablando.

- SÉ A LO QUE HABÉIS VENIDO. Y SOY... COMPREENSIVO. ESTAS ALMAS ME PERTENECEN AHORA, PERO ESTOY DISPUESTO A LLEGAR UN ACUERDO POR ELLAS. ¿QUÉ ME PROPONÉIS?

Silencio en el grupo. ¿Quién en su sano juicio aceptaría pactar con un diablo? Eran sacerdotes, caballeros, ordenados de diversas órdenes y fe, la mayoría. Se miraron entre sí.

- No podemos hacerlo. No...

- Pero algo habrá que hacer. ¡Están atrapados! No los podemos abandonar...


El grupo discutió. El Lord Diablo sonreía cada vez más, casi hasta el punto de que sus fauces amenazaban con desgarrar su rostro.

- SI NO SE OS OCURRE NADA, TENGO UNA PROPUESTA QUE HACEROS...

Todos miraron con atención entonces al Lord Diablo. Incluso Gwenaëlle.

Pero algo en su interior latía. ¿Era rabia? ¿Indignación? No, era algo más que simple frustración ante un obstáculo inamovible.

No iba a permitir que cayesen en el mismo error. Aquellas cadenas que rodeaban la fortaleza no eran una mera metáfora: eran el juego de criaturas como ellas.

Era el momento del todo o nada.

Era el momento de romper el ciclo.

- Yo... tengo una propuesta para ti -dijo Gwenaëlle. Su mirada ambarina se fijó en las brasas incadescentes del Lord Diablo - Jamás pactaremos ni transaccionaremos sobre almas inocentes. Sin embargo...

El grupo miró a la Oráculo. La inquietud se instalaba en sus semblantes.

- No tienes nada que perder si aceptas los siguientes términos.

- TE ESCUCHO.

- Ya has conseguido lo que querías. Eres más poderoso que nunca. Entonces, lucha contra nosotros. Tú solo, contra un grupo de meros mortales. Si ganas, nuestras almas te pertenecerán. Y si pierdes... recuperaremos las de nuestros amigos.


Las fauces de Azmoroch se entreabrieron para dar paso a una risa gutural, asquerosamente ronca.

- SUENA BIEN. SUENA.. DELICIOSO. MUY BIEN, MORTALES. ACEPTO VUESTROS TÉRMINOS.

Armoroch se levantó de su trono. Sus huestes se apartaron, ninguna criatura osando desafiar la autoridad del Lord Diablo. Y entonces, tomando su arma, un espadón enorme que medía más de una decena de metros... avanzó hacia el grupo.

Paladines y aventureros. Sacerdotes y soldados. Poco más que armados con su fe, con las últimas flechas que les quedaban, con buenos propósitos más que auténtico poder divino. Todos juntos, lucharon lo que pudo ser una de las batallas más importantes de sus vidas.

Lucharon durante horas.

Y lucharon.

Hasta que por fin, hubo un vencedor.

Dos flechas se clavaron en la tez de Azmoroch. Seguido de una estocada a su pecho, y luego otra. Una cimitarra que alcanzó a rebanar su cuello, seguido de un fuerte golpe de martillo. Los huesos del diablo de la sima crujieron y un grito tan atronador como una erupción volcánica sacudió la Fortaleza Negra.

Era un aullido de derrota. Contra todo pronóstico, los aventureros vencieron.

Azmoroch abrió las alas y emprendió el vuelo, decidido a alejarse de la presencia de los aventureros. Sus erinias lo siguieron. En silencio, atemorizadas por lo que habían acabado de presenciar. Las cadenas en torno a la fortaleza empezaron a aflojarse, y de pronto, los eslabones que mantenían sujetas las almas de Sasha y Valerio se rompieron.

Sus espectros flotaron hacia el grupo. Sus rostros, consumidos y retorcidos por la pena y el dolor.

Las cadenas, al haber sido rotas, empezaron a romperse en muchos trozos. Y con ellas, pareció romperse el equilibrio volcánico del lugar, pues las grietas empezaron a ensancharse. Pronto, algunas paredes empezaron a derrumbarse.

Era el momento de marcharse.

- ¡Vámonos! ¡Ahora!

El grupo guió a los espectros consigo, corriendo hacia el portal que aún estaba abierto. Sin mirar atrás, lo cruzaron.

Y de pronto...

El calor abrasador dió lugar a una brisa fresca de primavera. Del humo vino el olor a gramíneas y a pastos frescos. El paisaje se llenó de flores y del gemido plácido de vacas y terneros.

Habían regresado al Plano Material.

El grupo cayó al suelo, todos exhaustos. Y junto a ellos, Sasha y Valerio... pero no como espectros. Sus cuerpos, miraculosamente, se habían restituido cuando cruzaron el portal. Volvían a estar vivos. A salvo.

- Lo... ¿lo hemos conseguido? ¿De verdad que lo hemos conseguido?

- Justo a tiempo para mi boda
- dijo Fery. - Por un momento, pensaba que no lo contaría.

Gwenaëlle pasó su mirada entre todos los integrantes del grupo. Vió a Sariel, completamente exhausta, envainando su cimitarra. Vió a Dick abrazando a Valerio, quien miró a su compañero absolutamente confundido. No entendía lo que estaba pasando. Sasha estaba tirada en el suelo, a sus pies. Atontada.

Sonrió al verla.

- Algún día tendré yo la mía.. si alguien se toma la molestia de organizarla.

El dardo dió en su objetivo.

- Gwenaëlle, ¿tiene que ser ahora? ¡Acabamos de casi morir en los Infiernos! Dame un respiro, por Selûne... - protestó Sariel.

Algunos se echaron a reír.

Especialmente Sasha.

Pues pese a todo lo vivido, pese a haber sufrido en sus carnes el mal absoluto, encarnado en avaricia y desolación en su forma más pura... sentía alivio por volver a sentirse viva, libre.

Siempre alegre.

Selûne refulgía con fuerza en el cielo estrellado, su luz eclipsando a todas las demás.​

Offtopic :
Bueno, esta colección de relatillos se me hizo extraordinamente larga, pero lo cierto es que fue una minitrama de ambientación que me pareció flipante. Agradecimientos a @DM Schnoz y jugadores implicados en la escena final: @Hela, @BrokenWand, @farraces , @Zarwarra , @Sariel , @Ehe Te Nandayo, @Manny_LoneWolf, @Playerexe11, @Juan y @El Espino Blanco . Siento si me dejo a alguien; conforme pasa el tiempo se me olvidan cosas.
 
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