LaCroix
Adorador de Eduardo
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Un último suspiro y entonces silencio. La marca de la vida ausente, la huella de un calor que se apaga, el cuerpo inerte que despide al alma. Era aquella una habitación perdida, la alcoba comprada por dos monedas en una posada de caminos, el lugar discreto en que se cruzan las sendas de dos desconocidos. Todo había comenzado como suelen comenzar las cosas, con una mirada. El juego de las distancias, la danza que invita sin decir nada, la provocación que mide el puente entre el deseo y el coraje. Aquel hombre había tenido suficiente de ambos, y por ello había conquistado el privilegio de subir con ella a la intimidad del piso superior. Había comprado con ello un destino del que no era consciente, uno en el que sus fantasías ardientes se tornarían en frío pavor. En ocasiones la muerte podía ser tan solo un juego.
La Dama Blanca había tenido el detalle de concederle un último beso, uno que se había tornado tan profundo como para convertirle en un cascarón vacío. Del hombre no quedaba más que un recuerdo sucio, un cuerpo echado al suelo en una postura indigna, con el cuello abierto por una fuerza y presión que podían inducir a la pesadilla. Su sangre, que había manado prolífica, había manchado generosamente la mandíbula de la araña que lo había convertido en víctima, aquella víbora pálida que había hundido sus colmillos en su desprevenido sentir.
La emoción de la caza mediante la seducción era especial, aunque exigía mucho tiempo y el placer duraba poco. El calor que había drenado cuasi había desaparecido de ella, consumiéndose por el largo de su garganta en una sed que no conocía satisfacción. La tentación de añadir una segunda víctima siempre llamaba a la puerta, pero sabía bien que ningún número podría poner fin a sus instintos, ni saciar aquello que no obedecía natura alguna. Podría acabar con todos los presentes en aquella posada olvidada y no cambiaría nada. Existen heridas que no pueden sanar, vacíos que no se pueden llenar.
Pronto la necesidad de centrarse en otras cosas facilitó la transición a nuevos pensamientos, y con ello el cadáver de quién había sido su cena fue olvidado. Frente a la mujer se extendía la ventana que daba al exterior, y al otro lado de sus pálidas cortinas el resplandor difuso de la Reina Celeste. Ella cruzó por encima del cuerpo, grácil y elegante, como si el monstruo que acababa de quebrar la vida y la ley no fuera más que una inocente doncella. Su vestido blanco se fundía con su piel y cabellos, componiendo una sinfonía ausente de color. En esa partitura solo sus ojos destacaban con la inercia rosácea de un secreto inmortal, y ahora también el azaroso lienzo sangriento que su víctima había impreso en ella durante el forcejeo y el brotar de su vitalidad.
Con un gesto sereno apartó las cortinas y abrió la ventana, para contemplar así cara a cara la poderosa luminaria que la Luna imponía aún en la noche, plena y argéntea. Los vientos de los caminos penetraron como una brisa renovada en la habitación, meciendo la ordenada cabellera de la mujer, así como sus sedas. La atención de la dama, sin embargo, era solo para aquella enemiga que resplandecía en los cielos. Aquella que buscaba corromper el equilibrio natural de las cosas, guiando luz a las horas que debían ser tenebrosas. Qué centinela más formidable, un escudo inalcanzable que con gusto derribaría si ello no fuera una tarea imposible. Más su celo vigilante no habría de apartarla de su camino, no como lo hacía el Tirano Solar.
Tales pensamientos, delirios vertidos en un momento de soledad, pronto concluyeron para dar paso a una agenda necesitada de impulso. Tenía que estar en muchos sitios a la vez, y su momento de paz había terminado. Solo un suspiro, quizá, pero bienvenido. Un parpadeo y su figura ya no estaría allí, abandonando una comunión de murciélagos la posada a cielo abierto. Tras de sí, el frío retrato de la muerte inmisericorde, la huella del depredador.
La Dama Blanca había tenido el detalle de concederle un último beso, uno que se había tornado tan profundo como para convertirle en un cascarón vacío. Del hombre no quedaba más que un recuerdo sucio, un cuerpo echado al suelo en una postura indigna, con el cuello abierto por una fuerza y presión que podían inducir a la pesadilla. Su sangre, que había manado prolífica, había manchado generosamente la mandíbula de la araña que lo había convertido en víctima, aquella víbora pálida que había hundido sus colmillos en su desprevenido sentir.
La emoción de la caza mediante la seducción era especial, aunque exigía mucho tiempo y el placer duraba poco. El calor que había drenado cuasi había desaparecido de ella, consumiéndose por el largo de su garganta en una sed que no conocía satisfacción. La tentación de añadir una segunda víctima siempre llamaba a la puerta, pero sabía bien que ningún número podría poner fin a sus instintos, ni saciar aquello que no obedecía natura alguna. Podría acabar con todos los presentes en aquella posada olvidada y no cambiaría nada. Existen heridas que no pueden sanar, vacíos que no se pueden llenar.
Pronto la necesidad de centrarse en otras cosas facilitó la transición a nuevos pensamientos, y con ello el cadáver de quién había sido su cena fue olvidado. Frente a la mujer se extendía la ventana que daba al exterior, y al otro lado de sus pálidas cortinas el resplandor difuso de la Reina Celeste. Ella cruzó por encima del cuerpo, grácil y elegante, como si el monstruo que acababa de quebrar la vida y la ley no fuera más que una inocente doncella. Su vestido blanco se fundía con su piel y cabellos, componiendo una sinfonía ausente de color. En esa partitura solo sus ojos destacaban con la inercia rosácea de un secreto inmortal, y ahora también el azaroso lienzo sangriento que su víctima había impreso en ella durante el forcejeo y el brotar de su vitalidad.
Con un gesto sereno apartó las cortinas y abrió la ventana, para contemplar así cara a cara la poderosa luminaria que la Luna imponía aún en la noche, plena y argéntea. Los vientos de los caminos penetraron como una brisa renovada en la habitación, meciendo la ordenada cabellera de la mujer, así como sus sedas. La atención de la dama, sin embargo, era solo para aquella enemiga que resplandecía en los cielos. Aquella que buscaba corromper el equilibrio natural de las cosas, guiando luz a las horas que debían ser tenebrosas. Qué centinela más formidable, un escudo inalcanzable que con gusto derribaría si ello no fuera una tarea imposible. Más su celo vigilante no habría de apartarla de su camino, no como lo hacía el Tirano Solar.
Tales pensamientos, delirios vertidos en un momento de soledad, pronto concluyeron para dar paso a una agenda necesitada de impulso. Tenía que estar en muchos sitios a la vez, y su momento de paz había terminado. Solo un suspiro, quizá, pero bienvenido. Un parpadeo y su figura ya no estaría allí, abandonando una comunión de murciélagos la posada a cielo abierto. Tras de sí, el frío retrato de la muerte inmisericorde, la huella del depredador.
