Tada
Pitillo desechado de Talivia
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El viento de la madrugada se deslizaba entre las altas torres del Castillo del Guantelete, gélido y solemne, como un testigo silente de la vigilia de Tada. En la capilla de Torm, la única luz provenía de las velas titilantes y del resplandor pálido de la luna que se filtraba a través de los vitrales. Frente a él, la estatua del Dios de la Lealtad, su expresión estoica de piedra reflejaba el peso de la responsabilidad que pronto cargaría sobre sus hombros.
Esa noche no era una simple espera. Era un juicio del alma.
Tada había servido con devoción, había luchado con la determinación de quien no teme a la muerte, pero la ascensión a Maestre no era solo una prueba de armas o fe; era un compromiso absoluto, una promesa sellada con su propia existencia.
Se arrodilló con el escudo apoyado en el suelo y la espada sobre las rodillas, la mirada fija en la imagen del Leal. Sus pensamientos lo arrastraron al pasado.

Una noche, hace ya años, cuando aún era un escudero del Radiante Corazón, Tada patrulló los caminos del Principado de Minsorran junto a Raylock Howles. Tras completar su labor, ambos decidieron detenerse en una de las tabernas de la ciudad.
Su mente proyectaba con exactitud lo sucedido aquella noche, cada palabra, cada gesto.
Raylock, quien con el tiempo se convertiría en uno de sus amigos más cercanos, evocaba un aire de sabiduría inusual para su edad. Era un hombre de mirada firme y convicciones inquebrantables, un fiel seguidor de Tyr, cuyo sentido del deber estaba tallado en cada acción, en cada palabra que pronunciaba.
Aquella noche, entre el crepitar de la hoguera y el murmullo de la taberna, Raylock le habló de la justicia, del verdadero significado del deber.
—El acero de un caballero no se mide solo en el filo de su espada, sino en la rectitud de su espíritu.
Sus palabras calaron en el joven Tada, moldeando una verdad que lo acompañaría toda su vida.
—La valentía no es la ausencia de miedo, sino la decisión de seguir adelante a pesar de él. El honor no es solo una promesa, es la constante lucha por mantenerla.
Esa conversación, perdida en el tiempo para muchos, aún ardía con fuerza en su memoria.
Como si de un sueño se tratase, las imágenes cambiaron rápidamente.
El bullicio de la taberna se desvaneció, reemplazado por el crepitar de otra hoguera, una luz cálida danzando sobre las paredes de piedra. Tada ya no era un escudero de patrulla, sino un aprendiz sentado en un sillón cómodo y robusto, un lujo poco común en su austera formación.
A su lado, un hombre al que profesaba una profunda devoción, aquel a quien llamaba mentor.
Lord Erik Langley, con su porte imponente y su voz serena, vestía una armadura sencilla pero eficaz, diseñada para la batalla y no para la ostentación. Sobre su pecho, el rojo intenso de su tabardo se extendía como una declaración de fe, con un corazón alado bordado en hilo dorado: el símbolo del Radiante Corazón.
Con la calma de quien ha visto muchas batallas y superado muchas pruebas, Langley le hablaba, su tono grave pero paternal.
—Ser un Paladín de Torm no es solo un título, ni un derecho que se gana con la espada. Es una carga que se lleva en el alma, un juramento que no se rompe ni en la muerte.
Las palabras resonaban en el silencio, como si el mismo Castillo del Radiante corazón estuviera escuchando.
—El deber no conoce descanso, la justicia no teme a la adversidad y la fe no debe ceder ante la desesperanza.
Los ojos de Tada se reflejaban en la hoguera. Años después, sentado en la capilla del Castillo del Guantelete, a punto de ser ascendido a Maestre, entendía esas palabras mejor que nunca.
Pero el pasado no era todo lo que lo definía.
Abrió los ojos, posando la mirada sobre su reflejo en la hoja de su espada. Ya no era un joven impetuoso buscando demostrar su valía. Había encontrado su propósito, su código, y más allá de ello, la había encontrado a ella.
El recuerdo de Acala le cruzó la mente como un rayo de luz entre las nubes. Su risa, su mirada firme cuando discutían sobre sus obligaciones. Era su refugio en la tormenta, la única que lograba que Tada, el guerrero, bajara la guardia y fuera solo un hombre.
Pero la pregunta seguía ahí, latente.
¿Podía ser Maestre y seguir siendo el hombre que ella amaba? ¿Podía cargar con el peso de la Orden sin que este aplastara lo que era?
No lo sabía.
Lo único que sabía con certeza era que no podía retroceder. Torm no permitía la duda en el corazón de sus elegidos.
Se incorporó lentamente, cerrando los ojos.
La vigilia estaba por terminar. El amanecer traería consigo su nuevo título, su nueva carga.
Pero en el fondo, sabía que no era un cambio. Siempre había sido esto. Siempre había sido él.
El juramento ya había sido hecho mucho antes de esta noche.
Y jamás se rompería.
Esa noche no era una simple espera. Era un juicio del alma.
Tada había servido con devoción, había luchado con la determinación de quien no teme a la muerte, pero la ascensión a Maestre no era solo una prueba de armas o fe; era un compromiso absoluto, una promesa sellada con su propia existencia.
Se arrodilló con el escudo apoyado en el suelo y la espada sobre las rodillas, la mirada fija en la imagen del Leal. Sus pensamientos lo arrastraron al pasado.

Una noche, hace ya años, cuando aún era un escudero del Radiante Corazón, Tada patrulló los caminos del Principado de Minsorran junto a Raylock Howles. Tras completar su labor, ambos decidieron detenerse en una de las tabernas de la ciudad.
Su mente proyectaba con exactitud lo sucedido aquella noche, cada palabra, cada gesto.
Raylock, quien con el tiempo se convertiría en uno de sus amigos más cercanos, evocaba un aire de sabiduría inusual para su edad. Era un hombre de mirada firme y convicciones inquebrantables, un fiel seguidor de Tyr, cuyo sentido del deber estaba tallado en cada acción, en cada palabra que pronunciaba.
Aquella noche, entre el crepitar de la hoguera y el murmullo de la taberna, Raylock le habló de la justicia, del verdadero significado del deber.
—El acero de un caballero no se mide solo en el filo de su espada, sino en la rectitud de su espíritu.
Sus palabras calaron en el joven Tada, moldeando una verdad que lo acompañaría toda su vida.
—La valentía no es la ausencia de miedo, sino la decisión de seguir adelante a pesar de él. El honor no es solo una promesa, es la constante lucha por mantenerla.
Esa conversación, perdida en el tiempo para muchos, aún ardía con fuerza en su memoria.
Como si de un sueño se tratase, las imágenes cambiaron rápidamente.
El bullicio de la taberna se desvaneció, reemplazado por el crepitar de otra hoguera, una luz cálida danzando sobre las paredes de piedra. Tada ya no era un escudero de patrulla, sino un aprendiz sentado en un sillón cómodo y robusto, un lujo poco común en su austera formación.
A su lado, un hombre al que profesaba una profunda devoción, aquel a quien llamaba mentor.
Lord Erik Langley, con su porte imponente y su voz serena, vestía una armadura sencilla pero eficaz, diseñada para la batalla y no para la ostentación. Sobre su pecho, el rojo intenso de su tabardo se extendía como una declaración de fe, con un corazón alado bordado en hilo dorado: el símbolo del Radiante Corazón.
Con la calma de quien ha visto muchas batallas y superado muchas pruebas, Langley le hablaba, su tono grave pero paternal.
—Ser un Paladín de Torm no es solo un título, ni un derecho que se gana con la espada. Es una carga que se lleva en el alma, un juramento que no se rompe ni en la muerte.
Las palabras resonaban en el silencio, como si el mismo Castillo del Radiante corazón estuviera escuchando.
—El deber no conoce descanso, la justicia no teme a la adversidad y la fe no debe ceder ante la desesperanza.
Los ojos de Tada se reflejaban en la hoguera. Años después, sentado en la capilla del Castillo del Guantelete, a punto de ser ascendido a Maestre, entendía esas palabras mejor que nunca.
Pero el pasado no era todo lo que lo definía.
Abrió los ojos, posando la mirada sobre su reflejo en la hoja de su espada. Ya no era un joven impetuoso buscando demostrar su valía. Había encontrado su propósito, su código, y más allá de ello, la había encontrado a ella.
El recuerdo de Acala le cruzó la mente como un rayo de luz entre las nubes. Su risa, su mirada firme cuando discutían sobre sus obligaciones. Era su refugio en la tormenta, la única que lograba que Tada, el guerrero, bajara la guardia y fuera solo un hombre.Pero la pregunta seguía ahí, latente.
¿Podía ser Maestre y seguir siendo el hombre que ella amaba? ¿Podía cargar con el peso de la Orden sin que este aplastara lo que era?
No lo sabía.
Lo único que sabía con certeza era que no podía retroceder. Torm no permitía la duda en el corazón de sus elegidos.
Se incorporó lentamente, cerrando los ojos.
La vigilia estaba por terminar. El amanecer traería consigo su nuevo título, su nueva carga.
Pero en el fondo, sabía que no era un cambio. Siempre había sido esto. Siempre había sido él.
El juramento ya había sido hecho mucho antes de esta noche.
Y jamás se rompería.