2. Recuerdo de Andy
La muerte siempre llega. Algunos piensan que esta puede alcanzarnos muy pronto o muy tarde. Hay unos pocos que, incluso, la consideran también injusta, como si existiese algún tipo de deidad o poder superior que decide cuándo debemos morir, en base a las acciones que hemos realizado durante el proceso de la vida. Pero aquellos que servimos a la Reina sabemos que no es así, pues esta se presenta exactamente cuando está escrito que deba hacerlo. Ni antes, ni después. Y no hay mayor justicia que la muerte pues esta, irremediablemente, nos alcanza a todos. Y mi deber es estar allí cuando se muestre, sin juicio ni opinión. Si este poder superior del que hablan realmente existiese, ¿qué crímenes podría haber cometido el pequeño Andy para merecer tan aciago destino?
La Reina nos guio hasta él, a Jesyassa y a mí, pues la muerte lo había reclamado y algo impedía que su alma se despidiese de este plano. Aún a día de hoy desconozco qué le ocurrió exactamente, pero la Fiebre de Necrófago sólo se contagia de una forma: por la mordedura de uno de estos seres. Por lo que afirmaron sus padres, esto ocurrió hace seis años. Y ha sido durante estos seis años que su pequeña, pero brillante alma ha tenido que sufrir las cadenas de la no muerte. Un amor convertido en egoísmo disfrazado de falsa esperanza, sin que fuesen capaces de comprender el pesar que su no vida le estaba trayendo. ¿Qué creen que habría sentido él si les hubiese contagiado la misma enfermedad? ¿Si, por seguir en ese estado, hubiera hecho sufrir a sus padres lo mismo que él estaba sufriendo? Incluso con esas preguntas, soy capaz de entender un poco sus motivos.
Ahora su alma es libre, gracias a la actuación de Jesyassa y mía. Y su padre se habría convertido en un necrófago si la Reina no nos hubiese guiado hasta él. En su infinita sabiduría, nos señaló que su destino todavía estaba por llegar. Que su hilo no debía romperse ese mismo día. Ahora, en señal de respeto, ofrezco el recuerdo del pequeño Andy a la Reina como ofrenda y agradecimiento por su guía. Guardaré esta piedra de ónice y, cuando regrese, la depositaré en la Fortaleza de los Recuerdos como uno de sus mayores tesoros.

Al terminar su escrito, la pálida elfa dejó la pluma a un lado y cerró los ojos, acomodada en su posición, pese a que tanto la silla de madera como su armadura aportaban más bien incomodidad. Dejó que el trance de la ensoñación ahogase sus sentidos, trayendo los recuerdos de lo que ocurrió con Andy como si hubiese ocurrido ese mismo día. Recuerdos vívidos definidos por los detalles de la despedida.
El llanto de la madre. La negación del padre. La rabia de la bestia. Y la determinación de las siervas de la Reina con un deber por delante. Sus labios se movieron, igual que lo hicieron entonces, repitiendo las mismas palabras que dirigió hacia el alma de Andy una vez Jesyassa había destruido en misericordia la maldición que se había impregnado en su carne.
Pequeña llama, no permitiré que tu risa se disuelva.
Pequeño anhelo, no permitiré que tu nombre se vuelva ruido.
Que aquello que amaste encuentre eco en la eternidad.
Que aquello que soñaste no se pierda sin testigo.
Tu recuerdo será protegido para siempre.
Ve ahora, no le temas a la oscuridad.
Lo que te espera es mucho mejor que lo que te ataba a este lugar.
Allí no encontrarás dolor, ni temor.
Allí no podrás hacer daño a tus padres.
Descansa, Andy. La Reina velará por ti.