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Un motivo para la Esperanza

Skotos

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Era una noche gélida en Náshkel. El viento del norte, frío y áspero, arrastraba consigo los ecos de un pasado reciente: ruinas, fuego, gritos. Las heridas abiertas por el paso de Colmillos Afilados —o tal vez Bálagos— seguían supurando entre la nieve y la memoria. A las afueras de la ciudad, en campamentos improvisados, se agolpaban hombres, mujeres y niños. Refugiados de la Ciudadela Rashturl. Desplazados sin hogar. Alrededor de las hogueras, sus ojos reflejaban la misma pregunta sin voz: ¿qué será de nosotros?

Entonces, llegaron.

Una comitiva silenciosa, decidida. Un grupo diverso: algunos portaban armaduras que relucían bajo la luna, otros túnicas pesadas para protegerse del frío. Pero todos llevaban un símbolo inconfundible: siete estrellas de plata rodeando un par de ojos femeninos. El emblema de la Señora de Plata, Selûne.

Sello Selunita.png

Los reconocieron. Muchos los habían visto antes, cuando la batalla contra el dragón asolaba el Norte. Y ahora estaban allí, no con espadas desenvainadas, sino con manos abiertas. Liderando el grupo, dos figuras destacaban: una mujer de cabellos níveos y porte severo, y otra más alta, de sombrero azul oscuro, cuyos ojos dorados brillaban como dos estrellas al contraluz.
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No hubo tiempo para formalidades. La misión era clara: servir al prójimo. Fue Gwenaëlle quien rompió el silencio, adelantándose con paso firme:

- Conocéis - dijo con voz serena - a no pocas personas que lo han perdido todo. Y, por desgracia, no tienen un lugar al que volver. Sus hogares son un recuerdo… y, sin embargo, aquí estáis.

El silencio que siguió fue denso, roto tan sólo por el ulular del viento.

El grupo se dividió con pragmatismo. Lekin Tan’naru, maestro artesano, organizó un equipo para abrir un canal desde el río: querían que el agua corriente llegase al campamento. A su lado, hombres curtidos y jóvenes inexpertos tomaron palas, decididos. Entre ellos, Aitana de la Casa Gáldrim, que se desprendió de su armadura para trabajar como una más. Incluso el elfo Elessar se unió, declarando con tono grave:

- La desesperación se combate con la esperanza. El arma más poderosa.

El segundo grupo se volcó en los supervivientes. Dos sacerdotisas, una bardo y una novicia recorrieron las tiendas. Repartieron mantas, pan, monedas y palabras que eran bálsamo. Kriell, la bardo de voz suave, entonó melodías dulces que parecían devolver color a los rostros más pálidos:

- “Templad vuestro corazón… llegará el alba…”

Gwenaëlle habló de nuevo mientras guió a la novicia Elunara por las tiendas. Le instó a detenerse en cada persona, a tomarse su tiempo para conocerlas. Con gesto siempre amable y mirada cálida, le dió consejos para afrontar su cometido.

- Lanzad un mensaje de esperanza. Hablad con vuestro corazón. Que sepan que la luz de Selûne siempre se pondrá al lado del despojado, del que nada tiene y nada espera.

Elunara, arrodillada junto a una madre que abrazaba a sus hijos, prometió con una voz dulce:

- Por quienes se fueron, elevaremos plegarias. Por quienes quedan, alzaremos un refugio.

Fueron visitando tienda a tienda, alma por alma, paso a paso. Hasta que todos recibieron una cobija, una ración, una muda. Mientras tanto, las labores de construcción del canal fueron avanzando.

En un momento de tranquilidad, mientras todos comían, Sariel Shade decidió tomar la palabra. Y todos escucharon lo que tuvo que decir:

- Gentes de Rashturl, escuchad: la Dama de Plata no abandona a nadie. Como una madre con sus brazos abiertos, así os recibe esta noche. Cariño y protección para quienes acepten caminar bajo su luz.

Y así fue. Las hogueras brillaron más fuertes. El canal comenzó a tomar forma bajo el esfuerzo de muchos. El sonido de las palas se mezclaba con cantos y oraciones. Elessar y Kastan, cubiertos de barro hasta los codos, trabajaban codo a codo. Aitana, sin armadura, sonreía pese al cansancio. Vicent regresó con caza fresca, mientras la música de Kriell acariciaba las sombras.

Cuando la noche llegó a su culmen, Elunara se alzó, su voz templada como una plegaria:

- Por los que se han ido, alzaremos oraciones. Por los que quedan, levantaremos esperanza. Que Selûne ilumine este lugar y nunca nos falte su luz.

Aquella noche, el frío siguió mordiendo la carne. Pero, en el corazón de Náshkel, algo había cambiado. Entre los restos de la tragedia, la fe había vuelto a arder como un fuego invencible.

No era solo agua lo que se excavaba, ni mantas lo que se entregaba. Era algo más valioso: un motivo para creer.
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Esperanza.



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Offtopic :
Relato pendiente sobre una actuación que se hizo en Náshkel con los refugiados de la Ciudadela Rashturl, que huyeron tras el ataque de Bálagos. Gracias a todos los participantes. Originado en base a un rol de @DM Faker.
 
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Skotos

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Era otra mañana en Athkatla; una en la que el dolor y la tragedia llamaban a las puertas de la Ciudad de la Moneda.

Miles de refugiados, desplazados de la caída Kezculla, se agolpaban en los extrarradios del burgo, levantando con lonas, carpas y tiendas improvisadas una barriada de barro y esperanza rota. Hombres y mujeres, niños y ancianos: nadie había salido indemne de la mácula de la guerra, nadie había sido dispensado del horror de los dragones.

Y entonces llegaron los Hijos de la Luna.

El grupo, reconocible por sus capas azul noche bordadas con las siete estrellas de la diosa, se presentó en el campamento portando cofres cargados de víveres y medicinas. Gwenaëlle saludó a los refugiados con una sonrisa tímide, pero cargada de calidez. A su lado marchaban Sariel Shade, la Alta Sacerdotisa bañada por la luz de Selûne; Mernalyn Traphine, trovadora de voz viva y ánimo presto; Kriell de Selûne, marina deslenguada con tricornio de pirata; Lekin Tannaru, provisto con tablillas para inventariar los suministros; y Kastan Gert, cuya sola presencia y humor jovial insuflaba ánimo entre los desplazados.

El cofre, una maravilla taumatúrgica que se movía con vida propia, eventualmente reveló su contenido. En su interior se habían almacenado mantas, raciones, medicinas y ropa. El grupo de feligreses comenzó a distribuirlos con criterios de humanidad, priorizando a las mujeres con niños y a los ancianos.

Sariel atendió a los heridos con ungüentos y palabras suaves. Kastan iba de aquí para allá, descargando sacos y dejando que los niños le preguntasen sobre hazañas bélicas. Juró a quienes quisieron escuchar que acabarían con el mal que los asolaba, y que un nuevo mañana llegaría. Mientras tanto, más prosaico, Lekin iba anotando, inventariando y coordinando, haciéndose una idea de las necesidades logísticas que precisaba el campamento. Mernalyn y Kriell se unieron en un dueto divertido, arrancando sonrisas con su canto. Incluso en medio de aquel lugar repleto de desposeídos, la música y la palabra fue recibida como la primera lluvia que alimenta la tierra yerma.

- Permitidme unas palabras, a quienes deseen escuchar. - dijo Sariel con voz pausada, tranquila, propia de quien estaba acostumbrada a guíar a otros en su camino hacia la luz. - Selûne está hoy con nosotros, y jamás abandonará a los desamparados. Aún cuando la noche es más oscura, su luz se abrirá paso entre las tinieblas.

- Nuestra Señora de Plata no permitirá que nadie quede atrás. Cuando la desesperanza os atenaze, buscad consuelo en las estrellas que velan por vuestro sino
—añadió Gwenaëlle, su voz más tímida, pero igualmente cargada con fervor por el mensaje que pretendía transmitir.

- Ofreceremos trabajo a quien lo desee; sustento a aquellos que acepten refugiarse en los templos de Selûne. No estáis sólos; no ha sido así antes, y no será así ahora.

A todo niño se le dió una hogaza de pan; a todo anciano, una manta. Los heridos fueron atendidos con cuidado, buscando concederles un respiro entre sus dolores.

Las horas transcurrieron, y los selunitas no cejaron en su empeño. Ofrecieron cuanto habían traído, y con ello una promesa: dignidad.

Y una vida más cierta que la desolación de la que huían.

El campamento, aunque seguía marcado por la precariedad, conoció esa jornada algo distinto: un respiro, un destello de esperanza, como un rayo de luna abriéndose paso entre las nubes más densas.

La guerra había despojado a miles de todo cuanto tenían.

Los Hijos de la Luna, aquella mañana, les devolvieron la certeza de no estar solos.​



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Sello Selunita.png

Offtopic :
Breve relato-autoguidada detallando tareas de asistencia a los refugiados de Keczulla. Cito a @DM Caotica a los efectos oportunos.
 

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