Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
- Registrado
- 4/7/07
- Mensajes
- 2,313
Era una noche gélida en Náshkel. El viento del norte, frío y áspero, arrastraba consigo los ecos de un pasado reciente: ruinas, fuego, gritos. Las heridas abiertas por el paso de Colmillos Afilados —o tal vez Bálagos— seguían supurando entre la nieve y la memoria. A las afueras de la ciudad, en campamentos improvisados, se agolpaban hombres, mujeres y niños. Refugiados de la Ciudadela Rashturl. Desplazados sin hogar. Alrededor de las hogueras, sus ojos reflejaban la misma pregunta sin voz: ¿qué será de nosotros?
Entonces, llegaron.
Una comitiva silenciosa, decidida. Un grupo diverso: algunos portaban armaduras que relucían bajo la luna, otros túnicas pesadas para protegerse del frío. Pero todos llevaban un símbolo inconfundible: siete estrellas de plata rodeando un par de ojos femeninos. El emblema de la Señora de Plata, Selûne.

Los reconocieron. Muchos los habían visto antes, cuando la batalla contra el dragón asolaba el Norte. Y ahora estaban allí, no con espadas desenvainadas, sino con manos abiertas. Liderando el grupo, dos figuras destacaban: una mujer de cabellos níveos y porte severo, y otra más alta, de sombrero azul oscuro, cuyos ojos dorados brillaban como dos estrellas al contraluz.
Entonces, llegaron.
Una comitiva silenciosa, decidida. Un grupo diverso: algunos portaban armaduras que relucían bajo la luna, otros túnicas pesadas para protegerse del frío. Pero todos llevaban un símbolo inconfundible: siete estrellas de plata rodeando un par de ojos femeninos. El emblema de la Señora de Plata, Selûne.

Los reconocieron. Muchos los habían visto antes, cuando la batalla contra el dragón asolaba el Norte. Y ahora estaban allí, no con espadas desenvainadas, sino con manos abiertas. Liderando el grupo, dos figuras destacaban: una mujer de cabellos níveos y porte severo, y otra más alta, de sombrero azul oscuro, cuyos ojos dorados brillaban como dos estrellas al contraluz.
No hubo tiempo para formalidades. La misión era clara: servir al prójimo. Fue Gwenaëlle quien rompió el silencio, adelantándose con paso firme:
- Conocéis - dijo con voz serena - a no pocas personas que lo han perdido todo. Y, por desgracia, no tienen un lugar al que volver. Sus hogares son un recuerdo… y, sin embargo, aquí estáis.
El silencio que siguió fue denso, roto tan sólo por el ulular del viento.
El grupo se dividió con pragmatismo. Lekin Tan’naru, maestro artesano, organizó un equipo para abrir un canal desde el río: querían que el agua corriente llegase al campamento. A su lado, hombres curtidos y jóvenes inexpertos tomaron palas, decididos. Entre ellos, Aitana de la Casa Gáldrim, que se desprendió de su armadura para trabajar como una más. Incluso el elfo Elessar se unió, declarando con tono grave:
- La desesperación se combate con la esperanza. El arma más poderosa.
El segundo grupo se volcó en los supervivientes. Dos sacerdotisas, una bardo y una novicia recorrieron las tiendas. Repartieron mantas, pan, monedas y palabras que eran bálsamo. Kriell, la bardo de voz suave, entonó melodías dulces que parecían devolver color a los rostros más pálidos:
- “Templad vuestro corazón… llegará el alba…”
Gwenaëlle habló de nuevo mientras guió a la novicia Elunara por las tiendas. Le instó a detenerse en cada persona, a tomarse su tiempo para conocerlas. Con gesto siempre amable y mirada cálida, le dió consejos para afrontar su cometido.
- Lanzad un mensaje de esperanza. Hablad con vuestro corazón. Que sepan que la luz de Selûne siempre se pondrá al lado del despojado, del que nada tiene y nada espera.
Elunara, arrodillada junto a una madre que abrazaba a sus hijos, prometió con una voz dulce:
- Por quienes se fueron, elevaremos plegarias. Por quienes quedan, alzaremos un refugio.
Fueron visitando tienda a tienda, alma por alma, paso a paso. Hasta que todos recibieron una cobija, una ración, una muda. Mientras tanto, las labores de construcción del canal fueron avanzando.
En un momento de tranquilidad, mientras todos comían, Sariel Shade decidió tomar la palabra. Y todos escucharon lo que tuvo que decir:
- Gentes de Rashturl, escuchad: la Dama de Plata no abandona a nadie. Como una madre con sus brazos abiertos, así os recibe esta noche. Cariño y protección para quienes acepten caminar bajo su luz.
Y así fue. Las hogueras brillaron más fuertes. El canal comenzó a tomar forma bajo el esfuerzo de muchos. El sonido de las palas se mezclaba con cantos y oraciones. Elessar y Kastan, cubiertos de barro hasta los codos, trabajaban codo a codo. Aitana, sin armadura, sonreía pese al cansancio. Vicent regresó con caza fresca, mientras la música de Kriell acariciaba las sombras.
Cuando la noche llegó a su culmen, Elunara se alzó, su voz templada como una plegaria:
- Por los que se han ido, alzaremos oraciones. Por los que quedan, levantaremos esperanza. Que Selûne ilumine este lugar y nunca nos falte su luz.
Aquella noche, el frío siguió mordiendo la carne. Pero, en el corazón de Náshkel, algo había cambiado. Entre los restos de la tragedia, la fe había vuelto a arder como un fuego invencible.
No era solo agua lo que se excavaba, ni mantas lo que se entregaba. Era algo más valioso: un motivo para creer.
- Conocéis - dijo con voz serena - a no pocas personas que lo han perdido todo. Y, por desgracia, no tienen un lugar al que volver. Sus hogares son un recuerdo… y, sin embargo, aquí estáis.
El silencio que siguió fue denso, roto tan sólo por el ulular del viento.
El grupo se dividió con pragmatismo. Lekin Tan’naru, maestro artesano, organizó un equipo para abrir un canal desde el río: querían que el agua corriente llegase al campamento. A su lado, hombres curtidos y jóvenes inexpertos tomaron palas, decididos. Entre ellos, Aitana de la Casa Gáldrim, que se desprendió de su armadura para trabajar como una más. Incluso el elfo Elessar se unió, declarando con tono grave:
- La desesperación se combate con la esperanza. El arma más poderosa.
El segundo grupo se volcó en los supervivientes. Dos sacerdotisas, una bardo y una novicia recorrieron las tiendas. Repartieron mantas, pan, monedas y palabras que eran bálsamo. Kriell, la bardo de voz suave, entonó melodías dulces que parecían devolver color a los rostros más pálidos:
- “Templad vuestro corazón… llegará el alba…”
Gwenaëlle habló de nuevo mientras guió a la novicia Elunara por las tiendas. Le instó a detenerse en cada persona, a tomarse su tiempo para conocerlas. Con gesto siempre amable y mirada cálida, le dió consejos para afrontar su cometido.
- Lanzad un mensaje de esperanza. Hablad con vuestro corazón. Que sepan que la luz de Selûne siempre se pondrá al lado del despojado, del que nada tiene y nada espera.
Elunara, arrodillada junto a una madre que abrazaba a sus hijos, prometió con una voz dulce:
- Por quienes se fueron, elevaremos plegarias. Por quienes quedan, alzaremos un refugio.
Fueron visitando tienda a tienda, alma por alma, paso a paso. Hasta que todos recibieron una cobija, una ración, una muda. Mientras tanto, las labores de construcción del canal fueron avanzando.
En un momento de tranquilidad, mientras todos comían, Sariel Shade decidió tomar la palabra. Y todos escucharon lo que tuvo que decir:
- Gentes de Rashturl, escuchad: la Dama de Plata no abandona a nadie. Como una madre con sus brazos abiertos, así os recibe esta noche. Cariño y protección para quienes acepten caminar bajo su luz.
Y así fue. Las hogueras brillaron más fuertes. El canal comenzó a tomar forma bajo el esfuerzo de muchos. El sonido de las palas se mezclaba con cantos y oraciones. Elessar y Kastan, cubiertos de barro hasta los codos, trabajaban codo a codo. Aitana, sin armadura, sonreía pese al cansancio. Vicent regresó con caza fresca, mientras la música de Kriell acariciaba las sombras.
Cuando la noche llegó a su culmen, Elunara se alzó, su voz templada como una plegaria:
- Por los que se han ido, alzaremos oraciones. Por los que quedan, levantaremos esperanza. Que Selûne ilumine este lugar y nunca nos falte su luz.
Aquella noche, el frío siguió mordiendo la carne. Pero, en el corazón de Náshkel, algo había cambiado. Entre los restos de la tragedia, la fe había vuelto a arder como un fuego invencible.
No era solo agua lo que se excavaba, ni mantas lo que se entregaba. Era algo más valioso: un motivo para creer.
Offtopic :
Relato pendiente sobre una actuación que se hizo en Náshkel con los refugiados de la Ciudadela Rashturl, que huyeron tras el ataque de Bálagos. Gracias a todos los participantes. Originado en base a un rol de @DM Faker.
Última edición:
