Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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Lo que se presenta a continuación es un recopilatorio de las experiencias de Zilvra Veldrin en los últimos cuatro años.
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I.
El olor a salitre la acompañaba cada día. Las cuerdas laceraban sus manos.
El barco se balanceaba bajo sus pies, incesante y traicionero. Era su primer viaje largo en alta mar, y se notaba. Los nudos, el cabotaje; nada era tan sencillo como lo que había practicado en tierra. El viento era impredecible, caprichoso, y el oleaje cambiaba de forma inesperada. Los marineros que los habían acogido, experimentados en su mayoría, no parecían muy cómodos con su presencia. Sí, habían aceptado la ayuda, pero a regañadientes.
Pero esa había sido su elección. Necesitaba este viaje. Necesitaba alejarse de Amn y dejar atrás todas sus experiencias recientes.
Pero no emprendió su viaje sola. Él siempre estaba allí. Siempre a su lado.
- ¿Puedes con eso? - Eothain gritó, intentando hacerse oír sobre el aullido del viento, mientras sus manos movían las cuerdas con la facilidad de quien lo ha hecho toda su vida. Zilvra lo fulminó con la mirada, más por frustración consigo misma que por sus palabras.
El mar, vasto e indomable, exigía toda su pericia y concentración. Lejos de las intrigas de Amn. Lejos de Thay, de Undrek’Thoz. No había mucho tiempo para pensar ni para entretenerse con pensamientos obsesivos.
Era un trabajo honesto, uno con propósito.
- Mi abuelo siempre decía que el mar muestra tu verdadero carácter. —dijo Eothain, una de las muchas veces que intentó animarla.
Los días pasaron.
Los movimientos de Zilvra ganaron seguridad. Empezó a apretar los nudos con rapidez y fuerza. Se familiarizó con las jarcías. Su equilibrio mejoraba. Con tiempo, paciencia, y la fuerza del hábito, se dio cuenta de que muchas de aquellas tareas se aprendían como cualquier otro oficio. No había nacido para esta vida, pero empezaba a entenderla. El ritmo del barco, la fuerza del viento, las estrellas que la guiaban sobre el firmamento.
Miró al horizonte, donde la luz de la luna danzaba sobre las olas, extendiéndose sin fin ante ella.
El mar era inmenso, interminable.
--
II.
Pasó un año desde aquel viaje. Quizás más.
Las Moonshaes no se parecían en nada a lo que Zilvra había imaginado. En cuanto atracaron, notó la diferencia con Amn casi de inmediato. La niebla se aferraba a las colinas, y el aire olía a musgo y sal. Era un lugar salvaje, indómito. Y peligroso.
La aldea de Eothain era pequeña, pero suficiente. Los aldeanos, curtidos por la dura vida de las islas, la aceptaron de un modo que ella no había esperado. Como si no fuese la primera vez que veían a una criatura extraña. La saludaban con un breve asentimiento, ignorando las cicatrices que cruzaban su rostro. Siempre llevaba el collar que Eothain le había regalado, adornado con símbolos de la Madre Tierra.
O quizás ya se había corrido la voz.
Tanto daba el motivo. El caso es que allí, no la trataban como a una extraña.
En aquellos paisajes neblinosos, de tierras duras y pantanosas, la gente hacía su vida como podía. Labraban el campo y rezaban a la naturaleza, agradeciendo sus dones a medida que las estaciones se sucedían, una tras otra. La madre de Eothain, una druida, la acogió con un cariño especial; una dulzura que Zilvra sólo había visto en otra persona.
Pasó mucho tiempo con ella, en su casa. Le enseñó sobre las costumbres de los ffolk. Le enseñó a leer el significado de las estrellas y a identificar ciertas plantas. Pero no era sólo una ayuda: así también aprovechaban para conocerse, la una a la otra. Y sin buscarlo, esa conexión creció como las raíces de los robles, silenciosa pero firme.
Sin embargo, el bosque que rodeaba la aldea no era tan acogedor. Había peligro acechando en las sombras de los árboles, en los aullidos que permeaban el manto nocturno. Los aldeanos hablaban de hombres lobo que llegaban con la luna llena. Medio hombres, medio bestias; seres de ojos brillantes que esperaban una oportunidad para abalanzarse sobre algún incauto.
Ella los había visto alguna vez. Siluetas encorvadas, bípedas, que a veces se apoyaban en sus brazos para correr a cuatro patas.
Sus gruñidos guturales a veces invadían su ensueño.
- Han sido un problema durante años. Por más que los mates, siempre vuelven. - le explicó un aldeano, diciendo aquello como quien habla de la lluvia. Con naturalidad, con resignación. Era la naturaleza de las islas. El que era de allí, lo aceptaba como algo propio de su idiosincrasia.
Tuvo ocasión de probar su filo con ellos. No eran ataques tan frecuentes, pero a veces alguna criatura joven se volvía demasiado atrevida. Una noche, un engendro de pelaje gris se abalanzó sobre una chica que se había alejado demasiado de su casa.
Varios guerreros de la aldea salieron a su auxilio, pero Zilvra y Eothain fueron los más rápidos.
La bestia saltó sobre ambos; sus ojos, dos orbes amarillentos, desorbitados por un hambre atroz.
Un golpe rápido al cuello. Fue todo lo que necesitaron. La plata bañada en su hoja hizo el resto.
- Buen golpe.
Eothain sacó un cuchillo. Por si acaso, lo clavó varias veces en el licántropo. La criatura empezó a retorcerse y su carne se encogió, revelando una forma más... mundana.
Era un humano. Y por su gesto, él pareció reconocerlo.
- Otro desgraciado. Por eso no podemos bajar la guardia, Zil. ¿Lo ves?
Ella asintió en silencio. Estas tierras eran duras. Bellas, pero inmisericordes.
Vivieron más cosas allí. Encuentros con hadas. Con bandidos, los Ruathym. Compartió comida y bebida con muchas personas; muchos rostros que atesoró en su memoria. Algunos de ellos se reían al mirarla. Otros la miraban con suspicacia, como si fuese enviada de un sino más oscuro. Pero aquí, al menos, no la rehuían. La veían y la aceptaban, aunque les resultase algo extraño.
Recordó incluso a un niño que le hizo una pregunta que se antojó extraña, en aquel momento.
- ¿Eres un hada?
Ella le devolvió una mirada hosca.
- ¿Tú qué crees?
El niño se quedó pensativo, frunciendo el ceño, como si sopesara la respuesta.
- Mi madre dice que las hadas no tienen cicatrices. Y que algunas son malas. ¿Tú lo eres?
Ella tomó un tiempo para responder a aquello. Dudó, esbozando una mueca.
- Supongo que no.
El chico la miró un instante más, intrigado, pero no insistió. Se fue corriendo de nuevo hacia los campos, y Zilvra, sola de nuevo, esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible.
Recordaría aquella estancia como un momento especial de su vida. Un respiro, a su manera. Un lugar dotado de una extraña dualidad: donde la violencia y la paz coexistían como la niebla y la marea.
Y aunque sabía que no podría quedarse para siempre, las Moonshaes le habían dado algo que no esperaba.
Un hogar al que volver. Al menos por un tiempo.
¿Pero era eso lo que quería?
Pasaron los meses.
Y aunque la idea de quedarse ganó terreno en su mente, sabía que no era para ella. Había pasado toda su vida huyendo de los miedos, de un futuro impuesto. Pero no podía seguir así. Sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a su destino.
Podría quedarme, pensó. Sería lo fácil. Quizás incluso me haría feliz.
Y sin embargo, cada noche, al levantar la vista, la veía. La luna. Siempre presente, como una mirada que la observaba.
Pero no lo haré. No puedo.
En el fondo, ella sabía que no podía elegir. No era aquel su cometido.
Eventualmente lo entendió. Había creído que no, hasta ahora, pero ella también tenía responsabilidades.
Un propósito.
Una llamada que atender.
Recordó a sus amigos, especialmente a Lythana. Un sabor amargo llenó su paladar, entremezclando la culpa con un malestar bilioso. ¿Cómo podría mirarla a los ojos después de todo lo que le dijo?
No podía huir y esconderse. Debía enfrentarse a sus miedos. Su vida, tal como la veía ahora, no era realmente suya.
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I.
El olor a salitre la acompañaba cada día. Las cuerdas laceraban sus manos.
El barco se balanceaba bajo sus pies, incesante y traicionero. Era su primer viaje largo en alta mar, y se notaba. Los nudos, el cabotaje; nada era tan sencillo como lo que había practicado en tierra. El viento era impredecible, caprichoso, y el oleaje cambiaba de forma inesperada. Los marineros que los habían acogido, experimentados en su mayoría, no parecían muy cómodos con su presencia. Sí, habían aceptado la ayuda, pero a regañadientes.
Pero esa había sido su elección. Necesitaba este viaje. Necesitaba alejarse de Amn y dejar atrás todas sus experiencias recientes.
Pero no emprendió su viaje sola. Él siempre estaba allí. Siempre a su lado.
- ¿Puedes con eso? - Eothain gritó, intentando hacerse oír sobre el aullido del viento, mientras sus manos movían las cuerdas con la facilidad de quien lo ha hecho toda su vida. Zilvra lo fulminó con la mirada, más por frustración consigo misma que por sus palabras.
El mar, vasto e indomable, exigía toda su pericia y concentración. Lejos de las intrigas de Amn. Lejos de Thay, de Undrek’Thoz. No había mucho tiempo para pensar ni para entretenerse con pensamientos obsesivos.
Era un trabajo honesto, uno con propósito.
- Mi abuelo siempre decía que el mar muestra tu verdadero carácter. —dijo Eothain, una de las muchas veces que intentó animarla.
Los días pasaron.
Los movimientos de Zilvra ganaron seguridad. Empezó a apretar los nudos con rapidez y fuerza. Se familiarizó con las jarcías. Su equilibrio mejoraba. Con tiempo, paciencia, y la fuerza del hábito, se dio cuenta de que muchas de aquellas tareas se aprendían como cualquier otro oficio. No había nacido para esta vida, pero empezaba a entenderla. El ritmo del barco, la fuerza del viento, las estrellas que la guiaban sobre el firmamento.
Miró al horizonte, donde la luz de la luna danzaba sobre las olas, extendiéndose sin fin ante ella.
El mar era inmenso, interminable.
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II.
Pasó un año desde aquel viaje. Quizás más.
Las Moonshaes no se parecían en nada a lo que Zilvra había imaginado. En cuanto atracaron, notó la diferencia con Amn casi de inmediato. La niebla se aferraba a las colinas, y el aire olía a musgo y sal. Era un lugar salvaje, indómito. Y peligroso.
La aldea de Eothain era pequeña, pero suficiente. Los aldeanos, curtidos por la dura vida de las islas, la aceptaron de un modo que ella no había esperado. Como si no fuese la primera vez que veían a una criatura extraña. La saludaban con un breve asentimiento, ignorando las cicatrices que cruzaban su rostro. Siempre llevaba el collar que Eothain le había regalado, adornado con símbolos de la Madre Tierra.
O quizás ya se había corrido la voz.
Tanto daba el motivo. El caso es que allí, no la trataban como a una extraña.
En aquellos paisajes neblinosos, de tierras duras y pantanosas, la gente hacía su vida como podía. Labraban el campo y rezaban a la naturaleza, agradeciendo sus dones a medida que las estaciones se sucedían, una tras otra. La madre de Eothain, una druida, la acogió con un cariño especial; una dulzura que Zilvra sólo había visto en otra persona.
Pasó mucho tiempo con ella, en su casa. Le enseñó sobre las costumbres de los ffolk. Le enseñó a leer el significado de las estrellas y a identificar ciertas plantas. Pero no era sólo una ayuda: así también aprovechaban para conocerse, la una a la otra. Y sin buscarlo, esa conexión creció como las raíces de los robles, silenciosa pero firme.
Sin embargo, el bosque que rodeaba la aldea no era tan acogedor. Había peligro acechando en las sombras de los árboles, en los aullidos que permeaban el manto nocturno. Los aldeanos hablaban de hombres lobo que llegaban con la luna llena. Medio hombres, medio bestias; seres de ojos brillantes que esperaban una oportunidad para abalanzarse sobre algún incauto.
Ella los había visto alguna vez. Siluetas encorvadas, bípedas, que a veces se apoyaban en sus brazos para correr a cuatro patas.
Sus gruñidos guturales a veces invadían su ensueño.
- Han sido un problema durante años. Por más que los mates, siempre vuelven. - le explicó un aldeano, diciendo aquello como quien habla de la lluvia. Con naturalidad, con resignación. Era la naturaleza de las islas. El que era de allí, lo aceptaba como algo propio de su idiosincrasia.
Tuvo ocasión de probar su filo con ellos. No eran ataques tan frecuentes, pero a veces alguna criatura joven se volvía demasiado atrevida. Una noche, un engendro de pelaje gris se abalanzó sobre una chica que se había alejado demasiado de su casa.
Varios guerreros de la aldea salieron a su auxilio, pero Zilvra y Eothain fueron los más rápidos.
La bestia saltó sobre ambos; sus ojos, dos orbes amarillentos, desorbitados por un hambre atroz.
Un golpe rápido al cuello. Fue todo lo que necesitaron. La plata bañada en su hoja hizo el resto.
- Buen golpe.
Eothain sacó un cuchillo. Por si acaso, lo clavó varias veces en el licántropo. La criatura empezó a retorcerse y su carne se encogió, revelando una forma más... mundana.
Era un humano. Y por su gesto, él pareció reconocerlo.
- Otro desgraciado. Por eso no podemos bajar la guardia, Zil. ¿Lo ves?
Ella asintió en silencio. Estas tierras eran duras. Bellas, pero inmisericordes.
Vivieron más cosas allí. Encuentros con hadas. Con bandidos, los Ruathym. Compartió comida y bebida con muchas personas; muchos rostros que atesoró en su memoria. Algunos de ellos se reían al mirarla. Otros la miraban con suspicacia, como si fuese enviada de un sino más oscuro. Pero aquí, al menos, no la rehuían. La veían y la aceptaban, aunque les resultase algo extraño.
Recordó incluso a un niño que le hizo una pregunta que se antojó extraña, en aquel momento.
- ¿Eres un hada?
Ella le devolvió una mirada hosca.
- ¿Tú qué crees?
El niño se quedó pensativo, frunciendo el ceño, como si sopesara la respuesta.
- Mi madre dice que las hadas no tienen cicatrices. Y que algunas son malas. ¿Tú lo eres?
Ella tomó un tiempo para responder a aquello. Dudó, esbozando una mueca.
- Supongo que no.
El chico la miró un instante más, intrigado, pero no insistió. Se fue corriendo de nuevo hacia los campos, y Zilvra, sola de nuevo, esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible.
Recordaría aquella estancia como un momento especial de su vida. Un respiro, a su manera. Un lugar dotado de una extraña dualidad: donde la violencia y la paz coexistían como la niebla y la marea.
Y aunque sabía que no podría quedarse para siempre, las Moonshaes le habían dado algo que no esperaba.
Un hogar al que volver. Al menos por un tiempo.
¿Pero era eso lo que quería?
Pasaron los meses.
Y aunque la idea de quedarse ganó terreno en su mente, sabía que no era para ella. Había pasado toda su vida huyendo de los miedos, de un futuro impuesto. Pero no podía seguir así. Sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a su destino.
Podría quedarme, pensó. Sería lo fácil. Quizás incluso me haría feliz.
Y sin embargo, cada noche, al levantar la vista, la veía. La luna. Siempre presente, como una mirada que la observaba.
Pero no lo haré. No puedo.
En el fondo, ella sabía que no podía elegir. No era aquel su cometido.
Eventualmente lo entendió. Había creído que no, hasta ahora, pero ella también tenía responsabilidades.
Un propósito.
Una llamada que atender.
Recordó a sus amigos, especialmente a Lythana. Un sabor amargo llenó su paladar, entremezclando la culpa con un malestar bilioso. ¿Cómo podría mirarla a los ojos después de todo lo que le dijo?
No podía huir y esconderse. Debía enfrentarse a sus miedos. Su vida, tal como la veía ahora, no era realmente suya.
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