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Un viaje hacia la madurez

Skotos

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I. Lo que se deja atrás.​

Argluna, la Gema del Norte.
Gwenaëlle Mirvalen regresa a su hogar.
Pero el regreso a un lugar colmado de recuerdos no resulta sencillo.
Todo le parece familiar, y sin embargo... tan lejano.
Ajeno. Desconectado de su ser.
El peso del linaje, una herencia impuesta, le oprime el pecho hasta dejarla sin aliento.
Extraña lo que dejó atrás.
Amn.

Su libertad.

La esperan con una sonrisa calculada. Los salones pulcros y las cortinas recién lavadas.
Su madre ha preparado el té, las palabras, el porvenir.
Un apellido respetable. Un futuro conveniente. Un compromiso sin deseo.
Todo está dispuesto.

Excepto ella misma.

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II. Lo que se pretende ser.​

La hacienda Mirvalen parece no haber cambiado en absoluto.
Pero Gwenaëlle sí.

Se esfuerza en encajar nuevamente en una vida que ya no siente como propia.
Entre hilos de plata y puntadas fingidas, intenta complacer las miradas exigentes de sus pares en Argluna.
Lady Elbereth vigila cada movimiento, cada palabra, cada indicio. Evalúa a la hija que se fue y que teme haber perdido para siempre.

Las sonrisas educadas duelen más que las discusiones abiertas.

Incluso en la serenidad de sus rezos, Gwen solo encuentra en sus pensamientos el eco de una plegaria hecha a medida: obediencia, armonía, deber filial.
¿Es esa realmente la voluntad de la luna, o solo las expectativas que desea colmar?

Bajo la luz de Selûne, en secreto, Gwenaëlle suplica fuerzas para encontrarse a sí misma, antes de que sea demasiado tarde.

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III. El fin de la pantomima
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El salón rutila. Miles de risas llenan la hacienda.
Luces, risas y vestidos de encaje.
El esplendor del mundo al que Gwenaëlle debería pertenecer.

Los invitados saludan, los músicos tocan, el vino fluye.
Y en medio de todo, ella brilla.
Envuelta en seda, maquillada hasta la sumisión, disfrazada de hija ejemplar.

El compromiso está sellado con promesas ajenas.
Lord Dorian sonríe.
Lady Elbereth observa.
Todo parece hallarse en su sitio.

Todo, menos ella.

Bajo el peso de los augurios y los brindis, logra recordar quién es.
Recuerda lo que dejó atrás.
Su alma se revuelve. Una parte de ella decide rebelarse ante un sino impuesto.

Y decide hablar.
En voz alta.
Por fin.

Las palabras caen como piedras en un estanque tranquilo.
El silencio llena la estancia. Cuchicheos. Las copas tiemblan.
Y en los ojos de su madre se atisba una profunda decepción.

El veredicto no tarda en llegar.

Y así, entre tapices dorados y reflejos de cristal,
la hija obediente muere.
Y nace, al fin, una mujer que se eligió a sí misma.

Despojada. Pero libre.

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IV. Un viaje de vuelta (I)​
Amanece sobre Argluna.

Las torres plateadas aún duermen cuando Gwenaëlle cruza en silencio los jardines. No hay despedidas; tan solo una salida por una puerta trasera, una mochila ajada y un sombrero ridículamente azul apuntando al cielo.

Mirna llora en la cocina. Lady Elbereth duerme (o finge dormir) tras una noche sin palabras.

Y ella parte.

No como hija pródiga, ni como una estrella fulgurante en la socialité;

Sino como lo que es:
una joven desheredada, una teúrga miedosa y soñadora,
y blandiendo una voluntad que, al fin, es suya.

Pero tiene un plan.

No recorrerá a pie medio continente.

Ni sufrirá carrozas polvorientas, ni compartirá cama con ruidosos mercenarios. No. Esta vez usará el Arte y el Poder.

No aceptaría limosnas de su madre.

Un pergamino de Teleportar,
un susurro a Selûne,
y el deseo de llegar directo a Imnescar.

Fácil.

La luz lunar la envuelve, los glifos centellean, y por un glorioso instante, todo parece funcionar.

Hasta que el suelo desaparece.

Y el cielo reaparece.

... A veces las cosas no salen como una pretende.


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V. Un viaje de vuelta (II)​

La senda continúa.

Gwenaëlle avanza paso a paso, lejos de Argluna y más cerca de sí misma.
Las posadas que frecuenta son modestas. Los caminos, polvorientos.
Pero cada jornada le enseña algo nuevo: paciencia, humildad… resistencia a ronquidos ajenos.

El mundo es más vasto de lo que creía.
Más duro.
Más honesto.

Y en cada noche sin techo noble, la luna la acompaña en silencio.
Sin juicios. Sin promesas. Solo luz.

Y eso basta.


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VI. La llegada.​

Todo viaje tiene un final. Un destino. Y este no era distinto; si bien, el más importante de su vida.

Tras decanas polvorientas, de pies doloridos, comidas escuetas y noches incómodas, Gwenaëlle finalmente retornó a la abadía de la que nunca quiso marchar.

Sin embargo, jamás se esperaría lo que se encontró como bienvenida...


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Fin.
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Offtopic :
Y así acaba este experimento de formato grñafico que recopila lo vivido por Gwen offscreen durante los últimos meses, antes de volver a Amn. Espero que guste a la comunidad. A lo mejor en el futuro reutilizaré este formato para otras historias del PJ.
 
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