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Una historia escrita en sangre

Skotos

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I.

Un grupo variopinto de encapuchados se reunió a puertas del Hospicio de San Annur. Algunos se conocían; otros no. Pero todos se habían unido bajo un mismo propósito.

Una historia escrita en sangre.

Demasiada sangre había sido derramada en los últimos meses: toda ella a nombre de una entidad que muchos creían muerta y olvidada. Y sin embargo, casi ninguno se atrevía a pronunciar su nombre en voz alta. Pues decían los rumores que él siempre escuchaba, en las sombras, y cada vez que su recuerdo se hacía presente en las mentes de los mortales, su retorno sería cada vez más certero e inevitable.

Bhaal.

Pero ella negaba ese poder a los nombres. Zilvra conocía muy bien el peso de las cadenas del miedo. Temer algo no ofrecía, por si mismo, ninguna protección. Y ya había escapado de una influencia oscura.

Para Zilvra, esta presencia no sería que otra más. Incipiente, macabra, sí. Pero no le daría el protagonismo que buscaba.

Comprobarían si los rumores eran ciertos. ¿Existiría acaso bajo las ruinas de la Costa Sur un templo consagrado a un poder oscuro? ¿Sería ese lugar el origen de todas las muertes innecesarias que brotaban como heridas supurantes por todo Amn?

Zilvra, desgraciadamente, no recordaría algunas caras. Pues la promesa que hizo fue antes de su incidente. Por fortuna, quien le confirió el encargo le indicaría con cierta antelación cuál sería el cometido.

Buscarían el lugar y sacarían información sobre sus defensas y vulnerabilidades. Y después regresarían con un plan más elaborado.

Era, aparentemente, un plan sencillo. Requería cierta sutileza para su ejecución. Nada de cargas al vacío. Nada de ataques a pecho descubierto. Por ello, los perfiles que se reclutaron para la misión, en principio cumplían ciertos criterios. Serían individuos capaces, discretos, confiables.

Sével. Ewan, el teniente de la Guardia, acompañado de una extraña mujer de su confianza. Eothain. Numina, la Decana de la Arcanum Schola.

Y Erin. Caballera de Selûne, aventurera intrépida y espadachín de reputación excepcional.

Era un grupo capaz, competente. Conseguirían descubrir los misterios del lugar y salir airosos. Asestarían un golpe al culto de Bhaal.

Y sin embargo, no fue del todo así. Desgraciadamente, no todos los relatos heroicos tienen un final feliz.

Esta no sería una crónica más. Sería un relato teñido de rojo y sufrimiento, de dolor y pérdida.

Sería una historia escrita en sangre.​
 
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II.

La expedición guiaría a nuestros aventureros por un camino intrincado y peligroso, más allá de los confines del Distrito de la Tumba y hacia la Costa Sur. Allí, serpenteando entre las colinas, se adentraron en un bosquecillo que no aparentaba ser nada más que un elemento más del paisaje silvestre.

No se acordarían de la ubicación precisa de las ruinas, pero tenían elementos suficientes para guiarse. Eothain y Ewan encabezaron la marcha y buscaron rastros de actividades extrañas al bosque.

Y pronto las encontraron.

Rastros de sangre. Fresca, recientemente derramada. Hilos y luego un charco, agolpadas en torno a un cuerpo que sollozaba de dolor. El instinto del grupo fue acercarse a él, cautelosamente. Pero Eothain hizo un gesto para que se detuviesen.

- No os mováis. – dijo, señalando una serie de hilos que rodeaban al moribundo.

Una trampa macabra. Destinada a depredar de la piedad ajena.

Zilvra siseó. Si no se daban prisa, no podrían hacer nada por aquel hombre. Pero no había tiempo, ni era una buena idea dejarse llevar por las emociones en ese instante. Se expondrían a una emboscada.

Así que lo dejaron estar. Avanzaron, buscando la guarida.

No fue un avance pacífico. Se tuvieron que defender de varias emboscadas – vigilantes, montaraces afiliados sin duda a la fe de Bhaal. Pero salvo algún susto derivado de alguna puñalada trapera, salieron airosos. Eran los héroes en esta aventura.

De momento.

Y finalmente, encontraron lo que buscaban. Siguieron las señales del águila e ignoraron las mentiras del lobo. Su recompensa: un saliente en la ladera, una herida abierta.

Decidieron no arriesgarse.

Ewan se adentró primero para explorar. Oyó voces y murmullos.

Avanzarían entonces, sigilosos e invisibles, empleando magia para adentrarse. Directos a las fauces de lo desconocido.
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Al cruzar el umbral de la caverna, el aire se tornó denso, casi asfixiante. El eco de sus pasos se desvanecía en un mero instante, tragados por las sombras. Un miasma opresivo impregnaba todo. Un olor cobrizo, hediondo. El sabor metálico de la sangre casi podía percibirse con cada aliento.

Estaban en el lugar correcto. Un lugar impío, mancillado por la presencia de un mal atroz.

Avanzaron con paso decidido y pulso tembloroso.

Avanzaron pegados a la pared, con sigilo y precisión, evitando conflictos innecesarios. Pronto hallaron a cultistas vigilando los pasillos. Uno a uno iban cayendo, la mayoría víctimas de las flechas de Ewan o del látigo de su acompañante. Esta última mostraría una faceta perturbadora, deleitándose en cada muerte que provocaba.

- Recordad que necesitamos alguno vivo. – advertiría Zilvra.

Finalmente, en una sala de piedra iluminada por el fuego de un par de antorchas braseros tenues, el grupo se topó con un grupo de acólitos armados. Y toda sutileza se desvaneció.

El combate fue corto y sangriento. No había honor ni reglas: allí, en aquella gruta olvidada, cada ataque era una cuestión de supervivencia. Pero había algo más; una presencia que observaba cada tajo; un susurro de aprobación con cada herida asestada. Por cada gota de sangre que salpicaba la piedra.

Cada muerte se hacía más fácil. Más liviana.

Algo se agitó en la mente de Zilvra. La Luz. La arrastró de vuelta, liberándola momentáneamente de esa influencia. Su mirada coincidió con la de Erin. Ella también sentía ese empuje, esa influencia. Y también la rechazaría.

- Recordad, necesitamos uno con vida. – advirtió la pelirroja con un gesto serio, una advertencia colectiva.

El grupo se detuvo, vacilante. Un instante más, y hubiese sido tarde.

Uno de los cultistas aún respiraba. Con respiración entrecortada les lanzó una mirada desafiante, llena de malicia. Pero no había atisbo de locura, sino más bien de determinación y fe ciega en su proceder.

- Vosotros… ¿Por qué no me matáis?

Sí. ¿Por qué no matarlos a todos?

Todos se miraron entre sí. Por un momento se hicieron esa misma pregunta. Pero recordarían el plan, el objetivo.

Y entonces surgió la oportunidad.

Mediante tretas, convencieron al cultista, para asombro y disgusto de Erin y Eothain, que en realidad habían acudido al lugar para conocer más sobre la palabra de Bhaal. Y como prueba de su fe, habrían dejado un reguero de sangre a su paso. Zilvra se dijo a sí misma que no era más que un pretexto y que estarían aprovechando lo ocurrido dado las circunstancias, pero tuvo que repetirse a sí misma que no debía dejarse llevar.

Tomaron al fanático y dejaron que este les guiara por la red de cavernas, hacia lo más profundo del templo.

Y lo que siguió después cambiaría el curso de esta historia. Una decisión que sería escrita en sangre.​
 

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III.

Nada les preparó para la escena que hallaron en lo más profundo de la red de cuevas.

Los estrechos pasadizos desembocaron en una gruta inmensa, aunque el aumento del espacio no haría nada para combatir la pesadez del aire. La piedra habría sido trabajada para formar un camino empedrado que se extendería hacia una escalinata, vallada por verjas oxidadas que acompañarían a una gran puerta.

Y frente a esta, dos criaturas de aspecto macabro yacerían completamente quietas. De facciones demoníacas, sus ojos pétreos miraban al vacío.

Y justo delante de la puerta, un símbolo que ya les resultaba familiar. El de una caravela rodeada por un círculo de gotas. Un círculo de sangre.

La marca de Bhaal.

Lo habían encontrado. Era el lugar que estaban buscando, sin duda.

Y lo sabían no sólo debido a los motivos de la construcción ni a la inmensa simbología macabra que lo decoraba. Las tinieblas se espesaban como un alquitrán, tan cerca del templo. Los pensamientos se arremolinaban y se entremezclaban en una bruma insidiosa, dejando lugar a susurros que hurgaban en los rincones más oscuros de los corazones de los aventureros.

Les incitaban… a acercarse.

A cruzar las puertas.

El cultista se detuvo frente al portón. Los guardianes se mantuvieron impertérritos, vigilantes. Tras escupir un gorgojo de sangre, se giró hacia el grupo, y les dijo con una sonrisa maliciosa.

- Nuestro señor sólo aceptará a aquellos que demuestren ser capaces de ofrecer un tributo por él. Un tributo de sangre. Tendréis que ofrecer una vida en el círculo. Sólo entonces los guardianes os dejarán pasar.

Bien. Sólo un tributo. Ahora sólo tendrían qué pensar en…

No.

La Luz se agitó, conmocionando los sentidos de Zilvra. La bruma en su mente se disipó, aunque fuese por un mero instante.

¿Pero en qué estaba pensando? Miró a sus compañeros, los cuales parecían haber sido asolados por la misma influencia.

Excepto Erin.

- Debe haber otra opción. Numina, ¿puedes estudiar las defensas de este lugar?

La mediana asintió, con expresión agitada. Sével mostraría igualmente un rostro atormentado, de quien habría hecho costumbre vivir situaciones perturbadoras. Empezaron a comentar, quizás, la posibilidad de dejar la misión por concluida y regresar. Pero…

- No hemos llegado hasta aquí para darnos media vuelta.

El comentario provino de Ewan. La extraña elfa, quien ya habría demostrado un extraño sadismo a lo largo de la aventura, se abalanzó sobre el cultista sin proferir palabra alguna. Lo tiró al suelo, en medio del círculo y pateó su cabeza sin miramientos.

Zilvra se giró, tratando de apartar a la mujer.

- ¡Pero qué haces!

Sin embargo, ella ni se inmutó. Ignoró a la drow. Sus ojos estaban repletos de odio, de… ¿goce? La influencia oscura, más que hacer mella en ella, pareció motivarla. Siguió apretando la cabeza bajo su bota, hundiéndola en su cráneo hasta que… de pronto, cedió bajo su brutalidad, y sus sesos se desparramaron por el suelo.

La sangre y las vísceras salpicaron a la drow, manchando sus botas.

- Si lo que quiere es un tributo, se lo daremos. – zanjó la elfa con una sonrisa maquiavélica. – No tenéis que darme las gracias por haceros el trabajo sucio.

Antes de que pudiesen protestar, de pronto, se oyó un crujido metálico y un movimiento de engranajes deslizándose. La sangre fluía por el círculo, recorriendo los patrones del símbolo hasta que empezó a iluminarse.

El portón se abrió de par en par. Y los guardianes permanecieron inmutables, como si jamás se hubiesen movido.

¿Era quizás una burla aquello, más que una prueba de fe? ¿Quizás habían sacrificado una vida para nada?

Zilvra se pasó las manos por las sienes, intentando recomponerse. Murmuró para sí misma, diciéndose que habían tenido suficiente. Era hora de volver.

Y sin embargo, decidieron incidir en su error.

Erin y Sével se miraron. Y asintieron. Empezaron a avanzar con gesto decidido hacia las puertas del templo, cruzando la verja.

Y cuando lo hicieron, una extraña sensación les recorrió. Les inundó una sensación de calma que adormeció sus remordimientos. Fuese lo que fuese lo que hubiesen hecho antes, no importaba. No tenían nada de lo que preocuparse.

Al fin y al cabo, habían acudido al lugar con una misión clara. Poner fin a las matanzas, al culto de Bhaal. A expulsar, otra vez más, su influencia en las tierras de Amn.

Y lo harían, aunque el precio a pagar fuese en sangre.

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IV.


Caminaron por segundos que se volvieron minutos. Minutos que se alargaron en la oscuridad, caminando por un largo pasadizo. El silencio apenas era interrumpido por sus propias pisadas húmedas, chapoteos. Una extraña humedad impregnaba el ambiente.

Pero no era humedad.

Para su desgracia, y quién sabe si era debido a la influencia maliciosa del lugar, se habían hecho ya familiares con ese aroma.

El aroma de la carnicería. El hedor metálico de la sangre.

Algo tan sencillo como respirar se hacía difícil. Caminaban, sí, pero con una pesadez propia de tener que desbrozar el aire con cada paso, con cada avance. La oscuridad era alquitrán, y con cada bocanada de aire, se ahogaban.

Era un lugar impío, al cual se adentraban. Emanaba un aura terrorífica.

Pero entre todos los presentes, alguien caminaba sin miedo alguno.

Erin. La Espada de Selûne, lideró la comitiva, acompañada por Sével, el cual mostraba un semblante mucho más atormentado. Los demás siguieron, cada uno lidiando con sus propios fantasmas invocados por la magia oscura del sitio.

Los ecos de sus pasos y los chapoteos pronto dieron paso al murmullo de cánticos. Cánticos que se alzaron a medida que la bruma de su mente se fue despejando. A medida que se fueron acercando. Y eventualmente, a medida que llegaron al final del pasillo, la oscuridad dio paso a una luz violácea, mortecina.

Estaban llegando.

Era un lugar en el que el mal no era simplemente un concepto. Era real como el aire. Era palpable. Se impregnaba como aceite en la piel y la corroía.

Zilvra sintió un impulso casi irrefrenable. De soltar la espada. De huir. Seguramente nadie la culparía si lo hiciese, pues pidió no entrar al lugar.

Ella no era como Sével, ni Numina.

Ni mucho menos era como Erin.

Sólo tenía a la Luz de su parte. Se agitaba como un candil al viento, temblorosa, pero seguía allí. Proporcionaría un poco de consuelo ante la oscuridad que amenazaba con devorar su espíritu. Le dio fuerzas y sustento en un momento en el que su mente se quebraba y su moralidad se volvía líquida, indiferente al sufrimiento y al dolor que llenaba el lugar.

La Luz, aunque débil, finalmente se impuso.

Y avanzaron, todos juntos.

El pasillo dio lugar a una inmensa estancia consagrada al Señor del Asesinato. Un largo espacio rectangular, decorado con orbes y antorchas. Y en el centro, lo que parecía ser un foso con un altar consagrado al dios oscuro. Varios feligreses encapuchados, armados con dagas y sonrisas maliciosas, cuchichearon cuando vieron al grupo llegar. Otros, continuaban sus cánticos, dedicando sendas plegarias a un nombre en unísono.

Bhaal.

Muertes para el Señor del Asesinato.

Sangre para el Señor de la Sangre.

Pues si Myrkul era la muerte, quien decidía cuándo se daba reinaba sobre los demás dominios.


Las paredes habían sido pavimentadas con huesos. Eran un homenaje, pero al mismo tiempo una advertencia a todos los que acudiesen al lugar. Un monumento a la masacre sin fin, a la Obra de Bhaal.

Historias escritas en sangre.

Distribuidos en las paredes se habían colocado espejos que oportunamente mostrarían los reflejos de los visitantes al pasar. Zilvra pareció notar una figura en uno de ellos. Se detuvo por un instante. Era una criatura inmensamente alta, coronada con un par de cueros. Piel gris…

Y una sonrisa maquiavélica.

Azrael.

Su sangre heló. Los puñales que se agolpaban en torno a ellos, las sombras que bailaban y los acechaban; nada de eso importaba. ¿Qué hacía allí el diablo, en pleno corazón de un culto dedicado a un dios muerto?

Ni se había dado cuenta de que Sével y Erin habían avanzado. Se dirigieron al centro de la estancia, bajando por una escalinata para bajar hacia el altar dentro del foso. Los escalones estarían llenos de manchas de sangre perdidas en el tiempo, pero que por algún motivo, aún estarían frescas.

Sével alzó su voz.

- ¿Qué lugar es este? ¿Por qué se alza una casa a un dios, muerto ha?

Una figura se alzó. Con un cuchillo en la mano, parecía estar pelando algo. No, despellejándolo. Un cráneo. Un sacrificio anterior. Se giró, y con desdén, arrojó los restos en una pila y se limpió las manos con un paño sin responder.

- Os he hecho una pregunta. – insistió Sével, con voz firme.

Los ojos del que sería el líder del lugar se fijaron en Sével y en Erin. Esbozó una sonrisa tranquila, pese al acto macabro que habría mostrado instantes antes.

- Estáis en casa de mi señor. Descended todos y hablaremos, hijos míos. No perturbaré el rezo de mis hermanos con vuestro vocerío.

Mientras tanto, las hojas carmesíes, los cultistas, seguían caminando en círculos en torno al grupo.

Zilvra, mientras tanto, se habría distraído con sus propios tormentos. Buscó al diablo entre los espejos. Había desaparecido. ¿Dónde estabas, Azrael?

Mientras tanto, el intercambio entre la Voz de Bhaal y los aventureros continuó.

- Vuestro señor… - empezó a musitar Sével.

- Sólo es una sombra que se resiste a afrontar su destino: ser olvidado. La luz de Selûne lo erradicará de este mundo.

La Voz alzó las cejas ante la declaración de Erin. La semielfa llevó su mano a su filo, flexionando ligeramente las rodillas. Estaba lista, sabía a lo que había venido. Sével la miró de soslayo y apretó los labios, pero asintió.

La Voz sonrió; una expresión que en cualquier otro contexto, hubiese sido cándida y amable. Pero aquella figura, teñida aún con restos de sangre en su armadura, no era otra cosa que el mal encarnado.

- Ah, pero os equivocáis, hijos míos. Que su nombre aún no se conozca no es sino una cuestión de tiempo. Una inevitabilidad. Pues como la sangre fluye, y toda vida llega su fin, con cada muerte su nombre se hará más presente en las mentes de todos los mortales. Así es su palabra, así es la voluntad de quienes lo siguen.

E hizo una pausa, antes de seguir.

- Soy su Voz. Y os invito a uniros a su prole. La alternativa es un pago en sangre.

Era una advertencia, pero también una certeza. Eran las únicas dos opciones que se presentaron. Rodeados, los cultistas cortaron toda salida posible del lugar. Los cánticos aumentaron en su tono, cadencia y ominosidad. Todos empezaron a mirarse, inquietos. Zilvra tragó saliva, agarrando su espada con gesto tembloroso.

Y entonces Erin desenvainó su filo.

- Se derramará sangre, sí. Pero no en nombre de tu señor. Vuestra locura acaba esta noche.

Y fue así como sellaron su destino.

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V.

Algunas historias no acaban con un final feliz.

Marcados por un centenar de cuchilladas, lacerados y magullados, estaban empapados en su propia sangre. Vivos, sí, pero ese pensamiento no ofrecía otro consuelo que un intenso dolor.

Zilvra sintió como la arrastraron. Su cuerpo se deslizó sin apenas fricción, facilitado por su propia sangre. Ladeó la cabeza, intentando dominar sus sentidos para entender qué ocurría.

Estaba tirada en el suelo, alrededor de un círculo. En el suelo, dibujada, la marca de una calavera.

La marca de Bhaal.

Los demás estaban dispuestos como ella, tirados en el suelo, formando entre todos un círculo. Eothain. Sével. Erin. La extraña elfa. Y Ewan.

Y mientras tanto, la Voz de Bhaal les observaba. Herido de gravedad, pero aún con esa condenada sonrisa. Lo que había ocurrido allí le había complacido.

Una vez tratadas sus heridas, volvió a descender por la escalinata. Los pasos húmedos, sangrientos, cada vez se hicieron más cercanos.

Habían sido derrotados. Y ahora vendrían las consecuencias.

Una muerte rápida sería una clemencia. Pero Zilvra sabía que esa no sería la intención de la Voz. Apenas consciente, encomendó sus pensamientos a Eilistraee. Buscó su voz entre la bruma. Trató de agarrarse a la Luz, que, temblorosa, se agitaba en su interior como una polilla atrapada en un candil.

Pero nada vino a su mente. Sólo silencio.

Aún se oían alaridos de dolor resonar por todo el templo. Había sido una carnicería, pero los dos bandos habían sufrido. Algunos cultistas murmuraron, incrédulos. ¿Cómo era posible que sólo seis aventureros hubiesen sido tan inconscientes; ¿y a la vez, que hubiesen estado tan cerca de acabar con ellos?

Pero ahora era su momento.

El momento de la venganza.

El momento de la sangre.


Zilvra, en su mente, siguió rezando.

Eilistraee. Doncella. Ayúdanos a sobrevivir a este mal.

Un profundo arrepentimiento colmaba sus pensamientos, aunque era ya tarde para lamentarse.

La Voz, con voz entrecortada, no pudo ocultar un cierto tono de satisfacción ante lo ocurrido. Se colocó en el centro del círculo y lanzó miradas lánguidas hacia cada uno de ellos. Sus ojos estaban llenos de sed de sangre, aunque enmascarados en una extraña templanza.

- Hijos míos... Bhaal… Está satisfecho con lo que ha sucedido en este lugar... – tosió, aunque mantuvo la compostura.- Por ello, entre todos vosotros, os daré la oportunidad de marchar con el emblema de mi señor. Aquellos que acepten este obsequio podrán marcharse. Vuestros asesinatos serán para mi señor, y toda muerte que propiciéis será en su nombre.

Diosa. Sálvalos. Te lo daré todo. Te lo suplico.

La Voz se inclinó hacia sus prisioneros. Uno a uno.

- Pronunciaros ahora... O seré yo quien hable. Jurad servir al Señor del Asesinato, juradlo...

Sálvanos, Diosa.

- Mi juramento y mi corazón solo responden ante Selûne.

La Voz se giró para mirar hacia quien había entonado semejante blasfemia.

Era Erin. Escupió un coágulo de sangre a los pies de la Voz.

- No os saldréis con la vuestra, asesino.

La sonrisa de la Voz se amplió hasta extremos inhumanos.

- Veremos. Si no deseáis llevar la marca de Bhaal, entonces deberéis pagar un precio en sangre. Una vida. Elegid un nombre entre vosotros, y el resto podréis marchar.

La Voz después se inclinó junto a Erin. Y susurró.

- Un nombre.

La semielfa dijo el suyo en un susurro. Y la Voz pasó al siguiente.

- Un nombre.

Cada uno pronunció algo. A Zilvra le costó mantener la concentración. Seguiría rezando en su interior. Pero aquella situación, la desesperación que sentía, fue demasiado familiar.

Su única respuesta era el silencio.

El mal de aquel lugar era intenso, y negaba influencia alguna a poderes benignos.

Luego tocó el turno de Zilvra. Y dio su propio nombre. Al ser la última, la Voz se alejó unos pasos, con un gesto complacido.

- No ha salido ningún nombre. Todos habéis mencionado el vuestro. Bhaal fue el último porque eligió el poder de dar muerte, y aquellos que le siguen eligen ganar el dominio sobre la muerte.

Por lo tanto, sería la Voz quien tendría la última palabra. Zilvra sintió una punzada de dolor en su pecho. Ansiedad. Desesperación.

¿Sería este su fin?

De pronto, sintió una mano apretarse con la suya. Miró a su lado.

Era Eothain.

- Han sido unos buenos años. Lo pasamos bien, ¿verdad?

Su rostro y tono mostraban una sorprendente tranquilidad, propia de alguien que había hecho las paces consigo mismo.

Ella le lanzó una mirada triste. Se forzó una sonrisa. Sus palabras, aunque dulces, le causarían un profundo dolor.

Pues no recordaba nada de esos años.

Y mintió.

- Lo fueron…

Mientras tanto, la Voz prosiguió. Se oyeron el sonido de anillas mientras daba pasos, y el desenfundar de un martillo. Dejó que la cabeza cayera al suelo, y un eco metálico resonó por toda la estancia.

El aire se tiñó del aroma de la muerte, de un aura ominosa.

- A Bhaal no le importa de dónde provenga la sangre, sino que se derrame.

Y entonces los pasos de la Voz se alejaron del círculo. Se aproximó hacia uno de ellos. Hacia Sével. Sus pasos resonarían como una sentencia de muerte.

Zilvra lanzó una mirada hacia el semielfo. Tendría el rostro ensangrentado. Ni siquiera miraría hacia la Voz, puesto que sus sentidos estarían aún maltrechos. Pero su gesto era sombrío, resignado.

Había aceptado su destino.

Y entonces, la Voz agarró el martillo y lo blandió con violencia.

Por un instante, la muerte de Sével estaba asegurada. La cabeza del martillo se dirigió rauda hacia su cabeza, pero de pronto…

La Voz, con un movimiento brusco, giró sobre sus talones y dejó caer toda la fuerza del arma sobre Erin. Aplastó su cabeza con una brutalidad demoníaca, cayendo como un yunque.


Fue una muerte atroz e inmediata. Sus sesos se desparramaron por el círculo y salpicaron a los demás.

Zilvra abrió su ojo y se quedó boquiabierta. No… ¡No podía ser cierto!

El círculo, entonces, comenzó a brillar con un tono rojizo ardiente.

Bhaal había cobrado su tributo.

- ¡Noo!... – aulló Sével. Apretó los dientes y se negó a soltar la mano de Erin. Pero era demasiado tarde. Su cuerpo no respondía.

Erin había muerto.

Un torrente de pensamientos oscuros recorrió la mente de la drow. ¿Qué podían hacer? ¿Qué iban a hacer sin Erin? ¿Y por qué ella, y no cualquier otro?

¿Por qué no había sido ella?

Zilvra escuchó una risa siniestra en el fondo de su mente. Un espectador que habría contemplado su sufrimiento detenidamente. Y habría elegido permanecer pasivo ante él.

Azrael. Maldita sea. Lo había visto todo.

- ¡Maldito! – aulló la drow.- ¡Sé que estás ahí! ¡No te escondas!

Pero sus alaridos no sirvieron de nada. Los cultistas los rodearon y empezaron a arrastrarlos, lejos del cuerpo sin vida de Erin. Y lo último que recordarían sería oscuridad.

Habrían pagado el precio. Y ahora vivirían con las consecuencias.

Offtopic :
Agradecimientos a DM Ahriman, DM Himmel y DM Xiayu por la ambientación brutal de las dos escenas.

Y como no, a los jugadores participantes: especialmente a Verenestra.
 
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