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Una pequeña aventura

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PRIMERA PARTE: LA COMUNIDAD DEL DARDILLO

Era de noche, y los pequeños hins de Gambiton estaban terminando su segunda cena a par de que escuchaban grandes aventuras de ogros y demonios, de tesoros eternamente enterrados, de lugares nunca visitados, de tramas de poder donde todos querían demostrar quien era el verdadero rey...Todos, sin excepción, querían ser seguidores de Brandobaris, el granuja indomable.

Dardo, tomó una pipa y la llenó de tabaco. La prendió fuego y se dispuso a preparar su pequeño zurrón, la aventura le esperaba. No se olvidó de nada, metió cuerdas, temidas por algunos aventureros, yesca y pedernal para hacer fuego, un par de cantimploras llenas de agua, comida para varias semanas donde no faltaba de nada. Después de todo, él siempre confiaba en usar la comida para salirse con la suya.

A las afueras de Gambiton fue informado de que un mercenario de nombre Vestren casi siempre solía rondar la Luz del Alandor. Era un negociador duro pero siempre ofrecía su ballesta al mejor postor. Cruzó el claro del Alandor rumbo al sur. Llegó a los llanos exteriores de la ciudad y se encaminó hacía la posada. Allí estaba él, Vestren. Su mirada reflejaba la experiencia de muchas aventuras vívidas. Tenía el entrecejo fruncido. Cuando Dardo apareció a sus ojos lo frunció aún más, tanto, que casi parecía tener un solo ojo.

El hin uso sus artimañas, ofreció comida y bebida, parecía no funcionar. Recordó que unos días había comprado unas balas especiales a un hin llamado Merridan Pelopluma en Agujas de oro. Una balas que teleportaban. Tenía solo dos. Intentó engatusarlo para hacer de diana mientras el las probaba. No había manera. Lo que a los ojos del hin parecía una idea brillante, a la mente del humano parecía una tomadura de pelo. Cuando estaba a punto de desesperar, un rayo de luz pareció iluminar el nocturno lugar como si el maestro del sigilo le enviara una señal. El miró, y ahí estaban. Franz el espadachín, Ibrak el montaraz y Arenel la princesa.

Dardo insistía en probar las balas mágicas. Arenel fue la primera en prestarse a hacer de diana. El hin rápidamente desecho la idea. La princesa desprendía amor mirase por donde se mirase. Dardo confiaba en su pericia pero cabía la posibilidad de que fallara y no quería hacerla daño. Ibrak fue el siguiente en ofrecerse, ahí el hin no dudó. Tomó su honda y una bala mágica, se acerco al montaraz y se dispuso a contar la distancia en pasos. Al llegar a quince se giró y miró la distancia. Le parecía corta, así que avanzó otros cinco más. Comenzó a girar la honda con la bala en el cuero y se la lanzó. Le había dado pero no pasó nada. Le habían engañado. Viendo que el gesto del hin se vino hacia abajo rápidamente Franz se ofreció. El hin tomó su segunda bala. Contó los pasos desde el espadachín, apuntó, y esta vez no le dio. Ahora se había quedado sin sus dos balas mágicas y con el oro robado por Merridan. Por suerte no perdió más nada, nada podía ir peor. Se estaba ahogando el espíritu de Dardo hasta que escuchó de la nada la palabra aventura. En ese momento los ojos del hin brillaron y le pareció notar como crecía un palmo. Se sentía como pez en el agua.

Los cinco se hicieron llamar la compañía del dardillo. Comenzó la aventura en La Luz del Alandor y se encaminaron hacía el norte a algún misterioso lugar todavía por descubrir. Los pies de Dardo comenzaban a guiarle hacia la excitación y el peligro, ya que para él afrontar riesgos le lleva a las mayores recompensas de la vida. Siempre sentía pasión por la emoción y nunca por el tesoro. Sentía que la codicia oscurece el verdadero precio de la experiencia. Al final del día siempre intentaba contar el cuento más salvaje a alguno de los pequeños hins de Gambiton. Esperaba ser algún día el más honrado a los ojos del granuja indomable.

SEGUNDA PARTE: LAS DOS TRABAS

Las estrellas iluminaban el camino de la compañía. Dejaron atrás el bullicio de los llanos, cruzaron el río y se encaminaron hacia el bosque de del Alandor. Los cinco observaron un pequeño claro con tres troncos a modo de asiento. En uno de ellos había una marca que parecían las de la posadera de un enano. A Dardo le vino a la mente el nombre de Pinchito.

Un ciervo salió a su encuentro. El animal berreó como dando a entender que más adelante había peligro. Todos tomaron sus armas. Vestren el mercenario su ballesta, Franz el espadachín su estoque, Ibrak el montaraz su arco, Arenel la princesa sus tretas en forma de espadas y finalmente Dardo su honda. Varios kobols escondidos entre los arbustos salieron a su encuentro. Virotes, flechas y balas salían a su encuentro una y otra vez, y los que osaban resistir se encontraban con el estoque y las espadas que les detenían. Sufrieron dos emboscadas y no fue un gran contratiempo.

Vieron una cueva, húmeda y oscura. Para que más. Cuando se acercaron varias arañas salieron a su paso. Las había pequeñas y medianas, molestas y con ganas de atraparles. Tampoco fueron rival. Unas cayeron de dos golpes. Otras perdieron las patas y ya no podían andar. La grande, ella, la araña, aguantó la que más pero igualmente sucumbió.

Tras reponerse durante un momento caminaron hacia la cueva. Solo les separaba un paso para entrar. La aventura podía a Dardo. Podrían haber metido solamente la punta de su arma en ese agujero húmedo y oscuro para tener menos riesgos pero no, entraron de golpe. Vestren pidió algo de magia. Arenel conjuró luz épicamente, Dardo la acompañó. Se iluminaron de amarillo, rojo, verde y azul. Caminaban y estaban iluminados a la par. Dardo estornudó. «chis». Unos pocos tumularios salieron a su encuentro. Fueron duros, pero cayeron igual, muertos ya estaban. Siguieron avanzando y aparecieron más y más. Estaban rodeados, parecía su fin. Entonces Dardo alzo los brazos y exclamo «¡No podréis pasar!» Varias de esas criaturas muertas vivientes cayeron al suelo, otras huían del pequeño hin y su grupo. Mas no las dejaron en pie. De nuevo flechas y virotes, de nuevo estocadas y espadazos. Todo se torno en calma. Olía mal pero la cueva continuaba. El agua llegaba hasta casi las rodillas. Había piedras en punta y un lugar extraño que llamó la atención de la compañía así que continuaron.

Ese lugar extraño en la cueva se torno en un pasillo estrecho con rocas desgastadas por el agua. El grupo parecía estar a salvo. Un par de ojos rojizos fue divisado al fondo del pequeño pasadizo. A ese par, le siguió otro par. Ahí aparecieron las dos trabas. Esas criaturas eran enormes, poco ágiles pero duras, y olían a muerte. Fue una batalla legendaria. Los virotes de Vestren no daban a basto. Del arco de Ibrak casi que salían las flechas de a dos. El estoque de Franz parecía que se iluminaba de lo rápido que iba y venía. Arenel movía sus espadas una y otra vez hacia esos seres. Dardo lanzaba balas con su honda tan rápido como podía.

Una de esas criaturas alcanzó mortalmente a Arenel. La princesa cayo inerte al suelo. Parecía no responder. Dardo tomo su daga del cinto para acabar con tal maléfica criatura, para que dejara de hacer daño a Arenel ya que en cualquier momento la iba a comer. Cuando se aproximó, el hin recibió un gran golpe por parte de ese ser que le hizo estamparse contra la pared. Su consciencia se apagaba por momentos. Le pareció escuchar un cuerno en la lejanía y el entrar de un destello de luz en el corredor. Él pensó que estaban salvados pero sus ojos se cerraron. La ballesta de Vestren echaba humo. Las cuerdas del arco de Ibrak quemaban. El estoque de Franz destellaba. Después de la tempestad vino la calma. Los tres supervivientes observaron a los dos que yacían en el suelo. Uno exclamó «¡Esta vivo!» El segundo susurró «Ese golpe te debería haber matado...» Finalmente el tercero le retiró un poco la capa y observó que le había salvado la vida unos refuerzos de mithril que tenía su armadura de cuero. Dardo volvió poco a poco en si. Se recompuso. Los cuatro observaron el cuerpo inmóvil de Arenel. Se acercaron y la examinaron. Nadie podía hacer nada por ella. Tomaron la sabía decisión de llevarla al hospicio. La aventura había terminado.

TERCERA PARTE: EL RETORNO DEL HIN

Franz puso más ímpetu que fuerza. A pesar de que cuerpo de Arenel era menudo era una gran losa para el espadachín. Por suerte Vestren rápidamente agarró a Arenel y se la cargó al hombro. Ibrak encabezó la marcha de vuelta hacia el hospicio, esta vez el montaraz tendría que abrir más los ojos. Dardo caminaba a la par.

Consiguió la compañía abandonar la cueva sin más contratiempos. Poco a poco el olor a bosque impregnaba sus gargantas. Los ánimos estaban decaídos. Franz se echaba las culpas de lo sucedido. Dardo le animaba diciéndole que lo importante siempre que uno se caiga es levantarse de nuevo. Que no estaban solos, y que al seguir el consejo de dos flechas pronto estarían todos bien. De momento era una verdad a medias, Arenel estaba inmóvil sobre el hombro de Vestren. Ibrak no decía nada, estaba atento a la senda.

Llegaron al hospicio. El mercenario cargaba con el cuerpo de la princesa. El montaraz les abrió la puerta. El espadachín se recostó sobre uno de los bancos exteriores del lugar sagrado del quebrado. El hin se quedo a su lado, intentando consolarlo. No tardo en aparecer Arenel caminando por su propio pie. Seguida de Ibrak y Vestren. Dardo se lanzó sobre ella y la abrazó. Fue una estampa un tanto cómica pero el reencuentro lo merecía. Franz seguía pensando en lo sucedido. Era una herida que no se podía quitar de la cabeza.

La compañía se quedó en cuatro. Franz necesitaba meditar sobre lo sucedido. Arenel, Ibrak, Vestren y Dardo caminaron hacia la luz del Alandor. Había que celebrar que todo salió bien. Pidieron comida y bebida para reventar. No falto ni carne ni pan, tampoco el vino ni la cerveza. Las frutas llegaron hacía el final. Los tres miraban como comía el hin. El hin les miraba dando un par de bocados rápidos a una fresa. Exclamo «¡Me gusta la fruta!». Todos rieron un tanto. Al rato Ibrak decidió que era el momento de marchar. Poco después Dardo se despidió. Dijo que era para dormir, pero era una verdad a medias. Subió las escaleras hacía las habitaciones de la luz del Alandor y salió por el otro lado. Estaba ansioso por llegar a Gambiton y contar la aventura.

Una vez en Gambiton, se dio el retorno del hin. Dardo se reunió junto con algunos alrededor de una hoguera. Todos se sentaron y él empezó a contar su aventura como la había vivido. Desde que uso sin éxito la artimaña de la comida para convencer a un mercenario, pasando por que un montaraz le instaba a él a guiar la compañía llamándole el jefe, siguiendo porque casi salva a una princesa de las garras de la muerte, prosiguiendo con que luchó daga junto a estoque al lado de uno de los mejores espadachines de todo Amn. Finalizó contando que hubo un momento, donde la compañía estaba rodeada de muertos vivientes, que el alzó los brazos y pidió la intervención de Brandobaris, haciendo que algunos muertos vivientes cayeran al suelo y que otros huyeran atemorizados.

Algunos de los más pequeños le instaban a que contara otra historia, la de como fue capaz con varios cachopos, tartas y tortas, de hacer rendir a un temible ogro que los quería comer a su grupo y a él. Dardo estaba tremendamente cansado. Usó su don del granuja para convencerlos de que otro día sería. Se retiró a descansar. Una vez en el cuarto, antes de dormir, se arrodilló y juntó las palmas de las manos. El hin empezó a susurrar «Querido Brandobaris, haz que a Franz se le cure esa herida que tiene en la cabeza. Que Vestren no frunza tanto el ceño, que al final se quedara con un único ojo. Que Ibrak encuentre la armadura que tanto busca. Que Arenel siempre tenga algo con que cubrir esa personalidad. Y para mi que me hagas vivir una salvaje aventura, como mínimo que tenga que entrar en la boca de un volcán. Quizás haya algo que este dominando a elfos, enanos y humanos, y tenga que ser un mediano, sin poder evitarlo, quien lo solucione...»

Los ojos del hin se cerraron, se abrazó y comenzó a dormir. Al rato su sonrisa le delató. Estaba soñando con esa gran aventura.

 
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