Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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I.
Era ahora o nunca.
Habían sido convocados a Capaconjuro. Todo estaba dispuesto para el ritual. Varias entidades acudieron con todo su poderío arcano para asegurarse el objetivo común: la destrucción del Orbe de los Dragones. Entidades antagónicas, unidas ahora bajo una causa común: la supervivencia ante una amenaza de destrucción segura. Miembros de la Arcanum Schola. Magos Rojos y sus secuaces. Cofrades de los Ladrones de las Sombras. Soldados de las Fuerzas Armadas de Amn. Miembros de la Iglesia de Selûne, representados por las huestes del Capítulo de la Rosa de Plata.
Entre ellos, la propia Gwenaëlle. Pondría su mente, su Arte y su Poder al servicio del rito.
El círculo de poder, o más bien, círculos concatenados uno en torno al anterior, pulsaba con extrañas energías arcanas. Algunas runas le eran desconocidas. Gwenaëlle apoyó su báculo a la altura del pecho y respiró hondo, tragando sus temores y hundiéndolos en las profundidades de sus pensamientos. A su alrededor, varios Magos Encapuchados se agolpaban en torno al círculo exterior con sus rostros completamente ocultos bajo la oscuridad de sus embozos.
El plan era aparentemente simple; que no sencillo en su ejecución. Los arcanos canalizarían sus energías hacia el Archimago Regan Selemchant, el cual entonces emplearía dichas fuerzas para deshacer la magia contenida en el artefacto. Mientras tanto, otros muchos tomarían un papel igualmente necesario, igualmente determinante: defender el círculo. Dicha comitiva estaba compuesta principalmente por miembros de las Fuerzas Armadas, thayinos, hijos de la luna, cofrades y centinelas de Kazad Gromdal.
El Teniente Ewan revisó con sus ojos de elfo todas las posiciones de los arcanos con disciplina castrense. A su lado, Alice Valdor aguardaba paciente, confiada. El flanco contrario estaba cubierto por cofrade Eclipse y por Sir Lekin Tan’naru, Caballero de la Luna. El tercero, formando así un perímetro triangular, era velado por la Alta Sacerdotisa Sariel Shade y por el Burgomaestre Baldrak, al cual le había sido conferido el dudoso honor de portar el Orbe hacia el centro del círculo de poder.
Cuando todos se hubiesen colocado, incluyendo el Orbe en el centro, el rito comenzó. No sin una advertencia previa: los centinelas debían cuidarse de la aparición de las huestes de la Abanderada, los marcados por el Rosedal Negro.
El Archimago marcó los tiempos de los arcanistas. Eran varios rostros conocidos: los maestros Williams, Odger y Naxxremis de la Schola. El infame Khazark Obara Alghul y su secuaz, Druulxakmilesh. Y la propia Gwenaëlle. Cada letanía pronunciada por el Archimago Encapuchado comenzó a animar las runas de los círculos, una por una, y poco a poco las energías de cada arcano fueron desprendiéndose de sus cuerpos para entretejerse en las hebras mágicas que comenzaron a envolver el Orbe.
Gwenaëlle notó el cosquilleo del poder arcano subir por las muñecas. Intentó guiarlo, domando sus nervios, su respiración. Debía armonizar el flujo con el resto de participantes: ni demasiado, ni tan poco. No debía forzarse, pero tampoco resistir.
El Orbe reaccionó a los primeros intentos de intrusión. El primer círculo arcano se iluminó, una vez completamente sintonizado con los flujos energéticos de los participantes.
Y entonces, aparecieron.
Surgieron bajo la superficie del suelo, como si nadasen en un estanque. Espectros, cadáveres teñidos con las marcas del Rosedal Negro. Espectros vacíos, sin alma, buscando colmar sus carcasas con la energía de los vivos. Los defensores se armaron: con arcos, con sus espadas, e incluso con sus propios puños.
Las primeras oleadas de muertos fueron relativamente sencillas de contener, aunque una de ellas terminó segando al menos dos vidas entre los defensores. Gwenaëlle pudo oír los jadeos entrecortados de Sariel al ser asediada por una horda de espectros. Por un momento, la sangre de la semielfo se heló, mientras que Alice Valdor acudió rauda a socorrerla con su Poder. Incapaz de girarse, tuvo que hacer acopio de toda su voluntad para seguir concentrándose en el ritual.
Armonía, se dijo. Concentra tu flujo. Sé constante, sé predecible. Deja que mane, sin forzarlo. Sin restringirte.
Los caídos fueron restaurados y el rito continuó, entre cánticos ensimismados en un idioma críptico que recordaba vagamente al dracónico.
Era ahora o nunca.
Habían sido convocados a Capaconjuro. Todo estaba dispuesto para el ritual. Varias entidades acudieron con todo su poderío arcano para asegurarse el objetivo común: la destrucción del Orbe de los Dragones. Entidades antagónicas, unidas ahora bajo una causa común: la supervivencia ante una amenaza de destrucción segura. Miembros de la Arcanum Schola. Magos Rojos y sus secuaces. Cofrades de los Ladrones de las Sombras. Soldados de las Fuerzas Armadas de Amn. Miembros de la Iglesia de Selûne, representados por las huestes del Capítulo de la Rosa de Plata.
Entre ellos, la propia Gwenaëlle. Pondría su mente, su Arte y su Poder al servicio del rito.
El círculo de poder, o más bien, círculos concatenados uno en torno al anterior, pulsaba con extrañas energías arcanas. Algunas runas le eran desconocidas. Gwenaëlle apoyó su báculo a la altura del pecho y respiró hondo, tragando sus temores y hundiéndolos en las profundidades de sus pensamientos. A su alrededor, varios Magos Encapuchados se agolpaban en torno al círculo exterior con sus rostros completamente ocultos bajo la oscuridad de sus embozos.
El plan era aparentemente simple; que no sencillo en su ejecución. Los arcanos canalizarían sus energías hacia el Archimago Regan Selemchant, el cual entonces emplearía dichas fuerzas para deshacer la magia contenida en el artefacto. Mientras tanto, otros muchos tomarían un papel igualmente necesario, igualmente determinante: defender el círculo. Dicha comitiva estaba compuesta principalmente por miembros de las Fuerzas Armadas, thayinos, hijos de la luna, cofrades y centinelas de Kazad Gromdal.
El Teniente Ewan revisó con sus ojos de elfo todas las posiciones de los arcanos con disciplina castrense. A su lado, Alice Valdor aguardaba paciente, confiada. El flanco contrario estaba cubierto por cofrade Eclipse y por Sir Lekin Tan’naru, Caballero de la Luna. El tercero, formando así un perímetro triangular, era velado por la Alta Sacerdotisa Sariel Shade y por el Burgomaestre Baldrak, al cual le había sido conferido el dudoso honor de portar el Orbe hacia el centro del círculo de poder.
Cuando todos se hubiesen colocado, incluyendo el Orbe en el centro, el rito comenzó. No sin una advertencia previa: los centinelas debían cuidarse de la aparición de las huestes de la Abanderada, los marcados por el Rosedal Negro.
El Archimago marcó los tiempos de los arcanistas. Eran varios rostros conocidos: los maestros Williams, Odger y Naxxremis de la Schola. El infame Khazark Obara Alghul y su secuaz, Druulxakmilesh. Y la propia Gwenaëlle. Cada letanía pronunciada por el Archimago Encapuchado comenzó a animar las runas de los círculos, una por una, y poco a poco las energías de cada arcano fueron desprendiéndose de sus cuerpos para entretejerse en las hebras mágicas que comenzaron a envolver el Orbe.
Gwenaëlle notó el cosquilleo del poder arcano subir por las muñecas. Intentó guiarlo, domando sus nervios, su respiración. Debía armonizar el flujo con el resto de participantes: ni demasiado, ni tan poco. No debía forzarse, pero tampoco resistir.
El Orbe reaccionó a los primeros intentos de intrusión. El primer círculo arcano se iluminó, una vez completamente sintonizado con los flujos energéticos de los participantes.
Y entonces, aparecieron.
Surgieron bajo la superficie del suelo, como si nadasen en un estanque. Espectros, cadáveres teñidos con las marcas del Rosedal Negro. Espectros vacíos, sin alma, buscando colmar sus carcasas con la energía de los vivos. Los defensores se armaron: con arcos, con sus espadas, e incluso con sus propios puños.
Las primeras oleadas de muertos fueron relativamente sencillas de contener, aunque una de ellas terminó segando al menos dos vidas entre los defensores. Gwenaëlle pudo oír los jadeos entrecortados de Sariel al ser asediada por una horda de espectros. Por un momento, la sangre de la semielfo se heló, mientras que Alice Valdor acudió rauda a socorrerla con su Poder. Incapaz de girarse, tuvo que hacer acopio de toda su voluntad para seguir concentrándose en el ritual.
Armonía, se dijo. Concentra tu flujo. Sé constante, sé predecible. Deja que mane, sin forzarlo. Sin restringirte.
Los caídos fueron restaurados y el rito continuó, entre cánticos ensimismados en un idioma críptico que recordaba vagamente al dracónico.
La verdad […] del corazón dormido,
Para quien reclama mi nombre.
[…] mis enemigos tiemblan…
Para quien reclama mi nombre.
[…] mis enemigos tiemblan…
El Orbe empezó a elevarse en el cielo, aumentando de tamaño. Varias grietas de las cuales emanaba poder arcano en estado bruto empezaron a recorrerlo, quizás un signo de su inminente destrucción. El Archimago Selemchant avanzó, de círculo en círculo, completando aparentemente el rito. Gwenaëlle, sin embargo, percibió que algo no iba bien.
Algo se movía tras las cuencas del Archimago. Un brillo en sus ojos. Un fulgor sobrenatural. Y de ese brillo, lo sintió…
Un conjuro.
Un ancla.
Selemchant entonces tomó el Orbe con ambas manos… Y rápidamente, su cuerpo pareció sufrir una extraña transformación. Arqueó su espalda y gimió, exhalando un aliento colmado de dolor. Escupió sangre, y de pronto, una extraña bruma empezó a surgir de su boca desencajada. El Orbe emitió entonces un destello de luz rojiza hacia el cielo, liberando su poder de forma abrumadora.
El cuerpo del Archimago salió despedido, chocándose violentamente en el suelo, de pronto tornándose una carcasa consumida, sin vida.
Y entonces, Gwenaëlle los vio. Fue la primera en hacerlo.
Alzó la vista hacia el cielo, con la clarividencia propia de quien ya ha asistido a unas cuantas calamidades. Tres sombras rasgaron las nubes. Sus alas eran anchas como velas negras; sus colas chasqueaban el aire como si fuesen látigos. Anunciaron su presencia con rugidos ensordecedores, truenos que encogieron el corazón de todos los presentes.
Pero…
No eran tres.
No, había… había uno más. Uno mayor aún que los anteriores. Eran cuatro. Y uno de ellos portaba un jinete.
- Vienen. ¡Son tres!… No… cuatro…
- ¿Tres qué?
- ¡DRAGONES!
Mientras tanto, el humo negro siguió brotando de la boca del Archimago. Este se materializó se materializó en un nuevo espectro, el cual pareció ignorar la presencia de los participantes del rito, y centró su vista en el Orbe palpitante que el cadáver del Encapuchado aún aferraba con ambas manos.
- Habéis servido bien.
Las comisuras espectrales de la presencia se curvaron en una sonrisa maléfica.
- Sin vosotros, esto no habría sido posible. No con el Murkul en nuestra contra.
Gwenaëlle asistió a la intervención de la presencia boquiabierta. Otros empezaron a apuntar us armas hacia el espectro.
- El archimago… No… ¿Qué significa esto?
- No os quedéis mirando como ineptos. Destruidlo. – dijo Eclipse de forma tajante.
Todos se prepararon. Hijos de la Luna. Magos Rojos. Arcanistas de la Schola. Cofrades. Hombres de armas. Aunque fuese inútil; aunque luchasen contra las mismísimas fuerzas del cosmos, que se habían conjurado para destruirlos; a ellos, y a sus propios dioses.
- Selûne, bendícenos. – proclamó Sariel en una plegaria simple mientras sostuvo su cimitarra.
El espectro alzó entonces su mirada al cielo. Sus manos rodearon el Orbe, tomándolo de la carcasa del Archimago. Y empezó a elevarse en el cielo con él, mientras los dragones iniciaron su descenso.
- Sí… preparaos. – dijo únicamente, en un tono gélido, maléfico.
Lo que vino a continuación no podría ser descrito como otra cosa que un auténtico cataclismo. El cielo se rasgó en tormenta y ácido, fuego y escarcha, en una danza mortífera entre una pareja de dragones cromáticos y otra de metálicos que acudieron a combatirlos, todos atraídos por la misma cicatriz que sangraba en el firmamento. Uno de los dragones descendió hacia los aventureros, atraído por la energía maléfica emitida por el Orbe, y lanzó un chorro de ácido sobre el círculo, impactando a varios Magos Encapuchados en ese mismo instante. Las bajas fueron cuantiosas, y el dragón joven, completamente enloquecido por la magia del artefacto, se lanzó sobre los defensores con una furia homicida.
Cientos de sortilegios, espadazos, y flechazos fueron lanzados contra la criatura, mientras los dragones metálicos intentaban vanamente acercarse al Orbe, seguramente para destruirlo. Gwenaëlle siguió el artefacto con la mirada hasta que este fue tomado por una figura siniestra, la cual montaba una carcasa voladora. El espectro se lo tendió y este lo tomó sin más, como si el poder que emanaba no fuese nada para él. Otros cuatro dragones acompañaban a este oscura presencia, cuyo poder era palpable incluso para una arcanista de poder modesto como ella. Era una presencia que exudaba muerte y desolación por todos sus poros.
Lord Soth.
Todo estaba perdido.
Entonces, mientras el dragón verde caía frente a ellos, Gwenaëlle tuvo un presentimiento. Su cuerpo se movió solo. No supo por qué lo hizo: solo que debía hacerlo. Empezó a conjurar. Sus ojos ámbar se clavaron en el Orbe, en su contorno palpitante, en su aura abrumadora que llevaba a todo aquel que estuviese cerca a la locura.
Debía destruirlo. Ahora.
Y entonces, liberando su poder arcano, lanzó una barrena de proyectiles, todos ellos dirigidos hacia el Orbe. Precisas, letales; veinte saetas de luz que buscaban la aniquilación de su objetivo. Pero uno de los dragones que rodeaba a Lord Soth interpuso sus alas y bloqueó la lluvia de fuego mágico, destruyendo así su ala en el proceso.
Lord Soth miró hacia abajo. Hacia esos aventureros que osaron siquiera mostrar la más mínima oposición a su autoridad absoluta. Con un gesto desdeñoso, un movimiento de su diestra, segó el alma de su dragón sirviente. El que había protegido con éxito el Orbe.
Era quizás, su recompensa. La aniquilación, por haber sido útil a su amo.
El cuerpo del coloso se precipitó sobre el grupo; una mole inmensa, inerte. Varios consiguieron esquivar la caída… excepto dos personas. Un Mago Rojo…
Y Gwenaëlle.
Cuando el peso del dragón aplastó sus huesos y su carne, sintió un dolor atroz. Luego, nada.
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