El reloj astral marcaba la sexta hora nocturna cuando Gwenaëlle posó el libro sobre la mesa. Había llenado un baúl entero, habiendo tomado diversos tomos de la Arcanum Schola que trataban temas aparentemente dispares, pero conectados: tratados de cosmología planar, compendios de conjuros, historia de tradiciones bárdicas, e incluso un recopilatorio de objetos mágicos malditos. La mansión magnífica, el demiplano en el que acostumbraba a realizar sus investigaciones, se hallaba envuelta en una bruma suave que no consistía únicamente en el residuum mágico que impregnaba la atmósfera mística del lugar, sino de sus propios pensamientos.
Kriell…
Su amiga, otrora siempre risueña. Recordaba como sostenía su violín con esa torpeza teatral que la caracterizaba, siempre dispuesta a aliviar las penas de sus hermanos con su música. Pero ahora, su amiga era apenas un amasijo de susurros apagados, sumergidos en lágrimas inexplicables, pesa de una pena y de una compulsión atroz.
La partitura maldita. Una melodía sin final. Un vacío que empezaba a abrirse también en su propia mente.
Kriell vino, suplicante, pidiéndole ayuda para solventar el misterio. Quizás para colmar su obsesión, sí. Por hallar la última nota que finalizase la melodía. Pero también, porque confiaba en las habilidades de Gwenaëlle. Confiaba en el amor de la teúrga por el conocimiento mágico. Seguramente, muy seguramente... algo podría dilucidar.
En la Schola, se había dirigido a la sección de Armonías Menores y Fenómenos Oníricos, rara vez visitada salvo por bardos o académicos obsesionados con lo abstracto. Allí, rodeada de tratados de música mágica, comenzó su búsqueda. Uno a uno, deslizó volúmenes sobre la mesa: "El Lenguaje de los Ecos", "Melancolía en las Formas Arcanas", "Tratado sobre la Memoria Colectiva y sus Vacíos".
La mayoría del contenido era vago e impreciso. Poético. No era el tipo de lectura que le agradase. Si bien hallaba belleza en el misticismo, pues consumía a menudo tomos de teología, este contenido carecía del propósito al que se acostumbraba a buscar.
Uno hablaba de “melodías que perforan la urdimbre de la realidad cuando son tocadas sin convicción”. Otro, de la resonancia fantasma que ciertas obras inacabadas provocaban en lugares con historia. Tomó notas, subrayó pasajes, marcó diagramas de progresiones armónicas imposibles que imitaban la emoción del duelo.
Al anotar un término particularmente críptico, sintió una punzada en la sien. Parpadeó. Durante un segundo, olvidó por qué había venido. El nombre de Kriell no le vino a la mente. Solo una tristeza seca, hueca.
Respiró hondo. Se obligó a repasar sus apuntes en voz baja. ¿Quizás recordar los efectos de la partitura replicaban los efectos en su psique de alguna forma?
Horas más tarde, se encontraba en la zona restringida. Había solicitado acceso especial a los archivos reservados de la Schola, alegando que necesitaba unos tomos particulares para redactar su tesis final. Lo cual no era del todo mentira. Allí encontró un solo documento que mencionaba un fenómeno parecido, pero estaba escrito en un dialecto de arcaico, quizás élfico o incluso algo más antiguo, plagado de notaciones musicales y referencias simbólicas.
Quizás fuese relevante, o quizás no.
A la mañana siguiente, agotada, con los ojos rojos y los dedos manchados de tinta, Gwenaëlle se levantó de la mesa. Se había quedado dormida, estudiando. En su cuaderno había garabateado una frase de forma compulsiva, sin darse cuenta:
“Sin la última nota, la melodía jamás llegará a su fin.”
No sabía de qué libro lo había sacado. Tal vez de ninguno. Tal vez ya empezaba a escucharla también.