DM Tepes
Cabra de Renatha
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Los soldados Imperiales apostados en la Fortaleza del Cuerno Tronante comienzan a preocuparse ante lo que veían que seguía sucediéndose por los Dientecillos. Algunos de los oficiales del ejército del Murkul habían tomado cartas en el asunto tratando de detener el avance de la creatura, entrando en escena el General minotaurense, Vorpax.
El veterano guerrero astado marchó hacia el Bosque con su escolta personal, soldados bien entrenados que se pasaban los días combatiendo en la fosa de la fortaleza cuando no tenían amnianos a los que golpear para saciar su sed de sangre. Pero pese a la ferocidad y habilidad marcial de las bestias que acompañaban a Vorpax, no se conoció nada de su destino hasta días después.
A las murallas de la Fortaleza llegó una carreta, la cual era tirada por diligentes kobolds que formaban parte del grueso de las filas murannitas. Los soldados imperiales apostados en las murallas hicieron resonar las campanas y salieron varios pelotones al encuentro de los kobolds, pero no por recibirles si no por lo que traían recostado sobre la carreta, a Vorpax el Destripador.
Las heridas del minotauro eran casi fatales, unos sacerdotes se encargaban por turnos de que el astado no se desangrase en el viaje. Había regresado cubierto de sangre, con tajos profundos en su torso y la armadura destrozada por lo que había vivido. Su estado era deplorable pero lograba mantenerse despierto pese al dolor y quejidos que soltaba a cada traqueteo de la carreta al pasar sobre una roca.
Al ver a los soldados que habían llegado hacia pocos días de la Capital en su ausencia, los miraría seriamente a su paso por su lado, tomando a Sondakur del antebrazo al recaer en su presencia para pronunciar unas últimas palabras que salían del agónico minotauro hacia el Destructor.
El veterano guerrero astado marchó hacia el Bosque con su escolta personal, soldados bien entrenados que se pasaban los días combatiendo en la fosa de la fortaleza cuando no tenían amnianos a los que golpear para saciar su sed de sangre. Pero pese a la ferocidad y habilidad marcial de las bestias que acompañaban a Vorpax, no se conoció nada de su destino hasta días después.
A las murallas de la Fortaleza llegó una carreta, la cual era tirada por diligentes kobolds que formaban parte del grueso de las filas murannitas. Los soldados imperiales apostados en las murallas hicieron resonar las campanas y salieron varios pelotones al encuentro de los kobolds, pero no por recibirles si no por lo que traían recostado sobre la carreta, a Vorpax el Destripador.
Las heridas del minotauro eran casi fatales, unos sacerdotes se encargaban por turnos de que el astado no se desangrase en el viaje. Había regresado cubierto de sangre, con tajos profundos en su torso y la armadura destrozada por lo que había vivido. Su estado era deplorable pero lograba mantenerse despierto pese al dolor y quejidos que soltaba a cada traqueteo de la carreta al pasar sobre una roca.
Al ver a los soldados que habían llegado hacia pocos días de la Capital en su ausencia, los miraría seriamente a su paso por su lado, tomando a Sondakur del antebrazo al recaer en su presencia para pronunciar unas últimas palabras que salían del agónico minotauro hacia el Destructor.
"Lo he visto sangrar, esta débil, esta más cerca de la muerte que de la vida."
El General fue ingresado entonces en la sala de cuidados junto con los kobolds para ser tratado, las bestias que acompañaban a Vorpax en sus auxilios dijeron que susurraba un nombre, "Bajira". Los soldados Imperiales tenian la voluntad dividida, los más leales querían venganza por lo sucedido a su héroe, los más cobardes querían retirarse antes que enfrentar a semejante creatura que había destripado a "El Destripador".




