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La Gaceta del Mercader

zumoenvenenado

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La Gaceta del Mercader nº 21

Entre rateros y trepadores

soldadoherido.jpgHubo una época en que la guardia de Athkatla era motivo de orgullo. Una época en que el solo nombre del capitán bastaba para que el ratero más osado encogiera el cuello y buscara refugio bajo la mugre. De aquella época no queda ni el recuerdo.

Pudimos ser testigos hace unas escasas dekhanas de un destacamento que marchaba bajo las órdenes del soldado Retlin, entre quienes estaban presentes caballeros de la Orden del Guantelete y acólitos de Selûne, todos ellos encomendados a desbaratar una cofradía de ladrones parapetada en una finca. Los cofrades, con más seso del que cabría esperarse de su ralea, tendieron una emboscada en los callejones colindantes, sembrando el pánico entre voluntarios y curiosos que, con tan mala fortuna como escaso juicio, se habían arrimado al lugar.

¿Y dónde estaba el capitán de la guardia? Helm lo sabrá. Este es el fruto de años dedicados no a forjar soldados leales y capaces, sino a trepar peldaños.

Mientras los callejones olían a hierro y sangre, la gacetera Evelyn Blackwood se arrellanó en el regazo del rancio Tark Miller, a un palmo de los heridos que yacían sobre el empedrado. No muy lejos, la detective Samira se avinagraba junto a ella, ambas dedicadas a vilipendiar a la embajadora imperial Adrasteia, cuya presencia suscitaba interrogantes.

Ante la mengua de voluntarios y el desconcierto general, un servidor hubo de adentrarse en el interior de la finca junto al soldado Retlin y el paladín Solair. Hasta el último de los cofrades acabó con el acero en la garganta. No hubo piedad. Mas lo peor aún estaba por llegar. Cuando el humo se disipó y tocaba dar con el alijo que los ladrones custodiaban, no fue ningún amniano de pro quien lo halló. Fue Adrasteia, esa misma que algunos habían considerado más digna de reproche que de atención, quien, ayudada por un mercenario de su confianza, dio con una trampilla oculta.

Y aquí es donde la negligencia alcanza cotas verdaderamente escandalosas. Un mediano de la guardia exhortó a un herborista hallado tras la trampa, el único cómplice apresado con vida, a ingerir las plantas y raíces halladas para demostrar su inocencia. Retlin, que tan poco había brillado durante la refriega, al menos tuvo el acierto de frenar al soldado y requisar la mercancía.

Así pues, la jornada nos enseña que cuando los nuestros se entretienen en rencillas de patio y los veteranos son despreciados son los forasteros quienes acaban dando la cara.
 
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zumoenvenenado

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La Gaceta del Mercader nº 22

Crimmor bajo la máscara

titiritero.jpgVoces del imperio cuentan que el señor Dark, quien condujo desde Kalathtyr hasta Murann el carromato de víveres que hizo vomitar a tantas bestias imperiales, mantuvo silencio en su celda pese a las torturas. Su voluntad resistió hasta donde un hombre puede resistir.

Recobrado el juicio y habiendo recuperado la lengua y el habla, el caballero de Tempus rehúsa confesar lo que esos cabalistas hubieron de escudriñar en su momento, dejando las pesquisas en manos del enmasculado capitán de la guardia.

Según ha podido saber esta gaceta en consultas con consejeros del imperio, la verdad no fue confesada. Fue la magia imperial la que hubo de arrancarla. La verdad no es otra cosa que el carro que llevó hasta tierras enemigas fue preparado y dispuesto por el alcalde de Crimmor, el sastre Morian Mausser.

El alcalde de una ciudad amniana pertrechó una caravana de vituallas que cruzó territorio enemigo y llegó a las fauces del imperio. Orcos y ogros enfermaron de aquellos víveres, sí, y en ello hallarán consuelo los más cándidos. Mas la pregunta que esta gaceta formula no es si se ha causado perjuicio al imperio, sino quién orquestó el engaño y por qué.

¿Obró Mausser por cuenta propia, movido por algún designio que ningún buen amniano acertaría a comprender? ¿O fue su mano la que firmó la partida, pero otra la que urdió el embuste? Y si alguien se sirvió de él como instrumento, ¿lo sabe el alcalde?

Ocurre que Crimmor, bajo el gobierno de Mausser, ha mudado de semblante durante su mandato. El Teatro de la Alegría languidece. La Espiral de las Almas ha perdido el esplendor que en otros tiempos convocaba a los fieles. El templo de Chauntea ha sido mancillado. Los edificios que otrora nos eran motivo de orgullo ahora lloran por su abandono y silencio. Mientras tanto, las plazas acogen con hospitalidad poco disimulada a gentes que en cualquier otra ciudad de Amn serían perseguidas por la guardia con mayor celo del que se aprecia en la Ciudad de las Caravanas. Devotos de Mask. Tahúres. Figuras de oficio turbio que se mueven por aquellas calles con la serenidad de quien pisa terreno propio.

Hace bastantes dekhanas, esta gaceta tuvo ocasión de presenciar en Crimmor la celebración de la Noche de los Mentirosos, festividad en honor a Leira y a Mask. Acudimos esperando encontrar lo que toda mascarada promete: paisanos enmascarados, plebeyos fingiendo ser nobles y ordinarias pretendiendo comportarse como princesas. Las máscaras estaban, mas quienes las portaban no eran burgueses disfrazados de rateros. Eran los rateros mismos, aquellos que uno pudiere encontrar, día sí, día también, en la Corona de Cobre.

Cuando una ciudad prospera, sus gobernantes limpian las calles de maleantes. Cuando una ciudad ha sido cedida, la guardia hace la vista gorda.

Volvamos, pues, al alcalde. Mausser declaró en su día en La Voz de Amn, con una franqueza que hoy cobra otro tono, que fue puesto a dedo a cambio de favores.

“Los favores se pagan, simple y llanamente. (...) Uno no puede dejar nunca en evidencia a quienes le ayudan y siempre debe ser agradecido.”

Palabras inocentes en apariencia, aunque no pocos comienzan a preguntarse qué manos continúan sosteniendo a Mausser en el cargo mientras la Ciudad de las Caravanas degenera en refugio de embaucadores y forajidos.

Conviene ser justos con quienes cargaron con el peso del viaje. Ni Dark ni el obispo de Ilmater Dick Cars sabían lo que transportaban. La ponzoña no era suya.

Títere o titiritero, Morian Mausser conoce la mano que envenenó el carro. Y si no participó en la treta, entonces ha permitido que Crimmor se convirtiera en refugio del perpetrador.
 
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zumoenvenenado

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La Gaceta del Mercader nº 23

La cara oculta de la luna

sarielcyric.jpgHace unas pocas dekhanas el culto de Selûne ha reconocido, ante la sociedad amniana, su culpabilidad en bochornosos delitos tocantes al traslado de desamparados y refugiados desde Athkatla hasta la lejana Nashkel. Confiesan que hubo muertes entre los trasladados jamás declaradas con la diligencia debida y que La Voz de Amn —panfleto que tanto gusta de señalar la paja en ojo ajeno— publicó de aquel viaje una crónica incompleta y embustera.

Y henos aquí, comerciantes de bien, contemplando el curioso espectáculo de una iglesia consagrada a la luz que guía a los perdidos, sirviéndose de las argucias que tan bien dominan los siervos de Cyric, Príncipe de las Mentiras.

Cuanto más se asemeja esta iglesia a nuestra muy amniana costumbre de justificar la intriga, tanto más crece su prez entre los nobles y mercaderes de Athkatla. Pues así somos en Amn, que perdonamos antes al embustero elegante que al necio sincero, y hallamos más loable a quien miente con clase que a quien yerra con torpeza.

Mas no acaba aquí la reflexión que esta gaceta debe a sus lectores. Cuéntase entre poetas y filósofos que la hermosura y la lozanía no son garantes de virtud alguna, sino antojadizo velo tras el cual el vicio y el crimen hallan más cómodo escondite que en el rostro ajado del pecador declarado. Nadie sospecha del lobo que viste piel de cordero, y menos aún cuando el cordero es hermoso. Así, las jóvenes sacerdotisas de este culto —pues bien sabido es que la mayoría de sus fieles más visibles son doncellas de rostro grácil y ademán piadoso— podrían muy bien ocultar bajo su candor aquello mismo que hoy Amaunator a través de la justicia amniana ha sacado a la luz.

Sostienen algunos físicos, no sin fundamento en las viejas doctrinas de los humores, que si el fulgor de Selûne es capaz de arrastrar al licántropo a la locura sanguinaria en noche de luna llena, no ha de extrañar que las mismas mareas agiten también el temperamento de sus propias hijas consagradas, tornando su firmeza en veleidad y su juicio en arrebato. Dígase con la debida cautela, pues esta gaceta no gusta de calumniar sin fundamento, mas la pregunta queda servida: ¿es acaso mera coincidencia que tantas de sus sacerdotisas —recuérdese a la propia Sariel Shade, o a la redactora Gwenaëlle— hayan mostrado, cuando la ocasión lo requería, más pasión pueril que templanza sacerdotal?

Bien harían, pues, los amnianos de bien en recordar que ni la beldad ni la mocedad son escudo contra el vicio, y que la luna que guía a los perdidos puede también, si se lo permite, extraviar a los suyos.
 
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zumoenvenenado

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La Gaceta del Mercader nº 24

El corazón preso bajo el hierro de Selûne

elementalatrapado.jpgHemos sido testigos Las Cuerdas del Destino y un servidor en nuestra peregrinación hasta Nashkel del cortejo entre un elemental de fuego y uno de hielo, un amor imposible donde los haya. Ignoraba que tales ajenos de Toril pudiesen albergar algo semejante al deseo, a la nostalgia, al amor que empuja a cruzar leguas sabiendo que la muerte aguarda al final del camino. Aquel fogoso amante nos obliga a pensar en esos sonidos que aún no hemos aprendido a escuchar.

Fue ese mismo día, con el ánimo todavía trastornado por tan singular ternura, cuando reparé en algo: el gólem de hierro que marchaba dócil bajo las órdenes de la acólita Gwenaëlle.

Contempladlo bien, lectores, la próxima vez que lo veáis desfilar. Dentro de esa coraza de hierro palpita, según cuantos entendidos en la materia he consultado, un elemental. Uno que siente. Uno que, como el pobre enamorado del camino, quizá tuviese su propia historia, sus propios anhelos.

He aquí la pregunta: ¿qué diferencia hay entre encadenar a un hombre y atar a un elemental dentro de una prisión de hierro forjada a medida? Las acólitas de Selûne, tan prestas a alzar la voz contra la esclavitud que practican distinguidas casas como nuestra Compañía de Mercaderes Aventureros de Athkatla, guardan en su seno una servidumbre mucho más sofisticada: la de un ser consciente, despojado de nombre, de amor y de rumbo, y vestido con el noble ropaje de la devoción. Los escuderos que ven pasar el gólem no imaginan que dentro llora, ama o recuerda; solo ven una maravilla de la fe selunita. ¿No es esto hipocresía?

Curiosa cuanto menos es también la reciente retórica de Gwenaëlle, tan encendida cuando escribe en La Voz de Amn —panfleto que tan asiduamente ultrajan con su propaganda— acerca de la cohesión de Amn y la urgencia de recuperar Imnescar, territorio que nos fue arrebatado por el cruel imperio de Murann. Recuerdo haber escuchado en boca de otros bardos del Colegio del Valor cuando no era más que un muchacho, la historia de un viejo emperador de un imperio hoy caído en polvo, quien, heredando conquistas que sus generales insistían en sostener a golpe de legiones y sepulturas, ordenó devolver cuanto ya no pudiese defenderse, pues comprendió que no existe gloria alguna en enterrar hijos bajo un territorio que jamás habrá de guarnecerse en paz.

Confieso que me asalta la sospecha de que quien esclaviza elementales para adorno de sus procesiones no tendrá excesivo pudor en embaucar, con esa misma mentira dulce que tanto deleita a los siervos de Cyric, a nuestros hijos y hermanos, prometiéndoles gloria para arrojarlos después, aún imberbes, a pudrirse entre cuervos y fango en una reconquista que no es sino capricho vestido de cruzada. Cuando la moral permite justificar el cautiverio de un ente inferior en nombre de un bien mayor, ¿qué impide extender idéntico razonamiento a hombres y mujeres de carne y hueso? ¿No sería más prudente, como aquel emperador de antaño, admitir que Imnescar no vale la sangre que costaría reclamar, y dejar que la memoria de los ya caídos baste de monumento, sin necesidad de añadir más nombres a la lista de Jergal?

No faltan, además, quienes susurran que ciertas palabras cordiales se han cruzado entre el entorno de Gwenaëlle y los Magos Rojos del enclave thayano de Athkatla. Cabría preguntarse, con la inocencia que me caracteriza, si la campaña por Imnescar contará de nuevo con las artes funestas de Thay. Sería, desde luego, una amarga ironía que quienes se erigen como adalides del bien terminasen, una vez más, compartiendo alcoba con el pecado.
 
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La Gaceta del Mercader nº 25

La fe que persigue: el clero de Selûne nos denuncia

magistrado.jpgSéase hoy sabido por cuantos aprecian esta gaceta que el clero de Selûne ha tenido a bien acusarnos de supuestas calumnias ante la guardia de Amn. No por haber mentido este servidor —jamás se ha señalado palabra falsa que aquí se haya escrito— sino, según se colige, por el pecado mayor de haber destapado su fariseísmo.

Y no contentas con rogar a los magistrados, la beata Gwenaëlle publicó hace apenas unas jornadas, en las páginas de La Voz de Amn, una reflexión piadosa sobre la justicia y el deber de quien critica. No cita nombre alguno, mas cuando se habla de “mercaderes de esclavos conmoviéndose por el supuesto cautiverio de un constructo”, el lector de esta gaceta no ha de rascarse mucho la cabeza para saber a qué puesto del zoco y a qué pluma se refiere la teúrga.

Jocosa nos parece su prédica sobre “noblesse oblige”, doctrina ajena a su fe, prestada del culto de Siamorphe para adornar un sermón contra un cronista. Extraña devoción la suya, que reza a una luna y predica con vocabulario birlado de otro altar. A Siamorphe, cuyos verdaderos fieles entienden que el privilegio de los títulos es deuda y no pretexto, poco ha de placerle ver su credo esgrimido por quien jamás vistió su templo, y que lo emplea no para servir al pueblo, sino para amordazar al articulista.

Mas hay una ironía que esta gaceta no ha de callar, acaso la más honda de todas. Selûne, dicen sus fieles, es luz que guía al perdido y consuelo del perseguido. Los gur, hijos de Selûne según el folclore, saben bien que esa luz ha alumbrado tantas mazmorras como caminos: cuántas veces un alguacil ha señalado al gur errante como culpable, sin más prueba que su semblante y su acento. Esta beata litigante, según se ve, antes que consolar a los perseguidos, prefiere ser ella quien persigue, sirviéndose de sus títulos para guiar a los magistrados hacia quien no comparte su prédica. Que quede dicho, y que el lector juzgue quién de los dos teme más a la verdad: el que la escribe, o la que, no pudiendo desmentirla, corre a los tribunales a silenciarla.
 
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