La Gaceta del Mercader nº 7
Altercados en el distrido del Templo: Señalamos a los principales culpables
¡Oh, Athkatla, joyel de la Costa de la Espada, donde el
tintinear de las monedas acompáñase del perpetuo chirrido de egos desmedidos! En esta coyuntura, nuestras atentas miradas se posan sobre el distrito de los Templos, donde la paz espiritual ha sido suplantada por proclamas incendiarias y trifulcas que harían ruborizar a un demonio menor.
El clero de Bane, siempre con su consuetudinaria afición a la tiranía, la disciplina y el ceño perpetuamente fruncido, ha determinado que la mera existencia de la alta sacerdotisa Sariel del clero de Selûne, apartada otrora por sus propios hermanos de fe, supone una afrenta intolerable. Y así, como niñas peleándose por una muñeca de trapo, ambos bandos han encendido la llama del conflicto. Aquellas plazas, antaño refugio de meditación y devoción, hoy resuenan con un jaleo que ni las campanas del templo logran acallar.
Mas, ¡ay!, la intervención de nuestra gloriosa guardia no ha hecho sino añadir más leña al ya encendido fuego. El capitán Ewan, ese adalid de la ineptitud con capa rimbombante, ha estado tan ocupado encaramándose por los peldaños de la jerarquía militar que ha dejado desamparados a quienes juró proteger. El capitán es claro ejemplo de que no toda oreja puntiaguda denota sabiduría. Su intento de diplomacia con la Orden del Guantelete ha resultado tan efectivo como apagar el fuego de una sartén con agua. Poco se puede esperar de alguien que ha trepado los escalones del poder aferrándose no a sus propios méritos, sino a las hazañas de verdaderos héroes de guerra, aquellos cuya entrega y arrojo han sido mancillados por la sombra de su mediocridad. Su uniforme reluce más que su liderazgo, y sus discursos son tan soporíferos que ni el más curtido de los soldados puede mantenerse despierto durante sus infumables peroratas. Será recordado para la posteridad por haber convertido el cuartel en un laberinto de pergaminos y sellos, donde la hombría es un concepto tan descuidado como la pasión en su marchito corazón.
Y hablando de pasión, no es secreto que el capitán Ewan, a pesar de sus insignias y presunta autoridad, es incapaz de encender la chispa del deseo en dama alguna. Sus intentos de cortejo son tan torpes y previsibles como sus estrategias militares, despertando más lástima que deseo. ¡Qué paradoja! Un hombre aparentemente poderoso, pero desprovisto de afecto.
Volviendo a la Orden del Guantelete, esos autoproclamados campeones de la justicia parecen hallarse más interesados en sus fastuosas fiestas de palacio y sus paseos por los jardines de su castillo que en la seguridad de nuestras callejuelas. Uno podría pensar que su ética sería más elevada que la de los Ladrones de las Sombras, pero al menos estos últimos saben mantener cierto orden entre los rateros y mendigos de los barrios bajos. Quizá la Orden debiera tomar nota.
Entretanto, los ciudadanos contemplamos este patético espectáculo con la resignación de quien sabe que, presto, alguien de mayor rango y cordura (si es que tal criatura existe en nuestra estructura de poder) pondrá fin a este juego de niños.
James Kellogg, arcano infiltrado
En el otro rincón del cuadrilátero político, tenemos al insigne, aunque lamentablemente encantado, James Kellogg, quien pretende ser nuestro nuevo senescal y, según algunos, la peor elección desde que alguien pensó que abrir la Escuela de las Maravillas era buena idea. ¿Qué puede ofrecernos este mago tecnócrata, más allá de su insaciable devoción por la volátil magia y sus siniestros constructos?
Kellogg no solo desentona con el amniano de bien, ese que confía en su ingenio, sus dotes para el comercio y, claro está, en esclavos bien educados. No, él prefiere rodearse de gólems animados por hechizos, criaturas de piedra y metal que no conocen la fatiga ni la lealtad a nuestra tierra. ¿Qué sigue? ¿Dejar que nos gobiernen autómatas mientras Kellogg y sus acólitos se frotan las manos en la Arcanum Schola?
Su mera presencia en la política es una invitación abierta para que magos sedientos de poder y conocimiento invadan nuestras calles, arrasando con nuestras tradiciones y, peor aún, con nuestras riquezas. ¿Acaso queremos ver a Athkatla convertida en un hervidero de arcanistas y sus experimentos fallidos?
Si tanto ama Kellogg sus gólems y sortilegios, bien podría hacer las maletas y marcharse con los thayanos. Allá hallaría compañía afín: nigromantes y constructores de horrores arcanos que sabrían apreciar su devoción enfermiza por la magia. Que se case con uno de sus constructos si tanto le gustan, y nos deje a los amnianos decentes en paz, confiando en nuestras propias manos artesanas y no en conjuros traicioneros.
En definitiva, si el señor James es la respuesta, más vale que reformulemos la pregunta. Porque, si dejamos que este lunático represente Amn, no será solo nuestra libertad la que esté en juego, sino el alma misma de nuestra nación.
Bashar Souleyman vuelve a deslumbrar en un escenario rodeado de fatas y hace llover fruta del cielo
El célebre bardo Bashar Souleyman, del ilustre Colegio del Glamour, volvió a desplegar su arte ante las enigmáticas fatas del bosque.
Este no fue un concierto cualquiera: fue un hechizo melódico, una sinfonía tejida con acordes de otro mundo. Las primeras notas, delicadas cual caricia femenina, dieron paso a melodías que se retorcían y serpenteaban, tocando los corazones de mortales y espíritus por igual. Las propias fatas, usualmente reacias a mostrarse impresionadas, quedaron embelesadas.
Mas he aquí lo asombroso: en pleno clímax de la actuación, cuando la música alcanzaba alturas que rozaban la locura y la dicha, el cielo mismo pareció rendirse ante el talento del bardo. Comenzó a llover fruta, rica y exuberante. Manzanas verdes y ácidas descendían entre carcajadas etéreas, mientras el jugo de cítricos intensos perfumaba el aire con una fragancia embriagadora. Se trataba de una ofrenda del mismísimo bosque, en gratitud por tan sublime espectáculo.
Conviene recordar que Bashar Souleyman no es ajeno a la atención de seres extraordinarios. Ha deleitado con su arte a criaturas de la talla de dragones, quienes, tras escuchar sus melodías, quedaron plácidamente satisfechos, concediéndole su rara aprobación. Así, no es de extrañar que las fatas del bosque sucumbieran también a su embrujo musical.
Y he aquí, queridos lectores, la oportunidad de presenciar en nuestra amada ciudad a uno de los bardos de mayor renombre en toda la Costa de la Espada. Bashar Souleyman, cuyo talento ha doblegado a las criaturas más caprichosas del bosque y a los más altivos guardianes de los cielos, promete deleitarnos con futuras actuaciones que, sin duda, trascenderán los límites de lo imaginable.