Me fijé en una mujer, me llamaron la atención sus orejas apenas puntiagudas, se llamaba Casia Solarys, quién se encontraba fuera de la posada de los llanos de Athkatla, que estaba con otros aventureros, quienes conversaban sobre antiguas órdenes de caballería. Sin interés en dicha información, decidimos marchar ambos de paseo, a un lugar sin rumbo fijo en apariencia. Al vernos libres de tanta charla mundana, le propuse continuar el paseo hacia el bosque, para explorar un saliente elevado, cercano a unas ruinas que descubrí hará ya tiempo.
El camino estuvo libre de peligros inmediatos, exceptuando la presencia agazapada de unos conejos que, según los rumores exagerados de marineros del puerto de Athkatla, custodian la zona en manadas. Una vez cerca de nuestro destino, y tras varios usos de nuestros poderes, logramos ascender hasta la cúspide de un saliente elevado, un santuario aislado que ofrece unas vistas imponentes bajo el amparo de la noche.
Aprovechando la quietud de las alturas, mantuvimos una larga conversación donde mi desconfianza natural me obligó a medir cada palabra. Ella me habló con devoción de sus dones innatos como elegida del Sol, mientras yo esquivaba sus preguntas directas sobre mis creencias respondiendo con evasivas sobre la oscuridad.
Con el propósito de eliminar sus sospechas, decidí retirar mi "protección", "mi privacidad", que eran en esta ocasión, mi sombrero y el grueso paño. Dejé que mis facciones quedaran expuestas ante ella por primera vez, un gesto, una muestra de confianza, le pedí entonces que guardase en absoluto secreto todo lo que le había revelado, una delicada prueba de fe.
Al notar mi incomodidad con su intensa luminiscencia y tras confirmar que mi aversión a la luz es personal, y no siendo un ser de la noche, Casia se atenuó por respeto.
Abordamos los recientes ataques de licántropos en el norte, la detallé que las criaturas que nos asaltaron eran dos licántropos en pleno estado de frenesí. Uno de ellos, claramente el alfa de la manada, destacaba por un pelaje completamente blanco y una agilidad sobrehumana. El segundo era una bestia de menor envergadura y pelaje oscuro. Ambos se movían al acecho y mostraban una rabia interna incontrolable que los empujaba a cazar, comunicándose únicamente mediante gruñidos salvajes mientras arañaban el suelo de forma amenazante.
Ella mostró una compasión, una muestra de fe inquebrantable, al sugerir que incluso esos monstruos merecían una segunda oportunidad para abrazar la luz o ser purificados. Al ver su determinación, no pude si no, aprovechar la ocasión para recabar información sobre las maldiciones.
Con la intención de tantear el alcance de sus dones divinos y comprobar si era capaz de revertir una maldición de tal calibre, la consulté si se podría experimentar con los hombres-rata de las alcantarillas de Athkatla o Crimmor, ya que podría ser, que sufrieran una situación similar.
Creo que fui demasiado directo, ya que me pareció que se horrorizó por la mera idea de capturar seres para experimentar y admitiendo sus limitaciones al no ser una sacerdotisa formal, rechazó la propuesta alegando que su labor era salvar vidas y no hacer ensayos con otros seres.
No obstante, admitió que otras órdenes poseían escritos al respecto. Le planteé una futura reunión con el sacerdote Alexander, para que usara su estatus en la Orden y nos guiara a través de la biblioteca en busca de tomos sobre maldiciones.
Ya, con algo más de información, volveríamos a retomar la conversación, y ver las posibilidades de hacer algo por aquellos hombres-rata, en un lugar controlado, antes de aventurarnos en los frondosos y peligrosos bosques, con los hombres-lobo.
Con las primeras luces del alba amenazando con despojar el velo a la noche, dimos por concluido el encuentro. Me recoloqué el grueso manto y ajusté minuciosamente el sombrero para evitar que los primeros rayos del sol me dieran directamente en mi rostro, emprendí el regreso en solitario hacia los Llanos, tras constatar que ella partió sin problema, por sus medios divinos.