sinsajo
Excrecencia plúmbea de prosapia prodigalidad
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Cualquier habitante de los más cálidos valles amnianos pensaría que el frío norteño alimenta el carácter de las gentes de Nashkel, convirtiéndolas en personas tristes o ariscas. La nieve cubre de manera perpetua las suaves lomas que conforman su cementerio, pero no logra ocultar que esa idea es totalmente errónea. Las lápidas funerarias emergen de ese mar de blancura como muestra de la ironía y del humor que reside en los corazones de los nashkelitas, que recuerdan a sus seres queridos con una pizca de fino humor negro.
Desde la esposa que guarda un lugar en él para su seguramente no tan amado esposo, hasta aquellos cuyas muertes resultaron peculiares como la de Falis Ray, los hermanos Steiner o la del capitán Skaven, por no mencionar que un dolor de barriga inoportuno puede provocar la muerte, hubiera sido mejor dejarlo fluir públicamente y sólo haber provocado risas (o angustias).
Otras destacan obviedades, como la de Brand puesto que, es evidente que “ya” no es capitán. Incluso imprudencias: no se debe tomar pociones a la ligera ni jugar a elaborarlas sin precauciones, como nos advierten dos de estas lápidas. La del capitán Valín que claramente si desaparece (por no decir muere) en un combate no tiene otro lugar en el que aparecer. O fallos técnicos, como el ocupar una tumba que no encaja con el lugar que indica la lápida.
Incluso ironías de la vida, como el haber sido un pregonero “a viva voz” o el curioso nombre del barrendero de Kara tur, tan adecuado a su profesión.
Seguro que con tal muestra los nashkelitas comienzan a parecer a ojos de los demás mucho más alegres.
Por Madeleine y Azalea