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A la deriva.

Barron

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Generalmente la gente comienza sus travesías llegando a buen puerto mientras se maravilla con las grandes ciudades por descubrir y sus buenas gentes, por suerte o desgracia, esta bienvenida a una nueva tierra no fue exactamente igual.

Los últimos rayos del sol se dejaban entrever en las costas amnianas, entre algas y restos de naufragio, un semi elfo se encontraba sentado en la arena, empapado y disfrutando de la puesta del sol entre las aguas.

Su mirada viro entre los restos naufragados del navío del cual había logrado escapar.

— Al menos la puesta de sol es bonita.

Se mantuvo quieto sobre la arena y contempló el cielo durante unos segundos. Estaba vivo. Dolorido, empapado y con la espalda protestando como nunca, pero vivo.

No era un mal comienzo.

La tormenta seguía demasiado fresca en su memoria. Recordaba los gritos de la tripulación intentando mantener el barco unido, el crujido de la madera partiéndose y una ola tan enorme que ocultaba un horror marítimo tras ella.

Después... nada.

O, al menos, nada que mereciera la pena recordar.

Se puso en pie lentamente y comenzó a sacudirse la arena de los ropajes, una tarea altamente complicada. Cuando finalizo, dio un par de pasos antes de detenerse en seco.

— Veamos que podemos encontrar…

Giró sobre sus talones y empezó a recorrer la playa con calma. Si el mar había tenido la amabilidad de no matarlo, quizá también hubiese decidido devolverle alguna de sus pertenencias.

No tardó en encontrar una mochila medio enterrada entre las algas.

La abrió con cierta ilusión, encontrando unas cuentas herramientas útiles y una manta completamente empapada.

— Mi cosa favorita, más ropa mojada.

Por un momento noto una presencia cerca de él, girándose y mirando directamente donde pensaba haber visto a alguien.

Por suerte, encontró algo mucho mejor.

Entre un montón de ramas arrastradas por la marea sobresalía una pequeña pipa de madera oscura.

El semielfo se acercó con una sonrisa y recogió con cuidado su tesoro, soplando la arena del hornillo y la levantó frente a sus ojos.

— Mira que eres terca.

Después de guardar con sumo cuidado su recuperada pipa, continuó caminando por la orilla durante un buen rato. El aire olía a sal y a algas, y las gaviotas parecían discutir entre ellas por algún pez que él no alcanzaba a ver. Su camino siguió la costa, sorteando los bancos de arena, noto como figuras de piedra imponentes se plasmaban frente al sol.

A lo lejos, mucho más allá de la costa, se distinguían unas enormes murallas y las siluetas de incontables edificios elevándose sobre el horizonte. Incluso desde aquella distancia era evidente que se trataba de una ciudad importante.

El hombre entrecerró los ojos.

—Supongo que eso debe ser una ciudad...Espero que no sea una de esas llenas de bichos raros.

Permaneció unos segundos observándola.

Era curioso.

Había abandonado las Moonshae buscando conocer el mundo y apenas llevaba unos días fuera de casa cuando el mar había decidido cambiarle los planes. Pero no importaba. Los caminos rara vez eran rectos.

— Vale, Gabriel... hora de moverse una vez más.

Y, con una sonrisa tranquila, emprendió el camino hacia aquella inmensa ciudad sin saber que Amn aún tenía preparadas unas cuantas sorpresas para él.
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