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Adicción

Sam

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Adicción
Relatos de Ayrin de Rashemen

La siguiente historia tiene lugar entre las 20:00h del primer día y las 11:00h del cuarto día.

Los rumores son el arma con el que los políticos hacen tambalear los rivales. También son el alimento de los parásitos como los rateros, los informadores o los espías. Son tan versátiles que pueden enriquecer a los perspicaces o destruir a los necios, por eso uno siempre debe saber escoger los rumores. Me gusta seguir de los rumores, la sensación de incertidumbre me estimula, despierta mis instintos y causa en mi un estado de euforia parecido al de una droga. Y cuando los rumores son hechos esa sensación crece, mi pulso se acelera y tengo la misma sensación de placer que sufre un adicto. Debe ser cierto lo que Werz decía de mi: Cuando no tengo algo en lo que perseguir me violento, me surge una necesidad insana de depredar. Quizá mi droga sea ser la personificación del viejo dicho: "El hombre es un lobo para el hombre".

Llego al cruce de Púrskul sobre las ocho de la tarde, el sol ya ha empezado su debacle hacia occidente. El aire viciado de los humos de forja, el trasegar enano y las mezclas poco convencionales del túnel de los Rompecráneos me va abandonando poco a poco. Me acerco al campamento, me pongo al tanto de los chismes, uno me llama la atención. Bandidos.
—No dejan supervivientes. No es cosa normal.
—Cabrones aprovechados. La puta Fiebre Podrida y ahora esta mierda que destroza los cultivos. Esos hideputas son una caterva de...
—No se me encienda, maestro. Lo necesito cuerdo para seguir con las terapias del Sanador de Amn. Que de los bandidos se ocupen los que saben, nosotros a los enfermos.
Me llama la atención la poca guardia en el cruce, pero no me sorprende. Cuento hasta cuatro carros, llenos, sus conductores no se atreven a seguir por el Camino del Comercio. Tienen miedo. Reflexiono unos instantes, evalúo la situación. Sonrío siniestra y mis ojos brillan como dos antorchas, me abandono camino al sur.

El camino está silencioso, de vez en cuando me cruzo con algún peregrino, veo a muchos refugiados en las dos direcciones pasando la noche junto al camino. Compruebo que en ambas compañías tienen esperanza de huir de la peste, les dejo que vivan de esperanzas un tiempo más, el tiempo que tarden en recorrer el camino. Unas veinte millas desde Púrskul y empieza a amanecer, busco un árbol de ramas anchas para pernoctar y dejo avanzar el sol hasta mediodía.
La segunda jornada la llevo por el borde del camino, no debo esperar mucho y encuentro una columna de humo. Me pongo en alerta. Me acerco el máximo posible sin ser detectada. Bandidos. Me arriesgo a juzgar que comunes, aun rebuscan entre los restos, veo dos cuerpos y oigo chillidos de una muchacha acompañada de risas de varones. Aprieto la empuñadura con violencia, me brilla la mirada. Marco una trayectoria directa hacia el que parece ser el caudillo, debo ser rápida y quitarlo de en medio. Quizá el mestizo orco me presente problemas, pero cualquier lanzador de conjuros será mayor peligro que cualquier hoja de acero. Creo haberlos localizado a todos. Ataco.

Lo que viene a continuación es rutina. Muevo mis piernas siempre buscando apoyo, sin tambalearme. Hago dos quiebros rompiendo la defensa del líder bandido, su espadón cae en picado contra la nada y suave como un susurro le hago estallar la carótida. El semiorco casi me alcanza, me advierte su grito salvaje, no dará ninguno más. A media vuelta empalo el sobaco del mestizo hasta llegar a su cuello, se tambalea y me mira furioso antes de caer. Yo no le devuelvo la mirada, ya estoy con uno de los conjuradores. El resto de los bandidos son presas fáciles. Soy eficiente.
Ha pasado menos de un minuto, mi pulso está acelerado y mis ojos brillan salvajes ansiando más sangre. Me obligo a calmarme, compruebo la situación de la muchacha. Está muerta sangrando por arriba y por abajo. Me he dejado llevar por la euforia, no hay supervivientes, es una victoria estéril. Pido a los espíritus que se lleven las almas de las víctimas a su viaje al Otro Mundo, y dejo que los cuervos se lleven las de los bandidos. Retomo el camino hacia el sur, con mayor cautela.

Ya no hay peregrinos por el camino, los inquilinos de las colinas circundantes invitan el paso rápido. Sé que no todos son hostiles, pero hoy no busco cobijo, busco asesinos. El viaje me conduce a un bosque que devora el camino como un depredador, por anteriores visitas sé que la bandidesca se usa de este lugar para perpetrar la mayoría de sus pillajes. Me ajusto el equipo para no perderlo entre ramajes y me adentro por senderos secundarios y otros que creo yo. Hay evidencias por todos lados, las vías secundarias son muy transitadas y sé muy bien de que. Las evito y me muevo de árbol en árbol. La noche acecha, la cúpula arbórea es muy densa y apenas me dejará visibilidad. Tengo suerte, escucho canciones.
Me dejo caer en el perímetro anterior al de los guardias. Los localizo pronto junto a las antorchas, cuatro. Intento comprobar las razas presentes, no hay elfos, solo un semiorco borracho a punto de perder el conocimiento. No arriesgo y me quedo inmóvil en la oscuridad hasta cercana la medianoche. Siento náuseas en mi interior, me mareo, llevo dos días sin comer casi y me falla el metabolismo. Rebusco en mi fardo y saco unas bayas, recuerdo a Niennor dándomelas y asegurándome que nunca se pudren. Tenia razón, mi juicio se abstrae unos segundos pensando en ella. Cometo un error.
Puedo sentir a tiempo como una espada cae derecha hacia mi cabeza. Reacciono en acto reflejo y esquivo el golpe, sé que ahora todo depende de milésimas de segundo antes de que el elfo de la alarma. Le coloco un golpe en la garganta, sus cuerdas vocales estallan de dolor y su respiración se interrumpe. Le cojo el cuello y se lo parto, mis ojos brillan ansiosos de más. Sé que debo contentarlos. Uno de los centinelas junto a las antorchas llama al elfo, no obtiene respuesta, tengo otra vez suerte y es un novato. Se adentra solo sin llamar a nadie.
El bandido no lleva seguridad en el avance, la porra le tiembla. Escalo un tronco y espero a que pase debajo de mi. Vuelve a llamar al elfo. Espero. Mira a ambos lados. Espero. Duda y se vuelve hacia el campamento. Espero. Llama otra vez al elfo y da dos pasos más en la dirección incorrecta. Me dejo caer como una araña a sus espaldas, empalo nuca y abdomen, muerte instantánea. No podré mantener el subterfugio mucho tiempo. Paso a la acción.
Una vez Werz me dijo que tenía alma depredadora, que algún día moriría por ella. Sin duda tiene razón, algún día alguien será mejor que yo y me matará. Daré un paso en falso, cometeré un error o mi rival será más hábil, realmente es indiferente como sea, el resultado será el mismo. Pero esta noche no creo que lo sea, algunos borrachos, otros cagados de miedo porque no saben de donde vengo y los más curtidos se van quedando solos. Ataco a ráfagas, caigo sobre los solitarios y desaparezco antes de que haya respuesta. Es cuando cometo un error de cálculo, no sabía que los semiorcos recuperasen tan rápido el sentido tras una borrachera.
Choco con el semiorco, me caigo al suelo de culo. Me castiga con su descomunal hacha de la que apenas escapo, por un instante veo a mi brazo izquierdo separado del cuerpo, pero solo son unas onzas de piel. Grito de dolor. Se prepara para barrerme con un segundo golpe horizontal, este no me sorprende. Me sangra mucho, solo puedo usarme del estoque, pero los movimientos son los mismos. Me embiste, pero logro esquivarlo, aprovecho para pincharle el dorso. No siente el dolor. El semiorco ruge furioso, me empuja hacia el centro del campamento, estoy expuesta. Vienen dos bandidos más a cortarme la retirada. He de ganar tiempo, siento como las magias curativas de mi anillo surten efecto, el dolor de los tejidos regenerándose es insoportable, pero solo así podré usarme de dos armas.
Entretengo a los bandidos hasta un minuto, recupero fuerza en la mano izquierda, pero he perdido mucha sangre. El semiorco también sufre un bajón, da la sensación que el alcohol actuó como estimulante, pero no me doy tiempo a averiguarlo. Salto sobre su defensa y apuñalo el pecho del mestizo, su rugido es terrible y apestoso, pero cae muerto. Me rodean tres bandidos, dos de ellos curtidos y un novato, necesito a uno vivo. Elijo al novato. Cargo contra los dos bandidos más veteranos, pero no chocho, practico una finta de cuatro movimientos para dos. Paso enfrente, estocada al cuello, salto lateral derecho con corte horizontal. Uno de los bandidos cae ahogándose por su propia sangre, el otro busca como cerrarse la cintura recién abierta. Me encaro al novato, tiene miedo, la saboreo. Carga contra mi, le dejo acercarse lo suficiente y corta de arriba a abajo. Esquivo dando un paso lateral, suelto mis armas y desarmo al bandido de un movimiento. El bandido me mira aterrorizado, tanto que me mira con desafío y me dice con la mirada "Mátame, me da igual". A mi sí.
Lo echo contra una roca y me acuclillo frente a él, le hago mirarme.
—¿Quienes son los nuevos?
—Ja.. ¿No eres uno de ellos? Actúas como ellos, no me vengas con historias y mátame.
Cree que soy uno de los bandidos. Habla con odio, les roban las presas. Me marco un farol.
—Soy uno de ellos. Y hablarás.
—¿Para qué? ¿Para reírte de mi?
—Queremos saber qué sabéis de nosotros. ¿Sabéis donde tenemos la guarida? ¿Cuantos somos?
El bandido duda de mi farol, pero solo necesito mantenerlo un poco más.
—No sabemos donde os escondéis, de lo contrario os habríamos matado a todos. No dejáis llegar las caravanas que vienen de Púrskul, putos avariciosos de mierda. ¡Mátame! ¿Para qué me quieres? ¿Eh?
No sabe más, pero me ha dado información valiosa. Se lo agradezco y cumplo con su petición. Procuro que sea indoloro.

La vuelta al camino recorrido es más cauta, me paro más tiempo en los lugares que creo posibles para un escondite o emboscada, pero el miedo a los bandidos retiene las presas en Púrskul. Pero pasan otros. Una escuadra de paladines, identifico las armas del Radiante Corazón. Les siguen algunos aventureros, pero me interesa uno: El sacerdote Shamaelthalar Koliathril del Azote. Sigo la escuadra, seguramente vienen por los bandidos. Me dedico a acecharlos sin ninguna dificultad, no tienen batidores. Están ciegos. Me llego a acercar lo suficiente como para dejarme ver por el sacerdote, sé que me ha visto. Me identifica pronto, la vista élfica siempre me sorprende.
Se aleja un poco del grupo principal hacia mi. Le espero.
—¿Qué haces aquí?
—Busco a los mismos que vosotros.
—¿Sabes dónde están?
—Aun no. Pero esos paladines no encontrarán nada si siguen marchando como en un desfile.
El sacerdote no responde, va al grano. Me gusta.
—Seguiré buscándolos. Si los localizo, te lo haré saber.
—Gracias.
—No las des.
Shamaelthalar se aleja junto a sus compañeros de viaje. No veo que se percaten de su repentina ausencia, ignoro si le preguntan algo, pero nadie vuelve. En la oscuridad oigo sus cuernos de batalla, sus plegarias divinas y el eco de los combates. Ignoro que entienden los paladines por buscar, pero esto parece una partida de guerra y sé como los voy a usar.

No tardo más de un día más en localizar la base de los bandidos. Hay varias barricadas, estos no son bandidos normales. Apenas me acerco, pero en la distancia veo hasta cuatro arqueros y un cabecilla que dejaría a los que me he encontrado hasta ahora como a un crío de cinco años. Veo algunas caravanas en el claro, tengo confirmación. Retrocedo y vuelvo a recordar a Niennor, esos pensamientos me traicionan, pero esta vez no hay nadie a mi espalda. Recuerdo como atraer a los animales y a sus espíritus. Un roedor se acerca a mi, siento su curiosidad mezclada con el miedo, sé porque y no me acerco más de lo necesario. Reúno un carboncillo y anoto una localización: "Caravana en llamas". Sabrá donde la cito.
Pasa día y medio, me dedico a vigilar la entrada al claro de la guarida. De vez en cuando veo alguno de ellos asomar la cabeza, quizá me hayan visto o quizá no ven nada interesante. No hay novedades hasta que vuelvo a oír el tremendo ruido de las armaduras pesadas de los paladines, espero que se acerquen y me muestro. Se acercan a mi, siento náuseas y me siento incómoda. Sus auras puras me marean, me aturden, me obligo a mantenerme firme. Un paladín alado, Aldaris Nithram, se dirige hacia mi.
—¿Quién eres?
Lo ignoro, no es él con quien quiero hablar. Veo como se enoja un poco, algunos paladines acercan sus manos a las armas, pero mantengo mi mirada firme buscando al sacerdote del Azote. Lo encuentro y se acerca.
—¿Los encontraste?
—Sígueme.
Conduzco a Shamaelthalar hacia el sendero del claro. Antes de que pueda informarles de las defensas, los paladines se lanzan a ciegas a por los bandidos y me quedo perpleja ante su reacción. No les sigo, yo ya tengo lo que quería y no necesito arriesgar mi vida por actos de bondad irrelevantes. Mañana otros bandidos ocuparan su lugar, no me conviene una nueva victoria estéril. Miro a Shamaelthalar, me agradece la ayuda, nadie más lo hace. De nadie más lo espero.

Mientras me alejo de los combates, los gritos y el chocar de armas intento asimilar las acciones de los paladines, su exaltado ataque sin control. Comprender su forma de pensar es difícil, pero en ocasiones buscar la complejidad esconde la respuesta más sencilla. Me extraña encontrarme con una respuesta en mi, basada en mi. Son adictos a lo que hacen. Adictos a la guerra como yo lo soy de esto. Fueron entrenados para combatir, para destruir el Mal en cualquiera de sus manifestaciones. ¿Puede el deber convertirse en una adicción? Creía que una adicción te provoca placer, pero a la larga es destructiva. He vivido en el lado opuesto de la balanza de un paladín, sé en lo que uno se convierte viviendo demasiado tiempo en el fanatismo. Sé que cumplir las ordenes de tu dios provoca placer, un placer que te vuelve adicto, una adicción que termina sustituyendo a todo lo demás.

Quizá no sea mejor que un paladín o un guardia negro. Quizá sea peor, porque mi adicción no contribuye en nada más que en mi misma y en mi placer. Mi adicción no me promete nada, la adicción de ellos al menos contribuye a algo mejor.
 

Andra

El cansino de los Siervos de Hueso
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Mmmm...¿acojonante? ¿maravillosa? ¿increible?

Creo que cualquiera de los adajetivos describen lo que pienso del relato y se quedan cortos para mostrar todo lo que me ha gustado, ya no la historia en sí, si no la visión de los hechos de Ayrin, la narrativa y la técnica.

Realmente es un placer leer historias como esta, tan bien hiladas y plasmadas. Me hiciste pasar un buen rato ayer on rol y hoy off con tu narración, asi que doblemente gracias ;)

Ayrin me da miedo pero...mola xD
 

Jack

Pastilla perdida de Lunanegra
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Sam, eres de esa clase de gente que me desmotiva una barbaridad para escribir mis propios relatos. ¡Prefiero leer los tuyos!

Ains, brincemos por el señor Bauer.
 

Cloudalbert

Zapatillas de osito de Shama
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*Se quita el sombrero sin dudar, aplaudiendo luego* Me encanta el estilo golfo, muy buena.
 

Sam

Liche táctico
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¡Gracias gente! A ver si me mantengo y voy escribiendo cosillas sobre Ayr en el server :)

Sam,
 
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