Vinter
Gerardo de Amn
- Registrado
- 8/8/19
- Mensajes
- 504
- Edad
- 33
Descripción física:
Aethel es un joven alto y fornido, bien alimentado, de hombros anchos y visiblemente fuerte. No llega a la veintena todavía, y aun pese a todo parece estar habituado a la vida en el camino y a pelear, a juzgar por el espadón que lleva envainado a su espalda y el par de espadas cortas que oculta debajo de su mantón de viaje. Su armadura también habla por sí sola, así como el carcaj de flechas que porta junto al arco largo. Es un viajero, está fuerte y sus ojos delatan que es alguien con cierta perspicacia, habituado al camino y a sus avatares.
Su cara delata su origen norteño: Mandíbula fuerte, nariz recta y pómulos que no resaltan en exceso. Su pelo rubio delata que tiene alguna mezcla de sangre más al sur de Faêrun, muy probablemente de la zona de Cormyr. Sus ojos verdes son grandes y expresivos, y brillan con la curiosidad de la juventud, al margen de sus experiencias pasadas. Acostumbra a vestir de colores apagados, sobre todo verdes, marrones y azules con algunos tintes de negro y gris para evitar destacar demasiado en el camino.
Historia - Resumen. Se ampliará en el futuro.
Aethel se nació y crió en la villa de Nevesmortas, en el centro de la Marca Argéntea. Era una tierra peligrosa, repleta de peligros, con bárbaros que más que bárbaros eran bandidos venidos a más por un lado, orcos por el otro, y bestias salvajes. Hijo de un guardabosques nativo de la zona y una aventurera cormyta que decidió asentarse y ayudar a su marido con las labores de guardabosques, el joven se crió en mayor parte con la compañía de su abuelo. Su abuelo era un hombre enigmático llamado Endat, un antiguo montaraz originario del Espinazo del Mundo, criado en una tribu Uthgardt que pareció decidir abandonar en su juventud. Más adelante, el hombre decidió asentarse en Nevesmortas tras trabajar una temporada como soldado al servicio de Sundabar. A los diez años, Aethel fue instado a escoger un oficio entre la gente del pueblo.
El joven mentiría si dijera que le costó mucho decidirse. Decidió aprender el oficio de herrero de manos del maestro herrero del lugar, el maese enano Gorrik Rompehachas. Este enano era un cascarrabias gruñón, pero por algún motivo tenía en alta estima al joven aprendiz, y le enseñó lo básico de su arte.
En general, su infancia fue bastante feliz, con la salvedad de que sus padres fueron abatidos por el clan Muchasflechas, unos orcos que habitaban por la zona de Nevesmortas en aquel entonces y, como cuyo nombre indica, eran afamados arqueros y letales con sus flechas envenenadas. El joven no recuerda muy bien a sus padres dado que casi nunca estaban por casa, y las pocas veces que estaban, no acostumbraban a quedarse demasiado tiempo. Tiene algunos buenos recuerdos de su padre y su madre, pero en general no los recuerda en exceso. Casi todo lo que sabe de ellos, lo sabe a través de su abuelo y sus relatos acerca de la vida de ambos y su matrimonio.
A los trece años, sin embargo, ocurrió un suceso que giró por completo la vida del joven herrero. Dados los habituales conflictos contra Luskan y los clanes orcos, las movilizaciones militares eran muy habituales en la Marca, y por eso nunca faltaba trabajo para los herreros de la zona, pues tarde o temprano siempre llegaban mercenarios, aventureros o encargos de los lores de la zona para fabricar espadas, hachas, mazas, escudos y armaduras, y por tanto nunca tuvo serios problemas económicos gracias a la modesta paga que Gorrik le daba al final de cada semana en base al trabajo que tuvieran... Pero un buen día, las corrientes de la guerra se tornaron en contra de Nevesmortas.
Ocurrió de noche. Un pequeño ejército de desertores de la armada de Sundabar había sitiado Nevesmortas. Empezaron disparando flechas de fuego a los tejados de paja, espantando a los vecinos y obligando a la gente a salir. Fue completamente por sorpresa, pero los lugareños fueron sorprendentemente decididos y empezaron a armarse contra la banda de desertores lo mejor que pudieron, aunque sus posibilidades eran nimias. Anegaron los campos circundantes a Nevesmortas con brea, y prendieron fuego para evitar que los soldados entrasen por éste; los arqueros se apostaron en los puestos de guardia y mantenían a los jinetes a raya, mientras la milicia del lugar se afanaba en evitar que la infantería avanzase más allá del muro de fuego. Aethel combatió junto a su abuelo y Gorrik, armado con una cota de mallas y una lanza. Aquella noche acabó con la vida de alguien por primera vez. Por supuesto, dudó, y dudó mucho, pero cuando vio a un soldado acercarse por la espalda de su abuelo, no lo dudó dos veces: Asestó un poderoso lanzazo contra la cota de mallas del soldado y éste cayó al suelo. Si alguien preguntase a Aethel cuándo perdió la inocencia de ser un infante, él diría que fue aquel día, si es que se pudiera decir que tuviera alguna.
La reyerta se postergó hasta el amanecer, cuando una banda de aventureros apareció con la luz del alba y empezó a arremeter contra los desertores sundabaríes. Aunque el pueblo estaba medio chamuscado y muchas casas reducidas a cenizas, y a costa de varios lugareños y milicianos muertos, habían rechazado el ataque de los desertores; mejor pertrechados y con más experiencia en la guerra, pero muy desorganizados.
Lamentablemente para Aethel, la historia no acabó ahí. Un jinete sundabarí lo agarró de la cota de mallas en plena huida, y lo arrastró, arrancándolo del alcance de Endat y de Gorrik. El joven empezó a perder aire debido al tirón y no tardó en perder el conocimiento.
Cuando se despertó, estaba engrilletado, tanto de cuello como de manos. Los bandidos le habían capturado. Lo encarcelaron durante varios días, cuando no tenían que desplazarse, y luego lo ataban al caballo del líder, obligándole a caminar durante horas, sin proporcionarle apenas comida o agua, sin calzado y expuesto a cualquier ataque que pudieran sufrir. Los bandidos lo llevaron de un lado a otro de la Marca Argéntea, obligándole a hacer toda clase de tareas para ellos, desde simples nimiedades como lavarles la ropa o abrillantarles las armaduras -aunque si no lo hacía bien, le golpeaban-, hasta divertirse con él, azuzando a sus mastines de caza y asustándole, o incluso soltándolos para que él se defendiese como fuera buenamente capaz. Cuanto más tiempo pasaba, más penosas eran las tareas que le encomendaban, hasta el punto en el que cuando llegaban prisioneros nuevos, le obligaban a darles palizas aprovechando que el joven era fuerte gracias a su trabajo como peón de herrería.
Al principio se negaba, y le pegaban. Le golpeaban con una cachiporra en la cabeza y en las costillas, pero cuando sus resistencias eran más adamantinas, decidieron cortar por lo sano, y lo marcaron en cada brazo con un hierro de marcar ganado con el símbolo de los bandidos.
Pasó varios meses, hasta que un montaraz semiorco y Endat lo localizaron. Atacaron en medio de la noche, como una tormenta nocturna. Acabaron con decenas de bandidos antes de que éstos se dieran a la fuga, asustados por la enorme figura del semiorco blandiendo el imponente espadón que estaba cercenando la vida de los bandidos uno tras otro, e incluso acabó con la vida del líder, que había demostrado no ser solo sanguinario, si no un guerrero de primera categoría.
Cuando estuvo de vuelta en Nevesmortas, su carácter había cambiado. Lo que fue un joven risueño y trabajador, era ahora alguien taciturno, callado, con la mirada perdida en ninguna parte. Aunque su trabajo continuaba siendo excelente para ser un humano y meticuloso, no era el de antes. Hacía las cosas para escapar de sus pensamientos, y era obvio. Incluso había dejado de atender a la gente en la tienda, y negado la palabra a sus amigos de la infancia.
Pasó un largo tiempo hasta que el muchacho empezó a recuperarse de las heridas y los traumas. Aunque había empezado a hablar de nuevo y a ser un poco más cordial, era obvio que su cabeza seguía estando en otra parte, pero de otra forma. Era como que su mirada se encontraba más allá de Nevesmortas, como si algo hubiera despertado dentro de él.
Gorrik se dio cuenta, y entonces inmediatamente, habló con su abuelo. Endat pareció comprenderle, en cierta medida, y el anciano montaraz se sentó a charlar con el joven Aethel, contándole sobre una parte de su vida que el chico desconocía en absoluto. Sobre cómo había viajado por toda Faêrun y había descubierto decenas de lugares que solo los más osados podrían llegar a soñar, y de cómo mantenía los caminos limpios de escoria allá por donde pasase. Le habló de la fe en el Jinete del Viento, de sus montaraces y de lo que hacían. Y entonces Aethel decidió ahondar en sus conocimientos de la espada.
En los años siguientes, Endat se afanó en entrenar al joven aspirante a montaraz, sometiéndole a un duro entrenamiento físico antes y después de ir a la herrería a trabajar. Aethel empezó a crecer, llegando a medir hasta el metro noventa a los diecisiete años, y llegó un momento en el que incluso podía hacer frente a algunos de los milicianos de la villa en combate singular con la espada y las cuchillas cortas.
Lamentablemente para él, Endat acabó muriendo dada su vejez. El anciano murió tranquilamente en su lecho junto a Aethel, quien sostenía su mano. Su abuelo entonces decidió legarle su colgante de Shondakul, para que le protegiese allá donde fuera, incluso aunque decidiera quedarse asentado en Nevesmortas. Pero el joven, cuando tuvo el colgante en la mano durante el entierro, supo una cosa. Supo que el destino que él había sufrido años atrás era el de mucha otra gente, y que los había que lo habían pasado peor. Tomó la espada de su abuelo y su vieja cota de mallas, sus espadas cortas y se hizo un petate con lo poco que quedaba en su casa, y nunca miró atrás.
Empezó a caminar, a seguir los caminos tal y como Endat se lo había dicho. Cuando veía una cueva abandonada, se aproximaba a explorarla... Claro que hubo más de una vez que tuvo que huir de al menos un oso enfadado. Sus pasos lo llevaron hacia los terrenos de los bárbaros Uthgard del Árbol Fantasmal. Al principio el joven pensó que lo recibirían con palos y piedras, pero los bárbaros, al ver el colgante del montaraz parecieron recibirle de una forma más o menos tibia, aunque no eran hostiles hacia él. Pasó unas semanas con ellos, aprendiendo algunas de sus costumbres e incluso ayudándoles a purgar las raíces del árbol cuando éstas se veían comprometidas por los zombies y los esqueletos, granjeándose así la confianza de algunos de ellos, incluso hasta el punto de permitirle hacerse tatuajes con la tonalidad de su tribu, cosa a la que accedió, avergonzado por las marcas de esclavo que portaba desde hacía años sobre su piel.
Su viaje continuó hacia el sur. Llegó a Aguas Profundas, donde se unió a una expedición de mercaderes hacia Candelero, protegiéndolos de algunos farfulleros, trasgos y bandidos por el camino; y en Candelero escuchó rumores acerca de las Tierras de la Intriga, un lugar al sur en donde, si los rumores no eran inciertos, habría secretos, caminos y peligros por descubrir para una vida, si es que no más.
La llamada de la aventura y del camino lo hicieron caminar, una vez más, hacia el sur, hasta que llegó a la región de Amn, con unas suelas desgastadas y agujereadas hasta la náusea, una armadura que se caía a trozos, y un espadón más viejo que él... Y una bolsa de oro mucho más vacía de lo que a él le hubiera gustado.
Pero en Amn, quien persevera, lo consigue. O al menos, eso es lo que él esperaba.
Aethel es un joven alto y fornido, bien alimentado, de hombros anchos y visiblemente fuerte. No llega a la veintena todavía, y aun pese a todo parece estar habituado a la vida en el camino y a pelear, a juzgar por el espadón que lleva envainado a su espalda y el par de espadas cortas que oculta debajo de su mantón de viaje. Su armadura también habla por sí sola, así como el carcaj de flechas que porta junto al arco largo. Es un viajero, está fuerte y sus ojos delatan que es alguien con cierta perspicacia, habituado al camino y a sus avatares.
Su cara delata su origen norteño: Mandíbula fuerte, nariz recta y pómulos que no resaltan en exceso. Su pelo rubio delata que tiene alguna mezcla de sangre más al sur de Faêrun, muy probablemente de la zona de Cormyr. Sus ojos verdes son grandes y expresivos, y brillan con la curiosidad de la juventud, al margen de sus experiencias pasadas. Acostumbra a vestir de colores apagados, sobre todo verdes, marrones y azules con algunos tintes de negro y gris para evitar destacar demasiado en el camino.
Historia - Resumen. Se ampliará en el futuro.
Aethel se nació y crió en la villa de Nevesmortas, en el centro de la Marca Argéntea. Era una tierra peligrosa, repleta de peligros, con bárbaros que más que bárbaros eran bandidos venidos a más por un lado, orcos por el otro, y bestias salvajes. Hijo de un guardabosques nativo de la zona y una aventurera cormyta que decidió asentarse y ayudar a su marido con las labores de guardabosques, el joven se crió en mayor parte con la compañía de su abuelo. Su abuelo era un hombre enigmático llamado Endat, un antiguo montaraz originario del Espinazo del Mundo, criado en una tribu Uthgardt que pareció decidir abandonar en su juventud. Más adelante, el hombre decidió asentarse en Nevesmortas tras trabajar una temporada como soldado al servicio de Sundabar. A los diez años, Aethel fue instado a escoger un oficio entre la gente del pueblo.
El joven mentiría si dijera que le costó mucho decidirse. Decidió aprender el oficio de herrero de manos del maestro herrero del lugar, el maese enano Gorrik Rompehachas. Este enano era un cascarrabias gruñón, pero por algún motivo tenía en alta estima al joven aprendiz, y le enseñó lo básico de su arte.
En general, su infancia fue bastante feliz, con la salvedad de que sus padres fueron abatidos por el clan Muchasflechas, unos orcos que habitaban por la zona de Nevesmortas en aquel entonces y, como cuyo nombre indica, eran afamados arqueros y letales con sus flechas envenenadas. El joven no recuerda muy bien a sus padres dado que casi nunca estaban por casa, y las pocas veces que estaban, no acostumbraban a quedarse demasiado tiempo. Tiene algunos buenos recuerdos de su padre y su madre, pero en general no los recuerda en exceso. Casi todo lo que sabe de ellos, lo sabe a través de su abuelo y sus relatos acerca de la vida de ambos y su matrimonio.
A los trece años, sin embargo, ocurrió un suceso que giró por completo la vida del joven herrero. Dados los habituales conflictos contra Luskan y los clanes orcos, las movilizaciones militares eran muy habituales en la Marca, y por eso nunca faltaba trabajo para los herreros de la zona, pues tarde o temprano siempre llegaban mercenarios, aventureros o encargos de los lores de la zona para fabricar espadas, hachas, mazas, escudos y armaduras, y por tanto nunca tuvo serios problemas económicos gracias a la modesta paga que Gorrik le daba al final de cada semana en base al trabajo que tuvieran... Pero un buen día, las corrientes de la guerra se tornaron en contra de Nevesmortas.
Ocurrió de noche. Un pequeño ejército de desertores de la armada de Sundabar había sitiado Nevesmortas. Empezaron disparando flechas de fuego a los tejados de paja, espantando a los vecinos y obligando a la gente a salir. Fue completamente por sorpresa, pero los lugareños fueron sorprendentemente decididos y empezaron a armarse contra la banda de desertores lo mejor que pudieron, aunque sus posibilidades eran nimias. Anegaron los campos circundantes a Nevesmortas con brea, y prendieron fuego para evitar que los soldados entrasen por éste; los arqueros se apostaron en los puestos de guardia y mantenían a los jinetes a raya, mientras la milicia del lugar se afanaba en evitar que la infantería avanzase más allá del muro de fuego. Aethel combatió junto a su abuelo y Gorrik, armado con una cota de mallas y una lanza. Aquella noche acabó con la vida de alguien por primera vez. Por supuesto, dudó, y dudó mucho, pero cuando vio a un soldado acercarse por la espalda de su abuelo, no lo dudó dos veces: Asestó un poderoso lanzazo contra la cota de mallas del soldado y éste cayó al suelo. Si alguien preguntase a Aethel cuándo perdió la inocencia de ser un infante, él diría que fue aquel día, si es que se pudiera decir que tuviera alguna.
La reyerta se postergó hasta el amanecer, cuando una banda de aventureros apareció con la luz del alba y empezó a arremeter contra los desertores sundabaríes. Aunque el pueblo estaba medio chamuscado y muchas casas reducidas a cenizas, y a costa de varios lugareños y milicianos muertos, habían rechazado el ataque de los desertores; mejor pertrechados y con más experiencia en la guerra, pero muy desorganizados.
Lamentablemente para Aethel, la historia no acabó ahí. Un jinete sundabarí lo agarró de la cota de mallas en plena huida, y lo arrastró, arrancándolo del alcance de Endat y de Gorrik. El joven empezó a perder aire debido al tirón y no tardó en perder el conocimiento.
Cuando se despertó, estaba engrilletado, tanto de cuello como de manos. Los bandidos le habían capturado. Lo encarcelaron durante varios días, cuando no tenían que desplazarse, y luego lo ataban al caballo del líder, obligándole a caminar durante horas, sin proporcionarle apenas comida o agua, sin calzado y expuesto a cualquier ataque que pudieran sufrir. Los bandidos lo llevaron de un lado a otro de la Marca Argéntea, obligándole a hacer toda clase de tareas para ellos, desde simples nimiedades como lavarles la ropa o abrillantarles las armaduras -aunque si no lo hacía bien, le golpeaban-, hasta divertirse con él, azuzando a sus mastines de caza y asustándole, o incluso soltándolos para que él se defendiese como fuera buenamente capaz. Cuanto más tiempo pasaba, más penosas eran las tareas que le encomendaban, hasta el punto en el que cuando llegaban prisioneros nuevos, le obligaban a darles palizas aprovechando que el joven era fuerte gracias a su trabajo como peón de herrería.
Al principio se negaba, y le pegaban. Le golpeaban con una cachiporra en la cabeza y en las costillas, pero cuando sus resistencias eran más adamantinas, decidieron cortar por lo sano, y lo marcaron en cada brazo con un hierro de marcar ganado con el símbolo de los bandidos.
Pasó varios meses, hasta que un montaraz semiorco y Endat lo localizaron. Atacaron en medio de la noche, como una tormenta nocturna. Acabaron con decenas de bandidos antes de que éstos se dieran a la fuga, asustados por la enorme figura del semiorco blandiendo el imponente espadón que estaba cercenando la vida de los bandidos uno tras otro, e incluso acabó con la vida del líder, que había demostrado no ser solo sanguinario, si no un guerrero de primera categoría.
Cuando estuvo de vuelta en Nevesmortas, su carácter había cambiado. Lo que fue un joven risueño y trabajador, era ahora alguien taciturno, callado, con la mirada perdida en ninguna parte. Aunque su trabajo continuaba siendo excelente para ser un humano y meticuloso, no era el de antes. Hacía las cosas para escapar de sus pensamientos, y era obvio. Incluso había dejado de atender a la gente en la tienda, y negado la palabra a sus amigos de la infancia.
Pasó un largo tiempo hasta que el muchacho empezó a recuperarse de las heridas y los traumas. Aunque había empezado a hablar de nuevo y a ser un poco más cordial, era obvio que su cabeza seguía estando en otra parte, pero de otra forma. Era como que su mirada se encontraba más allá de Nevesmortas, como si algo hubiera despertado dentro de él.
Gorrik se dio cuenta, y entonces inmediatamente, habló con su abuelo. Endat pareció comprenderle, en cierta medida, y el anciano montaraz se sentó a charlar con el joven Aethel, contándole sobre una parte de su vida que el chico desconocía en absoluto. Sobre cómo había viajado por toda Faêrun y había descubierto decenas de lugares que solo los más osados podrían llegar a soñar, y de cómo mantenía los caminos limpios de escoria allá por donde pasase. Le habló de la fe en el Jinete del Viento, de sus montaraces y de lo que hacían. Y entonces Aethel decidió ahondar en sus conocimientos de la espada.
En los años siguientes, Endat se afanó en entrenar al joven aspirante a montaraz, sometiéndole a un duro entrenamiento físico antes y después de ir a la herrería a trabajar. Aethel empezó a crecer, llegando a medir hasta el metro noventa a los diecisiete años, y llegó un momento en el que incluso podía hacer frente a algunos de los milicianos de la villa en combate singular con la espada y las cuchillas cortas.
Lamentablemente para él, Endat acabó muriendo dada su vejez. El anciano murió tranquilamente en su lecho junto a Aethel, quien sostenía su mano. Su abuelo entonces decidió legarle su colgante de Shondakul, para que le protegiese allá donde fuera, incluso aunque decidiera quedarse asentado en Nevesmortas. Pero el joven, cuando tuvo el colgante en la mano durante el entierro, supo una cosa. Supo que el destino que él había sufrido años atrás era el de mucha otra gente, y que los había que lo habían pasado peor. Tomó la espada de su abuelo y su vieja cota de mallas, sus espadas cortas y se hizo un petate con lo poco que quedaba en su casa, y nunca miró atrás.
Empezó a caminar, a seguir los caminos tal y como Endat se lo había dicho. Cuando veía una cueva abandonada, se aproximaba a explorarla... Claro que hubo más de una vez que tuvo que huir de al menos un oso enfadado. Sus pasos lo llevaron hacia los terrenos de los bárbaros Uthgard del Árbol Fantasmal. Al principio el joven pensó que lo recibirían con palos y piedras, pero los bárbaros, al ver el colgante del montaraz parecieron recibirle de una forma más o menos tibia, aunque no eran hostiles hacia él. Pasó unas semanas con ellos, aprendiendo algunas de sus costumbres e incluso ayudándoles a purgar las raíces del árbol cuando éstas se veían comprometidas por los zombies y los esqueletos, granjeándose así la confianza de algunos de ellos, incluso hasta el punto de permitirle hacerse tatuajes con la tonalidad de su tribu, cosa a la que accedió, avergonzado por las marcas de esclavo que portaba desde hacía años sobre su piel.
Su viaje continuó hacia el sur. Llegó a Aguas Profundas, donde se unió a una expedición de mercaderes hacia Candelero, protegiéndolos de algunos farfulleros, trasgos y bandidos por el camino; y en Candelero escuchó rumores acerca de las Tierras de la Intriga, un lugar al sur en donde, si los rumores no eran inciertos, habría secretos, caminos y peligros por descubrir para una vida, si es que no más.
La llamada de la aventura y del camino lo hicieron caminar, una vez más, hacia el sur, hasta que llegó a la región de Amn, con unas suelas desgastadas y agujereadas hasta la náusea, una armadura que se caía a trozos, y un espadón más viejo que él... Y una bolsa de oro mucho más vacía de lo que a él le hubiera gustado.
Pero en Amn, quien persevera, lo consigue. O al menos, eso es lo que él esperaba.