DM Rallito
Lanzador de Deseos que no funcionan así
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“Cuando los rezos se convierten en gritos, y las campanas no repican por devoción, sino por alarma…”
En las últimas semanas, el aire en Crimmor se ha vuelto más denso. No por el polvo de las caravanas ni por la humedad del puerto… sino por las palabras. Palabras que se esparcen como brasas encendidas entre la niebla de una ciudad que se balancea al borde de algo irreparable.
En las plazas, miembros de la Iglesia de Sune han comenzado a predicar con una intensidad inusual. Paladines de rostro sereno y clérigas de voz cálida se suben a cajones improvisados para hablar de libre albedrío, del derecho a decidir, de la belleza de la elección personal. Llaman al sentido común, a la tolerancia. Y por un momento, los viandantes se detienen… escuchan. Algunos asienten. Pero otros… otros no.
No tardan en aparecer los fieles de la Iglesia de la Salvación. Encapuchados en túnicas grises, con el símbolo de la estrella de ocho puntas bordado en hilos plateados sobre el pecho, interrumpen las charlas, alzan la voz con firmeza, con fuego. “¿Ahora hablan? ¡Ahora que la Salvación está entre nosotros y las almas despiertan de su miseria! ¿Dónde estaban cuando Crimmor sangraba en silencio?” Gritan. Acusan. Señalan con dedos extendidos, no con argumentos, sino con la autoridad que les da el número, el fervor, la creciente sensación de ser invencibles. La multitud se divide. Se encrespa. Algunos corean. Otros huyen.
Y no son los únicos. Clérigos de Waukeen han comenzado a organizar “Charlas de Libertad” en los mercados, denunciando la radicalización del Culto de la Salvación. Incluso sacerdotes de Kelemvor, conocidos por su discreción, han salido de sus criptas con palabras firmes: “Un dogma que habla de salvación pero niega el duelo, no conoce la muerte. Solo el control”.
Pero lo que más preocupa no son los sermones… sino los actos.
En el Distrito mas pobre, la Guardia fue expulsada de una calle entera al intentar detener a un grupo de predicadores del culto que incitaban al cierre de tiendas no afiliadas. Se dice que los propios vecinos —hombres, mujeres, niños— se interpusieron, gritando “¡Déjenlos hablar!”, “¡Ustedes ya no mandan aquí!”. Y la Guardia… se retiró.
Y hay quien escucha los rumores que se escapan por las rendijas de las puertas cerradas de las casas mercantes más antiguas: los Crytrapper, los Krimmevol y los Ophal. Algunas voces aseguran que se les ha visto contratando espadachines y grupos de mercenarios, hombres y mujeres duros, bien armados. Otros afirman haber presenciado cómo carros cargados con cajas cerradas —quizás con oro, quizás con armas— salían escoltados en la noche por caminos que evitan los puestos del Culto.
Mientras tanto, el número de los devotos de la Salvación crece. En cada esquina hay alguien con un panfleto. En cada barrio pobre hay un mural nuevo con la estrella de ocho puntas. En cada hospicio, hay oraciones distintas.
Ya no se trata de quién tiene la razón. Se trata de quién tiene el control.
Y lo peor es que la ciudad sigue girando como si no pasara nada. Como si no estuviéramos a un mal paso de que Crimmor estalle por dentro.
Ya no es un murmullo. Es un rugido contenido.
Y nadie sabe cuándo explotará.
—¿Lo notaste? No son solo palabras, no… ahora están marcando terreno.
Desde hace días, las calles de Crimmor no se sienten igual. No es solo la mirada esquiva de los vecinos o el silencio incómodo en las plazas. No. Lo que realmente inquieta es cómo los símbolos de la Salvación aparecen por todas partes. En los muros de las panaderías cerradas, en las puertas de los talleres, incluso tallados sobre los viejos bancos del mercado. La estrella de ocho puntas, esa que hace un mes apenas era un emblema entre pocos, ahora domina los espacios públicos. Se alza, no como símbolo de fe, sino como una advertencia silenciosa.
Y no solo se pinta… se protege.
Se dice que en los barrios bajos, y en zonas antes controladas por casas comerciales menores, las patrullas del culto, armadas y uniformadas con sus túnicas grises, han comenzado a desplazarse con regularidad. Ya no son los guardias del puerto quienes revisan los cargamentos, sino hombres con la estrella bordada en el pecho y una calma perturbadora en la mirada. Algunas casas mercantiles que intentaron resistirse fueron silenciadas con inspecciones “espontáneas” o simples desapariciones. Ahora, muchas simplemente ceden sus rutas para evitar conflictos.
Pero lo más alarmante… es el silencio del poder.
El alcalde de crimmor, siempre sonriente, siempre presente, no se ha dejado ver en días. Ningún pregonero anuncia sus decretos, ninguna comitiva parte desde su casa. Algunos dicen que ha enfermado. Otros murmuran que fue apartado. Los más osados juran que ahora es prisionero en su propia residencia, bajo la vigilancia sutil de aquellos que antes solo hablaban de redención.
Mientras tanto, dos nombres resuenan con más fuerza en las calles: los Valtrisse y los Reddoran. Ambas casas, antes discretas, ahora destacan por contratar mercenarios no solo en número, sino en calidad. Guerreros con cicatrices rituales, arqueros de mirada muda, magos encapuchados que no hablan ni cobran con monedas. Se rumorea que estos refuerzos son para proteger a Alexander, el Heraldo del culto, como si su seguridad se hubiera vuelto prioridad nacional.
Pero aquí viene lo extraño…
Ninguno de los líderes de estas casas ha hablado en público. Las decisiones, contratos y declaraciones provienen de terceros, miembros del círculo interno de sus respectivas familias. Es como si los Valtrisse y Reddoran ya no hablaran con su propia voz, sino con una prestada… o controlada. Algunas pocas casas mercantes que aún se mantienen independientes—quizá por convicción, quizá por miedo—han comenzado a sospechar: ¿siguen siendo estas casas aliadas, o ya se han convertido en instrumentos del culto?
Y así, Crimmor se estira como una cuerda al borde de romperse.
Las calles cambian.
Las lealtades se diluyen.
Los símbolos se multiplican.
Y cada día que pasa, la ciudad se parece menos a sí misma... y más a la Salvación.
- 9 de Nightal del año 1493 DR
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