Aksriel
Enano con acento ruso
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- 19/7/19
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Aksriel vivía en Bosque Alto, de joven, era feliz entre sus bosques y pequeñas aldeas élficas que tanto conocía. Su familia era pequeña, pero muy unida, Gydaeth era su hermana mayor, de la cual aprendió prácticamente todo lo que sabía, con la que aprendió a escalar los árboles más altos del bosque, diferenciar los animales peligrosos de los que no, y a cuidar de la flora que rodeaba su humilde hogar.
Su madre, una exploradora nata, quería que sus dos hijas siguieran el linaje de mujeres exploradoras de la familia, las cuales fueron siempre destacadas en su pequeña región del bosque, y conocidas entre las familias por conocer cada flor de la arboleda, cada animal y cada árbol, como si ellas lo hubiesen creado todo.
Su madre, les enseñó a hacer sus primeros arcos, les enseñó a tensarlos y a como moverse por el bosque siempre con una flecha certera lista. Cuando Gydaeth tenía 74 años y Aksriel solo 42, fueron a las cercanías del bosque con un grupo de exploradores a solucionar un problema de lobos que habían llegado del desierto del este.
Los salvajes animales, habían destrozado una pequeña casa de un elfo solitario, y se habían servido con su carne para alimentarse. Los exploradores, idearon un plan, en el cual mediante tónicos naturales, atraerían a los animales fuera de su zona, para espantarlos y así hacer que se fuesen después asustándolos con fuego.
Gydaeth, que hablaba también por su hermana, negó con la cabeza y dijo solemne que había que acabar con las vidas de los lobos, pues estos podrían volver de nuevo cuando el calor volviese a Bosque Alto pasados unos meses. Los demás elfos, la miraron con desdicha, y negaron, pues no podían acabar con la vida de seres que simplemente buscaban su alimento para sobrevivir.
La hermana mayor, calló, asintiendo a los exploradores con más experiencia que ella, a pesar de que sabía que era la segunda vez que salían de partida, guardando su flecha en su carcaj, pero apoyando sus dos suaves manos en las empuñaduras de sus largas espadas. Se pusieron en marcha, los elfos y elfas se movían con gracia entre los árboles y sus hojas, buscando el punto para lanzar los brebajes que atraerían a las fieras. Cuando todos estaban en posición, lanzaron los potingues y se destrozaron contra la fuerte madera de un roble, los animales, grandes y escuálidos, salieron en busca del sonido y su hedor los atrajo, rodeando el enorme roble que había cerca de la casa.
Lanzaron otro más alejado, cerca del fin del bosque, donde esperaba el resto del grupo, con antorchas listas, y una maga lista para prenderlas. Cuando los animales buscaban deseosos algo que no encontrarían nunca, los elfos salieron de sus escondites y la maga gritó un conjuro que hizo que las antorchas, ya alzadas de los elfos, estallaran en fuego, iluminando la zona con fuerza, en un estruendoso sonido que espantó a los lobos, huyendo del sitio sin mirar atrás.
Aksriel y Gydaeth miraban a los animales marcharse, escualidos, débiles, y con las fauces empapadas en la sangre de un elfo que su vida era como la de cientos de lobos en cuanto a tiempo se refiere. Las antorchas se apagaron, los exploradores se miraron, y asintieron satisfechos por su trabajo.
Pero una manada no marcha sin un alfa que los guie.
Un enorme lobo grisáceo, salió de entre las ramas, y atacó directamente a Gydaeth sin piedad alguna. Los lobos, al escuchar los gritos de los elfos, se dieron la vuelta y volvieron para alimentarse, y acudir a la llamada de su líder de manada.
Todo fue muy rápido, tanto que para todos los presentes fue fugaz. Aksriel no lo dudó, llevó su diestra rápidamente a su carcaj y lanzo una flecha certera, con rapidez al ver que el lobo se regocijaba con la sangre de su hermana, la cual había desenvainado una de sus espadas y había asestado varias puñaladas con esta en el cuello del imponente animal. Aksriel disparó con tanta fuerza y desesperación en su mirada que rompió su propio arco. La punta se hundió en el ojo del lobo, y se desplomó antes de que el resto de su manada llegase.
Los demás elfos miraron horrorizados la escena, con los arcos en su mano, mirando el precioso animal muerto, y a Gydaeth, sangrando con una enorme herida en su pecho.
Sus puntiagudas orejas oyendo el trote de los lobos, se giraron y se miraron entre ellos, antes de ver a los cinco enormes lobos que habían espantado hacía tan solo un minuto. Aksriel miró a su hermana, y un fuego se encendió en su mirada. Se giró y le quitó el arco de las manos a uno de los exploradores, callado sin saber que hacer ni decir. Preparó una de sus flechas y miró a la maga, la cual no dudó. Aksriel disparó la saeta, mientras la maga lanzó un rápido conjuro, haciendo que la madera de esta ardiese en su corto viaje, haciendo que estallase en fuego en el primer lobo, matándolo y asustando al resto de bestias, las cuales se dispersaron por el bosque aullando, derrotados con facilidad.
El humo subía entre los árboles, mientras el cadáver del animal se consumía gracias a las llamas. Todos miraron a Aksriel, callados, para luego mirar las llamas, las cuales empezaron a extinguir antes de que se extendiese. La elfa se acercó a su hermana, herida en el suelo, arrodillándose a su lado. Sangraba de forma abundante, y se miraron a los ojos sin decirse nada, cogiéndose las manos.
No tardaron en llegar los guardias de esa región de Bosque Alto, los cuales se llevaron a las hermanas tras decir que todo eso, había ocurrido por ellas. Aksriel, fue juzgada por su propio pueblo por acabar con un legendario animal, pues llevaba cientos de años paseando por los límites del bosque, lo conocían como el “Aulla Lunas”, y Aksriel había acabado con su vida en un instante, sin dudarlo, para salvar a su hermana. El resto de jovenes e inexpertos exploradores callaron durante el pequeño juicio, solo parecía una reprimenda, pues no hubo castigo más que ser juzgada por su propio pueblo.
Y mientras esto ocurría, mientras Aksriel lloraba desconsolada bajo la atenta mirada de los jueces que solo pensaban en la vida de el “Aulla Lunas”, mientras una madre desconsolada y llena de dolor y rabia observaba a su hija moribunda... Gydaeth, perdió la vida.
Su madre, una exploradora nata, quería que sus dos hijas siguieran el linaje de mujeres exploradoras de la familia, las cuales fueron siempre destacadas en su pequeña región del bosque, y conocidas entre las familias por conocer cada flor de la arboleda, cada animal y cada árbol, como si ellas lo hubiesen creado todo.
Su madre, les enseñó a hacer sus primeros arcos, les enseñó a tensarlos y a como moverse por el bosque siempre con una flecha certera lista. Cuando Gydaeth tenía 74 años y Aksriel solo 42, fueron a las cercanías del bosque con un grupo de exploradores a solucionar un problema de lobos que habían llegado del desierto del este.
Los salvajes animales, habían destrozado una pequeña casa de un elfo solitario, y se habían servido con su carne para alimentarse. Los exploradores, idearon un plan, en el cual mediante tónicos naturales, atraerían a los animales fuera de su zona, para espantarlos y así hacer que se fuesen después asustándolos con fuego.
Gydaeth, que hablaba también por su hermana, negó con la cabeza y dijo solemne que había que acabar con las vidas de los lobos, pues estos podrían volver de nuevo cuando el calor volviese a Bosque Alto pasados unos meses. Los demás elfos, la miraron con desdicha, y negaron, pues no podían acabar con la vida de seres que simplemente buscaban su alimento para sobrevivir.
La hermana mayor, calló, asintiendo a los exploradores con más experiencia que ella, a pesar de que sabía que era la segunda vez que salían de partida, guardando su flecha en su carcaj, pero apoyando sus dos suaves manos en las empuñaduras de sus largas espadas. Se pusieron en marcha, los elfos y elfas se movían con gracia entre los árboles y sus hojas, buscando el punto para lanzar los brebajes que atraerían a las fieras. Cuando todos estaban en posición, lanzaron los potingues y se destrozaron contra la fuerte madera de un roble, los animales, grandes y escuálidos, salieron en busca del sonido y su hedor los atrajo, rodeando el enorme roble que había cerca de la casa.
Lanzaron otro más alejado, cerca del fin del bosque, donde esperaba el resto del grupo, con antorchas listas, y una maga lista para prenderlas. Cuando los animales buscaban deseosos algo que no encontrarían nunca, los elfos salieron de sus escondites y la maga gritó un conjuro que hizo que las antorchas, ya alzadas de los elfos, estallaran en fuego, iluminando la zona con fuerza, en un estruendoso sonido que espantó a los lobos, huyendo del sitio sin mirar atrás.
Aksriel y Gydaeth miraban a los animales marcharse, escualidos, débiles, y con las fauces empapadas en la sangre de un elfo que su vida era como la de cientos de lobos en cuanto a tiempo se refiere. Las antorchas se apagaron, los exploradores se miraron, y asintieron satisfechos por su trabajo.
Pero una manada no marcha sin un alfa que los guie.
Un enorme lobo grisáceo, salió de entre las ramas, y atacó directamente a Gydaeth sin piedad alguna. Los lobos, al escuchar los gritos de los elfos, se dieron la vuelta y volvieron para alimentarse, y acudir a la llamada de su líder de manada.
Todo fue muy rápido, tanto que para todos los presentes fue fugaz. Aksriel no lo dudó, llevó su diestra rápidamente a su carcaj y lanzo una flecha certera, con rapidez al ver que el lobo se regocijaba con la sangre de su hermana, la cual había desenvainado una de sus espadas y había asestado varias puñaladas con esta en el cuello del imponente animal. Aksriel disparó con tanta fuerza y desesperación en su mirada que rompió su propio arco. La punta se hundió en el ojo del lobo, y se desplomó antes de que el resto de su manada llegase.
Los demás elfos miraron horrorizados la escena, con los arcos en su mano, mirando el precioso animal muerto, y a Gydaeth, sangrando con una enorme herida en su pecho.
Sus puntiagudas orejas oyendo el trote de los lobos, se giraron y se miraron entre ellos, antes de ver a los cinco enormes lobos que habían espantado hacía tan solo un minuto. Aksriel miró a su hermana, y un fuego se encendió en su mirada. Se giró y le quitó el arco de las manos a uno de los exploradores, callado sin saber que hacer ni decir. Preparó una de sus flechas y miró a la maga, la cual no dudó. Aksriel disparó la saeta, mientras la maga lanzó un rápido conjuro, haciendo que la madera de esta ardiese en su corto viaje, haciendo que estallase en fuego en el primer lobo, matándolo y asustando al resto de bestias, las cuales se dispersaron por el bosque aullando, derrotados con facilidad.
El humo subía entre los árboles, mientras el cadáver del animal se consumía gracias a las llamas. Todos miraron a Aksriel, callados, para luego mirar las llamas, las cuales empezaron a extinguir antes de que se extendiese. La elfa se acercó a su hermana, herida en el suelo, arrodillándose a su lado. Sangraba de forma abundante, y se miraron a los ojos sin decirse nada, cogiéndose las manos.
No tardaron en llegar los guardias de esa región de Bosque Alto, los cuales se llevaron a las hermanas tras decir que todo eso, había ocurrido por ellas. Aksriel, fue juzgada por su propio pueblo por acabar con un legendario animal, pues llevaba cientos de años paseando por los límites del bosque, lo conocían como el “Aulla Lunas”, y Aksriel había acabado con su vida en un instante, sin dudarlo, para salvar a su hermana. El resto de jovenes e inexpertos exploradores callaron durante el pequeño juicio, solo parecía una reprimenda, pues no hubo castigo más que ser juzgada por su propio pueblo.
Y mientras esto ocurría, mientras Aksriel lloraba desconsolada bajo la atenta mirada de los jueces que solo pensaban en la vida de el “Aulla Lunas”, mientras una madre desconsolada y llena de dolor y rabia observaba a su hija moribunda... Gydaeth, perdió la vida.