De quebrado corazón.
“Señor del Juicio del anochecer, a vuestra voluntad me entrego en esta hora tardía, permitidme acceder a vuestro poder.”
La kelemvorita apareció en la ciudad del grano como tantas otras veces y los cielos anunciaron su llegada con un trueno que ahogó el grito de una niña que jugaba bajo la lluvia. La sacerdotisa, dedicando una cálida sonrisa, revolvió el pelo de la joven y empezó a andar en un silencio sepulcral.
Qué consciente era de todo mientras caminaba por aquel lugar. El repiqueteo de la lluvia en los techados de madera, el frío colándose por los recovecos de su gambesón desgastado, el viento que traía consigo ese olor a petricor que la devolvía a su querida tierra natal… Ciertamente aquel momento era una tregua en aquella gran guerra en la que se permitía sonreír, aunque duró poco.
- Digna sea vuestra muerte, pues esta es inevitable - dijo Julieth al alcanzar la posición del guardia fúnebre que observaba, inmóvil, una de las casas limítrofes. El hombre era bastante corpulento, con una barba negra como ala de cuervo y uno de los ojos completamente blanco enmarcado en una cicatriz. Tenía su rostro cubierto con una capucha, aunque se podía apreciar su determinación bajo ella.
-Sacerdotisa…
- El sargento Casion Burk me ha avisado de que estabais aquí, ¿ha ocurrido algo?
-Aún no. Me encontraba patrullando, como siempre, hasta que el símbolo… -Señaló con el mentón el símbolo sagrado que sujetaba con firmeza. La balanza estaba en un claro desequilibrio
–Y es esa casa. Llevo dos días aquí y en ella vive una mediana que me mira con recelo. Dejó de salir de casa cuando me vió aquí. Algo hay, estoy seguro… Tan solo espero una prueba para purgar el lugar.
- No os mováis, hermano, si ocurre lo peor intervenid. Yo hablaré con ella. - respondió Julieth con una voz queda.
- Sea pues, sacerdotisa. Vuestra sabiduría es la más afilada de las espadas en estos casos.
Un par sonoros resonaron golpes contra la madera de la puerta. Una voz calmada pero seria nació de los labios de la sacerdotisa.
-Dama, es imperativo que hable con vos. Mi nombre es Julieth de Kélemvor, abridme, os lo pido.
-Es… ¡Estoy ocupada! ¿Qué… qui… quieren? -una voz temblorosa emergió del otro lado de la puerta.
-¿Qué está ocurriendo ahí dentro? Mi hermano ha sentido algo extraño y rara vez suele equivocarse.
La puerta se entreabrió lentamente y el rostro de una mediana adulta asomó tímida por ella.
-¡Voy a llamar a la guardia! ¡Aviso eh!
-El sargento Burk me envió aquí.
- ¿Por qué? ¡Pero si no he hecho nada! Además, ese tipo lleva sin moverse de ahí dos días. ¡Me da miedo!
-Entiendo vuestra inquietud, dama. Somos ambos kelemvoritas, y cuando mi compañero sienten una presencia, suele ser preludio de algo relacionado con los exánimes. ¿Sabéis algo de ello?
-¿Qué presencia? ¿De qué habla? ¡Solo estoy haciendo la comida! -replicó, pero al ver en el rostro de Julieth que esta no tenía intención alguna de dejarlo pasar, suspiró y terminó abriendo la puerta poco a poco
- Está bien… Vos podéis pasar, pero él no. -Señaló con la diestra la guardia fúnebre.
La casa tenía un agradable olor a estofado mezclado con el olor jazmín del incienso. Dos sillas estaban dispuestas en una mesa, dos platos, dos pares de cubiertos con sus respectivos vasos. Una enorme estantería bastante nueva llena hasta arriba de libros de todo tipo, así como figuritas, algún que otro dibujo. Julieth observó con detalle todo a su alrededor y detuvo la mirada en una marca de arrastre que había junto al armario. La mediana, nerviosa, la observaba con el cucharón de madera en la mano.
-¿Tiene usted hambre? -Preguntó con una voz temblorosa la hin.
- ¿Quién más vive aquí? -respondió Julieth mientras descolgaba su símbolo sagrado de plata y lo alzaba en dirección al armario. Este empezó a vibrar levemente.
-Na…nadie, soy viuda.
-¿Desde hace mucho…?
-Mi marido ayudó al Ejercito cuando ocurrió lo de la Reina Liche… Y no volvió. ¡Para qué tuvo que ir a Caravssar! -respondió, rompiendo a llorar desconsolada.
- ¿Qué más quiere? Ya me ha dado la comida recordándome que soy viuda…
-Cálmese dama. Siento decirle que es probable que su marido siga aquí, o quizá algo que lo atormenta.
-¡NO DIGA ESAS COSAS! -estalló la hin de pronto
- ¡LARGO DE AQUÍ O LLAMO A LA GUARDIA!¡AQUÍ NO HAY NADIE MÁS! -cualquier persona hubiese dicho que Julieth le había tocado la vena sensible, pero no… Aquella furia no era normal.
-En nombre del Juez, necesito que de paso a mi compañero.
-¡Aquí no va a entrar nadie más! ¡Aléjese del armario y largo de aquí! -asestó un par de golpes en el brazo de la sacerdotisa, llena de ira.
-Bien, por las malas entonces… -Respondió Julieth caminando hacia la puerta. Asomó la cabeza e invitó al guardia fúnebre con la diestra a que entrase en la casa.
Una vez dentro, Julieth señaló el armario y tras ello caminó a sujetar a la mediana.
El guardia fúnebre, sin mediar palabra, empezó a tirar del armario hasta tumbarlo por completo. Este impactó contra el suelo en un estruendo cincelado por los sollozos desesperados de la viuda. Tras el armario, había una puerta.
-¿Quiere contarmelo ahora o cruzo la puerta y acabo con lo que haya dentro?
-Él… Él es bueno… conmigo…Era bueno conmigo… pero… pero la… ¡Por favor! ¡Se lo suplico! ¡Marchense…!
-¿Qué ocurrió con su marido?
-Vino enfermo… Tratamos de curarle, pero… Murió y… -de pronto reacción, haciendo aspavientos con ambos brazos
- ¡Pero no está muerto! ¡Sigue moviéndose! Le doy de comer… Solo que… está de mal humor. Por favor, no me lo quitéis de nuevo.
-Sujetadla -indicó al guardia fúnebre mientras ella abría la puerta.
Cuando cruzó el umbral de la puerta un gran hedor la invadió por completo, aunque tristemente estaba acostumbrada a ello. Todo el agradable aroma de la casa había quedado atrás. Un necrófago vestido con cuidados ropajes manchados de sangre yacía sentado en el suelo, rodeado de carne. Una tintineante cadena le mantenía sujeto a la pared de la habitación.
El grillete se tensó con furia cuando el necrófago se lanzó cegado por una ira demencial, tratando de asestar furiosos zarpazos a la kelemvorita que observaba la escena entristecida.
-¡Alfred! -exclamó la hin.
-La febrem ghoul… -indicó al guardia fúnebre que observaba la escena en silencio.
-¡Está vivo! ¡Dejadle en paz!
-No lo está -dijo Julieth, tajante-
Vive atormentado y vos lo habéis permitido.
-¡Pero con carne se tranquiliza! ¡Os lo suplico! ¡Perdonadle la vida…! ¡No… no puedo separarme de nuevo de él!
Julieth avanzó hacia el necrario desenvainando su espada
-Afligido corazón sea el vuestro, caminante de la no vida. Sea hoy mi fe espada quebradora de cadenas. Mi nombre es Julieth de Kélemvor y en nombre del Juez de los Condenados yo os libero de vuestro tormento.
Un halo de luz cegadora empezó a brotar de la sacerdotisa de forma dogmática y severa. Durante unos instantes, las sombras no tuvieron permitida la entrada en aquel lugar, el llanto se vió interrumpido y un pesado silencio se apoderó de todo.
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- Juez que estáis ahí, aunque no pueda veros, escuchad mi ruego. Hoy venimos a llorar la pérdida de este alma que camina hacia vuestro juicio, con la esperanza de que lo recibáis en vuestro seno y tengáis compasión de él. Juzgadlo con vuestra diestra y permitid que el bien que hizo aquí en la tierra, sea testigo y ponente de cuanto quedó atrás. Benditos sea aquellos que caminan hasta vuestras puertas en busca de sosiego tras cruzar el último sendero, pues son ellos quienes pueden reunirse con quienes les precedieron. Nosotros, los que aún vivimos, juramos ante esta tumba que su recuerdo no caerá en el olvido. Loado sea el Juez.
La lluvia empapaba la tierra de la tumba que había ante el guardia fúnebre, el sargento, la sacerdotisa y la mediana. Esta última lloraba silente, más calmada ahora que la pesada losa que portaba consigo hasta ese día había desaparecido. Julieth se acercó, apoyando la mano en la lápida y sonrío entristecida.
-Descansa en paz, Alfred. Nosotros ahora también podemos hacerlo.
-Glora será llevada al templo de Selûne a fin de que puedan ayudarla. Los selunitas entienden bien los trastornos y seguro pueden hacer algo por ella. Mil gracias por vuestra ayuda, dama Julieth. Si necesitáis cualquier cosa, en Púrskul al menos, buscadme.
Y con estas palabras, el sargento
Casion Burk tomó a la hin de la mano y partió con ella hacia el templo de la luna en las tierras de la Cicatriz.
Offtopic:
Mil gracias a DM Khaof por la escena y siento la tardanza en escribirla xD