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Anaeris

Meivel

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I. Futuro truncado.​

La noche se cernía pesada sobre una vieja y solitaria caravana que avanzaba con cautela a través del Camino del Comercio. Las estrellas, tímidas, se ocultaban tras un manto de nubes mientras la luz de la luna lograba iluminar lo suficiente como para no necesitar tener encendidos los faroles. El cochero —un humano viejo, curtido por años de viajes entre Nashkel y Beregost— apretó el paso de las mulas aprovechando la visibilidad, pues bien sabía que ese tramo del camino no era seguro después del anochecer.

En el interior de la carreta, dos elfos descansaban.
Él, de mirada serena y rasgos nobles, antaño explorador del Bosque de Tethyr; ella, una sanadora de mirada cálida y manos que todavía olían a hierbas silvestres. Entre ambos dormía su hija, una niña de apenas tres inviernos que soñaba con luces que danzaban en el aire.

Habían dejado atrás su vida de acero y magia, buscando algo tan simple como imposible: un hogar tranquilo.

Pero el destino, caprichoso, había elegido otra senda para ellos.

Un leve crujido en el bosque heló la sangre del cochero. Alcanzó a girar la cabeza, a medio pronunciar una advertencia, cuando una flecha se clavó en su cuello. El carruaje se tambaleó; las mulas relincharon, presas del pánico. En segundos, la oscuridad cobró vida: hombres y mujeres con capuchas raídas emergieron de los árboles, portando antorchas y hojas afiladas.

—¡A por los carros! ¡Ricos comerciantes del norte! —gritó uno.

El elfo salió del carruaje con reflejos antiguos, espada en mano. La elfa, aún dentro, tomó a su hija y la ocultó bajo las mantas, susurrando palabras en élfico que apenas eran más que un temblor en el aire para ocultar su presencia.

—No salgas, mi pequeña. Pase lo que pase… no salgas.

El combate fue breve, desigual. La preocupación por su pequeña al ver a varios bandidos entrar en el carruaje les pasó factura y, tratando de defender lo más preciado para ellos, terminaron derramando su sangre sobre la hierba del camino, tiñéndola de carmesí. La niña, en completo silencio y oculta por el hechizo, pasó inadvertida a los asaltantes, que resoplaron con pesadez al comprobar que aquella pareja sólo eran un par de elfos sin más.

—Déjalo. No hay nada aquí que valga la pena. Que los lobos se peguen un buen festín con las mulas, me niego a cargar con ellas.

Cuando el amanecer tocó el horizonte, un fuerte aullido se escuchó a lo lejos. En el interior de la caravana, un bulto envuelto en una manta comenzaba a moverse emitiendo un leve llanto de miedo e incertidumbre. Una suave melena azabache caía en forma de cascada alrededor del pequeño rostro élfico de una niña de ojos verdes que se había quedado sola.

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Meivel

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2. Daren y Maelis​

El sol apenas había asomado por el horizonte cuando una nueva carreta se hizo eco en el camino. El lento caminar del buey que la arrastraba levantaba pequeñas nubes de polvo dorado en el aire frío de la mañana. A su paso, los pájaros callaban, como si incluso ellos sintieran el peso de la tragedia que había ocurrido unas horas antes.

En el pescante iban dos semielfos, un hombre de rostro endurecido y mirada vigilante, y una mujer de ojos suaves y sonrisa triste. Se llamaban Daren y Maelis, comerciantes de hierbas y granjeros que llevaban años asentados en Beregost.

Cuando el carruaje asaltado se hizo completamente visible, Daren frenó al buey y entrecerró los ojos.
—Quédate aquí —le dijo a su esposa.

Daren descendió de un salto y desenvainó una espada que portaba sujeta en la espalda. Al acercarse vislumbró a dos mulas amarradas con la mirada perdida y asustadas. Las marcas en la tierra denotaban el intento de ambos animales por mover el carruaje sin éxito, además de algunas marcas de huellas de lobos. Una de las mulas tenía una herida en una de sus patas, lo que hizo pensar a Daren que su llegada había ahuyentado a la manada que, sin duda, iba a comérselas. Daren se acercó para tranquilizarlas y fue entonces cuando encontró el cuerpo sin vida del cochero.

—Bandidos —susurró casi en un gruñido.

—¿Qué sucede? ¡Cielos! —Maelis, haciendo caso omiso de la petición de su marido, se colocó a su lado y se llevó las manos a la boca al ver el cadáver.

—Te dije que te quedases —Daren se acercó al cuerpo y chasqueó la lengua— Maldita sea… es Lenar.

Mientras Daren examinaba el cuerpo algo más llamó su atención. Junto a los árboles cercanos dos cuerpos más se hallaban sobre la hierba. Tomó a la mujer del brazo y la instó a regresar a su carreta. Maelis se giró para hacer caso a su marido, pero un sonido agudo captó su atención, un ruidito dulce que provenía del interior del carruaje.

Daren se alejó unos metros hasta alcanzar los cuerpos de los elfos, chasqueó la lengua de nuevo esta vez con desprecio y se dio la vuelta sin más. Cuando alcanzó su carro vio que Maelis no estaba y al girarse se encontró a su mujer frente a él con una niña en brazos. Una pequeña elfa asustada que se agarraba a la camisa de Maelis como si fuese el mayor tesoro descubierto en su vida.

Daren entrecerró los ojos.

—Es un camino muy concurrido durante el día. Alguien más la encontrará —sentenció.

—Seldarine bendito ¿te atreverás si quiera? Sólo es una niña.

—Pues esta niña será el problema de otro. Sube. Sola —Daren ascendió del nuevo al pescante y tomó las riendas del buey, pero puso los ojos en blanco al ver que Maelis no movía ni un músculo. Resopló y se masajeó la sien —. ¿Qué diantres quieres hacer, mujer?

—Llevamos años intentando formar una familia y nos ha sido imposible. ¿Y si los dioses nos la han puesto en el camino? ¿Y si… nos la envían como un regalo?

—¿Me estás diciendo que tus queridos dioses le han quitado la vida a una pareja de elfos para que tú y yo criemos a su hija? Que sabios y magnánimos son.

—No seas bárbaro, Daren, ni insultes al Seldarine.

—Tu Seldarine nada tiene que ver conmigo.

La pequeña hundió la cara en el cuello de Maelis al escucharlos discutir y gimió ligeramente. Aquel gesto acalló a ambos mestizos y el silencio se acomodó entre ellos. Tras unos segundos de paz Maelis subió al carro con la niña todavía en brazos.

—No voy a dejarla aquí y es mi última palabra.

—Mírala Mae… mira su piel, sus rasgos, es una lunar… no hay forma alguna de que puedas hacerla pasar por hija nuestra.

—Mi madre era lunar, y tu padre también, podríamos…

—No mentes a ese miserable, maldita sea. ¡Nunca!

—Está bien, está bien… perdona… no mentiremos, contaremos lo que ha sucedido. Si estos dos elfos que desgraciadamente han perdido la vida tienen amigos o más familia y vienen a buscarla, la entregaremos. Pero ¿y si está sola, Daren? ¿Y si ya, lo único que tiene en el mundo, somos tú y yo? No permitas que el odio que tan afianzado tienes en tu corazón oscurezca el futuro de esta pequeña.

—Habrá que comunicar el asalto en el pueblo —Daren suspiró para tranquilizarse y miró de nuevo hacia el carruaje roto. Tras unos segundos volvió a bajar resoplando— Espera aquí…

Maelis sonrió y acarició el cabello negro de la pequeña. Ella le devolvió la sonrisa, todavía asustada y sin comprender qué había sucedido, pero consciente de alguna manera de que aquella mujer la había salvado.

—¿Qué tienes ahí, cariño? —Deslizó los dedos por el cuello de la pequeña y tiró con delicadeza de una fina cadena con un broche colgando. En el adorno había sellado un nombre— Anaeris, ¿así te llamas? Es precioso… igual que tú. No temas Anaeris, yo voy a cuidar de ti, y ese viejo semielfo gruñón también lo hará.



Dos horas después, la carreta de Daren y Maelis cruzaba la frontera de Beregost llevando un buey a la cabeza, dos mulas atadas a la parte de atrás, dos cuerpos sin vida envueltos en telas sobre los sacos de grano que transportaban y una pequeña elfa lunar en brazos.​

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Meivel

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3. La llamada del bosque​

El hogar de Maelis y Daren se alzaba en las afueras de Beregost, una pequeña casita de madera rodeada de campos de hierbas aromáticas y trigo. El olor a tomillo y salvia se mezclaba siempre con el humo del fogón, y para Anaeris aquel perfume era sinónimo de hogar.

Habían pasado veinte años desde la noche en que la encontraron.

Anaeris ya no era la niña temblorosa que Maelis sostuvo entre sus brazos; ahora era una joven ágil, de ojos verdes intensos y una curiosidad difícil de mantener a raya. Su cabello, largo y negro, era siempre un desastre porque pasaba más tiempo en el bosque que peinándose.

Nadie había ido a buscarla en todos aquellos años, ni nadie había ido a buscar a ninguno de sus padres elfos. Cuando fue suficientemente madura, Maelis le contó la verdad y la llevó al cementerio donde habían enterrado los dos cuerpos juntos. Anaeris no lloró, pero sintió una pena desmesurada en su interior, como si una herida que había tenido siempre se hiciese de golpe presente.



Una mañana como cualquier otra, la joven elfa salió a revisar las trampas para conejos. Le gustaba madrugar: el mundo era silencioso, puro, y el viento parecía hablar un idioma que solo ella escuchaba. Todavía era temprano y Daren y Maelis dormían, nadie debía enterarse si hacía una pequeña escapada al bosque.

Anaeris sabía que no debía alejarse demasiado. Lo sabía por Daren, por sus advertencias constantes, por las miradas duras cuando ella regresaba con los pies llenos de barro o las manos arañadas de ramas.

Pero el bosque… el bosque le hablaba de una manera que el campo de cultivo jamás lo haría.
Allí el aire era distinto, más ligero; la luz se filtraba entre las hojas como una danza eterna; y los sonidos —los susurros, los chasquidos, los leves murmullos del viento— parecían dirigirla hacia un punto desconocido y excitante.

Sonrió —de aquella forma traviesa que esbozaba cuando sabía que iba a infringir las normas— y corrió hacia el bosque. Entró entre los árboles con paso sigiloso, se adentró en la espesura y se movió a través de ella como si formase parte de la propia naturaleza que la rodeaba. Las copas de los árboles se rozaban emitiendo un suave ronroneo lejano, los pájaros trinaban cánticos de cortejo, el agua de un río cercano rompía contra las pequeñas rocas que trataban, inútilmente, de frenar su paso... Su mente y su espíritu se perdían allí con gusto.

No sabía cuánto tiempo llevaba caminando cuando un movimiento entre las ramas la detuvo.

De pie junto a un roble inmenso, un elfo permanecía inmóvil con una mano apoyada en el tronco y los ojos cerrados, como escuchando algo que ella no podía oír. Su cabello era oscuro, largo, parcialmente atado con trenzas sencillas; su capa estaba hecha de hojas endurecidas y cortezas trenzadas; y una vara de madera reposaba apoyada a su lado.

Anaeris contuvo el aliento. El hombre abrió los ojos sin sobresaltarse, como si hubiera sabido desde el principio que ella estaba allí. Su mirada era aguda, verde profunda como la maleza húmeda.

—No deberías andar sola por el bosque —dijo con voz suave, apartándose apenas un paso del árbol.

Anaeris sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—Yo… lo siento. No quería molestar.

El elfo ladeó la cabeza, como estudiándola. Un destello de reconocimiento —o sorpresa— brilló en sus ojos.

—¿Cómo te llamas?

—Anaeris —respondió ella. El elfo sonrió apenas.

—Bienhallada Anaeris, mi nombre es Firael, druida errante —Se produjo un silencio, cómodo y extraño. Firael se volvió hacia el roble y apoyó la mano en la corteza de nuevo —Puedes quedarte un rato si lo deseas. Los árboles no te temen.

Anaeris sintió algo cálido en el pecho. Algo familiar, como si esa frase despertara un lugar dentro de ella que había estado dormido desde siempre.



Durante las siguientes dekhanas, la joven elfa regresó una y otra vez a ese mismo punto en busca del druida. Él, tranquilo y místico, la esperaba paciente y esbozaba una dulce sonrisa cada vez que la veía aparecer entre la maleza.

Firael le hablaba de los espíritus del bosque, de los dioses élficos, de la magia que no nace del estudio sino del pulso vivo del mundo.

Cada visita despertaba más su curiosidad. Y cada despedida hacía más difícil regresar a la vida que Daren y Maelis quería para ella.

Porque Anaeris empezaba a sentirlo. Ya no era solo una niña de granja. Había algo en sus venas que vibraba al pisar la tierra húmeda del bosque. Algo que no sabía nombrar, algo que le gritaba desde lo más profundo de su ser.

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Meivel

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4. El final que se acerca.​

El tiempo pasó en el Camino del Comercio como lo hace en los rincones olvidados del mundo: lentamente para algunos, demasiado rápido para otros.

Anaeris creció.

De niña curiosa pasó a convertirse en una joven esbelta, de movimientos fluidos y mirada profunda. Sus rasgos élficos se acentuaron con los años, inevitablemente: la elegancia al caminar, la extraña calma que mostraba en los silencios, la sensibilidad hacia los cambios del viento o del bosque.

Y a lo largo de todos esos años, como un hilo tenue pero firme, estuvo Firael. Viajaba entre bosques ancestrales, acudía a reuniones de círculos druidicos, ayudaba a comunidades remotas cuando las estaciones o los espíritus se alteraban… y siempre, siempre, cuando regresaba a los alrededores de Beregost, pasaba por la granja.

A veces se presentaba al amanecer, oliendo a rocío y hierbas frescas. Otras, aparecía al anochecer, acompañado por el canto de los grillos. Nunca avisaba. Pero Anaeris sabía cuándo estaba cerca.

El día en que Firael regresó tras uno de sus viajes más largos Anaeris estaba en el campo, atando haces de trigo.

No tuvo que verlo para saber que estaba allí.
El aire cambió, olía a humo y a lluvia próxima. La tierra húmeda parecía suspirar.
Los pájaros se callaron por un segundo, como si reconocieran una presencia familiar.

Cuando se giró, Firael caminaba hacia ella con su paso tranquilo, apoyado en su vara llena de brotes verdes.

Ninguno de los dos lo sabía, pero aquella sería la última vez que se vieran.

El otoño había caído sobre las tierras de Beregost. Las hojas rojizas del alcornoque que Maelis tanto amaba se mecían lentamente sobre la granja, ahora silenciosa y más vacía que nunca.

Daren había fallecido dos años atrás. Su ausencia dejó un hueco extraño: no era un hombre fácil, ni amable, pero su presencia había sido una constante en la vida de Anaeris. Al irse, la casa se volvió más grande, más fría, más… vulnerable.

Y ahora Maelis estaba enferma. Apenas podía levantarse de la cama. Sus manos, antes firmes al preparar remedios, temblaban; su voz, antes suave y cálida, era ahora un susurro quebrado. Anaeris la cuidaba día y noche, como si pudiera retenerla un poco más con solo desearlo.



Firael se detuvo frente a ella y asintió. Su mirada estaba llena de una tristeza sincera, el viento le había hecho llegar las noticias sobre Daren y podía ver en los ojos de Anaeris el dolor de la pérdida.

—Ha pasado mucho tiempo, Anaeris —dijo con suavidad.

—Demasiado —respondió ella, aunque no sabía si era reproche o alivio—, ¿te quedarás a cenar? —el druida negó y la suave brisa que lo acompañaba cambió de dirección.

—No puedo quedarme esta vez, pero quería venir a verte. Ha pasado algo en el sur y me han pedido que acuda. He pensado que, quizá, sea buen momento para que me acompañes.

Anaeris bajó la mirada. Esperaba esas palabras desde hacía tanto tiempo... Las había deseado con tanta fuerza… Pero no ahora.

—No puedo irme —susurró—. Maelis me necesita.

Firael la miró con paciencia infinita.

—La fiebre no cede, ¿verdad?

Anaeris apretó los labios. No hacía falta responder.

—Ella me salvó la vida —continuó la joven—. Me dio un hogar cuando nadie más lo hubiera hecho. ¿Cómo podría abandonarla ahora?

La voz se le quebró ligeramente.
Firael dio un paso hacia ella, con la serenidad de un viejo árbol que se inclina sin romperse.

—No te pido que la abandones —dijo con honestidad—. Pero el mundo espera por ti, Anaeris. Esta granja nunca te dará aquello que estás anhelando. No encontrarás aquí ninguna de las respuestas a tus preguntas. Eres más que esta tierra, Anaeris. Más que estas paredes. Más que tu miedo.

—Yo no soy druida, Firael. Las historias que me cuentas me llenan el corazón, pero no calan de la forma que tú buscas — Firael se acercó y le tomó una mano, con un gesto lleno de respeto. Sus dedos eran cálidos y firmes.

—No, no eres druida, ese no es tu camino. El sendero que te espera sólo tú puedes encontrarlo, pero hay algo que debes dejar de ignorar, mi joven amiga. Eres una telquessir. Incluso si no lo recuerdas.

Anaeris apartó la mirada para no llorar.

—Maelis… no tiene mucho tiempo —dijo finalmente—. No me iré mientras ella me necesite.

Firael asintió. No insistió más.

—Debo irme entonces, mi cometido ahora es importante. Cuando estés preparada, cuando llegue el momento, ven a buscarme. Ve al sur, a un lugar llamado Weldath. Cuando llegues, si te atreves a cruzar ese inmenso océano de árboles y natura, encontrarás un enclave suspendido en las copas de los árboles. Allí te esperaré.

Se volvió, caminando hacia el bosque. Anaeris se quedó allí, inmóvil, mientras el sol descendía y el viento agitaba las hojas rojizas.

Sabía que Firael tenía razón. Sabía que su vida en la granja estaba llegando a un final inevitable.

Y también sabía, con un dolor que quemaba más que la culpa o la duda, que el destino no le permitiría quedarse mucho más.

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Meivel

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5. El camino a seguir.​

El invierno había dejado una escarcha blanca sobre los campos, una capa fina y silenciosa que cubría la tierra como un sudario. La granja —una vez bulliciosa con la voz cálida de Maelis y las pisadas torpes pero pesadas de Daren— ahora estaba inmóvil, suspendida en un silencio demasiado grande incluso para una elfa.

Maelis había fallecido un mes antes.

Anaeris aún despertaba por las noches creyendo escucharla murmurar su nombre desde la otra habitación. A veces se sorprendía girando la cabeza para buscarla durante la rutina diaria: mientras encendía el fogón, mientras regaba las últimas hileras de verduras, mientras doblaba ropa que ya nadie usaría.
Pero la casa estaba vacía.
La mesa vacía.
Los campos vacíos.

Y ella… también.

Había intentado aferrarse a aquella casa esforzándose por seguir el legado de Maelis y Daren, aquel par de semielfos que le habían dado su amor y cariño sin pedir nada a cambio, que la habían protegido y le habían enseñado a ser la mujer que era. Pero habían olvidado enseñarle algo muy valioso... cómo decir adiós.
La granja llevaba meses de capa caída, desde que Maelis había quedado encamada. Al principio, la joven elfa había intentado seguir con todas las tareas, pero eran demasiadas para ella sola y la falta de ganas, la tristeza y el miedo habían acabado por quedar reflejados en el campo.

Ahora, desde el porche, la elfa contemplaba la tierra árida y los campos vacíos cubiertos de nieve. El silencio la golpeaba con fuerza y lo único que sentía era una pena en su interior incapaz de contener.
—Ya no tengo nada aquí —dijo en voz baja, como si necesitara escucharlo para creerlo, y
por primera vez en años, no sintió culpa por pensar en marcharse.

Maelis y Daren habían sido su familia, sí. Pero esa parte de su vida había concluido.
Y quedarse allí, sola, sin propósito, sería negarle el valor a todos los sacrificios que habían hecho por ella.
Recordó entonces algo, una promesa formulada hacía mucho tiempo: "Allí te esperaré".

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, un tirón suave en el pecho, como un hilo antiguo tensándose. No era la primera vez que lo sentía, a veces lo notaba en sueños; otras veces, al tocar la corteza del viejo roble detrás del granero. Quizá, después de todo, era su sangre élfica que gritaba desesperada pidiendo volver a casa.
Pero... ¿Cuál era ahora su hogar? Aquella granja vacía sin duda no. Ya no.

La decisión se formó con la suavidad de una hoja desprendiéndose de la rama: Se iría.
Se iría al sur, allá donde Firael le había dicho que lo buscase. Se iría al bosque, al lugar que la había estado llamando toda su vida.

Entró en la casa una última vez. Cerró puertas, apagó lámparas y recogió unas pocas pertenencias. Se detuvo frente al marco de la puerta y colocó allí la mano.

—Gracias —susurró—, espero que el Seldarine haya vuelto a juntaros.

Al salir, no miró atrás. Se ajustó el arco de madera de roble que usaba desde niña para cazar y ató con fuerza el carcaj de flechas en su cinto.
El bosque esperaba en silencio, pero la elfa sintió cómo el aire cambiaba. La naturaleza volvió a llamarla y ella, por fin, respondió.

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FIN​
 

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