Lady Neverun
Cuenta secreta evidente
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La escena estaba perfectamente dispuesta para el cometido que había sido diseñada. Atmósfera íntima, un rincón apartado, y diversas distracciones menores con las que dotar de un ambiente confidencial y relajado que minorase las futuras resistencias que pudieran surgir. Porque nada de esto era casual. Había un objetivo que cumplir.
La mancebía había sido todo un acierto. Lejos de tabernas más concurridas donde cada esquina y recoveco tenía unos ojos y unos oídos dispuestos, este lugar se prestaba a la discreción y el anonimato. Los dueños de tal establecimiento se habían asegurado que su clientela se encontraría segura y con sus secretos a salvo.
Tenía que reconocer que había sido también divertido. La cara habitualmente risueña y dispuesta del joven había mudado de la sorpresa a la incomodidad impulsado seguramente por su orgullo. O los sentimientos que pretendía ocultar hacia ella. Una mixtura de cierta vergüenza y ridículo que alimentaba su espíritu y apetencias más oscuras.
Le ofreció un trago, una muestra más de confianza. Una puerta hacia las confesiones que necesitaba, a derribar las últimas dudas y los muros de la confianza. Él declinaría. Quizás por inapetencia. Quizás por la tensión de encontrarse fuera de lugar.
Sabía que había sido especialmente duro con él. En el trato, la forma o las acusaciones veladas. No se lo había puesto fácil y quizás esta concesión en tono de reconocimiento entre iguales le turbaba. Ese era el plan.
Se recostó sobre el cómodo y mullido mobiliario, confortable tanto en apariencia como su uso. Tendría que tener cuidado de no caer presa de los encantos propios de su escena. Dejó a su alcance aquella botella de Arabella a su alcance con un doble objetivo. Una invitación a futuro a desahogar o comprar tiempo. También una futurible señal del estado de tensión de lo que se avecinaba. De tomarlo, habría cambiado el ambiente.
Serviría una copa para sí y la llevaría hacia sus labios con cierto ritual, en silencio y sin prisa. Se regalaría un trago generoso pero lento, apreciando los matices y deleitándose con una leve pausa para observarlo. Acto seguido, tomaría el extraño instrumento oriental de su siniestra y aprovecharía para realizar unas bocanadas de cierto vapor perfumado.
Su voz bajó de tono hasta convertirse en un susurro seguro y en tono de confidencia.
-No soy particularmente prolífica en confesar nada, y menos a terceros. Pero si en esta ocasión tuviera que hacerlo he de decir que he cambiado varias veces de opinión acerca de ti.
Pausa. Silencio. Inhalación profunda. Dejar que la espera y las palabras calen en su psique. Es la primera vez que se muestra en este tono con él y espera que sea lo suficientemente sorprendente para captar su atención. Él se mantuvo de pie mirándola fijamente corta distancia. Rígdo. A la expectativa de lo que pudiera suceder. ¿Temeroso quizás?
-Mi primer error fue tomarte por un joven insulso, recién llegado y sin batallas a las espaldas que participaba sin quererlo en un juego de mayores. Una leva sin importancia para fenecer sin pena ni gloria en una primera reyerta.
Cadáver anónimo de guerras o ajustes de cuentas de mayores. Un punto y seguido en el libro del señor de los asesinatos sin mayor relevancia.
Su tono cambió y comenzó a acelerar su relato. Escenas posteriores, no exentas de conflicto y de intercambio fueron recordándose en boca de ella en una sucesión que se aceleraba tratando de crear una atmósfera auto conclusiva. El metrónomo de la conversación se aceleraba, mientras él solo podía fingir indiferencia y mantenerse hierático a la espera de un desenlace.
-Te había subestimado.
Inhaló de nuevo rociando de forma difusa al joven y creando una atmósfera semi mística íntima y cercana, apropiada para el tono de la conversación. Quería hacerse suya la atención y recoger algún tipo de respuesta. Un parpadeo. Una sutil contracción del rictus. Pero no lo coseguía.
-Entonces vinieron las sospechas y las preguntas. O la ausencia de respuestas. Mi cruzada particular, y tu mutismo reservado que las acrecentaba.
Y entonces, creo que he comprendido algo.
No es que las preguntas no fueran adecuadas, sino que lo adecuado no era hacer preguntas. Porque lo que necesito saber, no se puede verbalizar de forma directa. O no tiene el valor que requiere.
En mi aldea natal, había ancianas. Pocas de hecho. Pero ancianas con la capacidad de asustar a los niños. De contar historias de otra época. Cuentos de viejas que asustaban infantes de imaginación desbocada.
Pero también, solo algunas de ellas, eran capaces de ver a través del alma.
De forma sutil.
Privada.
Sin reconocerlo de forma abierta por miedo a ser tratadas como brujas o enviadas del abismo.
Tan solo necesitaban la mano de alguien y observar sus dibujos.
Alzó entonces su mano con delicadeza, lenta como aquel que quisiera rendir sus armas ni levantar sospechas. Su diestra acabaría alma arriba y con un gesto de recogimiento. Una invitación a depositar otra mano y dejarse llevar por las historias de aquellas viejas, pocas, que podían ver a través del alma de cualquiera.
La mancebía había sido todo un acierto. Lejos de tabernas más concurridas donde cada esquina y recoveco tenía unos ojos y unos oídos dispuestos, este lugar se prestaba a la discreción y el anonimato. Los dueños de tal establecimiento se habían asegurado que su clientela se encontraría segura y con sus secretos a salvo.
Tenía que reconocer que había sido también divertido. La cara habitualmente risueña y dispuesta del joven había mudado de la sorpresa a la incomodidad impulsado seguramente por su orgullo. O los sentimientos que pretendía ocultar hacia ella. Una mixtura de cierta vergüenza y ridículo que alimentaba su espíritu y apetencias más oscuras.
Le ofreció un trago, una muestra más de confianza. Una puerta hacia las confesiones que necesitaba, a derribar las últimas dudas y los muros de la confianza. Él declinaría. Quizás por inapetencia. Quizás por la tensión de encontrarse fuera de lugar.
Sabía que había sido especialmente duro con él. En el trato, la forma o las acusaciones veladas. No se lo había puesto fácil y quizás esta concesión en tono de reconocimiento entre iguales le turbaba. Ese era el plan.
Se recostó sobre el cómodo y mullido mobiliario, confortable tanto en apariencia como su uso. Tendría que tener cuidado de no caer presa de los encantos propios de su escena. Dejó a su alcance aquella botella de Arabella a su alcance con un doble objetivo. Una invitación a futuro a desahogar o comprar tiempo. También una futurible señal del estado de tensión de lo que se avecinaba. De tomarlo, habría cambiado el ambiente.
Serviría una copa para sí y la llevaría hacia sus labios con cierto ritual, en silencio y sin prisa. Se regalaría un trago generoso pero lento, apreciando los matices y deleitándose con una leve pausa para observarlo. Acto seguido, tomaría el extraño instrumento oriental de su siniestra y aprovecharía para realizar unas bocanadas de cierto vapor perfumado.
Su voz bajó de tono hasta convertirse en un susurro seguro y en tono de confidencia.
-No soy particularmente prolífica en confesar nada, y menos a terceros. Pero si en esta ocasión tuviera que hacerlo he de decir que he cambiado varias veces de opinión acerca de ti.
Pausa. Silencio. Inhalación profunda. Dejar que la espera y las palabras calen en su psique. Es la primera vez que se muestra en este tono con él y espera que sea lo suficientemente sorprendente para captar su atención. Él se mantuvo de pie mirándola fijamente corta distancia. Rígdo. A la expectativa de lo que pudiera suceder. ¿Temeroso quizás?
-Mi primer error fue tomarte por un joven insulso, recién llegado y sin batallas a las espaldas que participaba sin quererlo en un juego de mayores. Una leva sin importancia para fenecer sin pena ni gloria en una primera reyerta.
Cadáver anónimo de guerras o ajustes de cuentas de mayores. Un punto y seguido en el libro del señor de los asesinatos sin mayor relevancia.
Su tono cambió y comenzó a acelerar su relato. Escenas posteriores, no exentas de conflicto y de intercambio fueron recordándose en boca de ella en una sucesión que se aceleraba tratando de crear una atmósfera auto conclusiva. El metrónomo de la conversación se aceleraba, mientras él solo podía fingir indiferencia y mantenerse hierático a la espera de un desenlace.
-Te había subestimado.
Inhaló de nuevo rociando de forma difusa al joven y creando una atmósfera semi mística íntima y cercana, apropiada para el tono de la conversación. Quería hacerse suya la atención y recoger algún tipo de respuesta. Un parpadeo. Una sutil contracción del rictus. Pero no lo coseguía.
-Entonces vinieron las sospechas y las preguntas. O la ausencia de respuestas. Mi cruzada particular, y tu mutismo reservado que las acrecentaba.
Y entonces, creo que he comprendido algo.
No es que las preguntas no fueran adecuadas, sino que lo adecuado no era hacer preguntas. Porque lo que necesito saber, no se puede verbalizar de forma directa. O no tiene el valor que requiere.
En mi aldea natal, había ancianas. Pocas de hecho. Pero ancianas con la capacidad de asustar a los niños. De contar historias de otra época. Cuentos de viejas que asustaban infantes de imaginación desbocada.
Pero también, solo algunas de ellas, eran capaces de ver a través del alma.
De forma sutil.
Privada.
Sin reconocerlo de forma abierta por miedo a ser tratadas como brujas o enviadas del abismo.
Tan solo necesitaban la mano de alguien y observar sus dibujos.
Alzó entonces su mano con delicadeza, lenta como aquel que quisiera rendir sus armas ni levantar sospechas. Su diestra acabaría alma arriba y con un gesto de recogimiento. Una invitación a depositar otra mano y dejarse llevar por las historias de aquellas viejas, pocas, que podían ver a través del alma de cualquiera.
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